ARTÍCULO

Gritos y susurros

La Esfera de los Libros, Barcelona
Trad. de Beatriz de la Fuente Marina
858 pp. 42,50 €
RBA, Barcelona
Trad. de Richard Gross
936 pp. 35 €
 

En las últimas cuatro décadas, los trabajos profesionales acerca del nacionalsocialismo han permitido rescatar el lugar de la historiografía en un espacio que, hasta entonces, parecía resultarle vedado en beneficio de disciplinas que se centraban en el carácter patológico o inmoral de los hechos y de sus ejecutores, que examinaban exclusivamente el papel de las víctimas y que acababa por considerar el conjunto de aquella experiencia como un proceso ajeno a la cultura moderna. Por el contrario, se ha conseguido restaurar no sólo esta última pertenencia, sino establecer con detalle las causas de una adhesión de masas, los esfuerzos de racionalización económica, las bases de una cohesión nacional obtenida por medio de mecanismos radicales de exclusión e inclusión, así como la optimización de recursos simbólicos destinados a mantener la dinámica «revolucionaria» del nacionalsocialismo. La Alemania hitleriana ha ido perdiendo el carácter de una exasperada marginalidad para ser, en el seno del propio fascismo europeo, el modelo de una consumación del proyecto de la nueva comunidad nacional orgánica, capaz de distribuir los factores de tradición y modernidad en una síntesis de singular eficacia movilizadora y de notable productividad en beneficio de los Volksgenossen. La aparente maquinaria caótica e improvisadora del Tercer Reich, que fue descrita como «poliarquía» en los años setenta, ha ido percibiéndose como un cuidadoso encaje de piezas complementarias, cuyos conflictos internos nunca implicaban el aislamiento de proyectos enfrentados, sino la disputa por adquirir relevancia y protagonismo en un solo objetivo. El trabajo pionero de Martin Broszat en 1970, al publicar Der Staat Hitlers, presagiaba la dirección más fructífera: abandonar la idea de una dispersión de agencias que llegara a caracterizar el régimen como un arriesgado juego de compensaciones permanentes entre sus cuadros para centrarse en las tareas fundamentales que se asignaba la ideología nacionalsocialista, entre las que el sistema concentracionario y su trágico desarrollo final no fue un elemento menor, contingente o fruto de las circunstancias definidas a corto plazo, de acuerdo con la soberanía de las autoridades locales. En definitiva, una confortable cortina de humo metodológica destinada a reducir los ámbitos de responsabilidad histórica del conjunto de los alemanes, que se consideraban a sí mismos leales con el orden nacionalsocialista, y que facilita la compleja tarea de vincular las funciones de los estamentos en que se apoyó aquel sistema de dominación.
El análisis de las biografías de los dos dirigentes del nacionalsocialismo que vieron crecer sus responsabilidades de forma más acelerada a lo largo del Tercer Reich, Himmler y Goebbels –y que tan productivo sería reunir con las referentes al Frente Alemán del Trabajo de Ley, a la Comisaría del Plan Cuatrienal de Göring y a la gran racionalización industrial llevada a cabo por Speer durante su período como ministro de Armamentos– nos acerca a la fisiología de un régimen y, antes del Machtergreifung de 1933, del establecimiento de una base social de apoyo que resultaría indispensable para mantenerlo en el poder tras el establecimiento de la dictadura. La contextualización indispensable en la que cada una de estas vidas cobra forma debe pasar a establecer la relación entre ellas y sus ámbitos aparentemente particulares, haciendo comprensible el sistema como un conjunto ordenado que poco tiene que ver con una querella permanente sobre la que podía discurrir la autoridad incontestable del Führer. Las tensiones existentes entre las agencias del régimen no son el factor que lo caracterizó y, mucho menos, el que le permitió sobrevivir en una permanente indefinición de objetivos y en el reconocimiento de una sola autoridad que zanjaba los debates. Su indudable existencia no nos permite olvidar que la pervivencia del sistema y el cumplimiento de sus objetivos se basaron en una colaboración que no esquivó los conflictos internos, pero que no se basó en ellos para poder funcionar en una dinámica autodestructiva, como tantas veces se ha indicado. En este aspecto, y por referirnos a los dos personajes objeto de esta reseña, cabría considerar si sus actividades resultaban competitivas o se ocupaban de realizar los objetivos del régimen a través de los mecanismos de exclusión e inclusión radical que cada una de ellas contenía y que, necesariamente, debía tener en cuenta los avances proporcionados por la otra en los dos campos.
Peter Longerich, conocido por una notable monografía sobre las SA publicada hace más de veinte años, ha tratado de proporcionarnos una de esas biografías «definitivas» de Himmler que está lejos de serlo, al reiterar lo que ya conocíamos a través de un número importante de estudios, y de notable calidad, en lo que se refiere a la organización del sistema de seguridad del Estado y del partido, la productividad del sistema concentracionario, la construcción de una vanguardia racial organizada en las SS o acerca del ritmo en que se despliega el proceso de deportación, recolocación y exterminio de la mano de obra esclava en el marco de una guerra imperialista. Incluso, en lo que se refiere a los primeros años de su formación afectiva e intelectual, el uso del diario de Himmler por parte de Bradley F. Smith sigue ofreciéndonos un perfil más adecuado del personaje. La principal virtud de la obra de Longerich, que podía haber sido la de una actualización de lo que conocemos fragmentariamente para insertarlo en un proceso de larga duración, queda oscurecido por una multitud de datos que ocultan el sentido de la narración, la lógica interna de una dinámica que no fue lineal, pero cuya adaptación táctica a circunstancias cambiantes nunca canceló la inexistencia de unos objetivos a los que se tendió desde el mismo momento de acceder al poder.
Quizá las mejores páginas de un texto tan extenso son aquellas en que Longerich plantea el carácter específico de un cuerpo de seguridad que no puede compararse al de ninguna otra experiencia totalitaria y que, precisamente por ello, habría de pasar a convertirse en el núcleo mismo del sistema en lugar de ser su simple protector. El carácter de empresa total del nacionalsocialismo imponía una versión de la palabra Sicherheit –seguridad– que estaba lejos de referirse a los objetivos habituales de una policía para referirse al sistema inmunológico de una comunidad orgánica. De ello derivaba su necesidad de ocupación de espacios que desbordaban los propios de una simple burocracia dedicada a la vigilancia de la oposición al régimen para desarrollarse en todos aquellos ámbitos que se referían a su definición ideológica: la construcción del imperio racial, la fabricación de la condición del delincuente de acuerdo con criterios biológicos, las operaciones destinadas a reforzar la identidad comunitaria creando los espacios visibles de exclusión, la administración productiva del sistema de campos, la colonización de las tierras ocupadas en el Este y la propia configuración de las SS como un modelo de vanguardia revolucionaria en la que se densificaba la ideología del régimen.
Hasta la llegada de Hitler al poder, aquel perito agrónomo educado en una familia monárquica de Baviera, irritado desde su adolescencia con la República, militante en las filas de organizaciones paramilitares como la Reichskriegsflagge de Röhm, no fue más que un eficiente burócrata dedicado a tareas de organización bajo las órdenes de Gregor Strasser. Incluso su nombramiento como Reichsführer de las SS en 1929 no hizo más que ponerlo al frente de un escuálido organismo de funciones mal definidas, subordinado a las Secciones de Asalto. Todo cambió a partir de 1933, cuando se inició el proceso de confusión entre Estado y partido que habría de llevar, años después, a la fusión de ambos. Las ventajas obtenidas por Himmler en este aspecto no podían esperarse de quien, en los primeros momentos del nuevo régimen, sólo dispuso de un nombramiento menor, al frente de la policía de Múnich. Sin embargo, la tenacidad del personaje para situarse en la élite del nacionalsocialismo y, en especial, la congruencia entre sus intereses y los de la mayoría de ésta, empezando por el propio Hitler, le llevaron a obtener una creciente influencia que no sólo iba haciéndose cargo del sistema de control policial de la sociedad, sino que modificaba el sentido mismo de sus funciones, de acuerdo con lo que resultaba de mayor utilidad para el sistema. El texto de Longerich nos reitera los tres elementos sobre los que habrían de desarrollarse estas circunstancias de concentración y mutación de la Sicherheit himmleriana. El primero de ellos fue la asunción por el propio jefe de las SS de la máxima autoridad policial en todos los Länder del nuevo Reich. El segundo, la infiltración de la policía del partido en la del Estado, a través del nombramiento de cuadros de la SS para ocupar puestos en la burocracia de la vieja policía de Weimar o de la nueva Gestapo, así como la entrega de despachos de altos oficiales de las SS a las autoridades locales del partido. El tercero, la elaboración de un nuevo concepto de la seguridad pública basado en la custodia preventiva –que permitía a la policía actuar como un poder judicial– y la creación del sistema concentracionario de acuerdo con la normalización del modelo de Dachau. Este tercer aspecto había de proporcionar a Himmler la definición misma de espacios delictivos en los que actuar, en los que la ideología biologista se adecuaba a necesidades coyunturales del nazismo, como la definición de «asociales» destinados a trabajar coactiva y gratuitamente cuando existía penuria de mano de obra, a finales de los años treinta.
La concepción fundamentalmente preventiva de la policía nazi alteraba la misión penal que suele atribuirse a la persecución de disidentes políticos o minorías raciales al tiempo que suponía dedicarse a unas tareas meramente represivas en su sentido más tradicional. La modernidad de las SS y, más tarde, de la Oficina Central de Seguridad del Reich (RSHA) consistía en su perfecta adaptación a las condiciones de control total que deseaba ejercer el régimen, que se reproducía en cada una de las agencias encargadas de realizar las propuestas ideológicas del nazismo. Todas ellas debían disponer de los recursos de integración social y de exclusión en que se basaba el Nuevo Orden, y pocas lograron llevarlo a cabo con un éxito que permitiera el incremento de sus recursos y la ampliación de sus espacios de acción. Himmler estaba al frente de un sistema que resguardaba la salud de la comunidad definiendo los espacios de riesgo y organizando su neutralización, su exclusión social y su reclusión de la forma más productiva y segura para la Alemania nacionalsocialista del presente y el imperio racial futuro. Las tareas vinculadas a la deportación de masas y la graduación del proceso de exterminio son bien conocidas, habiéndose iniciado en el momento mismo en que se produjo la ocupación de Polonia. A ellas debían sumarse las que se referían a la optimización de los recursos económicos en beneficio de las propias SS y de la comunidad nacional mediante un riguroso cálculo de la inversión y beneficio del «reasentamiento» de las poblaciones desplazadas (lo que incluía la creación de espacios vacíos de población judía ineficiente, destinados a ser ocupados por una reproducción acelerada de alemanes sanos). Y, naturalmente, todos aquellos aspectos destinados a establecer las condiciones de integración y depuración racial que se producían en el seno de agencias especiales dependientes de Himmler, ya se tratara de la mística de un «campesino soldado» que se haría cargo de la defensa del imperio o de la integración en el cuerpo de aquellos intelectuales, médicos, antropólogos, geógrafos o economistas que perfilaban las necesidades de una moderna burocracia ilustrada.
La biografía escrita por Ralf Georg Reuth, uno de los editores de los diarios de Goebbels, tiene una claridad expositiva de la que carece el texto de Longerich, aun cuando no se apunten en ella los aspectos de interconexión entre las diversas tareas del Estado nazi que han sido el principal objeto de este comentario. Para el lector menos especializado, el interés de esta biografía es aproximarnos a un individuo que, en los tiempos previos a la captura del poder, realizó una tarea que había de asegurarle su preeminencia en el seno del régimen, y que casi siempre se ha descuidado a favor de la labor de ministro de Propaganda por la que es más conocido. Su desclasamiento juvenil, similar al que sufrieron buena parte de los futuros dirigentes del régimen, lo llevó a figurar entre los cuadros de la pretendida «izquierda nazi», junto a los que se enfrentó a los sectores más conservadores del partido a mediados de los años veinte. La derrota se produjo, en las manos hábiles de Hitler, sin represalias: Strasser llegaría a hacerse cargo de la organización del partido, y a Goebbels se le dio el regalo envenenado de conquistar Berlín para el nacionalsocialismo. Ni su prestigio ante el Führer ni el aprendizaje personal en las tareas de propaganda pueden separarse de la dureza de aquel combate para adueñarse de las calles de la capital, hacer frente a un territorio hostil y ganar visibilidad como referente de toda la extrema derecha alemana. Esa tarea llena de violencia y de obscenidad verbal edificó una estética del heroísmo, de la disciplina, de la limpieza social y la defensa de lo germánico que Goebbels no cesaría de depurar en sus años de poder. La construcción de un movimiento social surgido en las condiciones más penosas y la capacidad de aprovecharlas para crear una imagen específica del partido nos proporcionan uno de los episodios más aleccionadores para comprender el triunfo del nazismo: su mezcla de persuasión y brutalidad, la normalización del lenguaje soez para definir de una forma adecuada lo que acaba siendo materia propia de ese vocabulario, la camaradería del combate y el efecto demostración sobre una clase media amedrentada por la amenaza de un movimiento obrero radical, el nacionalismo abstracto convertido en acciones de lucha y, nuevamente, depositado en escenarios simbólicos como los cánticos y las enseñas: todo ello estaba creando las condiciones de una síntesis entre los factores de expulsión de la comunidad y la construcción de una nueva identidad alemana, rescatada de la tradición y modernizada por las nuevas formas asociativas, que el nacionalsocialismo habría de generar como base de su apoyo de masas.
Goebbels habría de ser quien aconsejara a Hitler, frente a la opinión de los más moderados, la exigencia del «todo o nada» de los últimos meses de Weimar. Un radicalismo que ya no tenía que ver con las tendencias socializantes de sus primeros años, sino con la construcción de un poder absoluto, que se alimentaba con la exasperación de sus propuestas y con la necesidad de un control total sobre la movilización de los adeptos y la persecución de los opositores. Goebbels fue encargado de dar forma a las tareas que iban a desarrollar todas las agencias del Estado en estos dos campos: mientras el Frente del Trabajo Alemán (DAF) se encargaba de organizar las relaciones laborales, el ministro construía el mito comunitario de la superación de las clases; mientras las leyes raciales procedían a la esterilización o a la progresiva definición del «material humano superfluo» en la sociedad, Goebbels fabricaba los recursos narrativos y simbólicos de esa amputación higiénica a través de una reorganización burocrática que le permitía el control sobre cualquier forma de expresión cultural, de opinión política o filosófica, de educación del gusto, de conservación del acervo intelectual, de la salvación de la tradición germánica frente a los elementos degenerados que la habían ensuciado. En sus últimos años, sin embargo, cuando se producía el esfuerzo de la guerra y ésta comenzó a indicar sus adversidades, había de corresponder a Goebbels una tarea menos atendida, pero que nos sirve para situar la utopía nazi en su adecuada dimensión histórica. El concepto de «guerra total», planteado tras la derrota de Stalingrado, establecía las condiciones de un idéntico sufrimiento de los alemanes ante las penalidades de la guerra, un peculiar «socialismo de retaguardia» para una época de dificultades. El ajuste sucedía a la ostentación, convirtiéndose en un factor simbólico de igual importancia. Los «años de lucha» juvenil parecían regresar, aunque en las condiciones de un imperio racial dispuesto a esclavizar y a exterminar a quienes no fueran Volksgenossen. La batalla que acabaría produciéndose en Berlín parecía certificar, veinte años después, la lucha de un pueblo por su supervivencia que había sido la clave de la propaganda de Goebbels para arrebatar el dominio de la capital al movimiento obrero. Mas, sobre todo, las exigencias de una coordinación de funciones, de una planificación que superara las condiciones de impotencia de Hitler y la pluralidad de mandos intermedios en las tareas bélicas, señalaba la verbalización clara de esa íntima coherencia de las instancias del Tercer Reich que debían acentuarse precisamente en los momentos de su agonía, cuando la identidad nacional proclamada por el Plenipotenciario para la guerra total coincidía con la aceleración postrera del exterminio de masas ajenas a la comunidad.

01/03/2011

 
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