ARTÍCULO

¿Hegel redescubierto?

Acento, Madrod, 927 págs.
Trad. Carmen García-Trevijano Forte
 

I

Toda persona culta, escribe Terry Pinkard al comienzo de su reciente biografía de Hegel, cree saber algo de él: precursor de Marx, sólo que en idealista; inventor de la tríada tesis/antítesis/síntesis, con la que explicaba la historia; glorificador del Estado prusiano y apoyo del nacionalismo y autoritarismo alemanes bajo el manto del Espíritu absoluto. En definitiva, Hegel como modelo de la profundidad y el confusionismo, cuando no el peligro, germánicos. Pinkard es eficaz desmontando estos clichés a lo largo de 900 páginas. Pero seguramente el significado de su biografía va más allá de la divulgación de cosas ya conocidas entre los especialistas, a los que el mismo Pinkard pertenece. Durante la Guerra Fría, y desde antes, fue la izquierda centroeuropea la que trató de encontrar en Hegel, entendido aproximadamente como un modernizador socialdemócrata, un punto de reflexión, apoyo, contraste en medio de una academia conservadora cuando no desnazificable. Lukács, Bloch, Merleau-Ponty, Sartre, Adorno, Marcuse (muy expresamente y en inglés desde Razón y Revolución, 1941) participaron de una u otra forma en esta empresa, que, en parte, cristalizó institucionalmente en la HegelGesellschaft (1955). La hermenéutica más «occidental» respondió neutralizando filológicamente a Hegel primero con la fundación del Hegel-Archiv en Bonn (1958), luego con la creación de la Hegel-Vereinigung (1962), la edición crítica de Hegel en curso a cargo del Hegel-Archiv y, en definitiva, con el aparato universitario de la Bundesrepublik, sometido al Berufsverbot (la exclusión de los «comunistas»). Luego, con el cambio ideológico y la Ostpolitik en los últimos años de la Guerra Fría, las dos sociedades hegelianas se fueron acercando y la misma HegelGesellschaft se escindió en un último intento soviético por controlarla. En los años setenta se venía a publicar un libro sobre Hegel por día y hasta la Iglesia española, en sus sectores más previsores, preparó la transición enviando a algunos de sus alevines a estudiar Hegel en Alemania.

Todo esto es pasado; pero la razón de que Hegel se restaurara en forma filológica se debió en gran parte a que, una vez que no se podía abandonar esa posición prestigiosa a la «izquierda», tampoco se podía asumir doctrinalmente. Y aquí cobra todo su sentido la advertencia inicial de Pinkard. Durante el siglo XIX Inglaterra estuvo cerrada al hegelianismo tanto por la ortodoxa orientación teísta de su universidad como por el positivismo dominante fuera de ella. La situación cambió a partir del notable The Secret of Hegel (1865) de James Hutchison Stirling, que presentaba un Hegel realista y político frente al liberalismo atomista a lo Manchester; en 1910, el Commentary on Hegel's Logic de McTaggart trascendería ampliamente las fronteras británicas, mientras que en los Estados Unidos Josiah Royce daba una importante versión de Hegel cercana al pragmatismo. Lo que acabó con Hegel en el ámbito anglosajón no fue tanto la filosofía analítica como la Primera Guerra Mundial. Hegel ha pertenecido desde entonces al campo de los enemigos vencidos.

Pues bien, después de años de virtual incomunicación entre las academias alemana y anglosajona, ahora es un profesor formado en Cambridge, como McTaggart, quien ha certificado desde una universidad norteamericana el entierro definitivo del panfleto antihegeliano de Popper La sociedad abierta y sus enemigos (1945). Esta obra, que habría sido descabellada sin un trasfondo de hegemonía, ha formado parte en España del reciclado de una izquierda intelectual en la filosofía anglosajona.

Ahora, por primera vez en un siglo, los profesores alemanes, cuya gran ilusión –casi siempre frustrada en comparación con sus colegas franceses– ha sido ser invitados en Estados Unidos, se ven reconocidos en su filósofo más emblemático. Pinkard ha recibido el Premio Humboldt de investigación y se le han abierto las puertas en Berlín, a la vez que la British Hegel Society establece contactos por primera vez con la Hegel-Vereinigung, y la norteamericana University of Notre Dame inicia contactos similares. Alemania pertenece ya al reino unificado del Bien.

II

Un examen más detenido del libro de Pinkard muestra que no sólo ha estudiado Hegel en alemán y en Alemania, sino que está al día con la bibliografía alemana, la cual combina con la bibliografía anglosajona, de ordinario menos conocida, pero apreciable. Ello amplía ambos campos, habitualmente aislados, como mostró la lenta penetración en Alemania de los importantes trabajos del inglés Michael Petry. Por otra parte, no aduce prácticamente bibliografía más que en esos dos idiomas, tal vez por desconocimiento lingüístico, ni apenas de otro estilo que el filológico-hermenéutico. El resultado arroja la apariencia de una alianza hegemónica y comporta cierta limitación.

El Hegel de Pinkard es así germanamente erudito y anglosajonamente, discreto, desmitologizado; el tono y la elección de las anécdotas tienen no pocas veces un gustillo como de «clásicos populares»; el gesto de llaneza puede ocultar en su plausibilidad arbitrariedades, como la afirmación de que el Systemprogramm de 1796-1797 quizá sea un apunte improvisado, cuando por el manuscrito consta la solemnidad excepcional de su escritura; otras veces pasa con brevedad quizá demasiado divulgativa por tesis capitales como «lo que es racional es real y lo que es real eso es racional». La claridad y urbanidad con el lector produce un Hegel apto para el consumo superior –gentrified, si se me permite la expresión–; pero a costa a veces de una arriesgada acentuación de factores individuales, «personales». Tampoco es que la vida de Hegel fuera especialmente tumultuosa o brillante; pero encuentro falta de sintonía con el Hegel juvenil y quizá con el dramatismo de sus planteamientos, agudamente notado por Lukács en El joven Hegel; la especulación de Hegel fue en realidad su terapia, como consta incluso por su correspondencia. En cambio, la biografía va ganando en intensidad y plausibilidad a medida que Hegel envejece, para terminar con un bello epílogo sobre la caducidad de las empresas teóricas y el recuerdo del amigo perdido Hölderlin (cuya importancia para la especulación hegeliana argumenta convincentemente con Henrich, aunque sin por ello lograr fuerza persuasiva).

La relativa pesadez del libro se debe, en parte, no sólo a su longitud, no exenta de repeticiones, sino a la pretensión de contar a la vez la vida de Hegel y el contenido de sus obras, tarea esta última casi imposible en el caso de la Fenomenología del Espíritu, la Ciencia de la Lógica o la Enciclopedia. Por otra parte, Pinkard ha destacado asimismo obras menores, como la recensión de Jacobi de 1817, que expone accesiblemente el núcleo especulativo de Hegel, o su último escrito sobre la reforma de la Constitución inglesa, igualmente significativo para su teoría política (creo que, por desgracia, no están traducidos al español). En todo caso, Pinkard mismo aconseja leer su libro parcialmente según los intereses del lector y ha separado con claridad las partes biográficas de las doctrinales. Entre estas últimas cabe destacar la precisión y claridad con que ha expuesto la justificación especulativa de que se valió Hegel en Jena para asentar las bases de su propio sistema, mientras que la contextualización de su filosofía de la naturaleza me parece insuficiente. Posiblemente el mejor lado del libro de Pinkard sea la parte estrictamente biográfica y los resúmenes que ofrece de escritos menores. Para completarla con un enfoque especulativo, se podría recurrir en español a la biografía doctrinalevolutiva, aún más extensa que la de Pinkard, escrita por Félix Duque dentro de La era de la crítica (Akal, 1998). Esta especie de estenografía de unas clases desbordantes puede ofrecer aquí y allá puntos de enganche con ese Hegel casi inaccesible que Pinkard ha hecho lo buenamente posible por urbanizar. Pero, en el fondo, ningún manual ni monografía puede suplir ni la lectura de Hegel ni la percepción del imposible que es su reconstrucción, un imposible en el que tan brillantemente se ejercitó el Glas (1974) de Derrida.

Otros méritos de Pinkard consisten en mostrar cómo para Hegel no había «leyes» de la historia, pues sólo la naturaleza admite leyes, no el Espíritu, y cómo el pensamiento de Hegel nunca se detuvo, sino que constantemente renovó sus planteamientos (hasta cierto punto, subrayaría yo, pese a la insistencia de los «filólogos» al respecto). Como bien expone Pinkard, Hegel no fue liberal, esperándolo todo, como lo esperaba, de una élite ilustrada y competente al servicio del Estado; el sufragio universal, según Hegel, reduciría la participación política a una ceremonia plurianual; pero a la vez siguió atentamente el surgimiento de la opinión pública. El romanticismo y el nacionalismo románticos los miró con la máxima antipatía, tanto su carácter retrógrado –v. g. en la evolución político-religiosa de Friedrich Schlegel– como su agitación política (las soflamas de Fries e incluso el progresismo moderado de Schleiermacher). «La vida moderna», iniciada para Hegel por la Revolución Francesa y Napoleón, no por la Glorious Revolution, había dejado en el pasado el mundo «provinciano», adjetivo del que gusta mucho Pinkard, insinuando, como sospecho, la predilección anglosajona por lo «global» y neutralizado. Precisamente frente a la explicación genérica e inocua que da Pinkard del rápido desplome del hegelianismo por las disputas entre sus seguidores, la fragmentación creciente de la vida moderna y el ascenso de la ciencia, no se debería omitir que fue la brutalidad del régimen prusiano, definitiva desde el acceso al trono de Federico Guillermo IV en 1841, lo que demostró a cara de perro que ya no necesitaba la retórica de Hegel, de modo que en la siguiente generación a éste quedó pulverizada su pretensión socialdemócrata, máxime cuando coincidió con una modernización autoritaria imparable. En cambio, el hegelianismo tuvo importantes efectos no sólo en los «jóvenes hegelianos» (como me parece preferible llamar a la «izquierda hegeliana»), sino en los países eslavos, que estaban realizando su proceso nacional de modernización social y política, e incluso en los próceres de la primera República española, en Francia y sobre todo en la Italia del Risorgimento. Pero el facit final del libro de Pinkard parece ser un Hegel serenado, puesto en su sitio perecedero como el individuo que fue. Ahora Hegel entra en la historia como bien común de Occidente, al igual que Nicolás de Cusa o Plotino.

III

La traducción de Carmen García-Trevijano reproduce agradablemente la claridad y limpieza del inglés de Pinkard. Además, lo que por desgracia es poco frecuente, se ha preocupado de buscar traducciones al español para los textos y obras que Pinkard lógicamente cita por su edición inglesa. Ciertamente esto no ocurre sin desfallecimientos, pues, quizá por la excepcional celeridad con que se ha publicado la traducción, no considera una serie de títulos de Hegel y Hölderlin en español u omite su paginación, e incluso cita el Systemprogramm por la paginación inglesa, aduciendo erróneamente que la traducción española disponible es incompleta. También el hecho de que la traductora no sea una especialista en Hegel pudiera traslucirse en traducciones problemáticas como «en y por sí mismo», «lo Absoluto», «eticidad», si bien ello no afecta apenas a la inteligibilidad de un texto que evita en lo posible toda jerga, incluida la hegeliana. Sólo notaría yo, matizando aquí a Pinkard, que el problema con Hegel no reside tanto en su vocabulario, que él trataba de que no se saliera del uso común alemán, como en el tipo de raciocinio y desarrollo, en la complejidad de sus alusiones teóricas y en la pérdida actual de sus contextos. Precisamente lo que más se le puede reprochar a las traducciones de Hegel es el empeño en hacer jerga de lo que Hegel intentaba al menos mantener plausible terminológicamente. Así, «sublación» no me parece una traducción ni elegante ni correcta para Aufhebung, «incompletez» chirría y la concordancia española con palabras alemanas no respeta su género, con resultados a veces chocantes. También mejor que referirse a la filosofía de Jacobi, muy poco partidario de la revolución, como «jacobina», sería eludir el adjetivo o llamarla «jacobiana». Y de un buen orador se espera que electrice a su auditorio, pero no precisamente que lo «electrifique» (pág. 96).

En el meritorio trabajo editorial, limpio y con las mínimas erratas menores, hay que señalar con todo el hábito alarmante de suprimir la tilde en pronombres demostrativos, sólo (solamente), aún (todavía) y el cómo interrogativo (acentuando en cambio el «como» modal, pág. 217). Otro hábito molesto es el de poner las notas al final del libro y numeradas por capítulos. También echo en falta un índice de nombres. En definitiva, no la mejor introducción a Hegel, sí una buena biografía, que ocupa un lugar digno junto a las de Althaus o Gulyga. No ha conseguido integrar una vida gris con lo que significó una escritura imponente; esta yuxtaposición es su límite, que no ha superado del todo; pero el toque facilitador y a la vez erudito seguramente consigue romper el maleficio que rodea de inaccesibilidad los textos hegelianos e incita de nuevo a su lectura.

01/05/2002

 
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