ARTÍCULO

Tres personajes sobre fondo rojo

Debate, Madrid
Trad. de Rafael Fontes
366 págs. 2.995 ptas.
 

Si el marxismo es, en gran medida, una teoría de las contradicciones, Karl Marx y su entorno más próximo fueron, en sus vidas y anhelos, un gran compendio de contradicciones, según se desprende de la biografía de Francis Wheen: Friedrich Engels, Jenny Marx y Karl Marx resultan tan caleidoscópicos en sus comportamientos que resulta muy difícil aclarar si vivieron como pensaron, si pensaron como vivieron o si entre vida y pensamiento hubo alguna vez algún eslabón causal.

De todos es conocido que Engels procedía de una familia adinerada y que pasó la mayor parte de su vida en Manchester, como uno de los socios de la empresa textil Ermen y Engels. Su existencia cotidiana fue, por tanto, mucho más la de un empresario adinerado que la de un exaltado revolucionario: poseía dos casas, era socio de los clubes más exclusivos, su bodega estaba bien provista y gustaba de cazar el zorro, a caballo, al estilo de la aristocracia inglesa. Su vida afectiva tuvo más de rutina pequeño-burguesa que de ascesis revolucionaria, puesto que no se conformó con tener una amante: tuvo dos, con las que convivió al mismo tiempo, Mary y Lizzie Burns. Por lo que respecta al proletariado inglés, no se hacía ilusiones y consideraba que difícilmente podrían constituir una fuerza de choque y de cambio social, dada su tendencia al aburguesamiento.

Y, sin embargo, Engels no dejó de apoyar a Marx a lo largo de toda su vida y de colaborar con él en la mayor parte de su obra. Lo apoyó con su dinero, y a veces con el dinero de la empresa –de la que sisaba ciertas cantidades, a veces nada despreciables–, ya que la absoluta incapacidad de aquél para desempeñar un trabajo fijo y sus incesantes disputas ideológicas, que lo desviaban de los compromisos que contraía como escritor, hubieran dado como resultado que, sin el respaldo de Engels, toda la familia Marx habría muerto de inanición. Lo apoyó con su pluma, asumiendo, en ocasiones, el papel de «negro»: la mayor parte de los artículos del Tribune de Nueva York, y muchas de las colaboraciones aparecidas en la New American Cyclopaedia, también neoyorquina, firmadas todas ellas por Marx, estaban, en realidad, escritas por Engels. Lo apoyó, incansablemente, en la gestación de sus trabajos, y especialmente en la de su «opus magna», puesto que recopiló y ordenó las notas y manuscritos que permitirían publicar los volúmenes II y III de El capital, cuando Marx había muerto ya. Lo apoyó hasta en su entierro, dado que fue Engels quien pronunció la oración fúnebre y quien lo calificó de genio revolucionario ante las otras diez personas que asistieron al sepelio. Jenny von Westphalen, la aristócrata prusiana que se casó con Marx, con quien tuvo seis hijos, estaba destinada, por linaje, a ser la esposa de un oficial prusiano con fortuna propia y, en realidad, su primer novio fue un alférez que reunía dichas características. Pero se enamoró de un doctor en Filosofía, versado en las ideas de Hegel, cuya fuerza intelectual la intimidaba y con quien viviría una azarosa vida de exilios y penurias, dolorosamente marcada, entre otras cosas, por la muerte de tres de sus hijos.

De su ambiente familiar, Jenny conservó siempre ciertos reflejos puritanos. No le gustaba nada la convivencia de Engels con Mary Burns, hasta el punto de referirse a ella como la esposa de Engels, y se escandalizaba todavía más ante la vida en común de Engels con las dos hermanas Burns. Procuró no enterarse de las relaciones adúlteras de su marido con Helene Demuth, Lenchen, la sirviente que su madre le envió desde Treveris y que pasaría a formar parte, como un miembro más, de la familia Marx. Y lo hizo hasta tal punto que encubrió, con notable discreción, el nacimiento del hijo de Karl Marx y Lenchen, que llevaría el nombre de Henry Frederick Demuth y que, al parecer, sería entregado poco después a unos padres adoptivos. Ese encubrimiento lo aceptó, en parte, para no dañar la reputación internacional de Marx y hay que suponer que, en parte, para superar, cuanto antes, el amargo trance de esposa engañada. Pero Jenny Marx fue, asimismo, la secretaria eficaz de su marido, el ama de casa que soportó las condiciones, a menudo miserables, que rodearon sus vidas, la defensora incansable de la actividad de Marx, por errática que ésta fuera, y, sin duda alguna, su compañera fiel hasta su propia muerte.

Dada la incomprensible caligrafía de Marx, parece que sólo Engels y Jenny eran capaces de poner en limpio, y hacer legibles, sus escritos; pero casi siempre el trabajo recaía en Jenny, por razones de proximidad física. Y sin los esfuerzos de ésta, es muy posible que algunos escritos se hubieran perdido. La carta que Jenny envió a Joseph Weydemeyer, un amigo de toda la vida de los Marx, en 1850 –recogida en las págs. 148 y 149 del libro que comentamos– constituye un relato sobrecogedor de sus miserias diarias y de las penalidades por las que tuvieron que atravesar en múltiples ocasiones, cuando los pagos por algún artículo no llegaban o se retrasaban las donaciones de Engels; porque la carta hilvana, en una secuencia desgarradora, su precaria salud y la de su hijo, la expulsión, por impago, de la casa que ocupaban, el embargo de los enseres familiares y la búsqueda de un nuevo lugar en el que vivir. Una situación que llevaría a Jenny, de nuevo embarazada y siempre enferma, a viajar a Holanda poco después para descansar en la casa de un próspero comerciante, tío de Karl y nada admirador de las ideas de su sobrino. Es probable que una personalidad menos estoica que la de Jenny hubiera terminado por renegar de un marido que la había condenado a una vida de exilio, miseria y tragedias familiares, pero no fue así: Jenny siempre creyó en las ideas y las obras de Marx, siempre pensó que si sus libros no encontraban el aplauso esperado –como sucedió con Una contribución a la crítica de la economía política– era porque los demás se equivocaban; y fueron para Karl sus últimas palabras, gritadas en el momento de su muerte, el 2 de diciembre de 1881.

Pero ni Engels ni Jenny pueden compararse al propio Marx en el terreno de las disfuncionalidades entre comportamiento y pensamiento. Marx era violento e intolerante, amante del lujo y escasamente sensible ante las tribulaciones de los demás, aunque pertenecieran a su entorno más cercano; su vida fue un prodigio de desorden aunque resultaba también ser un marido y padre cariñoso; y Marx ha sido, sea cual sea la opinión que su obra merezca, el pensador que más ha influido en los grandes movimientos sociales de los siglos XIX y XX.

Marx demostró, a lo largo de su vida, poseer una personalidad violenta, tanto de obra como de palabra. Siendo estudiante, en Bonn, ya se había batido en duelo con uno de los integrantes del Borussia Korps, pandilla dedicada a imponer, por la fuerza, los valores tradicionales de la aristocracia prusiana. Pero esa reacción, justificable en la circunstancia descrita, la repetirá mucho más tarde, al retar al director del Deutsche Zeitung de Londres por lo que consideraba una calumnia publicada en su periódico y, en el mismo año de 1852, a Karl Eduard Vehse, un historiador alemán, por sus comentarios sobre Los grandes hombres del exilio, uno de los panfletos de Marx. Pero si de obra podía ser violento, de palabra y pluma lo era mucho más: muchos de sus escritos, algunos de los cuales retrasaron considerablemente la aparición de sus trabajos fundamentales, se deben a la necesidad de verter críticas feroces sobre los más diversos personajes, pero especialmente sobre aquellos que se desviaban de sus concepciones económicas, políticas o sociales: personajes entre los que figuran Bruno Bauer, profesor de teología, colaborador de Marx durante algún tiempo; Andreas Gottschalk, socialista y presidente de la rama local de la Liga Comunista de Colonia; Karl Vogt, un político liberal exiliado en Suiza y que lo había caricaturizado en un pequeño libro de gran venta; Ferdinand Lassalle, socialista y gran admirador suyo; o Karl Kautsky, otro socialista alemán por el que, desde el primer momento, sintió un gran desprecio.

Aunque su vida material constituyese una cadena de privaciones, compartidas por toda su familia, Marx gustaba del lujo y se preocupaba por el qué dirán. Cuantas veces le llegaba una herencia o un legado, otras tantas veces cambiaba de casa por otra más cómoda y situada en un barrio más burgués: o se llevaba de vacaciones a toda la familia a alguna zona veraniega; o bien organizaba una fiesta para que sus hijas pudieran relacionarse adecuadamente; o se deleitaba bebiendo champán de marca; o pasaba unos días en balnearios de postín, a los que se aficionó tras recalar en el de Carlsbad para curarse una dolencia de hígado.

Su sensibilidad ante acontecimientos trágicos y cercanos también dejaba mucho que desear. Calificó de acontecimiento feliz la muerte de un tío de su mujer, que legó a ésta una suma apreciable; tras recibir una nota de Engels en la que le comunicaba que Mary Burns había muerto, contestó con una carta que incluía una muy escueta condolencia y una larga relación de sus calamidades y de su falta de dinero, para terminar preguntándose si el lugar de Mary Burns no hubiera debido ocuparlo su madre, la de Marx, propensa a las enfermedades y que había vivido ya bastante. Por cierto, la falta de tacto de su respuesta enfrió, durante un corto tiempo, sus relaciones con Engels, sinceramente afectado por la muerte repentina de su compañera. Un tiempo muy corto, porque Engels reanudó su ayuda tan pronto como recibió sus disculpas. Poco después murió Henriette Marx, su madre, y el comentario de Marx no fue, precisamente, un modelo de afecto filial, aunque, con dinero de Engels, se desplazó a Treveris, para conocer, probablemente, el contenido del testamento.

Pese a haber diseccionado, más de una vez, el sistema de la economía burguesa y el orden que sustentaba el capitalismo, la vida personal de Marx fue un modelo de desorden caótico: no tenía hora fija para dormir o despertarse; no escribía nada durante un cierto tiempo, aunque después se dedicase a ello día y noche; incumplía una y otra vez los compromisos con directores de periódicos y editores; era bebedor y, a veces, lo hacía sin tasa. El gran ideólogo de la Primera Internacional parecía tener mucho más de intelectual bohemio que de organizador riguroso.

Pero también le gustaba jugar con sus hijos, les contaba cuentos –era un consumado inventor y contador de historias–, se preocupaba por su educación y hasta despotricaba, en ocasiones, de sus maridos y novios; tanto que prohibió a su hija Eleanor que siguiese viendo a un novio francés, algo que Eleanor, Tussy, no cumplió aunque, finalmente, cambió de novio. Casadas sus hijas, y nacidos sus nietos, la Némesis del capitalismo, el más peligroso perturbador del orden social tradicional, el hombre sobre cuyas ideas se basaría la construcción del durísimo proyecto de ingeniería social que la Revolución soviética pondría en marcha, en 1917, cumplía, paciente y afectuosamente, con sus deberes de abuelo.

En La ideología alemana, una obra juvenil de Marx y Engels, se afirma que la superación del capitalismo, la liberación del hombre en suma, le iba a permitir cazar por la mañana, pescar por la tarde, apacentar el ganado por la noche y dedicarse a la crítica, después de comer, sin necesidad de ser, exclusivamente, cazador, pescador, pastor o crítico. Esa curiosa pirueta intelectual, que ataca las bases de la división del trabajo, no ha tenido nunca su reflejo en la realidad de ningún país socialista, pero las múltiples vidas que la idea encierra parecen, eso sí, reflejar las trayectorias vitales de Friedrich Engels, Jenny Marx y Karl Marx.

01/06/2001

 
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