ARTÍCULO

Más Adorno para empezar

 

Está más o menos claro por qué se leen biografías, y parece definible la mixtura de amor al personaje, curiosidad intelectual e incluso morbo que mueve a alguien al trabajo, a veces monumental, de escribirlas. Mucho menos claro está, en cambio, qué es lo que debemos esperar de ellas. Menos aún en el caso de Adorno, quien parece que no manifestó nunca gran aprecio por este género literario y se adhería también al usual argumento de que lo que importa no es el hombre, sino su obra. A pesar de que la suya –por demás especulativa y «teórica»– estuviera generosamente salpicada de imágenes autobiográficas, más o menos implícitas, pero extraordinariamente significativas: las disquisiciones sobre el matrimonio y la fidelidad en Minima moralia , o esa frase tan reveladora –a comienzos del exilio– como que «disponer de una infancia mágica es la fuerza del débil». Se trate o no de una contradicción en Adorno, esta circunstancia dificulta la pregunta de qué debemos esperar de una biografía suya, y si, en todo caso, el biógrafo está obligado a dárnoslo. Müller-Doohm, sociólogo de profesión y antiguo discípulo de Adorno, se ha entregado durante años –al frente de un equipo de investigadores– a un exhaustivo trabajo de búsqueda y recopilación; aunque, al final, acuciado, parece, por la celebración del centenario del filósofo el año pasado, la precipitación haya dejado sus huellas en el resultado final. En cierto modo, el resultado es todo Adorno : todas las circunstancias externas de su vida, de sus compañeros y amigos, todo el contenido de sus muchos y plurales escritos. Pero el propio Adorno dejó escrito que «el todo es lo falso», y puede que la exhaustividad de esta biografía sea más adornianamente verdadera de lo que ella creía. No tanto porque sea falsa cuanto porque, después de las ochocientas páginas, el lector no llega a tener una imagen característica, una clave con la que representarse al biografiado, y un conocimiento así es el que creemos poder esperar de las buenas biografías. Tal vez sea esa una expectativa errónea, o tal vez se trate de la prudencia metodológica de Müller-Doohm, quien prefiere quedarse en la superficie de los hechos –eso sí, rastreados minuciosamente– antes que aventurar alguna empatía en las profundidades psicológicas de Adorno. En todo caso, el libro se presenta como una «biografía intelectual» –¿podía ser de otro tipo la biografía del intelectual puro que era Adorno?– y, entre peripecias vitales, se explaya en todos sus escritos –filosóficos, sociológicos, de crítica musical, composiciones–, exponiendo el contenido y las circunstancias, internas o externas, de su génesis. O puede que el propio Adorno fuese, por la enorme riqueza de su personalidad, por las múltiples facetas de su trabajo y de su vida, o por la delicadeza casi cristalina de su dotado carácter, más opaco que la mayoría de los seres humanos. Al fin y al cabo, tal es la tesis del biógrafo: Adorno habría vivido en tierra de nadie . Entre la filosofía y la música. Entre su infancia mágica arropado por su madre y su tía (dos mujeres de extraordinaria sensibilidad musical), y la conciencia de vivir de adulto en un mundo hostil y devastador. Entre Wiesengrund, el apellido de su, parece, bondadoso padre judío, ordenado comerciante burgués, y Adorno, el apellido que su novelesco abuelo materno, corso, oficial napoleónico, decidió adoptar antes de recalar en Fráncfort como maestro de esgrima. Entre su mujer, la legendaria y cultísima Gretel Karplus, que le entregó su vida y se entregaba a copiar sus textos al dictado, y sus numerosos amoríos y desamores extramatrimoniales. Entre su desdén por las convenciones burguesas y su necesidad de mantener siempre su estatus socioeconómico de alta burguesía, besando la mano de las damas (a ser posible actrices o aristócratas). Entre la lengua alemana que amaba y su dorado exilio californiano, o entre ese exilio y el retorno a una Alemania aún enfangada espiritualmente en la herencia nazi. Quien está «entre» no puede quedar exento de contradicciones, a veces inmensas. Era marxista, pero también era consciente, como su íntimo amigo y protector Horkheimer, de que el Instituto de Investigaciones Sociales para el que trabajaba dependía directamente de la marcha de la Bolsa. En los años veinte, esperaba con simpatía la llegada de la revolución, pero producía una intensa obra filosófica que ignoraba cualquier cuestión social o política. No mostraba gran apego a las tradiciones, pero se casó exactamente en el mismo juzgado de Londres que sus padres y sus abuelos. Despreciaba la cultura de masas, pero devoraba la novela negra y se movía por Hollywood como pez en el agua. Escribía en una revista nazi las cosas más insultantes sobre el jazz, esa «música de negros», pero sabía interpretarla al piano, componía una ópera basada en el Tom Sawyer de Mark Twain, o colaboraba con Hanns Eisler. También le proporcionó a los lectores de la posguerra las primeras vías con las que afrontar espiritualmente la nueva época; lo hizo en Minima moralia, Reflexiones desde la vida dañada , un fascinante y desconsolado diálogo interior escrito durante los años de guerra; pero en las cartas privadas de esos años no cesa de recalcar cuánto disfrutaba de la vida en la retaguardia californiana –y a fe que lo hacía–. Lo cual no significa que Adorno fuera un hipócrita, pues hay también episodios suficientes en esta biografía para dar prueba de que era una persona íntegra, a veces ingenua, y en general fiel a sus amigos. Era, sin duda, un enigma, y Müller-Doohm renuncia a abordarlo. En lugar de ello, se lanza a una acumulación descomunal de datos, aunque obviando una fuente tan significativa como los diarios. La acumulación no siempre es ordenada, a veces es incluso reiterativa. Traza, no obstante, un mapa casi completo de la superficie exterior de Adorno, en cada mes de su vida y en cada página que escribió para los otros. Pone así a nuestra disposición una fuente infinita de información que cuenta, por ejemplo, casi todo de sus antepasados, pero absolutamente nada dice de la relación con ese padre judío, probablemente de simpatías socialistas, que, aunque siempre presente, pareció dejar a su único hijo en las manos de su esposa y su cuñada católicas. Se relata cada paso de sus estudios de filosofía junto al neokantiano Comenius, y muy cerca siempre de Horkheimer, pero no podemos atisbar por qué ese joven exquisito, brillantísimo, dotado para la música y rico, decide precisamente hacerse filósofo. Tampoco el origen de sus tempranas convicciones marxistas, que al fin y al cabo marcarían toda su vida, encuentra aquí ninguna atención. Más satisfactoria parece la labor de recuperación del Adorno músico, de su formación vienesa al lado de Alban Berg, de las circunstancias de su trabajo como compositor y como crítico musical al servicio de la música dodecafónica, y de la tensión entre el músico y el filósofo, siempre tan difícil de explorar y de entender. Adorno se afilió enseguida al dodecafonismo, a pesar de sufrir el rechazo personal de su fundador, Schönberg. Pero, una vez más, el origen de esa afiliación, que, como el marxismo o la filosofía, no estaba inscrita en su condición social ni familiar, no suscita ningún interés en el biógrafo. Lo cierto es que, en la traumatizada Alemania de la primera posguerra mundial, el Adorno veinteañero experimentó una triple y sorprendente conversión –o tomó una triple decisión– a la que se mantuvo ya fiel toda su vida y que, seguramente, debiera ser el centro de gravedad de cualquier biografía de Adorno, pero que esta que comentamos prefiere ignorar. Ello no obsta para que la fuerza de los datos acabe por iluminar muchas cosas importantes. La incertidumbre colectiva de los años veinte convivía, sin ser ignorada, con la seguridad en sí mismo de Adorno, mientras crecía académica y musicalmente. También sabemos ahora más de las circunstancias en que Adorno inició lentamente su exilio. Lo retrasaba, en parte por cuestiones burocráticas y personales, en parte por su escasísimo olfato político (casi todas las predicciones que hacía en privado, incluso después del ascenso de Hitler al poder, eran tan equivocadas como extravagantes). La estancia en Oxford (1934-1938), cerca de Gilbert Ryle, fue, a pesar de su soledad, menos vacía de lo que se ha pensado. Los años de Nueva York y California (1938-1950), aunque nunca le robaron su condición de privilegiado, tuvieron algo de travesía del desierto. De un modo a veces violento, se combinaban en ella su inmensa capacidad de trabajo y las favorables oportunidades de practicarla, el choque con la sociología empírica (que luego, sin embargo, contribuiría a introducir en Alemania) y su disposición a no hacer sólo teoría especulativa, los celos dentro del Instituto de Investigaciones Sociales y su necesidad de estar siempre cerca de Horkheimer, la cultura de masas en la que era a la vez huésped y observador agudo, pero también su nostalgia de la alta cultura burguesa. Produjo sus primeros libros importantes, escribió páginas enteras del Doktor Faustus sin reclamar de Thomas Mann ni siquiera un reconocimiento (parece que la célebre polémica fue más un asunto entre las esposas) Adrian Leverkühn, el compositor protagonista de la novela, se inspira en teorías de la música dodecafónica esbozadas por Adorno para Mann. Desde la publicación de la novela, fue objeto de controversia el grado de colaboración de Adorno; en público, Mann se mantuvo ambiguo al respecto. Ahora parece claro que tomaba casi literalmente los textos de Adorno.. Trató con todos los grandes de la cultura y del espectáculo y, seguramente, se hizo definitivamente mayor. Podía haberse quedado y vivir como un rentista; pero no lo hizo. Lo más llamativo es que este hombre que, poco antes de su muerte, bromearía en una carta con que, en una próxima vida, le gustaría ser un playboy, decidió, en 1950, volver sin odio a una Alemania aún hostil y destruida. Y fue allí donde, entregado a una extenuante vida académica y publicística, llegó a ser verdaderamente Adorno mismo: la figura intelectual y moral que supo catalizar como pocos lo mejor de la cultura europea pos-Auschwitz. Fueron unos años plenos y difíciles hasta su muerte, en 1969. Hay algunas lagunas en ellos (¿por qué la aversión a Heidegger, si le daba la mano a un nazi más comprometido, como lo era Gehlen? ¿Por qué el alejamiento de antiguos amigos como Kracauer? ¿Qué pasaba exactamente con Arendt?), pero son, quizá, los que mejor aborda esta biografía. Muestra la devoción creciente de los estudiantes, la grandeza de Adorno al tratar con los verdugos, las tensiones con los conservadores y con quienes, a la izquierda y a la derecha, hacían del pasado una reivindicación mezquina. El fruto de esos años fue lo mejor de su obra final, con la Dialéctica negativa y la póstuma Teoría estética. Surgieron ambas en un ambiente ya enrarecido, cuando un movimiento estudiantil de tintes fascistoides se ensañaba con él como lo haría un rebelde perplejo con un padre improvisado. Adorno mantuvo una posición firme y autoconsciente. En medio de la agitación cultural y política de la sociedad alemana en los sesenta, acertó ahora mucho más que en los años de Weimar, o cuando llegó Hitler al poder. Puede que, por eso, sufriera ahora mucho más que entonces. Y puede que ese sufrimiento, más el exceso de trabajo y un nuevo desengaño amoroso, colapsaran prematuramente su corazón en 1969. El infarto no vino, como afirma una leyenda aún popular en muchas aulas y tertulias, por los pechos desnudos de tres estudiantes en clase. La vida de Adorno había sido demasiado plena como para eso. Y esa plenitud, seguramente, está esperando a encontrar expresión en otras biografías más ambiciosas que no se acomoden en la sobreacumulación de datos; pero que sin duda beberán intensamente de los que esta biografía proporciona. Todo el trabajo de condensación que Müller-Doohm rehúsa hacer en la biografía lo realiza, en cambio, para el conjunto de la obra, Marta Tafalla en su Theodor W. Adorno. Una filosofía de la memoria . Con una transparencia en la exposición casi excepcional entre los comentaristas adornianos, esta monografía se propone bosquejar un Adorno consistente, claramente delineado y, sobre todo, muy sugestivo para muchos temas del pensamiento de hoy. Más allá de florituras dialécticas o exquisiteces culturales, Adorno es, según Tafalla, un filósofo de la moral. De la nueva moral que es preciso elaborar después de las experiencias del siglo XX ; sobre todo, la del Holocausto. Una moral de la memoria, porque su nuevo imperativo categórico rezará: «¡Que Auschwitz no se repita nunca más!». En torno a él, la autora reteje con coherencia casi todos los conceptos claves del pensamiento adorniano. El principio de la negatividad y la reivindicación de lo no-idéntico, el concepto de mimesis –dibujado en su doble imbricación estética y moral–, lo corporal y lo material; la memoria, el dolor, la política, los márgenes y el fragmento, la transitoriedad y la historia: en la pluma de Adorno, y más aún en las de casi todos quienes han escrito sobre él, todas esas nociones dibujan un territorio oscuro por el que sólo pueden transitar los iniciados –y, a menudo, quienes se toman por tales–. Con una escritura limpia y elegante, con un gran tacto y sensibilidad en el uso de las citas y los comentarios, Marta Tafalla consigue iluminar ese territorio para que entren en él lectores de hoy, también quienes estén muy lejos de Adorno. La luz que produce, seguramente, es más amable que su objeto. Buceando más en él, en Adorno y la realidad histórica, sería inevitable hallar más aristas, superficies menos lisas que las que traza este libro. La memoria contiene en sí más tensiones y fracturas que las de una reivindicación moral –y, de hecho, sólo en ellas puede plantearse–. Aunque Adorno, su obra y su persona dan pie para un pensamiento amistoso en relación con la naturaleza y los animales, puede que no suscribiera todo lo que su intérprete sugiere aquí, movida por intereses que se han manifestado en otros textos más recientes (véase Los derechos de los animales, Idea Books, 2004). La suavidad de esa luz no implica que el libro ignore las contradicciones y las fallas, pues la autora tiene la honestidad de señalarlas, así como las grietas que hay en Adorno; pero, en cierto modo, quedan supeditadas a la propia intención moral del libro como reivindicación de la memoria, de la diferencia y de la pluralidad. Hace así un trabajo de actualización, que recupera a Adorno para casi todas las cuestiones urgentes que están hoy por pensar. Tanto más cuanto que lo que hemos dado en llamar Auschwitz no cesa, de un modo u otro, de repetirse. Cómo digamos eso y cómo lo recordemos depende, en un sentido nada baladí, de cómo leamos precisamente a autores como Adorno. Y sólo por una malsana voluntad de olvido puede alguien, hoy, decidir no leerlo.

01/10/2004

 
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