ARTÍCULO

Amor, si fueras muerte

Alfaguara, Madrid, 1997
403 págs.
 


A pesar de ser la primera llamada de atención al posible lector, nunca –o casi– se hace referencia en una reseña literaria a la cubierta del libro. Y, no obstante, la portada es anzuelo (el cebo en esta novela quien sabe utilizarlo es Zorrilla, el muchacho, solitario y arriesgado pescador que conoce las artes de la mar. Desde la orilla). Vienen estas líneas a cuento de la sugerente portada de Juan Pablo Rada para Bella en las tinieblas, la novela de Manuel de Lope (Burgos, 1949) que hunde sus raíces en el deslumbramiento que siente su autor por uno de los personajes, una mujer que sí existió: la amante de un militar franquista, inquilina de un hotel madrileño y adorada por poetas y otras gentes de lírico malvivir (el autor confiesa su deuda documental con Benet, Barral, Hortelano...). Rada, a quien ya le debemos otras hermosas cubiertas como la de Olvidado Rey Gudú, nos ofrece para este libro una portada de azul sumergido y un rostro ahogado, por donde, con Aleixandre, los peces rojos van y vienen sin música.

Y si con Aleixandre cierro la justa mención a los no mencionados, los ilustradores, con Góngora –Aun a pesar de las tinieblas bella, / aun a pesar de las estrellas clara– abre Manuel de Lope su última novela titulada así, Bella en las tinieblas. (La primera, en 1978, fue Albertina en el país de los gramantes, seguida de El otoño del siglo, a la que suceden otros títulos como Jardines de África o, en 1993, Shakespeare al amanecer.) No es baladí, por tanto, citar a vates al hablar de este libro: maceradas están sus páginas en una húmeda atmósfera poética, en luces, sombras y penumbras, en sucesión de atardeceres descritos para que podamos sentirlos o más precisamente: sentir que una vez vivimos luces, sombras y penumbras semejantes. Quizás sólo para que vivamos la melancolía de no haberlos sentido. Y además, de Lope escribe frases como «el inaudible roce de la niebla» (pág. 56). O nos dice que el general quería morir ante el crepúsculo.

Esa atmósfera, ese ambiente, es uno de los hallazgos mejores de la novela. Y es su más logrado personaje: está vivo el paisaje. Junto a él, es decir, en él, en su dermis y epidermis triple: mar, campo, mina –un triángulo abarcador, deístico, que compendia los trabajos y los días como una miniatura iluminada– flotan, caminan o se hunden los otros protagonistas: la viuda Ana Rosa, calificada siempre «espléndida» y nombrada ya viuda antes de serlo, adicta a la morfina, amada por poetas en las madrugadas de lujosos hoteles, amante ella, a su vez, del viejo y rico general López Goitia, cuya muerte desencadenará más muerte. ¿Más amor? Y Zorrilla, el hijo del jardinero, un adolescente, primitivo y oscuro en sus sentimientos nunca del todo desvelados, ¿simple y brutal como un navajazo?, ¿o complejo como un mosaico romano? Ambos están al alcance si no de su cerebro sí de sus diestros dedos: el frío de la hoja acerada y el hipnótico y secreto resto arqueológico. Él y la espléndida viuda son los dos polos, no tan opuestos, de este imán que atrae y repele por igual. Y a ellos, con esa doble cualidad, van el abogado Alfredo Gavilán, un pelele, altivo con quienes considera inferior moral o socialmente y pusilánime, acobardado, ante quien le da de comer. No deja de ser simbólico que padezca diarrea. Y en su matrimonio, como diría Cernuda, aguachirle conyugal. Toribia, la ruda criada del doctor, suya y hacia dentro, instintiva en la venganza o en la fidelidad. Friega y desinfecta obsesivamente y apila clavos retorcidos: van también a adherirse al doble polo imantado. No tanto sin embargo como el médico, Castro, él sí permanecerá definitivamente prendido del adolescente Zorrilla y de la espléndida viuda. Las relaciones con el muchacho no quedan nunca aclaradas del todo, no hay lugar para la delicadeza romántica de deshojar la margarita, el padre de Zorrilla, jardinero, muestra y hace sonar en el aire sus grandes tijeras podadoras, más ávidas de agujerear la bolsa de los dineros que de podar malas hierbas. Con Ana Rosa une al doctor no sólo el alcaloide que se extrae del opio sino la doble muerte, la que a ella la libera por mano de él y ya la suya propia. Prendido, dije, estaba: definitivamente, sí, del techo.

Todos estos personajes, y las putas de El Oasis y el director del hotel y Miguel Goitia y el sobrino zumbado de Toribia y el inspector de policía y los hombres del bar, ese coro amenazante, forman un fresco que se conforma en el paisaje. Hay ironía y tiempo simultaneado. Y como el corazón de ese pez recién pescado que, en nocturna escena, el muchacho regala a la espléndida viuda (pág. 47), late el erotismo. Nunca evidente, no explícito, sí subyacente aunque obvio: tras las cortinas del burdel, evidentemente, pero más intenso cuanto menos desnudo: el joven poeta vestido bajo la ducha con los brazos en cruz y la que años después será espléndida viuda abrazada a él, empapados ambos en la madrugada. Turbadora visión y fuente del poema que desazona al mediocre abogado. Y si hay amor, humor también lo hay: «Dónde vas, Félix Castro, dónde vas harto de anís» (pág. 57). Pero como la panza del galeno hinchada de licor o las malas digestiones del letrado tras sus comidas en Casa Garrafones, también la novela se resiente de cierto abultamiento, estiramiento, inflada más de lo preciso, como esos peces-globo, corre el peligro de parecer que con un mínimo roce de alfiler, puede romperse, estallar, desinflarse. Soltar tripas y aire.

Afortunadamente, mantiene el equilibrio en esa cuerda floja. Pero el riesgo ahí está, y enerva. Salvado en parte por una prosa certera en los diálogos y detallista, minuciosa y creadora de sugestivas atmósferas. Una hilvanada simbología en la que aire (cielos de atardecer), fuego (llamas en el prostíbulo), tierra (huertos y barro en los zapatos) y, sobre todo, agua (ducha, lluvia, gruta, mar) envuelven las soledades (¿gongorinas como la cita que abre el libro?) de los personajes y los dibuja ya y ya los borra en niebla.

01/06/1997

 
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