ARTÍCULO

El futuro de Benjamín Jarnés

Residencia de Estudiantes, Madrid
424 pp. 25 €
Fundación Santander Central Hispano, Madrid
438 pp. 20 €
 

En el epílogo que pone el broche de oro a El aprendiz de brujo, Nigel Dennis se pregunta «por qué un escritor de su categoría, máximo representante de la prosa de vanguardia, ha languidecido en el olvido durante tantos años» (p. 408). Y es él mismo quien, a continuación, tantea las razones: su prosa convivió con una magnífica (y bien organizada) hornada de poetas; la heterogeneidad y variedad de su obra; su autoexigencia y sus pocas concesiones a la banalidad («Se trata a todas luces de un novelista que exige a su lector un esfuerzo de complicidad que éste no está siempre dispuesto a realizar, o del que es simplemente incapaz», p. 412); la distancia que abrió el exilio, y que, a diferencia de lo que sucedió con otros autores, no ha podido coserse del todo, ni siquiera cuando regresó a España en 1948, ya casi inconsciente, para morir al año siguiente.
Estamos hablando de un autor que, como recuerdan todos sus comentaristas, había sido reconocido internacionalmente como el más prometedor, relevante y, después, consagrado narrador español de los años veinte y treinta, y que era saludado como maestro por los escritores jóvenes de esos años, sobre los que después caerían todos los focos, todo el reconocimiento, todos los filólogos. Como escribió José-Carlos Mainer, hasta 1939 «Jarnés fue indiscutible; luego vino el descrédito, el largo purgatorio de la injusticia. [...] Con rara unanimidad, las gentes del exilio y las del interior consignaron su aprensión, su desinterés o hasta su condena con respecto al escritor»José-Carlos Mainer, Benjamín Jarnés, Zaragoza, CAI, 2000, pp. 32 y 9.. Y estamos hablando –y es lo que más importa ahora– de un escritor verdaderamente extraordinario, aunque todavía sea muy poco conocido incluso entre lectores cultos e inquietos. La pereza o los prejuicios mantienen alejados de su obra a muchos que, si leyesen una sola página jarnesiana, quedarían desde ese momento completamente rendidos a su literatura, ávidos de más, y preguntándose cómo no lo habían descubierto antes.
Ha habido algunos intentos por evitar esta situación y difundir o recordar a Jarnés (desde círculos «post-orteguianos» como la nueva época de la Revista de Occidente –en cuyos años de gloria tan presente estuvo– y la determinante colección Austral, de Espasa-Calpe, o, sobre todo, entre sus paisanos aragoneses, primero la editorial Guara y los beneméritos esfuerzos de Ildefonso-Manuel Gil, y más recientemente la zaragozana Institución Fernando el Católico, las prensas universitarias y ciertas entidades financieras privadas, la revista turolense Turia...), pero no ha sido suficiente para despertar un interés mayor al margen de los especialistas.
Ahora salen a la luz dos libros que, por su calidad (tanto de los textos de Jarnés como del trabajo de sus editores), deberían contribuir sustancialmente a la recuperación del escritor. Uno supone todo un acontecimiento, pues se trata de una estupenda novela inédita que, a la espera de que Francisco Soguero la rescatara y editara con la brillantez con que ha sabido hacerlo, dormía desde 1995 en los archivos de la Residencia de Estudiantes. La otra no es menos feliz, porque Domingo Ródenas de Moya, el más activo jarnesiano de los últimos años, ha preparado una utilísima antología para la colección «Obra fundamental» (cuyo nombre ha dejado de ser hiperbólico, aunque el adjetivo se refiera a las mejores páginas del autor atendido), con el acierto de seleccionar textos no muy conocidos ni accesibles, y con la guinda de otros textos no publicados hasta ahora.
El aprendiz de brujo es una pequeña joya. Soguero sabe explicarnos en su excelente prólogo la gestación de la novela, así como las razones de su largo letargo, e incluso nos convence de su independencia, aunque comparta tantos fragmentos con El profesor inútilEl propio Soguero editó El profesor inútil en 2000 para la Institución Fernando el Católico, y, curiosamente, también Ródenas, en Austral, sólo un año antes. Ambas apariciones merecían y merecen ser leídas con atención.. Ródenas, en su introducción a Elogio de la impureza (magnífico título –otro libro que Jarnés proyectaba y nunca escribió– que quiere acabar con su fama de escritor «puro», entregado al «arte por el arte», habitante de su burbuja estética y alejado del mundo real), explica muy bien que «cualquiera de las novelas jarnesianas admitiría un análisis forense que identificara cada uno de los módulos textuales que las conforman y que revelaría la destreza del autor para armonizar materiales literarios heterogéneos. [...] En el origen de cada una de sus novelas suele hallarse uno o varios cuentos de extensión muy variable pero de funcionamiento autónomo. Pueden ser leídos como piezas narrativas autosuficientes. Más adelante, Jarnés practica dos operaciones sobre esos relatos, la de amplificación y la de ensamblaje». Leyendo El aprendiz de brujo es fácil detectar esas interpolaciones, pero Jarnés consigue disponer esos «módulos» de tal modo que la estructura narrativa resulte estimulante, aunque la unidad de la novela parezca algo forzada. Esto no impide, sin embargo, el disfrute del texto. Como señalaba la cita de Dennis, Jarnés pide un ritmo lento y atento de lectura, lo impone, pero después sabe recompensar al lector paciente y trabajador.
Por su parte, Elogio de la impureza está, como reza su subtítulo, dividido en «invenciones e intervenciones». En la primera se recogen ficciones: la primera versión de El profesor inútil, de 1926 (que Ródenas prefiere, por estar menos inflada que la de 1934, lastrada por textos y narraciones poco compatibles con la principal), junto a relatos más breves y los núcleos narrativos de otras novelas como Paula y Paulita o Viviana y Merlín. En la segunda parte encontramos a ese Jarnés que desmiente su fama de artista torremarfileño, interviniendo en temas candentes de su tiempo, sobre todo estéticos pero también sociales e incluso políticos. Algo extraño en alguien que sufrió la desafortunada etiqueta de «deshumanizado» (que Soguero también lamenta y rebate en las páginas 39-40 de su introducción). El lector encontrará allí los textos que, por novedosos y singulares, constituyen lo más interesante de este volumen y multiplican su valor: los curiosos Ejercicios (donde hay un intenso elogio de Ramón Gómez de la Serna, o, en el apartado XVI, un alegato contra la ironía donde parece latir un eco de Rilke«Busque la hondura de las cosas; allí no desciende nunca la ironía», había escrito en la segunda de sus Cartas a un joven poeta (Madrid, Alianza, en la reimprimidísima traducción de José María Valverde). Es seguro que Jarnés frecuentaba la lectura de Rilke, dada la atención que la Revista de Occidente o La Gaceta Literaria dedicaban a la cultura alemana de esos años, como ha analizado recientemente Diana Sanz Roig en su magnífico artículo «Walter Benjamin y la crítica literaria española de los años veinte y treinta» (Revista de Occidente, núm. 312, mayo de 2007, pp. 107-123). Por otra parte, Ródenas ya había incluido los Ejercicios, también íntegros, en su edición de la Obra crítica de Jarnés (Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2001, pp. 57-94).), la conferencia inédita «Sobre cultura contemporánea» (con una rotunda defensa del sistema parlamentario y, por tanto, un alegato contra los totalitarismos: «Hombres providenciales porque así lo decretaron ellos mismos después de una sencilla ostentación de los puños. ¿Puede haber algo más odioso que un mundo en el que sólo triunfen los histriones?», pp. 361-362), un breve ensayo olvidado sobre «El amor en la novela» (que afirma que «el genio parte siempre de la vida, como el ingenio suele partir de la literatura», p. 375), un «Discurso a los holgazanes» (pronunciado en Burgos, Salamanca y Málaga, pero publicado en Cuba), y unas palabras, también inéditas hasta aquí, en forma de «Discurso a un combatiente», lanzado en 1937 a las tropas gubernamentales, de las cuales Jarnés fue capitán.
«Podemos elegir entre el poeta que sólo piensa en la vida y el poeta que sólo piensa en la inmortalidad», leemos al final de Ejercicios (p. 354), y esa declaración de intenciones puede consolarnos de lo que la posteridad ha reservado a Jarnés. Se le ha negado durante décadas el lugar que merece, pero su literatura continúa y continuará muy viva, sea cual sea el número de sus lectores.

01/07/2009

 
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