ARTÍCULO

San Semprún o la escurridiza memoria

Tusquets, Barcelona
Trad. de Rosa Pilar Blanco
464 pp. 24 €
 

Cuenta Franziska Augstein, en su biografía de Jorge Semprún, la reacción del escritor alemán Martin Mosebach al saber éste que la periodista había conocido al novelista, pensador y político políglota y cosmopolita: «¡Oooh –exclamó Mosebach con un énfasis respetuoso, aunque fingido–, san Semprún!». La irónica observación, posiblemente cargada a la vez de admiración y de envidia, se sitúa en el tiempo después de que la autora recordara la concesión del Premio de la Paz de los libreros alemanes al hispanofrancés en 1994 y tras haber recogido una larga cita de la reseña que el periodista también alemán Arno Widmann había dedicado en 1989 a Netchaiev ha vuelto, muestra acabada de la ambivalencia que despierta la obra literaria del biografiado: «Muchas citas, incontables títulos de libros, un extravagante mundo de lectura. [...] En estos pasajes –añade el periodista– desearías arrojar el libro a un rincón».
Tiene Jorge Semprún, y somos muchos en desearle que la conserve y retenga durante mucho tiempo, una vida de las que con razón se consideran novelescas, tanto que parece más propia de la ficción que de la realidad: niño español de familia ilustre e institutriz alemana, hijo de padres republicanos próximos al catolicismo progresista de Emmanuel Mounier, arrojado al exilio francés desde los primeros días de la Guerra Civil, jovencísimo miembro de la Resistencia contra los alemanes que lo detienen, lo torturan y envían al campo de concentración de Buchenwald, ardiente comunista desde sus años mozos, destacado por el Partido Comunista de España para realizar labores clandestinas en Madrid en la década de los cincuenta del pasado siglo, desencantado del estalinismo y acerbo crítico de sus antiguos compañeros de partido en los sesenta, literato y cineasta en la Francia de los ochenta, ministro de Cultura del gobierno socialista de González a finales de la década y un largo etcétera que incluye novelas, guiones cinematográficos, ensayos, premios y éxitos varios. Augstein lo narra como seguramente Semprún lo hubiera querido –no en vano el libro empezó como una larga entrevista al escritor y, si bien no cabe hablar de una «biografía autorizada», resulta evidente que la autora ha gozado de acceso ilimitado al biografiado–: la vida no es tanto el relato de lo acontecido como el recuerdo que de ello queda. Y es en la trabajosa reconstrucción de esa memoria, con sus imprecisiones, lapsos y ambigüedades, donde se recrea, no siempre con ánimo laudatorio, dicho sea de paso, esta biografía del que en algún momento de su vida se hizo pasar por Federico Sánchez. Tanta es la influencia que el biografiado ejerce sobre la periodista que este Lealtad y traición bien pudiera figurar como parte de la bibliografía del autor, sistemáticamente construida sobre la recomposición de su agitada trayectoria vital a través de los espejos deformantes de la memoria. Y muy a menudo, como apunta la recensión del periodista alemán citada anteriormente, batida por los pesados espantajos de la erudición literaria. Presume Semprún, y hace bien, de español: todavía se recuerda el susto de González cuando, después de haber anunciado su nombramiento como ministro de Cultura, pensó por un instante que a lo mejor, y después de tantos años en la douce France, ya no tenía la nacionalidad del país en cuyo gobierno le invitaba a participar. Pero en realidad su prosa y su estructura mental tienen influencias foráneas, francesa la primera –la más literaria– y alemana la segunda –permeada del idealismo filosófico germano–. Augstein comprende a la perfección esta dimensión del personaje y en ella se detiene con fruición y conocimiento, produciendo un interesante y trabajado texto cuyos defectos coinciden con los de las narraciones autobiográficas de Semprún: nos interesan los hechos, nos aburren las reflexiones que los acompañan. En el camino, o en la cuneta, quedan los imprescindibles detalles que ayudarían a comprender en su dimensión la vida del héroe: cuándo y de la mano de quién entró en el Partido Comunista, en qué consistió su participación en la resistencia antinazi, cómo fue la tortura que recibió de manos de la Gestapo, cómo transcurrió su vida en Buchenwald, en qué consistió la clandestinidad madrileña, cuáles fueron sus relaciones de amistad y colaboración o de enfrentamiento con los protagonistas del mundo cultural francés, desde Alain Resnais a Marguerite Duras, etc. Y, por supuesto, la descripción precisa del proceso mental que convierte a mozalbetes republicanos liberales en comunistas que escriben odas nauseabundas al padrecito Stalin para luego abjurar violentamente de las creencias que les habían convertido en simpatizantes, cuando no en practicantes, de la capilla del horror. Es sumamente ilustrativo, aunque poco novedoso a estas alturas de la historia, consultar la nomenclatura de los que en aquellos años de la clandestinidad, y al servicio del Partido con mayúsculas, compartían en España con Semprún militancia y disciplina. Como ilustrativa y estremecedora resulta, y en ello Augstein no ahorra detalles ni adjetivos, la narración del desgarro con que los antaño fieles y hoy heterodoxos reciben la noticia de su expulsión del Partido. Para Semprún, ello supuso un dolor profundo. Escribe Augstein: «Expulsado del PCE, Semprún experimentó la misma desdicha que sintieron todos los que habían atravesado la misma experiencia que él».
Pero así como Semprún recurre a veladuras varias, literarias o filosóficas, para describir el primer tercio de su existencia –el exilio, la Resistencia, la Gestapo, Buchenwald–, se viste de un feroz realismo carpetovetónico cuando describe su radical desilusión con la experiencia comunista –La autobiografía de Federico Sánchez, de 1977, es un libro de poderoso aliento y eficaz mensaje– o cuando, al rebufo de su caída en favor de los Carrillos y Pasionarias que en el mundo han sido, colabora con Alain Resnais, Constantin Costa Gravas y Joseph Losey en la escritura de unos guiones cinematográficos de excelente factura que tienen como permanente trasfondo la denuncia del totalitarismo y el rechazo de los dogmas del socialismo real. Augstein pasa un poco de puntillas sobre esa faceta del Semprún poscomunista, quizá la que le depare el mejor sitio al que pueda aspirar en el olimpo de la creación. En mi particular imaginario prefiero Z, La confesión, Sección especial, de Costa Gavras, La guerra ha terminado, de Resnais, o Las rutas del sur, de Losey, además de la saga en dos volúmenes de Federico Sánchez –en el último de los cuales Alfonso Guerra ha sustituido a Carrillo en el papel de malvado– a los meandros retorcidos de El largo viaje, La segunda muerte de Ramón Mercader, Netchaiev ha vuelto o incluso la tan alabada La escritura o la vida. Como ejemplo véase la lucidez que invade al protagonista de la película de Resnais, un evidente trasunto del propio Semprún, al aire de su divorcio de los comunistas españoles, describiendo la España tardofranquista: «La desgraciada España, la España heroica, la España en el corazón: estoy hasta la coronilla. España se ha convertido en la buena conciencia lírica de toda la izquierda: un mito para antiguos combatientes. Mientras, catorce millones de turistas se van de vacaciones a España. España ya no es más que un sueño turístico o la leyenda de la Guerra Civil. Todo esto mezclado con el teatro de Lorca, y ya estoy harto del teatro de Lorca. ¡Ya está bien de mujeres estériles y de dramas rurales! [...] España ya no es el sueño de 1936, sino la realidad de 1965, aunque esto parezca desconcertante. Han pasado treinta años y me j... los antiguos combatientes»Páginas 88 y 89 del guión original de La guerre est finie, París, Gallimard, 1966, citado en Jaime Céspedes Gallego, «Un eslabón perdido en la historiografía documental de la Guerra Civil: Las dos memorias de Jorge Semprún», Cartaphilus, Revista electrónica de Investigación y Crítica Estética de la Universidad de Murcia, vol. 5 (2009), p. 35 (traducción al español de Jaime Céspedes)..
Y si poca es la atención que Augstein presta a la sugerente carrera de Semprún como guionista cinematográfico, nula es la dedicada a Las dos memorias, un absorbente documental dirigido por el propio escritor en 1974 y dedicado a la demostración de lo que hoy resonaría como herético en los castos oídos de los partidarios de la resurrección de la mal llamada y selectiva memoria histórica: la guerra la perdieron los republicanos doblemente, contra Franco y contra sí mismos, en la orgía de divisiones y subdivisiones fratricidas que las izquierdas perpetraron contra ellas mismas durante la contienda civilCartaphilus, vol. cit., pp. 32-43.. Algo no demasiado lejano de lo que había mantenido Gustavo Durán, el músico convertido en general de los ejércitos republicanos, inspirador de personajes en las novelas de Malraux y Hemingway y figura admirada –quizá también envidiada– por Jorge Semprún. Tanto como odiada por el comunismo ortodoxo de la posguerra. La conexión Malraux-Semprún, tan explícita en la época temprana del escritor, no se le escapa a la periodista alemana. Lástima que su periscopio haya ignorado las aventuras cinematográficas de su biografiado. Seguramente en ellas habría encontrado interesantes claves para describir la textura personal, política e intelectual del sujeto de su relato.
Como dirían los cursis convencionales, Semprún es un personaje de interés poliédrico, cuyo atractivo reside en parte en su misma ambigüedad. ¿Quién es Jorge Semprún? Posiblemente ni él mismo lo sepa del todo. Franziska Augstein, observadora apasionada del personaje, no deja de contribuir a despejar algunas de las piezas del rompecabezas. ¿Están todas? Seguramente no.

01/04/2011

 
COMENTARIOS

alfonso 12/11/13 00:34
Gracias al Sr. Ruperez por leer el libro de un excomunista y sobre todo gracias por desearle larga vida (murió a los dos meses de escribirle tan "puntilloso" artículo).

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