ARTÍCULO

La escritura egoísta

Ediciones del Bronce, Barcelona, 119 págs.
Trad. de Domingo Pruna
Siruela, Madrid, 760 págs.
Trad. de Olivia de Miguel
 

El redescubrimiento de la vida y la obra de Colette, hasta el momento, asombrosa e injustamente olvidada, se inició felizmente en la última década del recientísimo siglo pasado. En 1990, Herbert Lottman, el biógrafo de Camus, Flaubert y autor de uno de los libros más interesantes y reveladores sobre los intelectuales franceses y el compromiso político (La rive gauche) puso al alcance de las nuevas generaciones de lectores la sorprendente vida de esta escritora francesa, una de las más interesantes del siglo, en un libro escrito con una perspectiva bastante menos respetuosa que la que predomina en la biografía que a su vez publicó en 1999 Claude Pichois, un conocido especialista en la obra de Colette.

Ahora, con esta nueva biografía que publica la editorial Siruela y con algunas iniciativas como la de Ediciones del Bronce (también Pre-Textos publicó hace poco una nueva traducción de El nacer del día), es de esperar que salgan de una vez del purgatorio obras imperecederas que no han perdido un ápice de su frescura, ni lo perderán, pues tienen todas ellas un tono inalterable de vibrante modernidad. Es una lástima que en el imaginario de los lectores se haya impuesto la idea de Colette como una escritora anticuada (a lo sumo se le concede el beneficio de ser una gran estilista) que habla de gatos, perros y de las delicias de la vida del campo. Ya es hora de que los lectores actuales se enteren de que la obra de Colette, como la de Proust (no es de extrañar que se admiraran mutuamente, ya que ambos son unos egocéntricos y unos mitómanos de tomo y lomo), es una monumental búsqueda de la belleza y del tiempo pasados que incluye toda una reflexión y descripción de sentimientos y sensaciones, expresados con una plasticidad y una sensualidad que sólo puede calificarse de impresionista. Colette, sin dejar de hablar constantemente de ella misma, abre con pasmosa naturalidad la puerta de la casa, poniendo el dedo en la llaga de todas las conciencias, ya sean individuales o colectivas.

Mis aprendizajes, libro del que Ediciones del Bronce acaba de rescatar una antigua y muy deficiente traducción, es una prueba de todo esto. En esta obrita, totalmente autobiográfica, Colette nos desvela algunos de los misterios de su extraña relación con Willy, aquel escritor coyunturalmente famoso a quien ahora sólo se le recuerda por haber sido su primer marido; un simpático y farandulero ladrón de ingenios que la utilizó como negra literaria y que firmó las primeras obras de Colette, las novelas de Claudine, famosas por su tonillo atrevido y escandaloso. Colette aprovecha aquí el ritmo algo descuidado de los recuerdos literarios escritos a vuela pluma (magníficos, sus retratos de los personajes más conspicuos de la bohemia parisina de principios de siglo como la Bella Otero, la actriz Polaire, los escritores Jean Moréas, Jean Lorraine, Pierre Louys) para vengarse casi cruelmente de ese hombre de cuyo amor tuvo que huir para emanciparse literariamente. Una emancipación que, en su caso, no conocería límites. Sirva su caso de ejemplo frente a la incomprensible actitud de una mujer que fue su contemporánea; me refiero a María Lejárraga, la esposa de Gregorio Martínez Sierra que soportó esa «negritud» literaria hasta el final. Historia que resulta todavía más increíble si se tiene en cuenta que María Lejárraga fue, además, una feminista militante (cosa que habría horrorizado a Colette) y una socialista que recorrió España para encontrar soluciones al problema de la sumisión de la mujer...

Antes de esta biografía de Colette, a la que dedicó nueve años, la norteamericana Judith Thurman había publicado otra de Karen Blixen (o Isak Dinesen, como se quiera), por la que recibió el Premio Nacional de biografía. Incluso llegó a colaborar como productora asociada en la famosa película Memorias de África. Además de estos libros, Thurman escribe artículos sobre literatura, cine y moda en diferentes medios de comunicación. Para alguien con estos antecedentes, Colette y su mundo han tenido que ser fascinantes porque esta escritora tuvo, ciertamente, una vida de lo más peliculera: actriz de teatro, cabaretera, casada varias veces y con una escabrosa vida sentimental, pero al mismo tiempo, y sobre todo, escritora de renombre, que recibió todo tipo de distinciones y honores (Legión de Honor, Academia Goncourt, Academia de la Lengua Belga, donde sucedió a Anna de Noailles) y tuvo una vejez larga y respetable.

En principio podría parecer que la vida de una autora sobre la que existe una amplia biografía y que, además, está hablando constantemente de sí misma su propia obra, es pan comido para el biógrafo. Pero una cosa es la realidad pura y dura, que el biógrafo ha de hurgar con la mayor impudicia, y otra la realidad transmutada –¡y con cuánto virtuosismo!– en obra de arte. Colette, mujer astuta y hábil manipuladora, sabía perfectamente que no hay mejor manera de ocultar una cosa que servir en bandeja otra que se le parece de forma portentosa: «¿Piensan ustedes, al leerme, que estoy haciendo mi retrato? Paciencia: es sólo mi modelo», escribió ella misma en El nacer del día. Si Lottman había conseguido desenmascarar algunas ocultaciones muy significativas que todos los anteriores biógrafos se habían tragado fiándose de la fuente, (esto es, la propia Colette), Judith Thurman –ventajas de escribir después–) ha querido ahondar en esos «secretos de la carne» de la escritora, en eso que ella llama el «hermafroditismo mental» de Colette, totalmente subversivo, que rompe los esquemas feministas de todas las época a pesar de que su obra, en particular la periodística, es un alegato constante a favor de los derechos de la mujer. Pero incluso aquí, todo lo arropa con su arrolladora sensualidad, que tanto repele a la pacata y fría intelectualidad del feminismo programático.

El mérito de Thurman, que ha investigado gran cantidad de documentos nuevos, entrevistas y cartas inéditas, consiste en poner de relieve algunos aspectos muy conocidos de la vida de Colette que todos habíamos asumido como ciertos, inducidos por su prosa y por sus exégetas, para descubrir, por ejemplo, que ni la relación con su madre (Sido, uno de sus mejores «personajes» literarios) fue tan idílica, ni la explotación literaria a la que la sometió Willy (de cuyo yugo como ya dije supo liberarse a tiempo) fue tan impuesta como ella pretendió que creyéramos, ni su vida «licenciosa» tan excepcional como podría parecer. Lo que se conocen como sus «excesos» –lesbianismo, desafío de las convenciones sociales al aparecer desnuda en el escenario, etcétera– eran características comunes a la bohemia de fin de siglo. Pasado ese momento, Colette se dedica a explotar, con todo derecho y un notable talento, una imagen totalmente literaria que había creado de ella misma y que la convirtió en una de las grandes escritoras francesas de todos los tiempos. Particular interés tiene toda la época de la ocupación nazi y la ambigua actitud de Colette durante la misma, aún más extraña si se considera que su último marido era judío y estuvo deportado. Es evidente que esto último, unido a su celebridad y a su avanzada edad, la mantuvieron a salvo de cualquier iniciativa vindicativa y a pesar de ello, como indica Judith Thurman, Colette condenó la depuración con bastante más contundencia que la que utilizó para condenar la ocupación.

Pero lo que predomina en el retrato de Thurman es la gran hedonista, la gran gozadora, la gran fagocitadora de vidas ajena que fue esta notabilísima mujer, a quien no amedrentó la edad madura (se casó por tercera vez con un hombre veinte años más joven y durante mucho tiempo fue amante de su jovencísimo hijastro) y cuya prosa, de tremenda plasticidad metafórica y de una riqueza léxica apabullante, dejó pasmados a escritores como André Gide (de él es la frase de donde sacó Thurman el título), Jean Cocteau, François Mauriac o Marcel Proust, por citar a los franceses más conocidos; entre los anglosajones, a escritores tan dispares como Graham Greene o Truman Capote (que conoció a Colette ya anciana, con ese aspecto de vieja actriz pintarrajeada que hizo época); y, en España, a Pío Baroja, Corpus Barga y Azorín. En suma, una excelente biografía de una mujer que además de escribir prodigiosamente, ejemplifica la independencia femenina como ninguna otra lo ha hecho jamás en época alguna.

El libro se completa con una amplia bibliografía sobre Colette –supongo que obra de la traductora Olivia de Miguel que ha realizado una notable labor–, en la que hay un apartado dedicado a las traducciones de Colette al español donde se puede ver que, con contadísimas excepciones, las editoriales que se atreven con ella recurren a las mismas traducciones de siempre, plagadas de errores.

01/08/2001

 
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