ARTÍCULO

Variaciones sobre la amistad

Muchnick, Barcelona
Trad. Malika Embarek López
112 págs. 1.700 ptas.
Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, Madrid
Trad. Malika Embarek López
240 págs. 1.827 ptas.
 


Se dice de Tahar Ben Jelloun que es el más francés de los escritores marroquíes, y a nadie se le oculta que ello suena a reproche. Detrás de tal calificación se levantan las sombras de una cuestión que dura casi un siglo y que ha sido asumida por la mayor parte de la escritura en francés del Magreb: ¿qué identidad le cabe a una literatura que expresa en la lengua del colonizador la diferencia cultural que le distingue de él? En el filo breve pero cortante que separa dos mundos se ha elaborado el discurso ambivalente de la francofonía: arma de rebelión y nudo de concordia.

Ben Jelloun da vuelta a la caduca definición de la francofonía que se presentaba como la presencia de lo francés (su cultura, su lengua, su poder) en el mundo; hoy, es más bien la presencia del mundo en la lengua francesa, y desde este punto de vista, son otras civilizaciones las que colonizan el francés. Han pasado más de treinta años desde que la revista marroquí Souffles (donde Ben Jelloun dio sus primeros pasos poéticos) le declarara al francés una «guerrilla lingüística» que lo deconstruyera mediante ecos de la lengua materna. Las escritoras argelinas hacen del francés en nuestros días una lengua de lucha para la libertad (¿en qué orilla lingüística está el opresor?). Y París es un crisol de culturas que tiene a gala la apropiación de un mestizaje que destruye su univocidad. La grandeur francesa de otros tiempos ha derivado en ambición de otredad.

Pero estos provechosos acuerdos interculturales no borran en la literatura marroquí las huellas de medio siglo de problemática identidad lingüística. Se diría que los escritores francófonos del Magreb han tratado de compensar una supuesta «traición» a su cultura dedicándole el espacio temático de sus ficciones. Claro está que con diversos tonos y con mayor o menor fortuna; la posición más matizada y atractiva es aquella que no rehúye ni anula el problema lingüístico y cultural: la del Alderkébir Khatibi (La memoria tatuada), la de Driss Chraïbi (Pasado simple, La civilización, mi madre), la de Tahar Ben Jelloun.

La lengua propia del poeta es la que se elabora en el seno del caos lingüístico, ha dicho Abdellatif Laâbi –director de Souffles–. La lengua pasa por un cuerpo que convierte toda escritura en autobiografía, y ese cuerpo está hecho a la vez de un pasado mítico y personal. No es de extrañar que buena parte de las novelas de Ben Jelloun reúnan problemas sociales y cotidianos de la cultura marroquí con leyendas, ritos y mitos ancestrales. Sus relatos zigzaguean entre ambos márgenes hasta confundirlos en un onirismo fecundo. Este es el caso de El escribano (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 1999), donde la materia biográfica se amolda a una hechura poética que suma la precisión del recuerdo y la descripción difuminada de su fuente cultural. El relato es informativo a través de lo íntimo, pero de una intimidad en la que el yo renuncia a sus prebendas: el escribano presta su escritura a muchas voces, y Ben Jelloun lo hace más allá de la transcripción de ciertos pasajes; el libro es un eco y, como tal, suena profundo y fragmentario. Alguien le dice al autor en el libro: «Tú eres de los que escriben para dejar de tener un rostro». Pero él sabe que la voz y el rostro propios no son sino el crisol donde se funden las voces y los rostros ajenos.

Por otra parte, la vida en Francia ha dado a Ben Jelloun una especial sensibilidad frente a los problemas de la emigración, sensibilidad que muestra en intervenciones públicas y en títulos como Papá, ¿qué es el racismo? (Alfaguara, 1998). Pero, de manera general, sus novelas traducen la marginalidad del árabe emigrado en la marginalidad más supra-cultural de figuras no integrables por un orden cultural cualquiera (y en particular por el de su país de origen): además de emigrantes hay prostitutas, locos, personajes de sexo indeciso, niños visionarios, seres privados de palabra, la maldad en estado puro, figuras en los límites de lo socialmente aceptable. La realidad marginal o exiliada se convierte en leyenda de exclusión; lo real adquiere en la escritura rango de mito o de fantasma: ese es el resultado de su paso por un cuerpo y su lengua; o, como dice Ben Jelloun: «el misterio es el refinamiento extremo de lo real»; «es imposible hacer realismo, sobre todo en Marruecos, donde la realidad es profusa en significaciones, donde cada paisaje, cada acontecimiento es capaz de convertirse en una historia fantástica».

En la oscuridad y el misterio de un imaginario nocturno se despliegan muchos títulos del escritor: El ángel ciego (Edicions 62, Península, 1994), La noche del pecado (Alfaguara, 1998), La noche sagrada (Edicions 62, Península, 1988, Premio Goncourt 1987). Otros evocan la disolución íntima que acecha al ser humano excluido: El hombre roto, El niño de arena. Entre ambas series de títulos la relación es estrecha, pues a las dos concierne una misma estética de lo errante: sexo fluctuante entre el masculino y el femenino en el personaje de El niño de arena y La noche sagrada, meandros del loco entre la memoria y lo imaginario, polifonía de voces narradoras rivalizando sobre la exactitud de sus relatos. La metáfora del desierto, con sus connotaciones de indefinición, de figuración efímera, de espacio propicio al espejismo, de superficie donde el movimiento es nomadismo sin fin, se postula en la obra de Ben Jelloun como espacio imaginario de la cultura del Magreb. En este espacio la errancia atañe al tiempo, y la memoria, la leyenda y el mito transitan fundiéndose sin coordenadas de pasado y presente.

Tal metáfora del desierto es una constante en la escritura de numerosos autores magrebíes (nombremos a título de ejemplo a los argelinos Tahar Djaout y Mohammed Dib, y a los tunecinos Albert Memmi y Tahar Bekri). Su poder en el terreno imaginario ha impregnado incluso novelas de autores franceses como J.-M. G. Le Clézio, al que Tahar Ben Jelloun conoció en circunstancia que los destinó a la amistad; Le Clézio estaba escribiendo Desierto, donde la figura histórica del Cheij Ma El-Ainin cumplía el papel mítico de cabeza de un pueblo en búsqueda errante de una tierra prometida; Ben Jelloun escribía, sobre el mismo personaje, Oración por el ausente (Edicions 62, Península, 1993). Es anécdota que cuenta este último en Elogio de la amistad.

Elogio de la amistad es libro que pertenece a otra vena de escritura. No es novela, no es diario, no es ensayo, pero algo tiene de todo ello. Es un corto que aborda la relación de amistad desde una perspectiva autobiográfica. Hay escaso reflejo en este libro de la cultura magrebí del escritor, aunque evoque a los amigos de su infancia y juventud en Fez, Tetuán, Casablanca y Rabat. El libro arranca –respetando la cronología– en los bancos de la escuela coránica, donde el aburrimiento creaba complicidades disueltas tempranamente por la muerte. Pronto aparece el amigo que, con su carácter complementario al de Ben Jelloun, resistirá todas las pruebas de la edad y el tiempo: Lotfi Akalay. Están editores, escritores, algunos muy conocidos, como Jean Genet. Las rencillas literarias entre compatriotas a propósito de apariciones en la prensa francesa siegan la amistad con quien el libro llama Abdel y no es otro que Albelkébir Khatibi. Asoma en ese momento uno de los aspectos más molestos del libro de Ben Jelloun: el ajuste de cuentas: «Nunca tuvimos una aclaración sobre aquella ruptura. Ahora que he escrito estas líneas no deseo tener ninguna. Confío en el exorcismo de la escritura. Recuerdo que le escribí una carta –hoy me parece cándida y estúpida– en la que le reafirmaba la expresión de mi fraternidad. ¡Al insulto yo respondía con la bondad!». Y acto seguido adereza el texto con unos versos del quejosísimo Rutebeuf: «Cuántos amigos me traicionaron / mientras Dios me acosaba...». Afortunadamente, luego remonta con una bella máxima de cosecha propia: «Las heridas de la amistad no tienen consuelo».

El libro inserta a menudo citas, en su mayoría de Cicerón y de Montaigne, padres de la sabiduría amistosa. Y el propio texto de Ben Jelloun es dócil a la hora de extraer un prontuario de aforismos sobre tal tema; incluso circula en Internet una página que reúne dieciocho. Casi todos expresan convicciones sin más (sentidas aunque poco penetrantes), pero algunos contienen además germen poético: «La amistad que se lee en las caras y en los gestos se vuelve pradera dibujada por un sueño en una noche larga de soledad».

Pero el libro carece, en general, de esa altura de escritura; Ben Jelloun está preocupado por no olvidar a nadie en su recuento de amigos –amigos perdidos unos, otros subterráneos, otros intuidos–, y al final, incluso hace una lista de los que se supone debieran estar y todavía no ha nombrado. (Una duda: ¿es posible haber tenido sesenta y pico amigos-amigos?) Da la sensación de que el autor ha decidido no sólo contemplar la amistad, sino también su atisbo. Desbordado por la cantidad y la variedad, es dudoso que se dé por satisfecho con el espacio que le dedica a cada individuo este libro de noventa páginas. Cierto que la amistad no se mide ni en tiempo ni en espacio, pero si se trata de hacer semblanzas –como ocurre a menudo en este caso–, es difícil resolver la papeleta con unas pocas líneas; en ocasiones sabemos escasamente que el amigo es buena gente, que le gusta el vino y que detesta los aguacates; estamos seguros de que ha compartido mantel con el autor y que se profesan amistad, pero ¿qué más? Falta carne, corazón, gestos, deshacer el nudo íntimo amistoso en la escritura. Me dirá quizá el lector que pido otro libro, que éste está escrito desde la discreción y la continencia. Y es verdad. Pero para hablar de amistad hace falta cierta impudicia. Maestro de ocultaciones, de fantasmas y de leyendas, el propio Tahar Ben Jelloun parece intuirlo al final de su texto, cuando reproduce las palabras del misántropo de Molière: «Señor, es demasiado el honor que me queréis hacer, / pero la amistad exige algo más de misterio».

01/08/2000

 
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