ARTÍCULO

Beatus ille

Alfaguara, Madrid, 1997
448 págs.
 

La búsqueda del violador y asesino de una niña sirve de eje a esta novela, en cuyo trasfondo se reconoce un asunto de también rabiosa actualidad: el terrorismo vasco. Un desarrollo de corte policiaco, nutrido con un esperable romance amoroso, prestan forma al relato, que propone una reflexión sobre la crueldad y su contrario, la ternura; sobre sus efectos destructivos o reparadores; sobre el desasosiego que produce un mundo en el que tanto los mansos como los violentos actúan bajo la máscara común de lo que cabe entender como normalidad.

Dicho desasosiego es el que mueve al protagonista de la novela, un veterano inspector de policía recién trasladado desde Bilbao a la ciudad del sur en que transcurren los hechos, a escrutar celosamente los rostros de los viandantes, con la esperanza de reconocer en su mirada el rastro de la culpa. Este escrutinio, sin embargo, se revela infructuoso, hasta el extremo de llevar al inspector a concluir que, definitivamente, la cara no es el espejo del alma: «Cualquier mirada puede ser la de un inocente o la de un culpable».

Resulta sintomática esta conclusión, en tanto indica cómo esta novela, de vocación tan subrayadamente moralizadora, ordena su reflexión desde la confianza en que, efectivamente, existen inocentes y culpables, malos y buenos, víctimas y verdugos, sin apenas intermedios. Y es a partir de tal divisoria como el narrador decide su alineamiento con uno de los dos bandos. El repaso de los caracteres trazados en la novela resulta expresivo a este respecto: un inspector al borde de la jubilación, con su mujer enferma de los nervios por las amenazas de ETA; un viejo cura progre, que parece sacado de las novelas de José Luis Martín Vigil; una profesora de escuela resuelta a enderezar su vida después de haber sido abandonada años atrás por su marido; un médico forense que reflexiona hamletianamente sobre los cadáveres que disecciona; una niña angelical, brutalmente torturada...; he aquí toda una panoplia de destinos en derrota frente a los cuales se opone, investido con todos los atributos del Maligno, la figura del asesino, un joven acomplejado y resentido.

El hecho de que la mayor parte de estos caracteres estén vigorosamente trazados, con todo y adscribirse a prototipos muy reconocibles («creyéndonos tan originales, somos siempre la repetición de un modelo, o de un prototipo más bien», advierte la maestra); el que las relaciones que entre sí establecen los personajes contengan episodios de conmovedora elocuencia, no basta para disimular la debilidad esencial de la novela, que viene determinada por el blando maniqueísmo de su planteamiento moral y, antes que eso, por la perversión de la razón moral a consecuencia de su propia sentimentalidad. Esa casi obscena exhibición del horror, para abjurar luego de él, el tono y los efectos de docudrama televisivo, el prestigio de perdedores sin revancha que ilumina favorablemente a los personajes, son los signos, en efecto, de una suerte de populismo sentimental que explota en su favor la unanimidad del victimismo, la refleja solidaridad con la pena y la indignación.

Sólo después de esto cabe destacar, en estrecha relación, la precariedad estructural de un texto apoyado en gastados clichés argumentales y genéricos. Un texto que, como las teleseries, sostiene la expectativa a fuerza de entrecruzar episodios, lo cual señala su carácter sustancialmente estático, la naturaleza discursiva de un relato cuyos personajes no cesan de contarse ellos mismos. No es casual que el autor haya echado mano de un cura, al solo efecto de que al final pueda el protagonista confesarse con él. El intimismo de la narración posee una dimensión sospechosamente declamatoria, y con ella se corresponde, más generalmente, una retórica estilística que, entre constantes reiteraciones, se edifica por acumulación. Incluso cuando abunda en largas tiradas, la prosa elástica de Muñoz, tan educada y biensonante, desconoce la tensión organizativa del período complejo: sus frases –compruébese– admiten fácilmente ser reducidas o fragmentadas sin quiebra de la sintaxis ni del sentido mismo. Y algo parecido ocurre, a otra escala más preocupante, y en relación con los sucesivos episodios que lo constituyen, con la estructura y el sentido del relato, inconcebiblemente estirado.

La novela, en definitiva, no se construye, sino que se extiende, tanto en los caracteres como en las ideas, según dijera Musil a propósito de una hoy olvidada novelista, adscrita a lo que él mismo llamaba «el libro patriótico», reconocible, entre otras virtudes, por esa escritura «que se lava las manos en la inocencia después de haber puesto la culpa por escrito».

Es el propio Muñoz, sin embargo, quien mejor acierta con la clave de su propio proceder narrativo cuando, en una entrevista concedida recientemente a El País, asegura que para él los artículos periodísticos son literatura del mismo rango que sus novelas: «Sólo cambia el tiempo del proceso de creación. En un artículo comprimo todos los elementos de una novela, lo único que cambia es el espacio». Pues eso.

01/04/1997

 
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