ARTÍCULO

El ígneo final del firmamento

 

El cocatrix, Block (no sabemos si es nombre propio o de la especie), el papilio síderum, el quincornio, el buitre leonado y el antromóvil son las seis adiciones a la zoología fantástica propuestas por este moderno Bestiario que publica la editorial Siruela. El volumen aparece un poco huérfano de explicaciones: no sabemos cuál es el motivo de que los editores se hayan decidido a ensamblar este bestiario (si es que lo hay), si se ha seguido algún criterio a la hora de seleccionar los autores, si en el futuro se invitará a otros escritores a participar en otros bestiarios, etc. De cualquier modo, nos apresuramos a decir que los seis seleccionados han respondido con un torrente de imaginación de inusual exuberancia y que el volumen que comentamos logrará hacer felices a todos los que aman la literatura fantástica y (quizá) lamentan en secreto lo poco que se prodiga la imaginación en nuestras letras.

A estas alturas todos sabemos ya que Siruela es la editorial empeñada en publicar nuestros delirios y nuestras delicias. Publica los libros más grandes y monumentales, como El templo de Salomón; reedita nuestros libros favoritos, como el Diccionario de símbolos de Cirlot, embellecidos con nuevas ilustraciones; saca a la luz algunos de nuestros secretos mejor guardados, como las Memorias de una enana de Walter de la Mare; publica libros eruditos y misteriosos que nadie más se atrevería a publicar, como El origen musical de losanimales-símbolos de Marius Schneider; publica libros que más parecen sueños, como ese volumen de Hildegarda de Bingen donde están los textos de Hildegarda, las miniaturas de las visiones y la música de Hildegarda en un CD; es, en fin, la editorial que publica las leyendas medievales, los tratados de taoísmo y los bestiarios medievales, y no es extraño, por ello, que a la hora de decidirse a ofrecernos una muestra de la narrativa española reciente, asunto en verdad no muy siruelesco, lo haga bajo la forma, siruelesca donde las haya, de un moderno bestiario.

Se abre el volumen con una contribución del artista plástico Joan Fontcuberta que, bajo la forma de un reportaje científico de divulgación, nos da noticia de una rarísima especie de cerdo fluvial llamado «cocatrix». El abundante material gráfico va acompañado de un texto elegante y lejanamente tintinesco. Todo es lejana pero distintamente tintinesco en este primer capítulo de Bestiario, comenzando con la imagen del castillo que abre el reportaje y que tanto nos recuerda al castillo de Moulinsart. Vemos fotografías del descubridor del cocatrix, el doctor Gaston Ducroquet, entre ellas una antigua fotografía de cuando estaba en el liceo y llevaba pantalón corto, vemos las imágenes de una exposición sobre el cocatrix celebrada en el castillo de Oiron, vemos bocetos tomados en las excavaciones de los fosos del castillo donde aparecieron algunos huesos de cocatrix y finalmente, y cuando el proceso de suspension of disbelief se ha logrado a la perfección, vemos al cocatrix.

El episodio del cocatrix y el de José Luis Sampedro, el primero y el último del libro, son descripciones de sus respectivos animales imaginarios, de sus hábitos y su hábitat, mientras que las otras contribuciones tienen forma narrativa. En «Aviso contra la dañina bestia el antromóvil...», J. L. Sampedro propone una sátira de una moderna bestia cuyos efectos todos padecemos todos los días.. El antromóvil procede del «antimundo» de Luzbel, se alimenta de un «líquido especial» que proviene también del mundo subterráneo, «antesala del infierno», y su propósito avieso es apoderarse del alma inmortal del hombre. Parece importante señalar que de todos los representados en este Bestiario, el antromóvil es el único animal rigurosamente artificial.

Se da el caso de que en las contribuciones de Martín Garzo, Miquel de Palol y José María Merino, la presencia del «animal fantástico», nunca visto de todo en el caso del primero, entrevisto a través de las fichas de un hipotético ajedrez tridimensional en el del segundo y visto en todo su esplendor inalcanzable en el del tercero, se ve acompañada de la aparición de un personaje femenino no menos inquietante, elusivo y «misterioso» que su bestia correspondiente. En el cuento de Martín Garzo, Ángela no le da su amor al protagonista, pero sí le hace heredero de su Block, animal temeroso que vive en cajas de cartón y sume a su dueño en un curioso e inexplicable ensimismamiento. Ángela es tan elusiva como su Block, pero no es inquietante. La joven china Si Yung de Miquel de Palol, sí lo es: «Cualquier recuerdo de la primera vez que oí hablar del Quincornio está marcado a sangre y fuego porque es el día en que conocí a Si Yung», declara el protagonista al principio de su relato. Una mujer misteriosa, un ajedrez imposible, sectas secretas, muertes misteriosas, claves esotéricas y un «metaanimal» que es en realidad una pieza de ajedrez y cuya función es servir de puente hacia «un nivel superior» (¿del juego?, ¿de la conciencia?) son algunos de los elementos de este relato interesantísimo, si bien algo caótico, una muestra más del exuberante talento de su autor. En el relato de José María Merino, la mujer y el animal fantástico se unen en uno. «Papilio Síderum» es una pieza delicadísima y nocturna y está teñida de eso que Lezama llamaba «la nostalgia de una medida perdida del hombre». Es tal la riqueza de este pequeño relato que un breve comentario no le haría justicia. Un cometa se acerca a la Tierra (lo mismo sucede en la última novela de Miquel de Palol). El protagonista está obsesionado con las narraciones brevísimas, o bien con las narraciones brevísimas que tratan de metamorfosis (el cuento del dinosaurio de Monterroso, la parábola de la mariposa de Chuang Tzu, la primera frase de La metamorfosis). Su tío Álvaro está obsesionado con la idea de que en la naturaleza existen animales invisibles y cree haber encontrado uno del cual sólo ha podido averiguar que canta, cambia de tamaño y tiene un apéndice protonasal retráctil, pero no es este el «animal fantástico» central del relato, el «papilio síderum» del título, cuya aparición, que no revelaremos, está relacionada con la cola de fuego del cometa en los cielos, y con la idea de una posible evolución del hombre (¿o quizá sólo de la mujer?) que le lleve de vuelta a las estrellas.

«Comparecencia del buitre leonado» nos lleva a un mundo tan querido por Álvaro Pombo como lo es el de los adolescentes. Su relato es desmesurado ya desde la primera frase, y está escrito en la lengua extraña que tan cara le es a su autor. Su tema, que es también el de la superación de los límites de la percepción impuestos por el lenguaje y por nuestra forma humana, se relaciona oblicuamente con el de Miquel de Palol y el de José María Merino. La diferencia y la felicidad de Álvaro Pombo está en que él, como recomendaba Julia Kristeva en un libro hoy de entrañable recuerdo, intenta realizar esta superación dentro delcuerpo mismo del lenguaje. Hablar de ello es el primer paso; hallar un «correlato narrativo», es decir, contarlo con una historia, es el segundo; realizarlo dentro del cuerpo mismo del lenguaje (el instrumento de percepción en sí) es el tercero y definitivo. Una y otra vez, Pombo intenta devolvernos la sensación del lenguaje como extrañeza, oponiendo el lenguaje de una época, de una edad, de una casa, de una familia, de un grupo humano (imposible no recordar ese apasionante, si bien insoportable experimento titulado Aparición del eterno femenino) al lenguaje en general, koiné incolora, lingua franca hecha de abstracciones y que ha perdido el verdadero contacto con las cosas. Así, si leemos rápidamente una frase como la siguiente: «Pero es que nosotros tan pequeños no es que seamos, somos mayores que bastantes», podemos pensar en principio que se trata de un galimatías, que hay alguna errata o que el autor está imitando de nuevo a Feliciano de Silva, pero una lectura más atenta nos revelará la solidez de su construcción y su naturaleza puramente oral, y nos ayudará a recordar (o a descubrir) lo extraño que es el lenguaje en sí y lo extraño que es que nos hayamos acostumbrado a comprender las cosas a través de las palabras. «No queríamos entender las cosas», dice el narrador, «sólo ser fascinados por las cosas hasta un punto tal que de nosotros no quedara [...] ni los rabos». Deseo místico de ir más allá de las palabras, creencia desmesurada y grandiosa de que «si somos capaces de pensar más allá de las palabras» (no estoy citando literalmente) seremos capaces de ver los «símbolos, signos y sentidos ocultos» del mundo para, finalmente, ser «alzados al ígneo final del firmamento».

01/05/1998

 
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