ARTÍCULO

Lo que queda del gran sueño

Edición de Marguerite Bonnet, Gallimard, Bibliotheque La pléiade, París
 

Veinte años después de su muerte, las cenizas de André Malraux reposan para siempre en el Panteón de los escogidos, tras ser conducidas a su última morada con la pompa y circunstancia con las que Francia acostumbra a pagar los servicios de sus hijos más insignes. Lejos de allí, en el bastante más pequeño burgués cementerio des Batignolles, reposan los restos mortales de André Breton. Sobre la losa, un epitafio extraído de su Introduction au discours sur le peu de réalité: «busco el oro del tiempo». Sus funerales, de los que acaban de cumplirse treinta años, fueron sencillos: un puñado de amigos y algunos jóvenes acompañaron a la comitiva hasta el camposanto: no hubo presencia oficial, no hubo oraciones ante la tumba. En 1966 el surrealismo parecía haber dado todo de sí.

Breton y Malraux han sido, nadie lo duda, testigos y actores excepcionales de este siglo convulso que toca a su fin. Se conocieron y, hasta donde puede saberse, se mostraron mutuo respeto. Mark Polizzotti, el autor de la más documentada biografía del autor de L'Amour fou aparecida hasta la fecha, nos explica las circunstancias de cierto encuentro –y desencuentro– que, ahora, el año del centenario del nacimiento de Breton y de la entronización de Malraux como Gran Escritor, se reviste de irónico significado. En 1924, Breton y su mujer no dudaron en acudir en apoyo del futuro ministro gaulista, condenado a tres años de prisión por un tribunal de Phnom-Penh por robar, con intención de venderlas posteriormente en Estados Unidos, algunas antigüedades del templo de Banteaï Srey. La presión internacional hizo su efecto, y el joven aventurero pudo regresar muy pronto a casa. Meses más tarde, los Malraux acudieron al domicilio de los Breton para agradecerles el gesto. Llamaron a la puerta, pero nadie acudió a abrirles, a pesar de que desde fuera podían escucharse ruidos. Al día siguiente, en una nota, se explicaba que en el interior de la vivienda un grupo de amigos estaban en plena sesión de escritura automática, por lo que no era el caso de abrir la puerta a un posible «elemento transtornante».

Lo cierto es que de 1920 a 1924, año en que se publicó el primer Manifeste du surréalisme, el grupo de amigos que formaría enseguida el núcleo duro del movimiento –Breton, Aragon, Soupault, Eluard– estuvo casi totalmente volcado en la experimentación de técnicas y procedimientos que permitieran «expresar, sea verbalmente, sea de cualquier otro modo, el funcionamiento real de la mente». Esa «fase intuitiva» de la historia del surrealismo culminaría, en el aspecto teórico, con el propio Manifeste, y en el práctico con la creación de la célebre «Oficina de investigaciones surrealistas» (Bureau de Recherches Surréalistes), desde la que los integrantes del grupo intentaron hacer realidad la vieja aspiración de Lautréamont, su principal genio tutelar, de que la poesía, hecha por todos, impregnara todas las cosas. Definitivamente distanciados de lo que consideraban nihilismo solipsista de Dadá, con el que habían coincidido durante un par de años, y al que juzgaban incapaz de ofrecer más respuesta que la del espectáculo de su negativismo, los surrealistas entraban en su «edad de la razón». A partir de ese momento, el surrealismo, surgido de las ruinas dejadas por una guerra («cloaca de sangre, estupidez y fango», la había llamado Breton) en la que parecían haberse pulverizado todos los valores de una vieja civilización, comienza su difícil trayectoria teórica, moral y, desde luego, literaria, entre la realización del deseo y los imperativos de la conciencia, entre la necesidad de cambiar la vida, como había querido Rimbaud, y la de transformar el mundo, como había clamado Marx y parecía exigir el escenario de la posguerra. De esa contradicción, jamás resuelta, surgieron todos sus desgarros. Y a lo largo de ese camino, jalonado por tantas rupturas, defecciones y expulsiones –de Soupault y Artaud a Salvador Dalí, «Avida Dollars»–, los surrealistas fueron elaborando su proyecto existencial y literario: hacer de la poesía el eje ordenador de la existencia de todos los hombres y mujeres, libres ya de la explotación de otros hombres, de la dictadura de los prejuicios y de las ideas recibidas, de las morales castradoras, de las inhibiciones del lenguaje. Vástago de la crisis de los grandes sistemas de representación del mundo, el surrealismo quiso ser, antes de nada, una concepción global de la existencia y del hombre.

Desde el principio, desde mucho antes de que los surrealistas supieran que lo eran, André Breton estuvo en el centro de todas las cosas que crearon. Este hombre, de quien Octavio Paz ha dicho que fue «autor de libros que han marcado, o mejor tatuado, a nuestro siglo», fue también la ortodoxia del movimiento que tanto contribuyó a crear, basculando siempre entre los extremos, reconciliando posturas antagónicas o «fratricidas», fulminando con sus anatemas a quienes consideraba que ponían en peligro la existencia del proyecto revolucionario global. Desde luego, su vida se confunde con la historia del movimiento que creó y del que fue la principal voz literaria.

Las Oeuvres Complètes de André Breton publicadas en La Pléiade Autora de un libro esencial para la comprensión del surgimiento del fenómeno surrealista (Naissance de l'aventure surréaliste, José Corti, París, 1975), Marguerite Bonnet, la ejemplar editora de los dos tomos publicados hasta la fecha, falleció en 1993, dejando casi totalmente preparados otros dos volúmenes, cuya «próxima publicación» ha sido anunciada en diversas ocasiones; el tomo III incluirá la totalidad de los escritos correspondientes a los años 1941-1953, y el IV los de los años 1953-1966. La señora Bonnet y sus colaboradores han conseguido rescatar gran cantidad de textos que se creían perdidos, y que han resultado imprescindibles para una futura reelaboración de la historia del surrealismo.–el máximo santuario de la respetabilidad literaria–, se presentan ordenadas cronológicamente, con lo que se subraya aparentemente el carácter proteico de los intereses del escritor en detrimento de su labor más literaria. A lo largo de las casi cuatro mil páginas ya publicadas se yuxtaponen hasta el vértigo poemas, manifiestos, narraciones, panfletos, novelas, entrevistas, notas, prólogos, juegos, listas, «cadáveres exquisitos», obras en colaboración, proyectos y guiones para obras no realizadas, etc. En ese rompecabezas en el que no existe más jerarquización que la impuesta por la cronología se encuentra, sin embargo, todo Breton; separar esos libros que han «tatuado al siglo» del resto de los textos hubiera sido tanto como mutilar al personaje.

Revolution of the mind, the life of André Breton, de Mark Polizzotti, intenta, aunque sin conseguirlo del todo, responder retrospectivamente a esa pregunta –Qui suis-je?– con la que comienza Nadja (1928; revisada por el autor en 1963), una de las más bellas narraciones del surrealismo. Polizzotti, perfectamente pertrechadocon los resultados de una investigación exhaustiva en bibliotecas, archivos y universidades de uno y otro lado del Atlántico, y favorecido por el acceso a documentos que hasta ahora no habían estado a disposición de los especialistas Los herederos de Breton decidieron dar por anulada la cláusula testamentaria por la que no se podían hacer públicos ciertos documentos hasta el año 2016., ha conseguido, probablemente, la biografía de referencia de Breton, al analizar materiales nunca antes publicados y revelar significativas anécdotas hasta ahora desconocidas. Con una bien dosificada proporción de información concreta sobre la peripecia vital de su sujeto y de eficaz evocación de una época y un mundo, el libro compuesto por Polizzotti es un buen ejemplo de biografía literaria de esa «escuela anglosajona», que a lo largo del último cuarto de siglo nos ha proporcionado excelentes muestras de su modo de historiar las vidas de los escritores. Polizzotti muestra sus mejores cualidades como biógrafo a la hora de contextualizar los acontecimientos que jalonan la vida y las actividades de Breton, particularmente los que se refieren a la historia intelectual y al milieu literario del período de entreguerras. Las problemáticas relaciones de los surrealistas con el comunismo –desde las primeras colaboraciones con los jóvenes leninistas de Clarté, a la decidida, y en muchas ocasiones arriesgada, denuncia de los crímenes del stalinismo o de la política exterior soviética– están contempladas con rigor y expuestas con auténtica eficacia narrativa. Singularmente interesantes, por el relativo desconocimiento de las actividades de Breton durante esa época, y por la dispersión de los datos sobre el período, son los capítulos 16 y 17 («The exile whithin» y «The exile without»), en los que se narra la trayectoria del poeta desde el comienzo de la nueva guerra, su movilización como médico militar, su posterior desmovilización en la zona «libre», su salida del país y su viaje a Martinica con otros «indeseables» Claude Lévi-Strauss proporciona una pequeña anotación de ese viaje en sus Tristes tropiques., así como los años de su exilio norteamericano (1941-1946). Durante esos años «americanos» Breton se enamoró del lenguaje de los comics, trabajó como locutor en las emisiones en lengua francesa de la Voz de América, participó en diversas exposiciones y actos surrealistas, fundó revistas, concibió y publicó algunas obras importantes en su evolución ideológica y literaria, como su hermosa Ode à Charles Fourier y Arcane 17, y conoció a la que iba a ser su última mujer, Elisa. Además de todo ello, siguió controlando lo que quedaba del movimiento.

Es preciso señalar que esta biografía de Breton, como cualquiera de las ya existentes y, probablemente, de las futuras, se apoya –aunque no se señala la deuda de modo explícito– en un texto ya canónico que funciona como cañamazo o bosquejo que debe rellenarse con ulterior investigación. Me refiero a las célebres Entretiens radiofónicas que Breton mantuvo con el periodista André Parinaud y que fueron retransmitidas por la Radiodifusión francesa, a lo largo de varias sesiones, durante 1952 Posteriormente fueron editadas con el título Entretiens (1913-1952) y publicadas por Gallimard. Puede encontrarse una traducción (mala) en castellano en la Colección Popular del Fondo de Cultura Económica. Además de las que mantuvo con Parinaud, se incluyen otras entrevistas efectuadas a Breton; particularmente interesante es la que, en septiembre de 1950, le hizo el poeta José María Valverde..

El Diccionario temático del surrealismo es la más reciente aportación bibliográfica española al surrealismo como movimiento internacional. Ángel Pariente, que ha buceado, según declara en el prólogo, en fuentes directas (libros y revistas) Que, dicho sea de paso, no se citan nunca, ni como apéndice, ni al final de cada entrada, donde sólo se consigna el autor de la referencia y el año en que tuvo lugar., ha pretendido «presentar de manera sistemática las opiniones que el grupo surrealista sostuvo desde 1922 hasta 1970». El libro funciona de modo suficiente como pequeño vademécum ideológico del surrealismo, aunque está muy lejos de su pretensión de ser una «historia de [sus] ideas, de su evolución y también de sus contradicciones». Tras la lectura de la biografía de Polizzotti se hace muy difícil, por otra parte, estar de acuerdo con la siguiente apreciación de Pariente: «los que pensábamos que la Edad de Oro del surrealismo estuvo situada entre 1924 y 1939 nos hemos visto obligados a matizar esta creencia». La verdad es que la impresión de quien esto escribe ha sido exactamente la contraria: el pleno despliegue ideológico y literario del surrealismo, o al menos su «edad de oro», se extiende precisamente entre las dos guerras mundiales, siendo generosos con el período que podríamos llamar «surrealismo avant la lettre» (1919-1924).

A treinta años de la muerte de André Breton nadie se plantea lo que de vigente hay en su obra literaria, porque en ella casi todo sigue vivo. Basta con dejarse llevar por la belleza convulsa de sus imágenes encadenadas, por la libertad expresiva con la que ha fecundado la poesía de nuestro tiempo, por una imaginación que pretende no tener más límites que los que impone el deseo. En cuanto al Surrealismo como movimiento, es otra cosa, y sobre su actualidad ideológica podría plantearse un interesante debate. Fracasó, sin duda, en su intento de cambiar la vida («todas las ideas que triunfan corren a su perdición», escribió Breton), pero, como ha señalado Julien Graq, al menos la oxigenó pasablemente. Breton consiguió atraer a su proyecto, por su propio magnetismo, a algunos de los más brillantes escritores y artistas de su tiempo. Hoy ya es un lugar común que su influencia ha dejado una huella evidente e imborrable en buena parte de la literatura y el arte contemporáneo. Y, como alguien ha indicado, si no hay música surrealista es porque Breton carecía de oído.

01/12/1996

 
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