ARTÍCULO

Varadero

Anagrama, Barcelona
58 pp. 15 €
 

Ya desde el título breve y exclamativo de esta última novela, Esther Tusquets parece lanzar un guiño que anticipa diferencias con obras anteriores. Bien distinto de los endecasílabos que nombran las tres primeras –El mismo mar de todos los veranos, El amor es un juego solitario y Varada tras el último naufragio–, de la referencia a Rubén Darío en Para no volver, o del desengaño implícito de Con la miel en los labios, este ¡Bingo! repentino y tajante, a juego con la sorpresa que al protagonista le causa algo sobrevenido cuando ya nada esperaba, no es sólo la señal de aviso y alegría de alguien favorecido por la suerte sino la expresión irónica que resume este otro juego que ahora se plantea.
Hay en ¡Bingo!, desde su arranque, el malestar por el paso del tiempo que embarga a las protagonistas de las anteriores novelas. Una preocupación por la edad que es la superficie de una insatisfacción interior, de tedio, que provoca un fuerte extrañamiento con la realidad. Ese malestar es más intenso en cada novela según aumenta la edad de los personajes, parece más marcado cuando están a punto de cambiar de decena, y es ya particularmente intenso en la «molesta irritación» y «larvada furia» de Elena poco antes de los cincuenta en Para no volver mientras se psicoanaliza y se encuentra bastante sola, casi abandonada por su marido, con los hijos viviendo su vida; en ¡Bingo! el afectado es un hombre a punto de cumplir los sesenta, un tipo innominado que tiene cuanto los demás estiman (notario con dinero y éxito profesional, mujeres –amantes y esposa discreta–, tiempo libre, facultades físicas, aficiones artísticas, colecciones, aceptación social), pero que desde el comienzo de una nueva primavera «siniestra, depresiva, odiosa» se ha quedado sin lo más indispensable: ha dejado de desear.
En ese confesado tenerlo todo cuando nada interesa, cara explícita de ese otro interés bastante oculto por lo que no se puede tener –incluso por lo único, ¿el amor?, que ya no se puede tener–, se dibujan las grietas del tiempo que angustian al personaje, pero sin la acritud y el punto algo oscuro de otras ocasiones. ¡Bingo! muestra posibles suturas de esas grietas mediante el tono distanciado e irónico que el lector percibe de inmediato, una línea sólo esbozada a partir de Para no volver, aquí hecha ya posibilidad abierta y decidida en el creciente aire distendido, casi lúdico, que irá adquiriendo la peripecia de ese hombre. Y no sólo porque la acción se desarrolle en un lugar de juego, sino también por el tratamiento comprensivo, incluso algo complaciente, que se da al resto de los personajes, gente que coincide durante unas horas en el único sitio donde, al menos, aunque sea con falsas emociones, pueden suplir lo que la vida no les ofrece en ningún otro sitio.
Una voz exterior va narrando la transformación y posterior resurrección de este hombre, a partir de su única iniciativa: entrar en un bingo para refugiarse del sol. Más que de un lugar parece tratarse de un no-lugar, no tanto porque pueda ser descrito en términos de cierta antropología cultural, sino por la forma en que parece ajustarse a este no-hombre que aspira a no ser visto por sus conocidos, a no tomar iniciativas, a no tener estrategias, sólo dispuesto a dejarse llevar por su indiferencia y su desgana, rasgos compartidos con las protagonistas de la trilogía, sobre todo, mujeres que en su generosidad y desprendimiento ocultan su gran desinterés por cuanto tienen alrededor. Sin los frecuentes meandros, paréntesis y digresiones de esas novelas, esa voz externa se mantiene muy pegada al personaje y permite que lo interior aflore mediante evocaciones esporádicas de la infancia y de un antiguo amor.
En secuencias breves construidas sobre anécdotas sencillas, la novela deriva con frecuencia hacia lo documental con detalles sobre el funcionamiento del bingo –cartones, premios, repartos–, las costumbres de sus habituales –las bingueras solitarias suelen ser gordas, los fumadores aún no han perdido su poder, en Cataluña se utiliza mucho el castellano, los chinos cantan a menudo– o la evolución del público a lo largo del día, de la noche y de la semana. Junto a esa relación va ensartando en las conversaciones del notario con la binguera Rosa el deterioro de su matrimonio –le extraña que alguien como su mujer haya podido casarse con un tipo como él– y el recuerdo de Ana, su amor de juventud, a quien evoca a modo de «diálogo con un fantasma mudo» en palabras tan planas –piernas soberbias, pechos perfectos, la encontraba preciosa, me pareciste magnífica– como plana, banal y un punto cursi parece que fue su relación, por mucho que se empeñe en presentarla singular y decisiva. Y, al mismo tiempo, desglosa su relación de tipos secundarios recién conocidos en esa especie de varadero que es el bingo: la discreta y matriarcal Rosa; la gorda gruñona Celia, comedora de helados, que maltrata a su marido; Maite, rizos negros, largas piernas, su cartonera favorita; el filósofo de medianoche que repite «la vida es una gran mentira»; el matemático que observa y calcula de forma algo delirante; Natcha, la secretaria del gran jefe, interesada, sorprendente, algo histriónica; la mulata cubana, siempre entrometida; favorecido por la suerte, el hombre se hace un sitio privilegiado entre esta fauna, casi un ídolo, hasta su culminación en Elisa, una cartonera muy joven, de aspecto renacentista, a quien propondrá posar para él. Para su asombro, ella aceptará, irá a su estudio, le satisfará en sus fetichismos algo tópicos –gasas, tacones, perfumes– y, un día, se encontrará haciendo el amor con ella.
Junto a esta Elisa (sólo falta un «vida mía» para que resuene Garcilaso), recuperará su afición por la pintura y sus ganas de vivir, aceptará un «amor invernal, magnífico y terrible» y conseguirá atenuar la amenaza a menudo repetida: «cuando el amor nos deja, la muerte nos alcanza», palabras que ya encabezaban Varada tras el último naufragio, última parte de la trilogía que, a manera de variación y continuidad, con un ligero retoque, sitúan el conflicto de este náufrago tras la última varadura.
La historia que, por momentos, tiene ecos de Moravia, de ese Dino pintor en El tedio, también rico, insatisfecho y aferrado a la modelo adolescente Cecilia, veinte años más joven que él, se cierra en tono jocoso con el notario y la cartonera conjurados «¡Hasta el infinito y más allá!», el grito de Buzz Lightyear, el muñeco astronauta gordinflón de Toy Story, cuando abre las alas para volar pero sigue siendo un juguete. El estallido jovial no borra la sensación de desgana progresiva que ha ido impregnando el relato, un aire monótono que lo afloja, como si hablar de tedio hubiera contagiado la escritura y llevara la novela hacia el trámite episódico que diluye la ironía en el cansancio, lejos del brío con que se afrontaron trabajos anteriores.

01/06/2007

 
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