ARTÍCULO

Un Hegel oculto

Tusquets, Barcelona, 408 págs.
Trad. de Carlos Pujol
 

Hace casi cuarenta años que Jacques D'Hondt publicó su Hegel, philosophe de l'histoire vivante (1966, traducido en Buenos Aires), seguido de Hegel secret (1968), traducido a varios idiomas, por desgracia no al español, al igual que su obra del mismo año Hegel en son temps. No por eso ha dejado de seguir sacando a la luz en una serie de monografías y apuntes un Hegel en franca ruptura con la versión dominante, que lo ha hieratizado en la doctrina, en la elevación sobre la anécdota y, en fin de cuentas, en la desvinculación de la realidad como un producto de lujo de la cultura alemana, un gran exponente del espíritu, como diría Gadamer. Quizá la única correspondencia en Alemania con D'Hondt sea la olvidada figura de Wilhelm R. Beyer, el fundador en 1956 de la Hegel-Gesellschaft. Beyer fue un luchador contra todos, D'Hondt más bien un tranquilo y humorista meteco izquierdoso en la periferia, que se complace en levantar de vez en cuando alguna punta de la manta que han echado por igual hegelianos, hegelitas, hegelómanos, hegeleros e incluso hegelófobos sobre el padre cuyo patrimonio pretenden administrar. También tras los entusiasmos teóricos por Hegel de los Kojève, Bataille, Hyppolite o Lacan, o bien frente a la reproducción al estilo de la escuela de Chantilly, con Régnier, Gauvin, Labarrière, etc., la sagacidad de D'Hondt escudriña lo que se ha evitado mirar o incluso lo que se ha querido ocultar de Hegel.

La biografía que ahora presenta D'Hondt en realidad no ofrece mucho que no supiéramos ya por sus estudios, cuyas conclusiones se presentan ahora al público en una especie de recopilación, eso sí, al precio de perder algo de la interesante precisión policíaca con la que D'Hondt siguió sus pistas durante años. Es más, la fluidez narrativa tapa tramos enteros de trámite, improvisados sin estudio ni acabado. A diferencia de la reciente biografía de Hegel escrita por Pinkard, no se ve cuidado en una selección equilibrada de los datos; y, desde luego, se trata de una biografía en sentido estricto, sin apenas tratamiento de los contenidos de los escritos hegelianos.

Si el primer tramo de objeciones, el más formal, afecta gravemente a la utilidad de esta biografía como fuente de información general sobre Hegel, hay que decir enseguida, sin embargo, que encierra otros tramos que merecen ser leídos por quienes no conozcan la obra de Jacques D'Hondt. Esto vale sobre todo para la fase berlinesa, es decir, los últimos doce años de la vida relativamente breve de Hegel. Otros pasajes interesantes se refieren a su hijo natural o a ciertos datos del ambiente masónico que compartió con Hölderlin. Pero la pieza maestra del libro me parece el primer capítulo, que narra y analiza las circunstancias de la muerte y entierro de Hegel con una brillantez insuperable. Quizá sólo le falte una pequeña investigación sobre las prácticas médicas y la vinculación de la medicina con la política de entonces. Por cierto, que también en este punto D'Hondt muestra convincentemente cómo nuestra idea de lo que entonces se podía llamar política tiene poco que ver con la realidad en la que Hegel tuvo que moverse con tiento –aprovechando las junturas institucionales–, pero también con dignidad y riesgo personal.

Contra los hábitos académicos, D'Hondt corroe al menos los bordes de esa gran figura definida por su doctrina y su sistema; y, desde luego, hace imposible su restauración a lo Dilthey como gloria teutona del Estado bismarckiano o como exponente de la gran tradición de la «Klassik» congelada en la potencia de su espíritu, tan cara no sólo a Heidegger, sino al aparato académico alemán de la posguerra. Lukács ya había notado en El joven Hegel (1948) que la conservación académica de Hegel había dejado perderse documentos e incluso textos que no encajaban en la línea «debida». De actualidad ha seguido siendo también en las últimas décadas una operación de competencia filológica sospechosa al menos de tomar a Hegel como objeto de identificación anacrónica y, por tanto, vergonzante. Por otra parte, un límite fundamental de la presente biografía radica seguramente en el hecho de que son escritos de lo fundamental que Hegel nos ha dejado, eso que ninguna biografía agota, en primer lugar porque superan lo que un solo nombre puede suscribir. Ni las intenciones de un autor ni, mucho menos, su biografía bastan para determinar el sentido de sus escritos, cuya continuidad con esos factores es como mínimo muy precaria. Precisamente un resultado de las investigaciones de D'Hondt es mostrar hasta qué punto la vida de un filósofo como Hegel es un misterio en el que los historiadores apenas son capaces más que de encontrar unos cuantos puntos de apoyo para atravesarlo y poco más.

D'Hondt, conforme a su enfoque, cita poco de las obras de Hegel, y mucho de su correspondencia y de las informaciones contemporáneas sobre él. Esto es de agradecer, pues abre numerosas pistas que D'Hondt sigue en gran parte, aunque estas citas no son siempre suficientemente precisas. Así, en la polémica con el vicario católico de la iglesia de Sta. Eduvigis sobre la eucaristía, que culminó en una acusación contra Hegel ante las autoridades prusianas y la expulsión de clase del cura por Hegel y los estudiantes, ni siquiera se citan los importantes pasajes sobre la eucaristía de sus clases sobre la religión que dieron origen a la polémica. En este sentido, me parece más interesante otra obra de D'Hondt del año 1984, Hegel, le philosophe du débat et du combat , que constituye una antología ágilmente comentada de textos originales de Hegel. Sólo que quizá vaya más con las tendencias actuales del mercado ofrecer narrativa.

Las citas tampoco son siempre exactas. Y, lo que es peor, el traductor se ha atenido a la versión francesa de las fuentes, sin hacer nada ni por buscar las referencias originales ni las traducciones existentes al castellano. Esto hace que el libro no sirva para abrir vías de estudio, sino que sus datos deban tomarse a título de inventario, como si fuera una novela. Añádase el vicio de poner las notas al final del libro y numeradas por capítulos, con lo que la casa editorial nos da a entender cuál es el uso de este libro que corresponde, en su opinión, al nivel cultural de este país. La traducción tiene, por otra parte, el mérito esencial de ser legible, ágil y fiel, pese a que el traductor no debe conocer muy bien su tema, cuando habla de «Ediciones Glockner» (pág. 221) al referirse al trabajo editorial de un conocido intérprete conservador de Hegel de la primera mitad del siglo. En definitiva, no una alternativa, pero sí una corrección interesante a la imagen habitual de Hegel y un capítulo, el primero, memorable.

01/06/2003

 
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