ARTÍCULO

Biografía de un liberal

Biblioteca NUeva y Fundación Antonio Maura, Madrid, 1997
XVI y 480 págs.
 

Como Jesús Pabón con su Cambó, esta obra reconstruye una época a partir de una persona: Maura y su proyecto político: una «transición gradual del liberalismo hacia la democracia». A partir de 1898 y tras la desaparición de Germán Gamazo, será Maura una de las figuras políticas que permiten hablar de aquella fecha como de un «año bisagra». María Jesús González examina exhaustivamente los dos primeros gobiernos de Maura, el de 1903-1904 y el llamado «largo», de febrero de 1907 hasta octubre de 1909. Los tres que presidió después fueron ministerios con Maura.

Su «socialización conservadora» buscó «integrar de manera activa y consciente en el juego político» y evitar la movilización conflictiva. Urgía asentar la legitimidad de las instituciones liberales en la legalidad existente, desatar su virtualidad democrática y favorecer la participación en la vida pública. Los españoles eran ciudadanos políticamente responsables. Esta convicción y la voluntad de verificarla alejaron a Maura de todos los regeneracionistas, desde el rey hasta los que deseaban la supervivencia de una «política de amigos».

En esa marcha hacia la democracia y contra el caciquismo, propuso Maura un corporativismo pluralista, complemento y no sustitución del sufragio, que abriera cauce a los intereses de cada grupo o clase y los resolviera con equidad lo que buscaba justicia en la lucha de clases. Creó en 1907 el Consejo de la Producción y el Comercio Nacional. Quiso sanear el sistema electoral y fortalecer los partidos diferenciando sus programas. Aprobó medidas sociales, que trataban de librar al pequeño campesino de la usura, a través de la cual el cacique controlaba su voto. Durante su «gobierno largo», hubo una política protectora-nacionalizadora de la economía. Reforma social y crecimiento económico iban juntos.

Reconoció el derecho de huelga. Lo defendió para los trabajadores de las compañías ferroviarias. Exigió que se notificara la convocatoria al paro y que las partes se sometieran antes a un tribunal de conciliación. Las reformas servían para «anticipar el cambio». Cuando llegan con retraso parecen una abdicación. Estuvo asesorado por el Instituto de Reformas Sociales.

Simpatizó Maura con Cataluña. Miraba el catalanismo como un movimiento «civil», modernizador de la sociedad e impulsor del progreso económico. Sus «excesos», síntoma de su vitalidad. Ofreció a los solidarios la entrada en la política nacional. El problema catalán, en el problema de España, su solución, sin hostigamiento ni concesión, debía ser económica, social y administrativa y extenderse a todas las provincias.

Se alegró porque el «bloque» contra su política podría fraguar una verdadera izquierda dinástica. No acertó. El «revanchismo» se impuso sobre esa posibilidad de una alternativa, que superara la disidencia constitucional.

El rey comenzó a gobernar. Como si lo retrataran las palabras de Montesquieu, cedió a la seducción de sus fantasías militaristas en Marruecos. La izquierda «jacobina» aplaudió esa desviación de funciones, pues creía que así servía a su política. Consideró Alfonso XIII idóneos a los nuevos jefes del turno mientras sirvieron para la ficción y excluyó a los que se le opusieran. Primero, Maura, luego Moret. Un atentado criminal le privó de Canalejas. ç

Para Maura la monarquía era un factor de integración de la vida nacional. El embajador de Francia decía que entre la Corona y la representación nacional, Maura eligiría ésta. Era un «monárquico sin idolatría». Su manifiesto en 1913 fue algo más que una «pataleta de un desahuciador desahuciado». Prat de la Riba dijo que se acababa una «primavera de esperanzas», cuyo horizonte era integrar la sociedad civil sin forzarla, gradualmente, yendo de la ley a la ley y a través del debate y la participación.

Con «hábitos de absolutismo templado» y perdido hasta «el gesto de oficio» en los gobernantes, la subversión se apoderó de la nación. Apremiaba restaurar la autoridad social, «sea ésta blanca, roja o azul, pero que sea». Este diagnóstico de Ortega, en abril de 1920, presagiaba la calma con que se recibió la dictadura.

Para alternarse en el poder con otros partidos, exigía Maura en política interna fijar una frontera entre programas políticos y subversión. Y en política internacional, una rectificación en Marruecos. No al reparto y sí a conservar la situación existente, fortaleciendo la autoridad del Sultán. Señalar este punto en el origen del ostracismo sufrido por Maura es otra novedad de esta obra. Maura fue sobre todo liberal. Cuando dejó de serlo el partido de Sagasta, lo abandonó. Su ostracismo, idéntico al que sufrió años más tarde Azaña, cuando en 1936 quiso ser un gobernante liberal, que frenara la revolución haciendo justicia a quienes la reclamaban con todo derecho.

Leal a sus creencias, desprendido del poder, no fue un idealista. Basta mirar sus logros y examinar sus propósitos medidos desde aquella sociedad tan resistente al cambio. Buscaba una democracia en camino que ahorrara a su país una dictadura. Desde la dignidad ciudadana, no habría que temer a la república. Liberal, su afirmación de la legalidad, que quiebra los privilegios. La legalidad es un control mínimo para que la acción política no derive hacia el poder arbitrario y criminal. Liberal, su parlamentarismo, al que atribuye un valor pedagógico. Que todas las opiniones hallen cauce en el debate y todos los derechos sean amparados.

No fue «bifronte» Maura, aunque lo fuera el maurismo. No estuvo de acuerdo con Costa, ni fue regeneracionista. Jamás empleó esa palabra. La rectificación de la obra de Tusell, en este apartado, creo que es definitiva. Como Cánovas, quiso y pudo forjar una legalidad común, que, encarando los nuevos problemas y abierta a las nuevas fuerzas sociales, a todos cobijara. No lo entendieron así los que, bajo la retórica de un lenguaje democrático, deseaban que nada cambiara, salvo quien debiera recibir el poder. Alfonso XIII sometió a su estrategia lo que Romero Maura llamó «la modernización política». La movilización pondría en peligro la paz social. Un partido conservador genuinamente liberal empujaría al otro del turno a acentuar en sentido reformista su programa.

Con escasas e inapreciables ausencias, puede decirse que está recogido todo lo que sobre Maura tiene valor en el archivo de la Fundación y en otros relacionados con la política ministerial de esos años, especialmente, el Archivo General de Palacio. Ha consultado también otros fondos documentales, como los de Natalio Rivas y Eduardo Dato, en la Real Academia de la Historia, los archivos diplomáticos del Reino Unido, Italia, Francia y la Santa Sede y algunos privados como el de Burgos y Mazo y el de Prat de la Riba, entre otros.

Esta amplia base documental explica el cuadro en el que aparece la figura de Maura. En una reciente «biografía política» suya, sólo una cita, pronunciada en su funeral, atestigua que Maura intervino en el parlamento. Poco, casi nada, se nos dice de su política, de sus proyectos e ideas. Y recurrentemente se le somete a la acusación de ser un autoritario, de actuar como una pieza más del sistema caciquil y de poner en peligro la monarquía. Un ejemplo más de esa historia, «pedagoga», subordinada a una síntesis brillante, indiscutible e irrevisable. María Jesús González pertenece a una generación distinta. De ella habla Juan Pablo Fusi, un historiador que, ya en los años setenta, tuvo el valor de superar aquella conversión de la historia en arma de combate ideológico, social o político.

Una investigación histórica es como una larga conversación. En ella se recogen las razones de sus actores y las explicaciones de sus fracasos. María Jesús González termina con una imagen de Maura, construida por quienes lo «rescataron» para la monarquía autoritaria y sus epígonos de la dictadura de 1923 y del bloque nacional en 1936. En 1946, desde su exilio en Buenos Aires, Ossorio se limitó a recordar que Maura fue siempre un liberal.

01/06/1998

 
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