ARTÍCULO

El mito, explicado

Síntesis, Madrid
432 pp. 24 euros
 

La biografía de Juan Francisco Fuentes comienza con un breve capítulo sobre el «origen de un mito», que no es otro que la caracterización de Largo Caballero como el Lenin de la revolución española. Examina las numerosas fuentes posibles del apelativo, tratando con escepticismo las diferentes explicaciones aducidas por Burnett Bolloten, Gerald Brenan, Santiago Carrillo y Luis Araquistáin, y decidiéndose, dado el peso de la evidencia documental, por las diversas conferencias ofrecidas en octubre y noviembre de 1933 por el recientemente dimitido, y profundamente desilusionado, ministro de Trabajo (pp. 14-17).Y justo antes de ese análisis de las pruebas, relaciona el tema que aborda con la definición ofrecida por el famoso antropólogo francés Claude Lévi-Strauss: «El mito es una mentira que dice la verdad». Pero, como comenta Fuentes, «en nuestro caso, las palabras de LéviStrauss tienen probablemente más sentido si les da la vuelta: la verdad sobre la irresponsable actuación del socialismo español entre 1933 y 1936 ha servido para construir una mentira sobre el origen de la Guerra Civil». Así, además de examinar el remoquete de «el Lenin español», el autor comenta brevemente los diversos modos en que el ala izquierda del PSOE, los conocidos como «caballeristas», pudieron haber sido en gran medida responsables de la guerra.
Esta introducción va seguida de cinco capítulos que combinan la biografía personal y política desde su nacimiento hasta 1933, el año de, por citar el título del capítulo, «El giro bolchevique del Lenin español». Nacido en 1869 en Chamberí, Largo Caballero se identificó durante toda su vida con las clases trabajadoras económica y educativamente desfavorecidas de Madrid. Siendo un niño, sus padres se separaron por múltiples razones de incompatibilidad personal. Recibió sólo tres años de educación primaria y a partir de los siete años empezó a ayudar a completar los ingresos de su madre,que trabajaba como empleada doméstica. Era un hijo devoto que mostró desde el principio la seriedad, el sentido de responsabilidad, la dignidad personal y el alto sentido ético que caracterizaron toda su vida adulta. Con nueve años esperaba llegar a ser un artesano de algún tipo, quizás un carpintero o un cerrajero, pero entonces alguien le preguntó amistosamente si le gustaría ser un estuquista. Ni él ni su madre habían oído esa palabra antes, pero él pronunció un «sí» entusiasta y desde el día siguiente empezó a aprender no sólo las técnicas de un albañil o escayolista, sino la destreza refinada y artística «que se aplicaba al acabado de los interiores y que, por su elevado coste, se reservaba a las construcciones de lujo» (p. 34). Sin que contemos con ningún conocimiento detallado de la personalidad del muchacho, resulta evidente, a partir de las circunstancias, que debió de haber impresionado a capataces y patronos por poseer tanto inteligencia como buen gusto para este trabajo artístico, y su carrera le hizo relacionarse desde el principio con las clases medias y con los profesionales.
Sus primeros contactos con el PSOE tuvieron lugar en 1890 y se sintió atraído de inmediato por la personalidad y las ideas de Pablo Iglesias. Las lecturas y los debates a que asistía tenían que ver también tanto con el regeneracionismo y la evolución biológica como con el marxismo. Quedó muy impresionado por la convicción de Iglesias de que la burguesía española había sido particularmente inepta y que, por tanto, las clases trabajadoras habrían de tener un papel especialmente importante en el desarrollo social y económico de España.Y el concepto de sociedad como un organismo vivo daría lugar a que sus seguidores pensaran en términos de gradualismo, de un cuidadoso pragmatismo a la hora de fijar sus objetivos. Largo Caballero, desde sus primeros años en el movimiento, pensó no en términos de una revolución apocalíptica, sino más bien en los de gradualismo, educación por medio de la persuasión, trabajo de calidad como prueba de la dignidad y la importancia económica de los «obreros conscientes». Asimismo, al igual que los socialistas de clase media y los profesionales que habían sido formados por la Institución Libre de Enseñanza, Largo Caballero practicó los altos ideales familiares de los liberales del siglo XIX : fue un marido fiel, un padre entregado y cariñoso, y un creyente activo en la solidaridad con aquellas personas menos dotadas y/o afortunadas en sus circunstancias económicas y sociales.
A los treinta años, este hombre joven estaba ya ocupando importantes puestos electivos tanto en la UGT como en el PSOE.Y, por lo que se refiere al día a día, estaba navegando entre las oportunidades constructivas ofrecidas por el recientemente fundado Instituto de Reformas Sociales y las tradicionales represiones policiales reactivadas por la Ley de Jurisdicciones y las frecuentes declaraciones de estado de guerra. El sufragio universal había sido aprobado en 1890, pero esta muestra de progresismo no ponía fin en absoluto a las sagradas tradiciones de caciquismo. En las elecciones municipales madrileñas, Caballero no dudó en utilizar una contraestratagema, que expresaré con las palabras características, discretamente teñidas de humor, de nuestro autor: «Costó no poco vencer los escrúpulos de muchos veteranos socialistas, pero al final el plan se llevó a cabo, con el compromiso de no repetirlo nunca más cualquiera que fuera el resultado. Se trataba de imprimir unas papeletas electorales deliberadamente defectuosas, en las que figuraran, en la parte superior y en caracteres reducidos, pero legibles, los tres candidatos socialistas y debajo, en grandes caracteres, pero distorsionados para que resultaran ilegibles, los nombres de los gubernamentales. Si algo le sobraba al socialismo madrileño eran tipógrafos expertos capaces de ejecutar el plan de las papeletas trucadas.A la hora del escrutinio, los presidentes e interventores tuvieron que dar validez a los votos obtenidos por los candidatos socialistas, cuyos nombres aparecían en primer lugar, gracias a muchos electores que les votaron sin percatarse del ardid» (p. 60).
Más de una década después, en los años veinte, durante la suave dictadura del general Primo de Rivera, Largo Caballero no sólo aceptó el nombramiento de la junta militar para ejercer de vocal en los comités paritarios, sino que habló en numerosas ocasiones sobre la sorprendente, y gratificante, semejanza entre el papel de las organizaciones sindicales laicas en la monarquía parlamentaria de Gran Bretaña y en la monarquía constitucional (si bien con una constitución suspendida temporalmente) de España. Él e Indalecio Prieto ya habían rivalizado durante una década, pero en los años veinte se distanciaron cada vez más como los principales representantes de dos corrientes muy distintas: Largo como el representante de la UGT, dispuesto a trabajar pragmáticamente con los elementos «regeneracionistas» de lo que era estructuralmente una dictadura militar, y Prieto como el representante del socialismo democrático parlamentario, para quien los modestos beneficios socioeconómicos de la dictadura no compensaban la pérdida de libertad política y el dominio generalizado de los militares y de la Iglesia.
El cuidadoso listado que elabora Juan Francisco Fuentes de los numerosos y prestigiosos puestos que ocupó Largo Caballero durante el régimen de Primo de Rivera me ha ayudado –y estoy seguro de que ayudará a otros muchos lectores– a entender tanto la aparición como el doloroso fracaso del «Lenin español». Sus cualidades de liderazgo y su ética personal se habían visto regularmente recompensadas dentro del PSOE y de la UGT, y más tarde de un modo creciente por parte de las minorías liberales dentro de los estratos superiores de la nobleza y la élite política. Sus breves encarcelamientos, especialmente en conexión con la huelga revolucionaria de 1917, habían incrementado su prestigio sin que le hubieran provocado ningún sufrimiento físico relevante. Seis años más tarde sería reconocido por la dictadura de Primo como el más importante representante individual de la federación obrera socialista. Fue consultado por los conspiradores republicanos en el año transcurrido entre la dimisión de Primo y la fundación de la Segunda República. Sería ministro de Trabajo en el gobierno de Azaña y las Cortes Constituyentes aprobaron entonces la mayor parte de las leyes que propuso en materia de derechos laborales: jurados mixtos creados por una asamblea legislativa elegida democráticamente en vez de por el noblesse oblige de un dictador, desgravaciones por alquiler, seguro de accidentes, los inicios de un servicio de salud pública, el primer sindicato en la historia española para trabajadores agrícolas sin tierra, etc.
Pero, a mediados de 1933, una combinación de la resistencia conservadora a las nuevas leyes, los enfrentamientos cada vez más frecuentes entre la policía y los obreros en las manifestaciones, y un empeoramiento de las condiciones económicas de resultas más de la depresión mundial que de acciones o inacciones españolas, destruyeron virtualmente el optimismo con que había sido saludada la República. No sólo Largo Caballero, sino una alta proporción de trabajadores socialistas y anarquistas, pequeños agricultores empobrecidos y estudiantes de universidad, perdieron la fe en las posibilidades gradualistas de la República y se decantaron cada vez más por doctrinas marxistas o bakuninistas, y por el ejemplo ya existente de la Unión Soviética como una solución de éxito aparente a los problemas del paro y la explotación.
Personalmente debo decir que siempre había atribuido el escoramiento de Caballero a la izquierda revolucionaria a los siguientes factores: su empatía con el espíritu y los sufrimientos de las clases trabajadoras, sus lecturas como un «obrero consciente», el ejemplo verdaderamente espeluznante del ascenso de Hitler al poder en Alemania y la conversión de sus amigos intelectuales, especialmente de Luis Araquistáin, que pasaron de ser admiradores del Partido Laborista británico a defensores de una revolución no estalinista, pero sí marxista y proletaria, como la única respuesta vigorosa a la depresión capitalista y el ascenso del fascismo y el nazismo. Al mismo tiempo, debo decir que nunca he acabado de comprender plenamente cómo tantos profesionales extraordinariamente inteligentes, bien educados y experimentados consiguieron convencerse en los años treinta de que la complejidad administrativa y las necesidades económicas del capitalismo industrial podían de algún modo ser asumidas, y supuestamente mejor gestionadas, por personas sin la más mínima experiencia empresarial.
Tras leer esta biografía del «Lenin español», añadiría varios factores nuevos. Su comprensible orgullo personal como un hombre hecho a sí mismo, así como el «calvinismo de izquierdas», que combinaba la ética tradicional con una autodisciplina revolucionaria, habían creado un tremendo sentimiento de autojustificación que se vio reforzado por el hecho de que, a pesar del extremo individualismo de los españoles y el extraordinario número de rupturas y subdivisiones en la política izquierdista, Largo Caballero fue sin duda el portavoz más ampliamente admirado de la izquierda revolucionaria en el período 1933-1937. La experiencia de los años veinte había sido también para él personalmente mucho más satisfactoria que la de los años treinta. Los políticos e intelectuales liberales lo habían apoyado mayoritariamente sin críticas negativas durante la «dictablanda», y él mismo había expresado dudas ocasionales sobre la importancia de la democracia y el republicanismo en aquellos años. En los dos primeros años de la República se había visto expuesto a las turbulencias del auténtico debate parlamentario. Ni los republicanos ni los socialistas parlamentarios ni la oposición monárquica y católica en las Cortes lo trataron con la gran deferencia personal a la que se había acostumbrado en los años veinte. Con una resistencia cada vez mayor a sus programas tanto en las Cortes como en la vida cotidiana, empezó a entonar su propio equivalente del «no es esto, no es esto» de Ortega y Gasset. Cuando el presidente Alcalá-Zamora disolvió las Cortes Constituyentes, Largo se negó a refrendar la continuación de la alianza republicano-socialista encabezada por Azaña y Prieto.
Más tarde, en los primeros años de la Guerra Civil, pareció ser el único líder político de la zona republicana en condiciones de poder ordenar la lealtad de la mayoría de los republicanos laicos, socialistas, comunistas y anarquistas en la lucha contra una dictadura militar apoyada internacionalmente por el fascismo.Ahora se puso rápidamente de manifiesto la tragedia de su «izquierdismo infantil» de los años 1933-1936. Su orgullo le impidió reconocer abiertamente la naturaleza ilusoria de sus recientes gestos revolucionarios, pero reconoció con sus actos la necesidad de reconstruir el Estado democrático «burgués», restaurar el gobierno civil, acabar con los paseos y las checas, gobernar de un modo que convenciera al menos a algunos de los gobiernos democráticos del mundo de que la causa de la República era la causa de la libertad humana. Insistió en ser su propio ministro de la Guerra, pero su edad, con la consiguiente lentitud a la hora de reconocer crisis inmediatas y de tomar decisiones, creó una situación en la que muchos de sus antiguos partidarios pensaron que debía ser relevado en esa función. Su orgullo le impidió aceptar esta concesión a la realidad, y los problemas acumulados de la República hicieron necesario forzar su dimisión y poner fin, en la práctica, a su carrera política en abril de 1937.
Retomo, para acabar, la revisión que hace Juan Francisco Fuentes de las palabras de Lévi-Strauss en relación con los mitos. La verdad «sobre la irresponsable actuación del socialismo entre 1933 y 1936»,¿ha contribuido a crear una mentira en relación con los orígenes de la Guerra Civil? A partir de mi lectura del libro, éste parecería ser el caso, ya que la oratoria protobolchevique y su constante desprecio por los republicanos «burgueses» facilitaron,sin duda,que los enemigos de la República ignoraran sus sólidos logros y sus compromisos democráticos.Pero el autor no aborda directamente en ningún momento en el texto su propia pregunta,que constituye todo un desafío: se trata de mi única decepción con este excelente libro.

01/08/2006

 
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