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ARTÍCULO

Baudelaire y César González-Ruano: cita en 1931

Planeta, Barcelona
442 pp. 22 €
 

Ha sido una excelente idea de los editores de esta biografía rescatar el original del libro que César González-Ruano publicó en 1931, cuando corría el mes de junio, como reza su colofón (que también se reproduce). Dos meses antes se había proclamado la República Española, acontecimiento que algo tendrá que ver –conocida la militancia reaccionaria del autor– con sus conjeturas respecto a la opinión política de Baudelaire que, en 1848, fue entusiasta (aunque efímero) de la Revolución: «Cualquier espectador medianamente sutil –sentencia González-Ruano– comprenderá que Baudelaire puede serlo todos menos un demócrata, un igualitario, y si se quiere ampliar más, todo menos un republicano» (en cualquier caso, tampoco es muy buena la opinión que le merece el monarca destronado Luis Felipe: ¿qué pensaría de don Alfonso XIII?). Por eso, no nos extrañará que la letra clara y un poco temblona del escritor haga constar también que el ejemplar de referencia fue «rescatado del incendio rojo en 1937». Sobre sus páginas, el escritor preparó la edición que sacaría a la luz José Janés, que también lo fue de otras obras suyas, y supongo que en ese texto enmendado se basó el volumen de Austral editado a finales de los cincuenta.
Me parece que ningún otro libro del autor ha tenido tanta difusión como el presente. Y a fe que no es injusto. Como consigna en sus primeras páginas, «este es mi primer libro escrito con cierta calma, en la voluptuosidad, para mí inédita, de dejarlo dormir días enteros». Tiene apéndices cuidadosos que incluyen una cronología de los poemas de Las flores del mal, documentos de la muerte y fama póstuma del poeta, un elenco de sus traducciones españolas y, en el texto, numerosas citas de la ya amplia bibliografía que el escritor había suscitado (aunque de toda ella sobrevive hoy bien poco). Las enmiendas a las que he aludido más arriba son, sin lugar a dudas, los sacrificios propiciatorios a los manes de la censura franquista que el periodista estaba dispuesto a practicar en el texto de 1931. Vale la pena recordar alguno, pues todos son muy reveladores, empezando por el que amputa de la dedicatoria «a los hombres de personalidad bella e inútil; a los que devorados por apetencias inconfesables, ruedan cuesta abajo, lívidos y silenciosos, en la aguda noche del alma; a los aprendices de diablos con temor de Dios», y ya al final de esta relación de futuros incursos en la Ley de Vagos y Maleantes del franquismo, «a los suicidas. A las esfinges. A los fantasmas. A los ángeles».
La mayoría de las supresiones apuntaron, por supuesto, a lo erótico: al hablar del complejo de Edipo que había enfrentado a Baudelaire con su padrastro, el coronel Aupick, suprime que padeció ese mal «ni más ni menos que todo ser humano». Y, por si las moscas, al evocar al niño Charles, refugiado en brazos de su madre, apoyando la cabeza sobre su hombro, eliminó el delator adjetivo «desnudo» referido a esa parte de la anatomía de la dama. Muchas de las supresiones tienen que ver con las descripciones de Jeanne Duval, la Venus negra del escritor: se tachan cuidadosamente desnudeces y retozos, pero no expresiones de descarado racismo, como la evocación de aquellos «grandes dientes de amuleto bárbaro» de su juventud o de «las ubres colgantes» de sus últimos años. Muchas tachaduras apuntan el temor de la censura religiosa: se suprimen un elogio de Caín, que –según González-Ruano– mató «al primer honesto miserable», una jactancia tabernaria de Baudelaire al hablar de «nosotros, los que somos hijos de cura» y, al recordar sus tertulias bohemias, la expresión «entre copa y blasfemia» se transforma en «entre copa y copa». El más significativo de estos escrúpulos preventivos: al hablar en un apéndice de «El catolicismo de Baudelaire», tacha su observación de que «es casi un morbo y una moda de posguerra buscar la filiación católica a los hombres destacados de la heterodoxia» (por supuesto, se refería a la posguerra internacional de 1918).
Con todo y esto, el libro es toda una proclama de hermandad espiritual, que sobrevive incluso a la supresión de toda aquella bernardina con pretexto de dedicatoria. A lo largo de su apasionada biografía, González-Ruano ha hallado el momento de identificarse con el aristocraticismo incurable de Baudelaire («los que nacimos débiles de fortuna» sabemos lo que es «la dignidad orgullosa del origen»), con sus celos del padrastro («Aupick, el que tiene los honrados cuernos del subconsciente pavoroso»), con su defensa ante quienes denunciaron Las flores del mal, y ha hecho su personal proclamación de dandismo, porque el dandy es «el gran desinteresado de las obligaciones y las ambiciones» y, porque si Ignacio de Loyola ha sido el gran dandy de España, Jesús fue el dandy de Galilea. Invocando a Baudelaire en su tumba, afirma –en la última página del libro– que «fuisteis la asonancia perfecta de mi corazón perdido entre esquinas, de esa melancolía inconfesable, de ese temblor suave y llorar hondo. Silencio, amigos míos… Se trataba de una biografía, helàs!».
En 1931, publicadas ya buena parte de las memorables «Vidas españolas e hispanoamericanas del siglo XIX», corrían años venturosos para el arte español de la biografía, provincia marginal de un culto europeo que ilustraron Emil Ludwig, Stefan Zweig, Lytton Strachey, Hilaire Belloc y André Maurois. Esta de González-Ruano no hace mala figura entre aquéllas, a pesar de que le sobren esa mezcla embarazosa de énfasis y desenvoltura de la prosa, la pésima costumbre de usar el tiempo futuro en la narración (parásito indeseable del género) y la reiteración de algún adjetivo con valor de comodín, como sucede con «pavoroso». El lector advertirá también la enorme deuda del estilo de González-Ruano con el de Gómez de la Serna: sean ejemplos el uso de neologismos personales, el gusto por la comparación sorprendente, las frecuentes frases exclamativas e incluso algunas letanías greguerísticas, como las que se refieren a Marie Daubrun, un oscuro amor de Baudelaire (que el lector hallará en las páginas 203-204 de la presente edición). La prosa de González-Ruano es, alguna que otra vez, excelente, pero su molde mejor era, sin duda, el artículo breve; aquí, en un empeño mayor, se hace patente lo que tenía de bisutería barata, muy a menudo, y casi siempre de cansina melodía de organillo. Pero, si hemos de reconstruir (y vale la pena) la figura de este maldito de vía estrecha y, con él, una parte significativa de las letras españolas del siglo XX, sean bienvenidas las reediciones y los rescates, que afortunadamente ya abundan. E incluso las brillantes conjeturas biográficas, como la hermosa novela-ensayo de José Carlos Llop, París: suite 1940, donde este galicista impenitente y no menor tramposo, biógrafo de Baudelaire (pero también de Unamuno y del general Primo de Rivera), está retratado de cuerpo entero, con ocasión de sus turbias andanzas en el París ocupado por los nazis.

01/03/2009

 
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