ARTÍCULO

¿Precio justo?

Icaria, Barcelona, 1998
107 págs.
 

El libro del profesor Barrat Brown se divide en siete capítulos. En los cuatro primeros ataca al Norte, las empresas transnacionales, la deuda externa, la ayuda económica y otros demonios tópicos de la retórica izquierdista actual. En la segunda parte, hace un panegírico del comercio alternativo, que es verde, justo y cooperador. En ambas partes apela reiteradamente a la justicia o injusticia de tales o cuales precios y se refiere a los países como si pensaran y tuvieran propósitos del mismo modo que los individuos. En los primeros capítulos, la crítica es simplona y meramente afirmativa, pero luego su exposición la contradice. Así por ejemplo, en la primera página se lee: «Los ciclos de recesión en Occidente hicieron caer los precios de las materias primas, que pasaron a ser fijados en los centros internacionales de finanzas». En la página 29 resulta que, en el caso del café, que sirve al autor de ejemplo continuo, la caída del precio a partir de 1989 fue producida por «los excedentes que se forman cada año por encima del nivel de la demanda mundial», y su aumento desde 1993 se debió a «las fuertes heladas de 1993 en Brasil».

El autor sostiene que la eclosión de la deuda se debió a la adquisición de productos manufacturados del Norte y que, para pagarla, algunos países tuvieron que talar sus bosques, someter la tierra a cultivos excesivos, pescar sin límite y explotar las minas sin ninguna consideración. Y concluye: «Como puede verse, el comercio desigual y el perjuicio medioambiental se dan la mano» (pág. 14). Sin embargo, puede demostrarse que la explotación inadecuada es anterior a la explosión del fenómeno de la deuda, y además, se ha dado tanto en los países endeudados como en aquellos que no lo están.

Un tema recurrente en el libro es que los productos naturales bajan de precio, mientras que los productos industriales son caros. Pero la cuestión es que un grano de café o una tabla de madera son hoy como eran hace treinta años, en tanto que un camión o un ordenador han ganado en prestaciones, y midiéndolo en precios constantes, son también más baratos que los de hace treinta años. Pero este hecho no merece el menor comentario del autor, que tiene bastante con apelar a la «justicia» del precio.

La definición de comercio «justo» que Barrat Brown ofrece reúne seis notas que son seis vaguedades. El comercio «justo» exigiría, ante todo, un precio que cubra costes en determinadas condiciones (el que el autor llama precio «justo»), el pago por adelantado, que el producto tenga valor añadido local, una información suficiente, la producción sostenible y, en fin, el combatir las prácticas de soborno y corrupción. Obviamente, en el mercado se buscan medios para satisfacer las necesidades y se suele prescindir de estas consideraciones. La justicia se refiere a las acciones voluntarias de las personas y los procesos impersonales que forman el precio serán criticables o no, en función de la transparencia, la accesibilidad, las distorsiones impuestas por la fuerza y otros criterios que pueden producir tanta indignación como alguna situación de pobreza de los productores. La superación de esa situación lleva a la segunda parte del libro, que podría haberse tratado sin las afirmaciones gratuitas, contradicciones e inconsistencias de la primera parte.

El comercio alternativo busca el acceso más sencillo de los productores al consumidor, de forma que tengan una mejor retribución. Para evitar los circuitos de mercado se proponen otras vías que propicien la cooperación y eviten intermediarios. Como estas otras vías son menos eficientes, eso implica que el consumidor ha de pagar un precio más elevado, con el fin de ayudar al desarrollo. Ese mayor precio a pagar (págs. 65, 75 y 83) pone de relive que el bienestar del consumidor se supedita a la mejora del productor y, también, que el intermediario cubre un papel en el proceso. Barrat Brown sostiene que el intermediario tiende a exagerar las fluctuaciones de precios. En realidad, la función del intermediario es comprar cuando hay exceso (lo que aumenta la demanda y el precio) y vender cuando hay escasez (lo que aumenta la oferta y evita un mayor aumento del precio).

El comercio alternativo que el autor propugna es atractivo, pero su propuesta queda debilitada en varios aspectos. El primero es la sugerencia de introducir vales de compensación y sistemas de planificación que, por mucha informática con que se acompañen, son menos claros y transparentes que el mercado. El segundo aspecto débil es la «confianza» que hay que suponer en quienes conectan con los diferentes puntos de la red. El tercero, que muchas de las ventajas que se le atribuyen son posibles sin ella, como por ejemplo el acceso a información sobre cotizaciones en mercados de materias primas y futuros o el precio de herramientas, así como la posibilidad de crear cooperativas. Lo peor es la sugerencia de prescindir de los pagos directos, pues sólo serviría para incrementar el poder de control de quienes dominen la red informática que relaciona a los participantes en el «comercio alternativo».

El libro concluye con un colofón de sugerencias y consideraciones sobre un nuevo orden económico mundial, que son tan inconsistentes como la parte crítica. Así, entre otras cosas, se dice que el FMI y el Banco Mundial deberían «establecer un grupo de inspección independiente para dirigir proyectos» (si no es una traducción errónea, habría que explicar qué inspección es la que gestiona). Por otra parte se denuncia la «opaca e inescrutable naturaleza de las operaciones del mercado mundial y del FMI» cuando, al parecer, esas operaciones habían sido desveladas en los primeros capítulos.

El autor termina con una constatación y una amenaza: «El comercio justo tiene un precio. Pero qué duda cabe de que vale más pagar este precio ahora, que el que habría que pagar en el futuro, a causa de un comercio injusto, en términos de desorden, violencia, terrorismo y guerra». En 1974, el autor escribía, en su libro La teoría económica del imperialismo: «En Rusia se han formado excedentes; pero no hay razón para suponer que la planificación soviética no pueda evitar en general la formación de excedentes y asegurar un equilibrio entre ahorros e inversiones o entre oferta y demanda de bienes». (pág. 294 de la edición española). Con igual contundencia y más apoyo factual, ahora podría decir que no hay razón para suponer que el comercio alternativo, para prosperar, necesite cuestionar el entorno en que ahora opera libremente, incluso con facilidades para la colocación de sus productos en el Parlamento Europeo y en otros órganos legislativos. El comercio alternativo puede convivir con el otro, igual que las cooperativas conviven con las sociedades anónimas. El mercado es competencia y cooperación a la vez. Lo que ha de preocuparnos es que la cooperación sea procompetitiva y a favor del consumidor; pero el autor prefiere los cárteles, la seguridad del precio y otros mecanismos, aunque cuesten más al consumidor, que aceptaría ese sobreprecio sin necesidad de que se le confunda. Por lo demás, el autor incurre en la descalificación sistemática, por ejemplo al negar que los campesinos europeos se beneficien de las subvenciones y ayudas comunitarias (deberían ser tontos movilizándose para defender algo que les perjudica). Esta tendencia a la descalificación perjudica a las propias posiciones que el autor defiende y a su oferta de nuevos servicios a los productores del tercer mundo.

El libro añade una bibliografía de ocho autores y nueve libros, todos en castellano, y un glosario con diez entradas.

01/12/1998

 
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