ARTÍCULO

Los poetas sí tienen biografía

Versión española de Blas Matamoro Alianza, Madrid
647 págs. 4.327 ptas.
 

En una antigua divagación mía a propósito de la vida y la obra de Pessoa, y justo cuando el entusiasmo por el autor portugués empezaba a parecer excesivo y hasta nefasto a algunos, al punto de popularizarse la expresión portuguesa «tanto Pessoa, já enjôa» (tanto Pessoa ya empieza a producir náuseas), afirmaba yo: «Alguien dijo hace tiempo que vivíamos en la "era Pessoa" y esta evidencia, me atrevo a asegurar, se irá acentuando aún más en los próximos años a medida que se vaya conociendo en su totalidad y de una manera lo más orgánica y fiable posible la inmensa e inextricable obra del autor portugués». Si he caído deliberadamente en el pecado mortal de la autocita no ha sido por afán de sumarme a la caterva de profetas de todo-a-cien que nos agobian, sino para recordar y acentuar la vigencia del poeta portugués, al que también califiqué en su día como «el gran poeta de la Modernidad» (de sus interrogaciones, de sus respuestas encontradas y a veces fatales, de sus profundas contradicciones, de sus descubrimientos y de sus olvidos, de sus víctimas y de sus verdugos, y también de la peculiar manera de transformarlos en sistemas de ideas y de signos donde gobierna el caos, el desorden, la inseguridad, la perplejidad, la paradoja y donde en no pocas ocasiones germina la flor fatal del desistimiento). Esa vigencia, la necesidad y la urgencia de incorporar definitivamente a Pessoa a nuestras vidas, a nuestro ser y a nuestro ver y a nuestro pensar y a nuestro creer y decir de cada día, algo tiene que ver con la vitalidad y la actualidad de la bibliografía pessoana (activa y pasiva), y de ello dan fe, por una parte, la nueva edición (con aportación de inéditos y una reorganización global) de la obra de Pessoa por parte de la editora Assírio & Alvim, y la aparición y hasta el sentido último de esta obra monumental, rigurosa, heterodoxa, personal y de muy amena lectura (a lo que contribuye la versión excepcional de Blas Matamoro) que es el libro «biográfico» de Robert Bréchon.

En una de las más extensas, documentadas y esclarecedoras críticas al libro, aparecida en un reciente número de la revista Colóquio/Letras, Luís Prista resaltaba la importancia, la necesidad y la pertinencia de este estudio que va más allá de la biografía, recordando lo que el propio Bréchon nos recuerda en la «Advertencia» de apertura, a saber: la ingente y variada bibliografía pasiva pessoana, bibliografía que (traduzco) «comprende biografías (Gaspar Simões, Quadros, Crespo), fotobiografías (María José de Lancastre), bibliografías (José Blanco), fotobibliografías (João Rui de Sousa), geografías (María José de Lancastre, "Peregrinatio ad Loca Fernandina"), fotogeografías (Marina Tavares Dias), trabajos biográficos parciales (Pessoa en África del Sur; en las Azores; el episodio Crowley; "el último año", etc.), testimonios de familiares o amigos (Eduardo Freitas da Costa; Luís Pedro Moitinho de Almeida; João Maria Nogueira Rosa; "Fernando Pessoa na Intimidade"), ediciones de correspondencia (por citar obras recientes: "Correspondência Inédita" recogida por Manuela Parreira da Silva; cartas de amor de Ofélia; correspondencia con los directores de "Presença"), ensayos desde puntos de vista especializados (medicina, psicología, filosofía, esoterismo, lexicometría, grafología, genealogía, etc.), aproximaciones a temas caros a Pessoa (masonería, política, publicidad, astrología, lingüística, etc.), glosas literarias (Tabucchi, Saramago), además de los diversos tipos de estudios literarios y filológicos [...]». Una bibliografía en la que destacan por su escasez los estudios biográficos: dos en sentido estricto (el primero de Gaspar Simões y el más reciente de Ángel Crespo), más el muy particular de Antonio Quadros (que sólo en su primera parte responde a las borrosas convenciones del género) y la Fotobiografía de María José Lencastre, que desborda esas convenciones para adentrarse por otras a cuyos cimientos contribuye eficazmente. Quizás podría (y quiero) yo añadir la que con profundo conocimiento y valor pedagógico admirable incorpora a lo largo de 175 densas páginas José Luis García Martín como prólogo a su antología de la obra pessoana en la editorial Júcar de 1983.

Sobre el carácter heterodoxo (en relación con las convenciones del género biográfico) nos avisa desde el comienzo el propio autor: «Este libro no pretende ser erudito ni objetivo. Asumo en él mis preferencias, mis planteamientos previos, mis interpretaciones de la obra, mis juicios de valor sobre Pessoa como ser humano» (pág. 13). Se va así construyendo una obra formalmente organizada con el cuidado con que los grandes poetas de la Modernidad iban levantando piedra a piedra la Obra que debería justificarlos, estructurándose en torno a un cuerpo central (33 capítulos que van siguiendo el discurrir de la vida y la producción de Pessoa a través de sus «etapas» o «momentos» o «estaciones» centrales) precedido de un «Preludio» que cumple la función de la propositio de la épica clásica y seguido de un «Final» que nos recuerda los episodios de la mitificación pessoana (o de cómo Pessoa llegó a alcanzar la «fama», por seguir con el recuerdo de la tradición clásica), todo ello encerrado entre dos excursos, uno inicial («Advertencia») y uno de «Anexos» de desigual valor informativo (en cuanto a la posible novedad de sus aportaciones).

La obra de Bréchon quiere ser y es de hecho una «biografía», pero es también un diálogo íntimo del autor con el personaje y con su obra, es un estudio histórico e interpretativo de esa obra, y es incluso una confesión, la de una fecunda historia de amor entre biografiado y biógrafo que a muchos les resultará (nos resulta) familiar: «En general, desconfío de los devotos, pero he de admitir que tengo devoción por Pessoa. Llega a irritarme, me exaspera a veces, no siempre lo entiendo; pero amo a este hombre, al que sólo conozco a través de las palabras que nos ha legado. Sentí, hace poco más de treinta años, cuando leí por primera vez El guardador de rebaños, un enamoramiento súbito similar a una conversión. Aún me dura. Somos unas cuantas docenas o centenares en el mundo los que compartimos este fervor» (pág. 30).

La propia vida del personaje –Fernando Nogueira Pessoa– impone ya un cierto grado de heterodoxia inevitable, como se nos advierte en la «Advertencia» que abre el libro: «Narro una vida más rica en obras que en acontecimientos; o, más bien, para retomar la frase de un especialista en Pessoa [Teresa Rita Lopes], el tema del libro es su "obra-vida"» (pág. 11). En esa obra-vida quedaban, y quedan todavía, algunos puntos o momentos oscuros, etapas y acontecimientos sobre los que ni siquiera Pessoa –obsesivo observador, intérprete y biógrafo de sí mismo– nos ha dejado indicios. Para iluminarlos (o para tratar de adivinarlos) no duda Bréchon –que por lo demás conoce y utiliza exhaustivamente toda la documentación existente, y que además maneja también una muy abundante información oral– en recurrir a interpretaciones arriesgadas, rastreando indicios biográficos y literarios en la significación de un documento fotográfico, o proyectando hacia el futuro elementos conformadores deducidos de comportamientos o de sucesos borrosamente rastreables en la infancia del poeta. Así, por ejemplo, para señalar, tras la muerte del padre, la sensación de pérdida o alejamiento de la madre idolatrada (se recuerda al respecto que, en las supuestas memorias de Bernardo Soares, la que muere realmente en la memoria y en los sentimientos es justamente la madre), Bréchon enlaza esa pérdida y ese vacío (real o sentido íntimamente) con la aparición del primer heterónimo conocido, el Chevalier de Pas (que escribe en francés), y subraya en el nombre del personaje su definición por medio de la partícula negativa francesa (Pas), para concluir de todo ello una característica fundamental pessoana, su pesimismo o nihilismo: «Tal nihilismo resulta algo sorprendente a esa edad. [...] A los seis años ya está inmerso en un proceso que lo llevará del lado infantil de la vida, el materno, al lado abrupto y helado que jamás volverá a iluminar el sol» (pág. 39).

Entre las lagunas biográficas a que antes me refería, destaca sobre todo la que se refiere a su etapa sudafricana (entre 1896 y 1905, con el interludio portugués de 1901-1902), hoy fragmentariamente reconstruida con la ayuda de los testimonios de los profesores y compañeros sobrevivientes, y, en relación con ello, el problema de la transición del Pessoa educado en lengua inglesa al Pessoa poeta en su recobrada lengua materna, el portugués. Bréchon, con un estrambote añadido de una consideración sobre la importancia de la obra pessoana para la propia lengua portuguesa (o para la lingua franca poética portuguesa desde él hasta el momento presente), nos lo explica así: «La metamorfosis del poeta inglés en poeta portugués no se produjo de la noche a la mañana. [...] Cuando, al acabar este período de prueba, accede a la plena posesión de su acento portugués, lo hará con toda la soberbia de la experiencia adquirida en diez años de anglofonía y con toda la humildad de quien, durante todo ese tiempo, estuvo exiliado de su lengua materna. Gozará del raro privilegio de inaugurar, si no una nueva lengua, como Chaucer o Lutero, al menos un "nuevo estilo", como decía Dante, de mucho más alcance, en mi opinión, que el "nuevo escalofrío" que Hugo había descubierto en Baudelaire» (págs. 80-81).

De igual manera se reconstruyen algunas lagunas intelectuales, de las que destaco la que se refiere a los años que van de 1903 a 1909, laguna que se llena con el nuevo papel atribuido al heterónimo Alexander Search, al que se le califica como «el precursor» en el capítulo 7 que enteramente se le dedica, y del que se dice: «La obra de Alexandre Search, que ahora empieza a descubrirse, es el eslabón perdido de esta evolución que lleva del poeta clásico-romántico al "modernista" de la efusión sentimental al lirismo crítico, de la búsqueda ansiosa del yo a la despersonalización sistemática, de la perdida fe cristiana al "paganismo" recobrado» (pág. 108).

Otros aspectos de la personalidad de Fernando Pessoa siguen sujetos a mal comprobadas o a no comprobables conjeturas, como la cuestión del «erotismo» o la del «humor», aunque en relación con este último tema quizás bastarían algunos ejemplos para detectarlo y definirlo, como la confesión –recogida por Bréchon, y que puede también ser ejemplar en relación con lo que venimos diciendo a propósito de esta y otras biografías– que Pessôa hizo a su amigo y compañero de aventura órfica Côrtes-Rodrigues en 1916, es decir, a los 28 años de su edad: «Voy a imponer un gran cambio a mi vida: suprimiré el acento circunflejo de mi apellido» (pág. 35).

Se impone, a modo de coda, la cita obligada de Octavio Paz a propósito del poeta portugués: «Los poetas no tienen biografía; su obra es su biografía». Una afirmación que podríamos rematar con la explícita renuncia de Pessoa a vivir una vida en beneficio del cumplimiento de la alta misión –la realización de su obra– que creía y decía habérsele encomendado: «Regreso a mí. Durante años he viajado recogiendo maneras-desentir. Ahora, habiéndole visto y sentido todo, tengo el deber de encerrarme en casa dentro de mi espíritu y trabajar, cuanto pueda y en todo cuanto pueda, para el progreso de la civilización y la ampliación de la conciencia de la humanidad». Pero que no cunda el alborozo en la grey de los críticos desalmados (el adjetivo académico es otro, pero los colegas del milieu ya me entienden), porque tan cierto o ingenioso es decir lo contrario y afirmar que el poeta es una galaxia de biografías, entre otras la del ciudadano municipal y contribuyente (la que siempre Pessoa se negó a vivir), la del personaje que el propio poeta se encarga de ir construyendo para los más variados usos propios y ajenos, la que le han ido dibujando sus biógrafos y, en fin, las que cada uno de los lectores van a su vez edificando con la argamasa de sus propias vidas vividas o imaginadas. Tantas biografías, tanta biografía, no caben en una biografía. Bien lo sabe Bréchon, sabio y maestro, y por eso sus advertencias concretas y su general prudencia, y por eso también el camino elegido para «leer» a su manera las vidas y las obras de Pessoa: la obra de Robert Bréchon es ya necesariamente libro de cabecera para devotos de Pessoa, a quien nos invita a volver y a quien nos devuelve enriquecido, y que a novicios y curiosos en general los llevará obligatoriamente a adentrarse en la obra pessoana que para más de uno será casi como entrar en religión (lo que para el caso, es tanto como entrar en confusión y gozo).

01/02/2001

 
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