ARTÍCULO

El oído reinventado

Turner, Madrid
Trad. de Gabriel Menéndez Torrellas
192 pp. 18 €
 

Si tuviese que elegir una sola de entre las numerosas frases iluminadas que nos ha dejado John Cage (Los Ángeles, 1912-Nueva York, 1992), me quedaría con su afirmación de que «ningún silencio existe que no esté cargado de sonido». Es una de las muchas maneras de advertir que deberíamos aprender a escuchar el mundo con oídos nuevos. O de que la percepción estética y no meramente funcional de los sonidos que nos rodean es una actividad musical de primera magnitud. Y a ello nos invitó el compositor californiano incesantemente, con su obra y con sus escritos.
Recientemente aparecido en castellano en la colección de Turner Música, el libro que David Nicholls ha elaborado bajo el título John Cage, cuya primera edición en inglés vio la luz en 2007, es algo más y algo menos que una biografía. No en vano en el par de citas que anteceden al «preludio» –así llamado– de la obra, se nos deja claro que la historia hay que inventarla y que el biografiado lo hizo con frecuencia. Pero ello no implica ausencia de rigor en Nicholls, un profesor de música de la Universidad de Southampton que ha sido autor, entre otras páginas, de un volumen sobre música experimental estadounidense y de artículos diversos sobre el propio Cage.
En lo que tiene de perfil biográfico, el formato del libro que nos ocupa sigue un criterio estrictamente cronológico, que va llevándonos con amenidad desde el nacimiento y genealogía del compositor –su padre era inventor– hasta sus años de aprendizaje, sus primeras obras y sus encuentros y colaboraciones con creadores que marcaron de forma indeleble su trayectoria, de la que se ofrecen algunos de los hitos fundamentales. A través de todo ello no sólo vamos acercándonos a la obra y al pensamiento del músico, sino a vislumbrar cómo y de qué modo, en palabras del propio Nicholls, «Cage se convirtió en Cage». Es decir, en un icono de la cultura estadounidense de la época, internacionalmente aceptado ya desde comienzos de los años sesenta del pasado siglo.
Es reseñable el acercamiento que se nos ofrece a detalles puntuales de la vida del compositor, en lo que éstos tienen de esclarecedores para la toma de decisiones que influirían en su carrera y en su obra. Entre esos detalles se encuentran la aspereza de trato que le dispensaba su madre, las relaciones con maestros como Henry Cowell o Arnold Schoenberg, su matrimonio y posterior separación, la relación profesional y sentimental con Merce Cunningham, el nacimiento y posterior dispersión de la llamada Escuela de Música de Nueva York –en la que se relaciona con personalidades como David Tudor, Morton Feldman y Earle Brown–, el contacto con los pintores norteamericanos del momento o la inmersión en el pensamiento zen.
Desde esas consideraciones, podemos vaticinar que el trabajo de Nicholls va a servir para despertar la curiosidad y el interés hacia Cage en quienes no hayan escuchado ni un solo minuto de su música, pero también aporta valoraciones complementarias a quienes sí lo hayan hecho. Para estos últimos serán especialmente bienvenidos los datos que se ofrecen sobre la estructura y los contenidos de algunas obras emblemáticas de la producción cageana, desde las Sonatas e Interludios a las Európeras, pasando por sus series de Mesostics, Atlas Eclipticalis o por la más controvertida de todas ellas: la «silenciosa» 4' 33". Todo ello, naturalmente, sin olvidar la referencia detallada a sus escritos, recopilados en libros como Silence o Del lunes en un año, ambos, por cierto, volcados a nuestra lengua por sendas editoriales en un muy amplio intervalo temporal.
Esa referencia a las interioridades de las partituras, que en todo caso nunca pretende llegar a un análisis, no siempre es feliz en cuanto a la claridad de lo expuesto. Pero, al no conocer el texto original, no sabemos si el problema hay que situarlo del lado de la traducción que, en todo caso, sí puede plantear perplejidades al lector en ocasiones: por ejemplo, con respecto al uso de las nociones musicales de tono y nota.
En el debe de esta edición también habría que situar la ausencia de una introducción a la edición española que pudiese complementar datos de los que el texto carece y que se antojarían de interés para el lector de nuestro país. Hablo justamente de la presencia de Cage entre nosotros: desde la primera y fallida intentona compositiva de su carrera, que tuvo lugar en Palma –esa sí citada por Nicholls–, a las no mencionadas presencias de Cage en los Encuentros de Pamplona de 1972 o en las actividades en torno a su obra y su figura en el Festival de Otoño de Madrid de 1991, una ocasión trascendente aunque sólo fuera por situarse a pocos meses de su fallecimiento. En dicha introducción podríanse haber citado, asimismo, recientes ediciones e iniciativas en torno al músico californiano, al menos las posteriores a la fecha de redacción del texto original de Nicholls. Nos referimos, por ejemplo, a las interesantes actividades que –de nuevo entre nosotros– se desarrollaron en Castellón durante los últimos meses de 2008 o a la publicación en Italia de un volumen con abundante material visual y sonoro sobre una notable realización cageana de 1978 que, por cierto, Nicholls no menciona: El tren de Cage.
Los detractores del compositor estadounidense han puesto el énfasis en sus dificultades con la armonía, ya señaladas por su maestro Schoenberg. Y muchos se han sentido cómodos calificándolo de «inventor», quizá para rebajar con ello su valía compositiva. La relación entre maestro y discípulo es tratada por Nicholls en la obra que comentamos, mostrando cómo Cage toma distancias conscientemente respecto de la tradición musical europea.
El libro que nos ocupa se escribe –se «inventa», podríamos decir, siguiendo a su autor por los vericuetos de la incertidumbre que subyace siempre bajo los fríos datos– desde una honradez apegada a los materiales que David Nicholls ha podido rastrear con tenacidad en archivos y en trabajos previos, en su mayoría escritos en Estados Unidos, incluidos los suyos propios. Ni inventario de acontecimientos ni exposición de anécdotas –que, por su parte, el biografiado ha divulgado ampliamente, casi como cuentos zen, desde sus textos y sus conferencias–, está escrito desde la confesa admiración por Cage, pero en sus páginas está ausente la complacencia. «Que los sonidos puedan ser sonidos», decía Cage. Y Nicholls nos permite que el autor pueda ser visto como tal, sin adornos. Ello implica derribar tópicos y, en este sentido, hemos de agradecer especialmente un trabajo que se aborda con talante divulgativo sin caer en el discurso simplificador, pues por desgracia no son escasos los textos que han tratado de servir a la obra y al pensamiento de Cage desde tales postulados. Un pensamiento que ha sido fecundo para compositores y artistas de diversas generaciones por su carácter antiacadémico y renovador a la par que crítico, y que a buen seguro seguirá siéndolo para las generaciones presentes y futuras.

01/07/2010

 
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