ARTÍCULO

Barrès y Praz: entre el misterio y la monotonía de España

Almuzara, Córdoba
Trad. de Alberto Insúa y Yolanda Morató
224 pp. 15 €
Almuzara, Córdoba
Trad. de Manuel Vicente Rodríguez Alonso
280 pp. 16 €
 

Ninguno de los dos fue un hispanista. Maurice Barrès fue un francés a machamartillo que unió, en una mixtura tan fuerte como peligrosa, el nacionalismo revanchista y la nostalgia de autoridad (y el desdén por la democracia: los plasmó en su trilogía Roman de l'énergie nationale) con el refinado disfrute de lo que denominó el culte du moi, título de la primera trilogía de sus obras. En Le siécle des intellectuels, Michel Winock ha podido dividir toda una centuria de actividad intelectual francesa bajo los arbitrajes respectivos de Barrès, Gide y Sartre, lo que no resulta pequeño elogio de aquel seductor hoy bastante olvidado. No lo está, sin embargo, el comparatista italiano Mario Praz, un hombre solitario y con terrible fama de gafe cuya casa romana de la Via Giulia, el Palazzo Ricci, recogió su imponente colección personal de antigüedades y pintura del siglo XVIII (hoy se exhibe en la que fue su última residencia, el Palazzo Primoli). Luchino Visconti lo retrató, aunque sin mencionarlo directamente, en Gruppo di famiglia in un interno (Confidencias), la última de sus obras maestras y una de las mejores interpretaciones de Burt Lancaster.Y si no es fácil que nadie recuerde El jardín de Berenice o La llamada al soldado, de Barrès, cualquier mediano aficionado a la historia cultural conoce La carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica, que sigue siendo un clásico desde 1932, o ha leído esa curiosa autobiografía indirecta, La casa de la vida, en la que la huella de Praz se disuelve en el patrimonio artístico que supo adquirir. No se parecieron en nada el discretísimo profesor divorciado y anglófilo y el tribuno virulento de vida esencialmente pública y de muy notorias amantes. Pero ambos estuvieron en España y comprobaron ciertas cosas que ya sabían, o creían saber, que tal es el propósito fundamental de un viaje: hallarnos a nosotros mismos. Maurice Barrès vino a este país en tres ocasiones. Los viajes de 1892 y 1893 le inspiraron su libro De la sangre, de la voluptuosidad y de la muerte, algunos de cuyos textos se reproducen ahora como apéndice de El Greco o el secreto de Toledo, que fue la consecuencia de una nueva excursión de 1902, en la que tuvo como guía de excepción a Aureliano de Beruete, un estupendo pintor de paisajes castellanos y autor de una monografía sobre Velázquez, además de simpatizante declarado de la Institución Libre de Enseñanza; es decir, casi lo opuesto al significado y los motivos de Barrès. El librito que se ha citado se publicó en 1913 y al año siguiente se traducía al español con una nota prologal, generosa e informada, del novelista Alberto Insúa, que el lector de este volumen hallará como «Postfacio».Y tuvo un éxito enorme: Toledo dio el nombre de Barrès a una calle y el pintor Ignacio Zuloaga lo retrató ante el paisaje de la ciudad, en uno de sus cuadros más retóricos y amanerados. No es casual que el texto se dedicara a Robert de Montesquiou, el exquisito aristócrata que fue el modelo del Charlus de Marcel Proust y primo de la condesa de Noailles, que fue amante de Barrès. Toda la obra surge de ese clima de esteticismo febril y de intuición arbitraria que marcó a fuego su época. El autor conoce y cita la estupenda monografía de Manuel Bartolomé Cossío que había aparecido en 1908 y que culminaba aquel rescate del pintor cretense que tuvo su primer devoto en el catalán Santiago Rusiñol, pero la bibliografía le importa menos que el arrebato previo: de camino a Toledo ha desdeñado Burgos, «gótica y glacial», y Valladolid, «donde yacen todas las muñecas de sacristía» (cruel caracterización de la imaginería polícroma del museo del palacio Villena), porque solamente «la santa Ávila» le ha ofrecido un anticipo de lo que desea. Y de lo que halla, tras una noche sonámbula, al visitar Santo Tomé y El entierro del conde de Gormaz, esa «obra maestra de un sentimiento católico y árabe a la vez» donde se ha buscado «expresar de una manera realista los espasmos de la vida del alma». Lo mismo, en fin de cuentas, que acababan de experimentar Fernando Osorio y Antonio Azorín, los personajes de Camino de perfección y La voluntad, las obras casi gemelas de Baroja y Martínez Ruiz en 1902. Para lo demás, no hay sino tirar de ese hilo imaginativo que nos enhebra «tierras violáceas y ocres», crepúsculos interminables y dolorosos, atrevidos paralelos entre las deformaciones a las que se aplica El Greco y las que soñó don Quijote, sospechas de la existencia de mucho judaizante toledano y, en fin, una descripción estupenda de esos «desórdenes disciplinados» que son las liturgias en la catedral primada. No puede pedir más el viajero: al cabo, «España es un gran recurso para romper con la atonía». Un spa del espíritu. Península pentagonal (1928), de Mario Praz, es, de cabo a rabo, un irónico mentís del libro de Maurice Barrès, empezando por la broma de titular uno de sus extensos capítulos como el libro del francés, «De la sangre, de la voluptuosidad y de la muerte». Al italiano le fastidia la afición del galo a ese «extraño, genial y amanerado pintor», cuyos cuadros más retorcidos son además sus predilectos. Barrès ­concluye, y no sin razón­ ha venido a hacer con El Greco lo mismo que los prerrafaelitas británicos hicieron con los pintores del siglo XV italiano: convertirlos en una «retórica místico-sensual». Pero Italia es Italia y España es otra cosa. Los extranjeros que buscan un país sangriento y cruel, o la tierra que oculta sus secretos en la aparente languidez, acaban por hallar, si son sinceros, un país esencialmente monótono. Monótono es El Escorial, su monumento emblemático, como lo es su literatura mística y los dramas de Calderón (y no digamos las comedias de Lope, prisioneras de un verso cantarín y repetitivo); monótona es la comida fuerte y espesa, siempre la misma (¿cómo será la gastronomía de una tierra donde la lucha por la vida se llama «lucha por los garbanzos»?), y monótono es el color de su pintura nacional que resulta fundamentalmente ocre y ceniza, como el paisaje (otro inglés arbitrario, Gilbert K. Chesterton, escribía por entonces un ensayo muy divertido, El color de España, acerca de la importancia del negro en la vida española: color emblema, pero también fiel contraste para otros cromatismos no menos feroces). Praz visita la Alhambra y también le resulta enojosamente «perfecta como las telarañas, las colmenas, los cristales de la nieve: es perfecta como puede ser perfecta la obra automática del pertinaz instinto».Y es que «el arte europeo es desarrollo» mientras que el español, tan asiático, tan oriental, también es monótono: «Lo que es el mundo de los insectos al mundo de los mamíferos», sentencia inapelablemente. La colección «Noche Española» de la editorial Almuzara, que acoge ambos libros, es ­como se advierte por las muestras­ un empeño divertido y estimulante, además de benéfico en tiempo de banderitas rojigualdas y orgullos patrióticos. Esperamos con interés los nuevos títulos que han de unirse a los cinco ya aparecidos: los de Max Nordau, Ronald Firbank, Pierre Mac Orlan y los dos aquí reseñados.

 

01/02/2008

 
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