ARTÍCULO

Poderoso caballero

Editorial Castalia, Madrid
969 págs. 4.995 ptas.
 

A los españoles, aunque no sólo a nosotros, nos gustan las biografías históricas. En los últimos años, algunos de los libros más vendidos en nuestro país han sido estudios biográficos de personajes representativos de nuestra historia: la biografía política del conde duque de Olivares de John H. Elliott; la de Franco de Paul Preston; la de Felipe II de Henry Kamen, y ahora el Quevedo de Pablo Jauralde. Estos libros y algunos otros han sido grandes éxitos de ventas a pesar de su enorme extensión y precio, y de haber sido escritos por y para especialistas. Pero su éxito no debe sorprendernos. Autores y lectores comparten el convencimiento de que la historia de un país se entiende mejor a través de sus «grandes personajes», en la medida en que sus ideas y acciones, sus aspiraciones y sus dudas hacen más vivas las estructuras y las tendencias generales y abstractas de una época.

La biografía, sin embargo, es un género difícil y exige una maestría especial para la que no todos estamos dotados. El biógrafo no sólo ha de entender las pasiones individuales, las acciones y las obras de su personaje, sino que también debe conocer los contextos sociales, los grandes procesos políticos e intelectuales. En relación con Francisco de Quevedo, el mismo Pablo Jauralde nos los recuerda con palabras bien expresivas: «A Quevedo hay que leerle [nosotros añadiríamos entenderle] desde una postura histórica bien perfilada» (pág. 303).

II

El interés de una investigación sobre Quevedo no se debe sólo a la calidad de su obra literaria, sino también a las imágenes y mitos que de él se han ido creando a lo largo de la historia. Entre los escritores del Siglo de Oro, Francisco de Quevedo es sin duda especialmente popular. Para el público más amplio, es el autor de cientos de poemas satíricos que, sacados de su contexto histórico, le han convertido en una suerte de chistoso mayor del reino (todavía recordamos la época en que Quevedo era asociado con ciertos chistes, escabrosos en su mayoría, que nos permitían burlarnos de una represiva cultura oficial). Para los especialistas, por otra parte, el Quevedo sátiro de la imaginación popular se transforma en el autor de una obra literaria variada y a veces difícil de penetrar, y cuya misma personalidad no es menos compleja.

Pero estas dos imágenes no agotan aún la continua atracción que Quevedo ha ejercido sobre sucesivas generaciones de españoles. Junto al sátiro y al escritor complejo ha habido otro Quevedo: el hombre de firmes principios morales y políticos, crítico independiente y feroz de políticos corruptos y monarcas débiles, amigo de otros no menos independientes escritores y ministros reales (el jesuita Juan de Mariana y el duque de Osuna, por citar dos casos famosos) y por ello sujeto a constante persecución.

III

Todos los que conozcan estas imágenes de Quevedo, así como de su conflictiva y cambiante época, serán conscientes de las dificultades que entraña escribir su biografía y podrán valorar algunos de los méritos del trabajo de Pablo Jauralde. Sabemos poco (y quizá nunca lleguemos a saber más) sobre la educación de Quevedo, sus lecturas, las influencias que recibió, las fechas exactas en que escribió algunas de sus obras más importantes, las razones precisas por las que decidió atacar a unos y aliarse con otros.

Las dificultades para escribir una biografía del personaje se amplían si consideramos su época, desde finales del reinado de Felipe II hasta mediados del de Felipe IV, un período esencial para entender la historia de la España moderna, pero todavía mal conocido. Es verdad que cada vez sabemos más sobre algunas de las tendencias políticas dominantes, pero aún quedan numerosas lagunas: sobre las luchas faccionales en las que se vieron involucrados muchos de los actores del período, incluido Quevedo, sobre las corrientes ideológicas, las grandes líneas evolutivas de discursos e ideas, los géneros literarios y la vida intelectual en la monarquía hispana.

La obra de Pablo Jauralde es especialmente importante en el terreno de la información sobre la vida cotidiana de Quevedo. En efecto, el autor ha desenterrado cientos de documentos que arrojan nueva luz sobre las acciones del biografiado, permitiendo reconstruir partes importantes de su itinerario vital. Más decepcionantes son, sin embargo, las aportaciones de esta biografía al conocimiento de la evolución intelectual y política de Quevedo, de sus ideas e ideología, de los discursos y prácticas políticas y las corrientes intelectuales dominantes en el período.

IV

Los defectos del estudio de Pablo Jauralde resultan no tanto de nuestro limitado conocimiento del hombre y la época, como de ciertas opciones metodológicas adoptadas por el autor. En primer lugar, un problema que hace especialmente difícil la lectura de esta obra es la inclusión de numerosas citas (a veces larguísimas) extraídas de documentos de la época. No es ésta una crítica estilística, sino estrictamente metodológica. Justifica Pablo Jauralde esto como una decisión consciente, cuyo propósito sería, en sus propias palabras, dejar «expresarse directamente [...] al escritor», como «una forma más de lograr la objetividad» (págs. 16-17). A pesar de lo encomiable de esta intención, el resultado se parece menos a un estudio «objetivo» sobre Quevedo y su época que a esos trabajos tradicionales de épocas pasadas basados en la creencia de que, una vez fijada fecha y autoría, el documento lo dice todo, y que, por tanto, la labor del estudioso es acumular, a veces indiscriminadamente, el mayor número posible de documentos y noticias, fechas y nombres, en lugar de analizar intenciones y sentidos, ideas y teorías.

Esto último es, quizá, lo más característico de esta biografía: muy puntilloso a la hora de recoger y situar hasta el último de los documentos, establecer hasta el menor de los movimientos de Quevedo y sus coetáneos, y fijar hasta la más insignificante de las fechas, Jauralde lo es muy poco a la hora de analizar textos y contextos, de aclarar al lector los elementos centrales de una obra y un período que no son, no pueden ser, inmediatamente inteligibles. Pocas veces explica el autor los términos, las corrientes literarias, los programas políticos que aparecen como centrales en su estudio.

Así, por ejemplo, Jauralde se refiere constantemente al «neoestoicismo» de Quevedo, a la obra y la influencia de Justo Lipsio, pero ni el uno ni el otro se explican y analizan. Lo mismo ocurre cuando el autor se refiere a los debates de Quevedo con otros autores, cuya importancia para la obra y vida de Quevedo se indican, pero sin sustanciar nunca las razones literarias, intelectuales o ideológicas de esos debates. Por ejemplo, en varias ocasiones nos encontramos con referencias a polémicas y conflictos con autores como fray Juan de Pineda, Francisco Morovelli (págs. 521-527) y fray Diego Niseno (págs. 581-583) y en estos y otros casos a Jauralde le interesa más el tono (los insultos vertidos por unos y otros, o la «irónica gallardía» de Quevedo al responderles) que el contenido de la discusión.

Menos aún es lo que Jauralde nos dice sobre el género satírico, elemento esencial para comprender la obra y la actividad de Quevedo. El autor se refiere con frecuencia a los muchos poemas y obras satíricas, pero nunca se detiene a examinar la razón de la popularidad de este género, ni las aportaciones de Quevedo. Afirmar, o sugerir, como hace Jauralde, que el desarrollo de la sátira en la España de la época es el resultado de una sociedad corrupta es como no decir nada. Otras sociedades europeas contemporáneas no eran menos corruptas o conflictivas, y la sátira no tuvo en ellas la importancia que en España. El Buscón, por ejemplo, es despachado sumariamente como «relato satírico de carácter costumbrista», como la «mirada despectiva hacia el mundo burgués (sic)» de un Quevedo descendiente de una «poderosa familia (sic) de "funcionarios" de Palacio» (pág. 132).

Lo genérico se vuelve estereotipo a la hora de describir la época de Quevedo, sobre todo el reinado de Felipe III (1598-1621), un período fundamental para entender la maduración intelectual y política del escritor. Jauralde reitera las visiones simplistas de este reinado en la historiografía tradicional. Corrupción, dejación, debilidad política del rey y el valido (el duque de Lerma) son los rasgos con que Jauralde caracteriza las primeras décadas del siglo XVII , frivolizando la complejidad del período e ignorando los recientes estudios que han permitido una revisión historiográfica de él, ciertamente incompleta todavía.

Más grave todavía es que Jauralde, en consonancia con el tono de su biografía, eluda un análisis serio de las obras más importantes de Quevedo. Es cierto que recoge cientos de sus poemas y sátiras, cartas que dicen poco de la personalidad e ideas del autor, noticias gacetilleras sobre la vida en la corte; pero no concede el mismo espacio a obras fundamentales para entender la evolución literaria, intelectual y política del autor. Del Discurso de las privanzas, un panfleto esencial para comprender muchos de los textos políticos posteriores, se destacan más sus limitaciones que su contenido, que no se estudia en profundidad (págs. 176-178). Igual sucede con España defendida y los tiempos de ahora, a propósito de la cual Jauralde vuelve a insistir en las limitaciones de Quevedo para abordar un estudio de este género, pero poco en las ideas (por muy peregrinas que le parezcan al autor) de Quevedo sobre la historia y la razón de ser de España, ideas que habrían de marcar otras obras y posiciones políticas posteriores (págs. 207-214). Sobre Lince de Italia o zahorí español, Jauralde se contenta con señalar que es un intento de Quevedo de autoalabarse resaltando su experiencia política en Italia junto al duque de Osuna, y con decir que en ella «expone refinadamente situaciones políticas complejas», sin contarnos qué situaciones eran ésas, y por qué son importantes (págs. 571-572).

La tendencia a eludir el análisis serio de la obra quevediana se hace aún más evidente en las referencias a uno de sus textos más importantes, Política de Dios, donde Quevedo se propuso discutir, en clave bíblica, ideas esenciales para la constitución y gobierno de la monarquía. Pertenece esta obra al género del «espejo de príncipes», dirigido a aconsejar a monarcas, privados y ministros sobre la mejor forma de gobernar, un género que, como bien señala Jauralde, tenía una larga tradición tanto en España como en otros países europeos. Que Jauralde reconoce la importancia de este libro es evidente cuando asegura que Política de Dios «representa una novedad absoluta del género» y «destaca asombrosamente entre la masa de obras del género». Pero tales afirmaciones nunca están fundamentadas con un análisis, primero del género y su profunda diversidad (Jauralde se limita a recoger decenas de títulos: págs. 401-405), ni tampoco del mismo texto (o textos) dejados por Quevedo. Cierto que se reproducen varias citas importantes (en contra de los monarcas que delegan su poder en sus favoritos y contra los privados que usurpan el poder del rey), pero nada hay en estas páginas que indique la originalidad de Quevedo, y menos aún sus ideas políticas. Como otras veces, Jauralde se conforma con emitir un genérico juicio sobre la obra, un juicio que por lo demás ni siquiera será inteligible para los especialistas: Política de Dios, afirma, «se erige como la expresión más pura y directa del organicismo neofeudal en el campo de la ideología política y moral, lo que viene a ser todo lo mismo, claro está» (pág. 404).

Esta ausencia de análisis de las obras, que hubieran permitido comprender la evolución, las continuidades y cambios en el pensamiento y las acciones de Quevedo, produce una visión simplista de don Francisco, representado en esta biografía como un oportunista cortesano, sin demasiados escrúpulos para vender su pluma al mejor postor. Así lo presenta Jauralde, explícitamente y con insistencia, a lo largo de su libro, especialmente en la segunda parte, en una suerte de apéndice titulado «Formación cultural» (págs. 882-883).

Es cierto que Quevedo no era un hombre ideológicamente uniforme, inspirado sólo por férreos principios, y dispuesto a sacrificar riquezas, carrera, posición y prestigio en la defensa del bien común. Somos conscientes de las presiones a las que un escritor, como todo el mundo, se veía sometido en el sistema político español de la época, que limitaba las posibilidades de disidencia política y empujaba a todos a la adulación de los poderosos como único camino para obtener oficio y fortuna. Pero en la España de entonces, sobre todo en la primera mitad del siglo XVII , se dieron intensos debates políticos y filosóficos que iban más allá de los intereses particulares de sus protagonistas y que influían en las formas de gobierno de la monarquía. La misma lucha por el poder no era sólo una lucha por el acceso al monarca, sino también por controlar la producción y difusión de los discursos e ideas políticas. Quevedo defendió las suyas, abierta o sutilmente dependiendo de las condiciones, pero siempre con una constancia que impregna todas sus obras. Autor eminentemente conservador, se mostró defensor a ultranza de la razón católica de la monarquía, lo que suponía una defensa de la «verdadera» religión contra «enemigos» interiores (moriscos, judíos, conversos, indios y revoltosos catalanes) y exteriores (los venecianos, los rebeldes de los Países Bajos, los herejes ingleses o el «perverso» Richelieu y sus secuaces) de la monarquía hispana. También criticó de forma constante una serie de novedades políticas y administrativas (especialmente el ascenso de poderosos privados) que él y muchos de sus contemporáneos creían que estaban llevando a la monarquía a una crisis sin precedentes.

Son estas actitudes e ideas, y no sólo sus intereses personales, las que explicarían muchos de los comportamientos políticos de Quevedo. Su alianza con el duque de Osuna, y por ende con la facción ascendente liderada por fray Luis de Aliaga y el duque de Uceda en los años finales del reinado de Felipe III, se produce en un momento en que se cuestionaba la política pacifista de Lerma (política que comenzaba a verse como nefasta para los intereses de España y el catolicismo) y su monopolio del poder. Los Grandes anales de quince días, la Política de Dios, Cómo ha de ser el privado y muchos otros textos, sirvieron a Quevedo para expresar similares ideas, pero también para fundamentar sus comportamientos y alianzas, durante el reinado de Felipe IV, en la creencia de que la privanza de Olivares era distinta de la de Lerma. El creciente convencimiento de Quevedo de que el régimen olivarista había degenerado hacia posiciones y comportamientos similares a los del reinado de Felipe III, explicaría el distanciamiento de Quevedo respecto al favorito real, y su alianza con grupos opositores de nobles y cortesanos que con el tiempo habrían de colaborar en la caída del conde duque de Olivares en 1643.

Los historiadores tenemos un nombre, namierismo (del historiador inglés Namier), para definir aquellos estudios historiográficos donde el análisis de los principios y compromisos públicos de individuos o grupos es sustituido por una constante insistencia en los «intereses» privados como verdadera motivación de nuestras acciones y auténtico motor de la historia. Muchos de nosotros creíamos que el namierismo estaba muerto, o al menos moribundo, especialmente en los últimos años, cuando el estudio de la historia y de los textos literarios ha sido influido por intensos debates y metodologías renovadoras (desde el nuevo historicismo de Stephen Greenblatt y sus seguidores hasta el estudio contextual de los discursos e ideas políticas de Quentin Skinner y J. G. A. Pocock) que nos han convencido de que para entender los comportamientos de los individuos, incluso de los más oportunistas y corruptos, hay que analizar sus ideas y justificaciones, y hacerlo, además, contextualmente, recuperando las sutilezas y complejidades ideológicas de la sociedad en que vivieron. Esta biografía de Pablo Jauralde demuestra, sin embargo, que tal renovación no ha llegado a todos los sitios, y al final, lo que podía haber sido la biografía definitiva de Quevedo acabará por convertise en una suerte de enciclopedia donde otros especialistas vayan a comprobar dónde estaba Quevedo en cada momento y qué estaba escribiendo. Para lo demás, la recomendación de volver a recuperar los textos de Quevedo y los estudios más sutiles de otros historiadores de la política, la literatura y las ideas.

01/10/1999

 
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