ARTÍCULO

Bendito sea el reciclado

Alfaguara, Madrid, 368 págs.
Lengua de Trapo, Madrid, 192 págs.
 

No sé si se ha reparado lo bastante en el hecho de que entre las narrativas latinoamericanas la colombiana es, salvando a García Márquez, definitivamente minoritaria en la recepción y el aprecio por parte de los españoles. De modo proporcional es muchísimo más lo que conocemos de la narrativa de los países «grandes» de América Latina. El fenómeno incluso puede parecer paradójico al recordar que los primeros Premios Nadal a escritores de allende el Atlántico, algo antes del boom, fueron justamente a manos de dos colombianos, Manuel Mejía Vallejo y Eduardo Caballero Calderón. Pero así es, y no hay vuelta que darle: se recibe y se aprecia menos la literatura de allí que las de, p. ej., México, Chile y Argentina, y eso a pesar de los dos Nadal ya citados y de nada menos que los nombres de Manuel Zapata Olivella, Héctor Rojas Herazo, Pedro Gómez Valderrama y Álvaro Cepeda Zamudio, entre los más contemporáneos de Gabo; los de Helena Araújo, Germán Espinosa, Albalucía Ángel, Óscar Collazos, Gustavo Álvarez Gardeazábal, Luis Fayad, Rafael Humberto Moreno Durán, Fanny Buitrago y Andrés Caicedo, a prudencial distancia; y ya en la última hornada los de Andrés Hoyos, Juan Carlos Botero, Santiago Gamboa, Juan Gabriel Vázquez y Fabio Martínez. Y por favor, sépase que no he mencionado el nombre de Álvaro Mutis porque pienso que el padre de Maqroll merece rancho aparte.

Así las cosas, bienvenido sea el I Premio Casa de América de Narrativa Americana Innovadora a la novela Basura, de Héctor Abad Faciolince, otro colombiano de la última hornada, y ojalá inaugure una senda más transitada que la abierta antaño por los Nadal. Sorprende, eso sí, para empezar, lo rotundo y escatológico de ese título, si recapitulamos los tan extensos y cultos de casi todos sus libros anteriores: Tratado deculinaria para mujeres tristes, Asuntos de un hidalgo disoluto y Fragmentos deamor furtivo. Salido de la lectura de este último, enfrenté a renglón seguido la de Basura con las uñas bastante afiladas.

Fragmentos de amor furtivo es la demostración ad absurdum de que el autor es un excelente escritor. El cual dizque parte de un doble presupuesto: el de IlDecamerone y el de Las mil y una noches. Los amantes se aíslan de la peste (la violencia en Medellín) y Susana se mimetiza en una extraña y paradójica Cherazade: para evitar que su amado Rodrigo la deje, y en un primer momento hasta como panacea contra su impotencia inicial, le cuenta sus aventuras cameras con otros hombres. Excelente como punto de apoyo, pero el entramado, el producto final, rezuma artificio, no resulta para nada convincente. Para empezar por lo más evidente: es cierto que en algún momento se nos cuenta una explosión nocturna, bombas de los narcos, de la policía, del ejército, no se sabe; es cierto que se nos insiste (no mucho, sí lo suficiente) en que los amantes viven encapsulados dentro del capullo de seda de su amor en un barrio periférico y arcádico (de un perímetro parecido al que aislaba la RDA del resto de Alemania). Pero la peste, la violencia de Medellín, se queda en una referencia verbal, y por otra parte la vida diaria –al menos la de Rodrigo, según todos los datos– transcurre justo enmedio de la presunta violencia y no puede ser más normal dentro de sus parámetros profesionales y sentimentales: afinar pianos y ponerle cuernos a Susana. Quien no es dueña de sus lágrimas en la página 76 para sí serlo en la 78 (valga como ejemplo de alguna que otra incongruencia detectada).

En realidad, Héctor Abad ha resumido muy bien su novela casi ex ovo, tan pronto que es en la página 28: «Susana, como todo el mundo, no era más que las historias que contaba, no era más que las palabras que salían de su cabeza». El problema es que Rodrigo, narrador en primera persona que escucha las narraciones de Susana en primera persona, tampoco es mucho más, más bien menos, que las palabras que salen de su cabeza y las historias que él mismo se cuenta mientras escucha a Susana. Y una y otro hablan el mismo idioma narrativo, no hay ruptura de voces: Susana y Rodrigo son portavoces de la magnífica prosa y la fenomenal cultura de Héctor Abad, sus títeres de cachiporra en un guiñol que nos puede hacer reír muchas veces, pero del que sabemos que no tenemos por qué creernos nada de lo que allí sucede. Y eso es grave cuando el escenario se llama Medellín. De todos modos, déjeseme decir que la página 175 de ese libro, por sí sola, casi lo justifica por entero; se trata de un despiporrante pastiche del arranque de El hombre sin atributos de Robert Musil: ¡chapeau!

Se entiende ahora, supongo, por qué abordé la lectura de Basura con el ánimo de uñas. Pero aquí las cartas están repartidas de otro modo. Resumo brevemente lo que podríamos llamar su argumento: El narrador, un periodista de Medellín, vive un piso por debajo en el mismo edificio que Bernardo Davanzati, un escritor que publicó in illo tempore dos novelas (una de ellas por cuenta propia y en edición para amigos), dos novelas que pasaron sin pena ni gloria, o mejor lo primero que lo segundo, y un autor del que luego como novelista nunca más se supo. Sí se sabe que fue correo de los narcos, entre Colombia y California; sí que amarrocó una regular fortunita de un par de millones de dólares; sí que fue cazado por los señores de horca y cuchillo de la DEA y pasó un par de añitos en una prisión USAna; sí que luego se le perdió la pista por completo. Y el resto, como en Shakespeare (y en Monterroso), sería silencio si no fuese porque el narrador de Basura, al ir una noche a rescatar unos datos prematuramente arrojados al buzón de desperdicios de su piso (tobogán que concluye en el sótano de la casa y donde confluyen todos los toboganes de todos los pisos en un solo contenedor de basura), no se hubiese encontrado con papeles escritos por ese su vecino Bernardo Davanzati.

Dígase de entrada que Basura es una pura coquetería autorreferencial justificada por el mismo título y por el artificio que da lugar a la narración: el narrador rescata de la basura lo que Davanzati considera basura, y por lo tanto, si creyésemos estar leyendo basura, el autor no nos engañaría, antes al contrario, haría gala de una congruencia suma. Curándose en salud, hasta nos lo refriega por la cara: «Miren lo mal que escribía este carajo, y es por eso que lo tiraba a la basura». No una vez, una docena de veces nos veremos enfrentados en el texto con las autoexecraciones de Davanzati y las del narrador, en un ejercicio magistral en la cuerda floja de lo que los anglosajones llaman «fishing por compliments» (pescar piropos con anzuelo). Momento estelar es cuando el nivel de coquetería alcanza para que el narrador llegue al ninguneo del propio autor del libro con frases como esta: «Un nombre de esos que aseguran el fracaso literario, digamos un Héctor» (pág. 124). No tan logrado, en cambio, que haya guiños cómplices con el mercado peninsular (= España) en textos dizque destinados a la basura: «arándanos en la península..., mapple (arce en Hispania)», detectados en la página 136 y que son absolutamente prescindibles, y donde se nota que el autor se ha dado –como dicen gráficamente en el Perú– en la madre del gusto, y goza con su propia sabiduría narrativa.

No era necesario.

Y no era necesario porque en Basura, al revés que lo que sucedía en Fragmentos de amor furtivo, la narración está al servicio del personaje recreado por esa narración, mientras que allí los personajes lo estaban al de las historias que contaban ellos mismos. Conforme avanza la lectura, conforme se nos van entregando los materiales que componen el retrato de Bernardo Davanzati, más y más lo vamos componiendo también nosotros mismos en nuestra imaginación lectora, y este es el IVA de la mercancía que Héctor Abad Faciolince nos vende en su libro y que gustosamente pagamos. Basura, para decirlo derecho viejo, a lo gaucho, es una logradísima novela en la que no sabe qué admirar más: si el fulgor de la idea original o la destreza de su conversión en texto. La considero («lo digo y no me corro», del evangelio según San César Vallejo) el correlato perfecto del último libro de Enrique Vila Matas, Bartleby y compañía: algún editor inspirado debería publicarlos juntos, como un navío de dos puentes. Hago merced entonces, por lo que se refiere a Basura, de algunos defectillos de congruencia, de otros de elocución, y de las otrora llamadas concordancias vizcaínas (págs. 25, 42 et alia), también por no saber si semejante expresión, en nuestras calendas, es o no es políticamente correcta.

01/11/2000

 
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