ARTÍCULO

Felipe II en su aniversario: La absolución de un enigma

Siglo XXI, Madrid, 1997
Traducción de Patricia Escandón
396 págs.
 

Lo recuerdo perfectamente. Era el atardecer de un día lluvioso y frío en Newcastle, Inglaterra. Yo concluía una conferencia y me rondaba en la cabeza una frase de la biografía de Felipe II de Geoffrey Parker, una frase insólita pero oportuna, que no lograba recordar. La encontré al fin en la penúltima página del libro: «Decir que Felipe II se dejaba guiar tanto por su corazón como por su cabeza es hacerle semejante a los demás hombres, y a otros "grandes" hombres». ¿Hasta qué extremos había llegado la imagen de Felipe II en 1977 para provocar o requerir tal apología por parte de su biógrafo? Era natural discutir si Felipe II había sido o no un gran estadista, pero ¿cómo dudar que hubiera sido un ser humano? Desgraciadamente, la declaración de Parker estaba plenamente justificada.

En aquel entonces, Felipe II todavía era un ogro más que un hombre; su imagen mítica negativa personificaba los peores defectos morales y políticos. Debido al efecto acumulado de la Leyenda Negra, pasaba por ser un déspota fanático, cruel y asesino. Esta imagen del rey como encarnación del Mal se perfilaba en las páginas del conocido estudio de John L. Mothey (The Rise of the Dutch Republic, 1856). Motley escribía la historia para demostrar la superioridad de los valores protestantes, republicanos y democráticos, para sus fines didácticos era imprescindible denigrar sistemáticamente a Felipe II y a España. Aunque a finales de la década de los setenta ya se habían publicado en inglés estudios serios y equilibrados sobre Felipe II y su reinado, escritos por historiadores tan excelentes como John Elliott, Helli Koenigsberger, John Lynch o R. B. Merriman, y la biografía de Peter Pierson (Philip II of Spain), Motley seguía siendo el autor más influyente entre los profesores de escuelas e institutos, como pude comprobar personalmente. Sólo otras dos obras habían gozado de gran popularidad, añadiendo ciertos toques a la imagen del rey: el estudio de la Armada de 1588 por Garret Mattingly y la obra de Gregorio Marañón sobre Antonio Pérez. Ambas evitaban los peores excesos legendarios de Motley, y difundían una imagen negativa pero más equilibrada de Felipe II, como hombre poderoso y a la vez débil que no carecía de rasgos oscuros. Muy consciente del peso de esta tradición y de la potencia del mito, Parker debió de dudar que el gran público a quien dirigía la biografía pudiera aceptar la nueva versión del monarca, por amena y bien documentada que fuese.

El estudio de Parker popularizaba los rasgos humanos del rey; describía sus pasiones, entre las que destacaban los hijos, la caza, los edificios, la pintura y la naturaleza; sus enfermedades, ya fueran reales o bien reacciones psicológicas o excusas para la inacción política; y entre sus defectos, sobre todo la inflexibilidad. Parker representa a Felipe II como «un hombre de principios rígidos con poder supremo»: sus principios eran al mismo tiempo su fuerza y su mayor debilidad. Resistiendo a los encantos opuestos de la Leyenda Negra y la Leyenda Rosa, al final del libro declara que si Felipe II ostentó rasgos que han sido muy criticados, dichos rasgos coinciden sin embargo con los de personajes tan admirados y amados como Winston Churchill y John F. Kennedy.

Han pasado veinte años desde entonces. Se han vendido miles de ejemplares del libro de Parker, y los jóvenes que asimilaron la visión parkeriana de Felipe II han leído también estudios monográficos, basados en indagaciones de archivo, sobre aspectos concretos del rey, su política y su época. Después han aparecido otras biografías, la mayoría breves y basadas en material secundario o noveladas, que no han igualado en calidad y utilidad a las de Parker y Pierson. En cuanto a la opinión del propio Parker sobre Felipe II, con el paso de los años ha evolucionado en un sentido cada vez más negativo. Así, en sus estudios sobre la rebelión en Flandes y sobre la Armada de 1588 y también en los prefacios escritos para sucesivas ediciones de la biografía. En la última de ellas que poseo (gracias al autor; es la de Alianza, 1994), Parker observa que el rey presenta los síntomas de una «personalidad obsesiva... de carácter anal». No me extraña que la gente siga preguntando a los estudiosos de Felipe II cómo puede gustarnos semejante tema. Por fortuna, no todos somos freudianos ni compartimos todas las opiniones peyorativas sobre el rey.

No parece casual que el juicio de Parker sobre Felipe II se haya vuelto más negativo a medida que su investigación se centraba en la política de las últimas décadas del reinado y en los momentos de graves crisis. El joven Felipe mostraba unos rasgos más atractivos, no Felipe II en su aniversario: La absolución de un enigma sólo por su edad, sino porque los problemas planteados al comienzo de su reinado eran de otra envergadura. La edad, las enfermedades, la presión constante y la muerte de tantos seres próximos, afectarían más tarde al rey profundamente y le harían mostrarse más duro (prefiero esta palabra a «inflexible»). Si hoy no existe consenso sobre la personalidad y las metas políticas de Felipe II es ante todo porque no se ha diferenciado lo suficiente entre las diferentes épocas dentro de aquel largo reinado. Otra razón, sin duda, es que se trata de un tema histórico de plena actualidad, con muchas investigaciones en curso y publicaciones que aún hoy siguen dando a conocer aspectos inéditos y suscitando debates.

En vista del volumen de material, de su accesibilidad y de la calidad evidente de algunos de estos estudios, cuesta entender que la prensa española haya insistido en que la reciente biografía de Henry Kamen (Felipe de España, 1997) es la «primera obra» que «corrige» y «destruye» la imagen «completamente negativa» de Felipe II. Y esta ligereza, que se puede perdonar en un periodista, resulta inadmisible en el propio autor, a quien se suponen sólidos conocimientos historiográficos. Kamen anuncia en su prefacio que no existen biografías basadas en documentación inédita y que hasta ahora «sabemos poco» de los pensamientos y motivaciones de Felipe II. Ahora bien: esto es (por no decirlo de forma directa, usaré una frase inglesa) una declaración inexacta.

Es inconcebible que Kamen ignore los resultados de quienes le han precedido, y en efecto, se advierte en su texto que ha utilizado estudios recientes muy instructivos sobre las ideas y motivaciones de Felipe II. Ataca Kamen con fuerza quijotesca los viejos mitos que ya habían sido desmentidos. Es verdad que algunos de ellos no han desaparecido del todo a nivel popular; pero no hay que confundir al enemigo con los molinos de viento. Sin embargo, Kamen no se molesta siquiera en evaluar, analizar o desmantelar sistemáticamente los argumentos corrientes. Entre una serie de opiniones sobre el rey, escoge las que más rabia le dan, como se dice popularmente, y las despacha de forma poco ortodoxa, limitándose a frases generalmente despectivas y sin explicación, consignando la mayor parte de ellas a la penumbra de las notas.

Sorprende también que Kamen insista, como Parker, en que Felipe II era un ser humano (comienza citando al respecto una carta del propio rey). Gran parte del libro está dedicada a describir e ilustrar con copiosas citas textuales (algunas muy interesantes) los aspectos más íntimos y positivos de Felipe II, intercaladas en una narración tradicional y cronológica (a veces algo indigesta debido a los saltos bruscos de un tema a otro). A través de cartas y comentarios de la época acabamos bien instruidos, a veces hasta la saciedad, sobre los detalles de los amores, la salud real o la pasión del rey por sus obras y bosques. Es irónico, pues, que en vez de crear una imagen del monarca en su tiempo, lo que sale de la pluma de Kamen, como ha notado Elliott, es un rey «para todas las épocas y especialmente la nuestra» (The New York Review of Books y ABC, 17-X-97). Algo parecido comentó Tony Thompson: «El Felipe de Kamen es evidentemente una creación de la década de los noventa, provisto de muchas de las virtudes contemporáneas, más o menos políticamente correctas» (Times Literary Supplement, 30-V-97). Ambos han comentado también la insistencia de Kamen en que Felipe II era un hombre normal. Esto es, para Elliott, «lo que resulta más difícil de tragar» y pienso que pocos historiadores de la época le llevarían la contraria. Sin embargo, creo que la popularidad de que ha gozado el libro en España se debe precisamente a estos aspectos –aparte de la magia que evocan los apellidos anglosajones en un biógrafo después de los éxitos recientes de Elliott y Preston–.

Los españoles quieren querer a Felipe II y recuperarle como uno más en el panteón familiar. Aquí se les ofrece un Felipe II a su gusto y, puesto que el biógrafo es extranjero, no se le puede tachar de «carca». El Felipe de Kamen no peca de fanático, ni de autoritario; es «europeo», nunca pierde el control, es mujeriego y padrazo, trabaja muy duro pero sabe relajarse en el campo y no olvida dedicarle tiempo a su familia. Sospecho que serán las mujeres ibéricas quienes lean esta biografía con más gusto. Y no deja de ser irónico que este rey mítico, déspota y demonio según sus enemigos, cruzado y santo según sus partidarios, acabe convertido, por obra de Kamen, en un modelo de virtudes masculinas de la pequeña burguesía del siglo XX . Ni en sueños pudo Felipe II imaginar un confesor tan indulgente como éste, que le absuelve de casi todo. Aunque Kamen admite que Felipe II dio órdenes para que se ejecutara a Montigny y a otros, insiste en que fue después de pasar por un proceso legal, y cuando no hubo ni esto, le disculpa por haberlo consultado previamente y «porque no tenía otra alternativa evidente». Parece ser que la necesidad todo lo perdona. Incluso cuando Felipe II cruza los límites de lo «políticamente correcto», por ejemplo cuando decide apoyar los estatutos de limpieza de sangre, o cuando ignora los consejos de Las Casas e impone nuevos estatutos sobre encomiendas y esclavos que el dominico había denunciado, Kamen se esfuerza por echar la culpa a otros en vez de analizar el viraje político del rey. En el caso de la limpieza de sangre, los «malos» son el arzobispo Valdés y «otros» que no nombra, quienes al parecer le convencieron de que la herejía protestante era una conspiración de los conversos. Si así fuera, tendríamos que pensar que Felipe II era muy crédulo. Kamen explica la falta de atención a las advertencias de Las Casas aludiendo a «otros factores» que se habían «antepuesto», aunque más tarde admite que Felipe II se dejó convencer por los consejos de sus ministros sobre el tema.

Una de las pocas críticas que se permite es culparle de su actitud negativa (o pasiva) hacia el arzobispo Carranza, quien al fin y al cabo fue condenado, no sólo por la Inquisición española y los jueces eclesiásticos en Roma, sino por muchos otros contemporáneos. Kamen declara que, como Felipe II nunca llegó a controlar completamente ni sus reinos ni su destino, no podemos hacerle responsable sino de una «pequeña parte de lo que ocurrió durante su reinado». El deseo de presentar al rey de la forma más positiva le lleva a subestimar el poder del monarca, así como la profundidad de su fe y de las pasiones confesionales de la época. La imagen que presenta Kamen evoca a veces el Candide de Voltaire. Vemos a Felipe II deleitarse, como Pangloss, en su jardín, mientras a su alrededor el mundo se hunde bajo la corrupción, la violencia y la guerra. Remata Kamen el libro con una imagen de la Monarquía en ruinas, pero con una declaración tajante: la conciencia de Felipe II quedó libre porque había hecho lo que podía. Según este criterio, pocos son los que no tienen una plaza reservada en el cielo.

Confieso que he pasado más tiempo con Felipe II que con ningún otro hombre, y puede decirse que le he dedicado los mejores años de mi vida. Esa larga intimidad me impide aceptar la visión de Kamen. Si tuviera que escoger las características sobresalientes de Felipe II destacaría tres: la pasión por sus palacios (las obras y la naturaleza), el deber y la angustia. Como su pasión ha sido muy bien estudiada, tanto en las biografías como en el magnífico estudio de Fernando Checa (Felipe II, mecenas de las artes, 1992), me limitaré aquí al deber y la angustia. Aunque el joven Felipe tuvo sus épocas felices, y no se puede dudar de su capacidad de disfrutar de un sinfín de actividades hasta su más avanzada edad, Felipe II vivió gran parte de su vida atormentado por las exigencias del deber: el deber de un príncipe cristiano, que le imponía responsabilidades pesadísimas hacia sus súbditos, sus estados, su dinastía y su fe. Cumplir con el deber es algo más que hacer el mejor esfuerzo posible: es una lucha continua para llegar a una meta precisa. De ahí la famosa frase de Felipe II a su hijo: ser rey es una esclavitud. Duro en sí, el oficio se hizo casi imposible en aquel mundo complejo y confuso del siglo XVI , tiempos de cambios extraordinarios que trastocaron las fronteras geográficas, políticas, culturales. Tuvo Felipe II que abrirse camino entre esas dificultades y con el paso de los años y las crecientes preocupaciones, fue perdiendo su alegría, sus ilusiones, y cambiaron sus ambiciones.

Jamás pudo saber Felipe II lo que era ser un hombre «normal». Por lo que cuenta Baltasar Porreño después de su muerte, algún día se permitió Felipe II soñar con ser un hidalgo provinciano de medios acomodados, o sea, un nombre sin preocupaciones económicas ni responsabilidades políticas y libre de llevar la vida en la corte. No importa de qué forma se defina este concepto tan ambiguo de «normalidad»: ni la realidad de su vida ni sus sueños hacen de Felipe II un hombre normal. Nació para ser rey y reinar, y su visión de sí mismo y del mundo estuvo marcada por este hecho decisivo. Todas sus acciones y relaciones, de las más íntimas a las más públicas, se regían por las obligaciones de un rey cristiano.

Y como Felipe II era el rey, tampoco se puede aceptar la forma en que Kamen le disculpa y le distancia de las decisiones que impuso su gobierno. Es cierto que siempre consultaba antes, pero pocas veces recibió consejos unánimes y aun cuando fue así, esto no disminuía su responsabilidad absoluta. Si el consejo le recomendaba una política represiva, o firmar una sentencia de muerte que le repugnaba, no tenía por qué acceder. Cuando lo hizo, fue porque le convencieron las razones, y por ende, la decisión y la culpa eran suyas. Parece sorprenderle (y hasta dolerle) a Kamen que se critique al rey duramente por meterse en tantos conflictos bélicos, pues él está convencido de que Felipe odiaba la guerra. Si a veces Felipe II anheló la paz, no dudó en promover conjuras, rebeliones y guerras, y celebró con gran alegría asesinatos y matanzas, las muertes violentas de sus enemigos. Esto es perfectamente comprensible dadas las circunstancias y la mentalidad de la época, a la cual no debemos pedir esa perfección a la que aspiramos hoy día y que estamos tan lejos de conseguir. Motley no debió juzgarle por leyes que no eran las suyas, pero tampoco hay razón para absolverle, como lo hace Kamen, según criterios que no formaban parte de su mentalidad.

Aun más; tenemos que aceptar que Felipe II se sentía responsable no sólo de su alma, sino de la de todos sus súbditos, y sin tener esto en cuenta nunca llegaremos a comprenderle, por muchos detalles que tengamos de sus ataques de gota. Si no hubiera creído que al fin de su vida mortal le esperaban Dios y san Pedro para tomarle cuenta bien detallada de sus dichos y hechos, no habría sufrido como sufrió. Intentó mantener a la vez su honor y su integridad, pero a veces tuvo que sacrificar la moralidad por la reputación y la seguridad de sus estados y lo hizo consciente de la carga que conllevaba tal decisión. Con su aguda consciencia, él era el primero en admitir que había cometido errores y que merecía el debido castigo por ello; por eso se esforzó toda su vida en obtener el favor de Dios y de su Iglesia. Es irónico y a la vez revelador que Felipe II salga de esta biografía absuelto, pero con una talla muy disminuida.

Hace veinte años, Parker declaró que sería inútil escribir otra biografía de Felipe II sin nuevas fuentes de información. Por su parte, Kamen insiste en que lo que ha hecho posible su obra ha sido el uso de fuentes manuscritas «completamente nuevas» y hasta ahora en gran parte desconocidas. Pasaría por alto la exageración de Kamen (que me recuerda las «exclusivas», tantas veces falsas, de los diarios ingleses) si no fuera muy molesta para quienes han dedicado años a estudiar estos archivos. Pero volvamos a la cuestión de las fuentes. Éstas son imprescindibles para una historia seria y científica, y cuanto más se estudian, mejor suele ser el resultado. Ahora bien, son precisas fuentes no sólo manuscritas (como en Kamen), sino también impresas y artísticas, las cuales (contra lo que dice Kamen) no encubren, sino que esclarecen la historia, como lo han demostrado tan bien los historiadores del arte y de la cultura que el propio Kamen utiliza.

La búsqueda de nuevas fuentes es laudable; pero no hemos de convertir una necesidad en un fetichismo. Dada la cantidad y la dispersión de la documentación filipina, todos los que usamos los archivos podemos jactarnos de alguna que otra «exclusiva». Pero de poco sirve el coleccionismo de datos si no viene acompañado por la capacidad de análisis. Nada más frustrante que un trabajo donde se apilan las citas originales sin que el autor explique su importancia o las ponga en su contexto. La documentación por sí sola no garantiza nada; hay que recordar que también Motley se basó en documentos originales. Por eso no estoy de acuerdo en que el descubrimiento de otro archivo y el uso de una colección de manuscritos nueva o poco utilizada justifique una obra (aunque pueda añadirle interés). La biografía de Parker es tan útil y tan iluminadora en los capítulos que se basan en documentación del Archivo General de Simancas como en los que se nutren de la colección de Altamira.

La pregunta pertinente es si antes que nuevas biografías generales de Felipe II no necesitamos conocer mejor su época y disponer de más estudios monográficos sobre su reinado y sus reinos. El monarca seguirá siendo un enigma mientras no entendamos mejor su entorno. Por eso pienso que el futuro no estriba sólo ni primordialmente en hacer más descubrimientos de manuscritos. Aunque sólo se trabaje sobre los fondos ya conocidos, nos sobran documentos. Lo importante es ir aprendiendo las lecciones que nos ofrecen maestros como Bouza, Contreras, Checa, Edelmayer, Fernández Albaladejo, Fortea, Martínez Millán y el grupo que estudia los cortesanos filipinos, Thompson, y muchos otros, de nacionalidades, especialidades y parcialidades variadas, que no menciono por carecer de espacio y no porque no los aprecie. Necesitamos saber mucho más sobre la política, la economía, la cultura, las relaciones entre los estados de esta monarquía, etc. Por ejemplo, para comprobar si Felipe II era o no autocrático es imprescindible conocer mejor la ideología política del rey y de la corte, cómo funcionaban los consejos y las casas reales, cómo era la articulación del poder entre corte y localidad. La religiosidad del rey, su actitud hacia las reliquias y el papel de la ideología religiosa en la política exterior no se comprenderán hasta saber más de los extraordinarios cambios ideológicos que sucedían en España (y en otras partes de la cristiandad); de cómo reaccionaban las otras potencias ante el problema de la desarticulación de principios ideológicos e intereses dinásticos y políticos, y finalmente del coleccionismo y las manías del rey. Con ello también podremos visitar una vez más el debate sobre si Felipe II fue o no un «imperialista»; Kamen cree haber resuelto esta discusión tan sólo con decir que el rey no tenía una teoría del imperialismo, y que si intentó captar las coronas de Portugal, Inglaterra y Francia fue porque no estaba clara la sucesión y por cuestiones de «seguridad». Es curioso que Kamen piense que Felipe II no consiguió proyectar su imagen ni dejar su marca. Las obras de Checa y Bouza mostraron ya muy bien con qué sutileza manipuló el monarca su imagen. Las recientes publicaciones y las exposiciones proyectadas para el centenario de Felipe II en 1998 atestiguan la fascinación que su figura ejerce todavía, gracias en gran parte a su mecenazgo y a su proyección personal y política. El problema de Felipe II, en mi opinión, no es la falta, sino el exceso de imagen; durante siglos ha sido un símbolo, a veces arma y a veces blanco de ataques de diversas épocas y países. Su realidad importaba menos que su utilidad como mito: esto ha sido a la vez su fortuna y su desgracia histórica. No debe sorprender que después de tantas capas de color no hayamos llegado a descubrir todavía el cuadro original. Kamen nos ha dado a conocer material que contribuye a la ardua tarea de restauración, pero también él ha dejado tintes que se mezclan con otras capas de interpretación y oscurecen todavía la figura del rey. Si el mito de Felipe II ya hace tiempo que fue despejado, aun permanece el enigma.

La indulgencia hacia Felipe II me habría preocupado menos de no haber escuchado hace unos meses una ponencia de Kamen en un coloquio internacional. Fue una intervención sobre las minorías en el Mediterráneo durante la primera época moderna, tema que domina muy bien (son bien conocidos sus estudios sobre la Inquisición, la persecución y la tolerancia). Allí Kamen atacó a la historiografía tradicional sobre las minorías por basarse en una serie de estereotipos. Aunque admitió que el judío martirizado, el moro oprimido y el cristiano fanático existieron, insistió en que la documentación no apoya la imagen tradicional según la cual estos grupos vivían en conflicto. Al contrario, resaltó el «respeto mutuo» que se daba entre ellos en Iberia, único lugar donde se experimentó esta situación de convivencia feliz. Como se verá, no es sólo Felipe II, sino toda la España de la época la que surge de las últimas obras de Kamen bañada en los rayos áureos de la tolerancia y la moderación que tanto admiramos ahora. Pero esta imagen tan atractiva sólo se pudo fabricar omitiendo hechos tan significativos como la expulsión de los judíos y la represión sistemática de judaizantes y moriscos, y el hecho de que la expulsión de estos últimos comenzó a discutirse allá por la década de 1580, es decir, treinta años antes de que se llevara a cabo. Ni estos hechos indiscutibles ni la amplia documentación de la época que conozco dejan la menor duda acerca del desprecio, el miedo y el odio que provocaban en la mayoría de los españoles estas minorías y especialmente la idea de una posible rebelión morisca. Si es cierto que hubo casos de convivencia y cooperación, no se puede ignorar la realidad del conflicto y sus consecuencias: el rechazo absoluto de ideas y personas no cristianas. Una vez más, debo insistir en que esto ocurrió por razones que son perfectamente comprensibles en el mundo de la primera época moderna.

Una historia de España sin racismo ni persecuciones se vendería muy bien, sin duda, pero sería una parodia de la verdad, tan inaceptable como una biografía de Felipe II que le exima de responsabilidad por sus acciones. Estoy de acuerdo en que el deber del historiador es destruir mitos (he dedicado a ello considerables esfuerzos), pero es peligroso saltar a otro extremo equidistante de la verdad. No veo gran mérito en ir por el mundo arrastrando un sentimiento de culpabilidad y pidiendo perdón por lo que hicieron nuestros antepasados; pero creo que es mucho peor no admitir o eludir los aspectos negativos del pasado.

Lo que necesita aún Felipe II es una historia amplia y comprensiva, que asuma en su totalidad aquella época compleja y problemática en la cual ningún príncipe logró sobrevivir sin comprometer en algún momento sus principios. Una época que se dejó seducir tanto por la visión de la razón y la potencia ilimitada del hombre como por el terror al demonio y al infierno, y que impulsó la caza de brujas y las guerras de religión. La absolución queda reservada para el sacerdote y el penitente, y las sentencias, para los juzgados. La historia debe ayudarnos a comprender y afrontar el pasado en todos sus aspectos.

01/01/1998

 
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