ARTÍCULO

Giner de los Ríos, ¿santo laico o sectario?

Introduc. de Octavio Ruiz-Manjón, Biblioteca Nueva, Madrid
128 págs. 9,6 €
 

Hay personajes de nuestra historia reciente que despiertan de modo llano, espontáneo, por no decir visceral, una profunda atracción o una aversión no menos firme, predisposiciones obviamente antitéticas que tienen, no obstante, el fondo común de una cierta irracionalidad, que sólo a posteriori se intenta paliar con justificaciones ad hoc. La persona y la obra de Francisco Giner de los Ríos constituyen, como es sobradamente conocido, uno de esos casos de disparidades escandalosas: lo fue ya entonces, mientras vivía, y parece que lo sigue siendo ahora, cuando aparece en lontananza el centenario de su fallecimiento, ocurrido en 1915. En buena medida, la culpa –si puede utilizarse este concepto– habría que atribuírsela en esta ocasión no tanto al protagonista como a discípulos y compañeros –fervientes admiradores–, y a rivales o adversarios feroces, que han mantenido la llama sagrada del amor y el odio, respectivamente, alejada del análisis desapasionado.

Para rizar el rizo, no falta siquiera quien o, mejor dicho, quienes transitan en brevísimo lapso de uno al otro extremo. Sin ir más lejos, en uno de los volúmenes que comentamos, Octavio Ruiz-Manjón, autor de un excelente prólogo al libro de Josep Pijoan, subraya cómo éste pasó en unos meses de retratar un Giner «atolondrado, agitado y vocinglero», como «un pequeño ruso de escaso carácter» y «falto de discreción y paciencia», a la rendición incondicional de la que luego nos ocuparemos.

Precisamente lo primero y principal que se puede reprochar a la obra de José María Marco, la de mayor ambición, con diferencia, de las aquí tratadas, es que haya desaprovechado una magnífica oportunidad para llevar las aguas desbordadas por una y otra orilla a un cauce sensato y asumible. En efecto, dejando de lado cuestiones menores, como pequeños errores o despistes en nombres y acontecimientos, la que editorialmente se presenta como primera biografía completa de Giner de los Ríos, se pasa con armas y bagajes a uno de los bandos para realizar una enmienda a la totalidad, sin matices, del proyecto institucionista y sobre todo, dado que éste es el enfoque predominante, un ajuste de cuentas sarcástico y despiadado del itinerario intelectual y humano de don Francisco y de todo el que tuvo algo que ver con la Institución.

Empezando naturalmente por don Julián (Sanz del Río), también llamado el «filósofo rentista», el «místico amateur» o el «asceta de Illescas»; por si los calificativos dejaran alguna duda sobre la beligerancia del autor, el abstruso y depresivo discípulo de Krause resulta ser un vago lo suficientemente espabilado para vivir de las rentas de su tío canónigo hasta el momento en que, agotadas, son sustituidas por las tierras y ahorros de su esposa, de modo que «pocas veces se habrá visto profeta tan bien vestido y amueblado». La valía intelectual está a tono con la catadura moral del sujeto: la que pasa por ser su obra más influyente, El ideal de la humanidad, subraya Marco, siguiendo en este caso a Enrique Ureña, no es más que un plagio o, como mucho, un refrito de varios escritos del propio Krause.

Con esos prolegómenos ya puede colegirse lo que le viene encima al pobre Giner. No hay movimiento personal, formulación ideológica o actividad profesional en toda su trayectoria que no se examine con lupa para ser utilizada en su contra. El «joven Giner» (capítulo 3) es un «señorito», mimado y protegido en sus primeros pasos (en especial, ya en Madrid, por su tío Ríos Rosas), hasta que con la hipocresía y el oportunismo silente que luego constituirán marcas de la casa, sabe hacerse a la temprana muerte de don Julián (1869) con el legado krausista. Son tiempos de revolución y experimentos políticos, y el aún ingenuo catedrático piensa que se puede cambiar el país desde los departamentos ministeriales (capítulo 4). El fracaso, que tanta huella dejará el resto de su vida, no se debe en opinión de su biógrafo tanto a las limitaciones en sí de la actividad política (moderados y conservadores demostraron que se podían hacer grandes cosas) como a la soberbia, el dogmatismo y la intransigencia de Giner y los suyos, una élite que amparándose en la supuesta firmeza de sus principios se atrincheraban en un radicalismo demagógico, en la negación del pacto y en el desprecio a toda negociación. Así, dice Marco, no hay política posible.

En los capítulos siguientes ya tenemos, por tanto, al Giner maduro, desengañado, también resentido, no pocas veces atrabiliario (los famosos «trepes» de don Francisco). Visto más de cerca, maniático, esnob, pretencioso y aficionado a las poses estetizantes; como pensador, vacuo, superficial. Un tipo adusto que se vuelca en las amistades masculinas (por lo común no de igual a igual, sino como el maestro con sus discípulos), de la misma manera que desconfía o se siente incómodo ante la presencia femenina, porque la mujer por lo general cuestiona el lugar que se le ha asignado en el «falansterio institucionista», es decir, se resiste a ser reeducada como compañera fiel de unos hombres «dedicados al advenimiento del Ideal» (pág. 204).

He aquí, según Marco, la esencia del método del maestro, en sus clases, en su doctrina, en sus relaciones personales: bajo la tenue capa de librepensamiento, apertura mental y disposición crítica, se exige admiración, fidelidad, adhesión sin fisuras, entrega sentimental. Todo aquel que no muestre tales disposiciones será expulsado del paraíso. ¿Serán pocos los elegidos? Mejor, el grupo se fortalece depurándose, como decía Lenin respecto al partido. Marco sugiere más bien (sin mencionarlo explícitamente) el paralelismo de la técnica gineriana con el Opus Dei, con esas peculiares confesiones que mezclan confidencias menudas, efusiones sensibleras, consejos íntimos y amonestaciones, todo ello en una convivencia estrecha en la que no caben secretos. Un modus vivendi, ocioso es destacarlo, que propicia la manipulación, arte en el que Giner alcanza las mayores cotas de virtuosismo.

Cuando el biógrafo califica de sectarios a Giner y a los suyos, lo hace en sentido literal, como integrantes de una auténtica «secta» en cuya cúspide un profeta despótico anuncia la «Buena Nueva» para un futuro lejano, dado que desdichadamente viven en un mugriento país, esa «pecadora, atrasada e inculta» España sobre la que vanas esperanzas de regeneración pueden hacerse a corto plazo. ¿Acaso la labor de la Institución ha contribuido a acercarnos a ese futuro mejor? Marco también lo niega de modo tajante: no sólo el penúltimo capítulo se refiere a Giner como «el profeta en el desierto», sino que en el balance final se habla de una «expansión frágil» (apuntalada con dinero público), de un legado inconsistente y a veces contradictorio, e incluso de «la relativa insignificancia de la obra de Giner» (pág. 357).

Desde mi punto de vista, tanto se afana Marco en su cometido de francotirador implacable (alusión bélica nada gratuita, por todo lo dicho), que yerra el objetivo final, aunque sólo fuere porque una crítica tan acerba y sistemática produce en el lector el efecto opuesto. El antipático Giner de una pieza que sale de sus páginas resulta tan improbable como el «abuelo» venerable que traza Pijoan. El opúsculo del polígrafo catalán, publicado originalmente en 1927, constituye la versión canónica del personaje según la interpretación autodenominada progresista, y en algunos aspectos humanos va incluso más allá, porque aquí encontramos a un santo laico, un hidalgo maduro, ya frágil, atento, cordial y generoso, un ser entrañable que exhala paz, serenidad y armonía, que escucha pacientemente, que se desvive por todos los que le rodean, un ejemplo vivo de decoro, sobriedad y elevación moral.

La amabilidad personal o la desbordante bondad no empecen, antes al contrario, el vigor en las convicciones. El «abuelo», sigue diciendo Pijoan, conserva toda su reciedumbre intelectual, toda su santa ira contra esa España sucia, vulgar, chabacana; sigue propugnando, más allá de la política que todo lo envilece, una auténtica regeneración –una limpieza material y moral– cuya base no puede ser más que una educación integral, encargada no sólo de transmitir conocimientos sino de «formar hombres».

El último libro del que nos vamos a ocupar es de muy diferente índole. Aunque la huella de Giner pueda rastrearse por casi todas sus páginas, aquí el foco de atención no se proyecta exactamente sobre él, ni en lo humano ni en lo intelectual, sino sobre determinados aspectos (más concretamente innovaciones) que contribuyó decisivamente a implantar en nuestro país la Institución Libre de Enseñanza: los estudios naturalistas in situ, las excursiones campestres como recurso pedagógico, la sensibilidad hacia la naturaleza, la valoración educativa del ejercicio físico y la estimación del paisaje español. Estamos hablando, entre otras cosas, de geografía, de ética y de estética, pero también, como subraya Nicolás Ortega desde las primeras páginas, de una actitud de afirmación nacional, con claras implicaciones «patrióticas».

Como se acaba de apuntar, el proyecto de la Institución consistía, por encima de todo, en la formación integral del ser humano. No tenía sentido, por tanto, la enseñanza de una materia aislada, sin ponerla en contacto con otros saberes y otras implicaciones: la geografía, por ejemplo, se carga de connotaciones históricas, artísticas y hasta psicológicas, nada extraño si tenemos en cuenta que el ideario krausista insiste en la armonía entre las distintas esferas y que Giner habló explícitamente de la correspondencia entre el entorno físico y el modo de ser de una colectividad. Es así como la sierra de Guadarrama en general y El Paular en concreto se convierten para Giner y sus seguidores en referencias dilectas, símbolos toscos y grandiosos de una nación paradójica, espejos del alma española, en un proceso que puede enmarcarse en la recuperación decimonónica finisecular de Castilla.

Con claridad y precisión, el magnífico conocedor de estos temas que es Nicolás Ortega va desgranando todos los elementos que inciden en esta apreciación de la naturaleza y del paisaje hispanos, desde los precedentes dieciochescos (Ponz, Jovellanos) o los románticos extranjeros (Richard Ford) hasta la revalorización, ya en los primeros decenios del siglo XX, de los más significativos enclaves serranos (San Rafael, Cercedilla, La Granja, el Lozoya, la Pedriza, Manzanares...), sin olvidar la constitución de diversas sociedades recreativas y de estudio científico de la zona. En estas actividades la presencia de los hombres de la Institución es, una vez más, determinante. Hasta ahora, sin embargo, en los balances globales de las aportaciones institucionistas no se ha destacado esta labor pionera de comprensión integral del medio físico en la que el propio Giner, primero, y luego sus discípulos, desempeñaron una labor decisiva desde varios puntos de vista (geológico, artístico y hasta deportivo). Curiosamente, deambulando por estos vericuetos desembocamos en el punto de partida: puede que Giner no fuera exactamente el sereno apóstol, el sabio bondadoso que describe Pijoan, pero a estas alturas debía resultar incuestionable su influjo renovador, no ya sólo en la pedagogía, sino en la cultura española del siglo XX. Dicho en otras palabras, Giner deja a su muerte un legado que puede ser calificado de cualquier cosa menos de irrelevante.

01/12/2002

 
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