ARTÍCULO

A favor del viento

Seix Barral, Barcelona
Trad. de Ana Arregui
206 pp. 19 €
 

Hasta hace poco el nombre de Kirmen Uribe sólo era reconocido en el contexto doblemente minoritario de la poesía en euskera. Ahora, con su primera novela traducida al castellano, respaldada por una gran editorial y por la obtención del Premio Nacional de Narrativa, su renombre ha obtenido un incremento más que notable, se diría que inasequible a la mayoría de novelistas primerizos, e incluso a muchos de los que cuentan también en su haber con el mismo galardón. No es éste el espacio adecuado para dilucidar las razones extraliterarias que han colaborado en este vertiginoso despegue. Sí es pertinente, sin embargo, preguntarse al menos por la intervención de ciertas inercias del gusto promovidas por la mercadotecnia, tales como la seducción de lo periférico o el prestigio per se de la revelación inesperada. Estrategias que, si bien se mira, no difieren en lo sustancial de las utilizadas en el mercado de los productos para gourmets.
En cualquier caso, el propio texto reúne condiciones para hacerse acreedor del favor del público, siempre por la vía de la satisfacción de sus expectativas más predecibles. Bajo tal prisma habría que contemplar su adhesión, más bien tosca y superficial, a la fórmula de la autoficción. Una vez más encontramos la voz del propio autor, con su explícita identidad civil y circunstancias biográficas, en el centro de un relato que pretende anudar la crónica familiar y la creación literaria como objeto de interés narrativo. Sin embargo, no existe, a pesar del ingrediente metaliterario, ninguna ínfula de sofisticación intelectual. Su propósito, expresamente consignado, se reduce a «hablar de tres generaciones distintas de una familia, sin volver a la novela del XIX. Expondría el proyecto de escritura de la novela, y fragmentariamente, muy fragmentariamente, historias de las tres generaciones» (p. 131).
La cita resume a la perfección el objeto de este libro, pero lamentablemente también lo consume. Bilbao-New York-Bilbao refiere, es cierto, algunas vicisitudes de su gestación, pero en modo alguno contiene ninguna reflexión medianamente interesante sobre el acto de escribir ficciones. El autor pretende que su obra «nos revela el artefacto» (y lo justifica apelando a una ridícula comparación con Las meninas), pero lo que ofrece en realidad son los detalles más triviales de ese «artefacto», tales como la elección de la primera frase de la novela o cómo afrontó el duro revés de ver rechazada su solicitud de una beca para su proyecto.
Por supuesto, lo que interesa a nuestro narrador-protagonista-autor no tiene nada que ver con la literatura, sino con una pintoresca periferia de lo literario que, convenientemente exhibida, revierte en la conversión del escritor en un ser novelesco en el sentido más romántico del adjetivo. Muchas de las páginas se destinan a contar anécdotas relacionadas con su participación en congresos y encuentros de escritores, en recitales y entregas de premios. No en vano el hilo conductor del libro es la minuciosa crónica de un viaje en avión para cumplir con la invitación de la Universidad de Nueva York, un relato en el que constantemente van enredándose los fragmentos de su historia personal y familiar a que se refería en la cita transcrita más arriba. De este modo, el pasado adquiere implícitamente un sentido: la culminación de una vocación literaria. Esa culminación se hace visible a través del reconocimiento académico (con el prestigio añadido que otorga lo americano), pero también con la propia creación del libro que da testimonio de todo ello. Como ocurre con tantas manifestaciones de esta «literatura del yo», la disposición retórica del relato trabaja a favor de la mitificación del destino del escritor. La coincidencia de dos acontecimientos políticos importantes (el ultimátum de Bush a Irak y la victoria de Obama) con sendos viajes a Nueva York es, en este sentido, un detalle que ilustra a la perfección hasta qué punto el yo se convierte en el filtro exclusivo por el que la realidad se introduce y se acomoda en la ficción novelesca. Una forma de proceder que invierte los fundamentos de la novela clásica y cuyo alcance merecería, sin duda, uno de esos debates críticos para los que ya no hay espacio.
Pero no olvidemos que Bilbao-New York-Bilbao aspira también a levantar acta del pasado familiar y, por extensión, de sus relaciones con el devenir histórico, con su espacio geográfico (la localidad marinera de Ondarroa) y las condiciones sociales y materiales que le corresponden. Resulta significativo de la actitud del autor (pero también de toda una tendencia actual) que para afrontar ese reto, y para hacerlo, además, como una beligerante alternativa al relato decimonónico, no se encuentre otro camino que el de «lo fragmentario», un concepto con tal prestigio teórico que parece eximirlo de ciertos requisitos (coherencia, sentido, pertinencia) que sí se exigen a un relato más tradicional. En el caso de Uribe, la fragmentación narrativa no tiene otra justificación que la de instalarse en un vaivén impulsado por la búsqueda de una amena variedad. Las anécdotas de la vida marinera conviven con los recuerdos del abuelo; las semblanzas de personajes históricos (el pintor Aurelio Arteta, el arquitecto Ricardo Bastida) se alternan con un ecuménico encuentro de poetas en Estonia.
Interesa sobre todo contar por contar, pues, de hecho, el autor manifiesta una misteriosa fe en la intrínseca bondad del puro acto de narrar: «lo más importante –dice– son las historias, sean verdad o mentira, o las dos cosas» (p. 66). La cita deja mucho que desear como justificación de la estructura acumulativa y arbitraria del libro. En cambio, ilumina a la perfección su tono de despreocupada levedad, de amable recuento de recuerdos felices, a pesar de los puntuales encuentros con el dolor y la desgracia. Hay, por tanto, una continuidad entre la amena ligereza del relato y el propósito de crear un mundo idílico en el que predominan los buenos sentimientos, los afectos familiares, la bonhomía, la conciliación de los opuestos (tradición y modernidad, localismo y universalidad) o la belleza del paisaje. Los personajes y experiencias no se cuestionan ni se juzgan: se aceptan con complacencia –incluido ese abuelo que «optó por el bando incorrecto»– y se integran en una bonita postal donde lo individual y lo colectivo se dan la mano para transmitir un mensaje de buen rollo. Todo ello asistido por un estilo que oscila entre una rácana neutralidad y los puntuales derroches de arrope lírico.
Esa correlación de oportunismo estético, levedad narrativa, neutralidad ética y debilidad lingüística conforma el principal activo que ofrece la novela para alcanzar, si no el éxito comercial, sí esa notoriedad y prestigio que se otorga a la literatura que se pliega –y, por lo tanto, apuntala– a ciertos discursos hegemónicos. Sin lugar a dudas, Bilbao-New York-Bilbao constituye un singular ejemplo de cómo orientar el velamen para captar los vientos propicios, al tiempo que el piloto tal vez disimula las maniobras en el timón componiendo un gesto de ingenuidad.

01/12/2010

 
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