ARTÍCULO

El giro político de Luis Araquistáin

 

El acceso en los últimos años a archivos privados y el considerable avance metodológico en el campo de la biografía han hecho posible la publicación de biografías sobre políticos del siglo XX que han enriquecido nuestro conocimiento sobre la Segunda República y el exilio posterior. Gracias a esto hemos adquirido noticia de personas relegadas al olvido tras sus años de extrañamiento y, por tanto, hoy casi desconocidas (tal sucede, por ejemplo, con Carlos Esplá Rizo, citado de pasada en buena parte de los estudios sobre la época, pero de cuyas ideas y trayectoria personal sabíamos muy poco hasta la aparición del libro de Pedro L. Angosto), o hemos podido profundizar en facetas y épocas de personalidades influyentes sobre las que teníamos un conocimiento general, pero en muchos aspectos impreciso (es el caso –por citar sólo el de algunos relevantes compañeros de partido de Araquistáin– de Largo Caballero, Rodolfo Llopis o Fernando de los Ríos, biografiados con solvencia, respectivamente, por Julio Aróstegui, Bruno Vargas y Virgilio Zapatero).

La biografía es, en la actualidad, una de las dimensiones más fructíferas para organizar el estudio del pasado político y, en particular, tratándose del exilio de los republicanos españoles, tal vez sea el procedimiento más idóneo para incrementar y, sobre todo, matizar nuestros conocimientos. El libro de Juan Francisco Fuentes constituye, a mi entender, una demostración palpable.

Luis Araquistáin (Bárcena de Pie de Concha, Cantabria, 1886-Ginebra, 1959) no ha sido desatendido por la historiografía. Historiadores de mucha solvencia –oportunamente referenciados por Fuentes, que tiene la virtud de no reproducir lo ya dicho, salvo cuando lo exige su narración– han tratado con rigor sobre el pensamiento y actividad pública de Araquistáin durante la Segunda República. En lo relativo a esta etapa de su vida, podríamos considerar satisfactorio cuanto sabemos sobre quien fue uno de los intelectuales socialistas más destacados (su militancia en el PSOE comenzó en 1911), avezado viajero sobre todo por países anglosajones, director de prestigiosas publicaciones periódicas, como España (fundada por Ortega y Gasset), Leviatán (creada en 1934 por el propio Araquistáin) y Claridad (órgano de la tendencia socialista encabezada por Largo Caballero), diputado a Cortes durante la República, subsecretario del Ministerio de Trabajo, embajador en Berlín y en París durante el gobierno de Largo Caballero y siempre prolífico escritor. Sin embargo, y a pesar de que la bibliografía general sobre el exilio de los socialistas a partir de 1939 comienza a ser más que abundante, nuestro conocimiento sobre la trayectoria de Araquistáin en este tiempo era muy impreciso hasta la aparición del libro de Juan Francisco Fuentes.

Fuentes ha escrito la biografía de Luis Araquistáin durante los últimos veinte años de su vida, los del exilio forzoso. La elección del tiempo queda perfectamente justificada por el autor. Entre otras razones, la avalan la documentación utilizada (los papeles personales de Araquistáin depositados en el Archivo Histórico Nacional, principal base documental, se refieren a los años posteriores a 1939 y hasta ahora no habían sido explotados de forma sistemática) y, ante todo, la personalidad del biografiado, extremo este insoslayable si se pretende ofrecer la narración verosímil de una vida. A partir de 1937 Araquistáin experimentó un acusado giro en su pensamiento y en su actividad política, además de, como es lógico, en su trayectoria personal. Desde ese momento abandonó el radicalismo que lo había caracterizado y adoptó una nueva forma de entender la vida y las cuestiones políticas con la intención expresa –dijo él mismo– de «hacer borrón y cuenta nueva» de su etapa anterior. Los determinantes externos y el cambio personal hicieron del Araquistáin posterior a 1939 un hombre diferente al del tiempo de la Segunda República, aunque esto no supuso, sino todo lo contrario, que relegara a segundo plano la política ni su intensa actividad como escritor.

El tiempo histórico, el contexto en que se desarrolla una vida, y el tiempo personal, el de un individuo en las diferentes etapas de su existencia, constituyen un entramado complejo que el biógrafo ha de saber desentrañar en su narración. Juan Francisco Fuentes lo hace con agudeza y extraordinario oficio (Fuentes es un reconocido especialista en la historia del pensamiento político español y un excelente cultivador de la biografía, como dejó patente en su trabajo sobre José Marchena), y nos muestra a un Araquistáin desconocido hasta ahora, tal vez sorprendente para muchos. El socialista radical e íntimo colaborador de Largo Caballero, es, a partir de 1939, un crítico del marxismo, que llega a la ruptura con su antiguo jefe de filas y que, cuando éste muere, ni siquiera le dedica una necrológica, a pesar de ser colaborador asiduo en medios periodísticos. Aparte de recabar los recursos necesarios para subsistir (el libro, muy rico en este punto, rehúye el tono conmiserativo tan propio de ciertos relatos sobre la emigración republicana), la preocupación básica de Araquistáin se centra en la búsqueda de una explicación a la derrota de la República y en la interpretación convincente de la situación política de la España mandada por Franco. Ambas cosas las entiende como paso previo para la pronta reinstauración de la democracia, que Araquistáin propone esté basada en el apoyo internacional (ahora es un decidido pro-atlantista) y en la unión de las fuerzas democráticas españolas. Frente al gran escollo que en este punto suponen las disensiones entre los republicanos, Araquistáin considera la monarquía como la única fórmula para vertebrar el consenso nacional. La reflexión sobre estos extremos, que conduce a Araquistáin –muy atento al contexto internacional marcado primero por la guerra mundial y a continuación por la guerra fría– a un replanteamiento profundo de sus convicciones políticas, le abocan al abandono de la inercia política, ideológica e incluso sentimental del exilio republicano (lo que supone no pocos enfrentamientos con sus compañeros de infortunio, antaño correligionarios en la misma causa) y a propugnar una refundación del PSOE en el interior de España, valiéndose, más que de teóricos, de hombres prácticos, de políticos técnicos. Este diagnóstico, que Fuentes expone con gran inteligencia basándose en el análisis de los escritos de Araquistáin y en la narración de sus amplios contactos personales, constituye una parte sustancial del libro y es referencia obligada para cualquier interpretación acerca de la evolución reciente del PSOE.

Fuentes no se limita al análisis del pensamiento y de la actuación pública de una persona, aunque, como es el caso, se refieran a cuestiones capitales. El libro trata de todo esto y por eso constituye un estudio riguroso del exilio republicano, pero es mucho más. El autor narra, asimismo, la evolución de un hombre de personalidad polifacética, propenso al individualismo y a la meditación solitaria y nihilista (el propio Araquistáin se autocalificó de «socialista insociable»), marcado en este tiempo por tragedias familiares y por el anticomunismo, actitud casi obsesiva que convirtió –como ha visto Fuentes con agudeza– en una especie de compromiso personal. Ante cualquier desengaño político –y fueron innumerables– y ante la desesperanza de su existencia –corolario forzoso de la condición de exiliado en tiempos difíciles–, Araquistáin renueva su anticomunismo, de modo que, escribe Fuentes, «acaba formando parte del conjunto de respuestas que, vertebradas en torno a una ética de supervivencia, le permiten defenderse del acoso de la vida». La narración de esa complicada trama formada por las circunstancias personales y la preocupación pública de una persona influyente como fue Araquistáin está perfectamente conseguida en este libro.

01/05/2003

 
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