ARTÍCULO

Bajo la figura del señor Agilulfo

Visor, Madrid, 1995
Trad. de Rafael Guardiola
311 págs.
 

Aunque De la mente y otras materias, el último libro traducido del autor de Los lenguajes del arte, no presenta cambios teóricos importantes respecto de Maneras de hacer mundos, Nelson Goodman discute en él, de manera bastante exhaustiva, los puntos más conflictivos de su filosofía.

Goodman, creador de una original teoría filosófica, se considera a sí mismo un relativista radical y defiende que nuestras representaciones del mundo son relativas, pero no a algún marco común o una realidad subsistente. Por el contrario, el mundo es el producto de nuestras representaciones, de distintos modos de conocimiento, clases de discurso y actividades sociales. No existe una descripción previa y neutra de la realidad –por ejemplo, la perceptiva–, a la cual otras más sofisticadas –por ejemplo, la física cuántica– se refieran. En sentido estricto, no hay una realidad más allá de todas nuestras versiones sobre ella. Así, tanto las estrellas, como las bicicletas, son construcciones de nuestros discursos científicos y artísticos y de nuestras percepciones. Mas, ¿cómo se puede llegar a considerar que las estrellas sean construcciones? Partiendo del hecho de que existen diferentes versiones verdaderas del mundo que son incompatibles o irreductibles entre sí. Puesto que un único mundo no podría dejarse describir de modos verdaderos distintos e incompatibles, Goodman concluye que no existe un único fundamento de nuestras representaciones, al cual todas se refieran, sino tantos mundos como versiones correctas. Aún más, si un mundo es una totalidad, es inconsistente hablar de varios mundos/totalidades: «...si hay un mundo, entonces hay muchos, y si hay muchos es que no hay ninguno». El relativismo epistemológico le conduce a un irrealismo ontológico, a la imposibilidad de decidir sobre la existencia misma del (los) mundo(s). El personaje de Italo Calvino, el caballero Agilulfo, que no existe bajo su armadura, es una metáfora de este «mundo-inexistente».

No es sorprendente que el problema semántico de los mundos y los nombres de ficción sea uno de los primeros en la teoría del arte de Goodman; no sólo de la literatura, sino también de las artes visuales. Además, las actividades artísticas, junto a las científicas o las técnicas, crean, no sólo mundos de ficción, sino también el mundo real. Frente a otros discursos que reposan más directamente en la representación, las actividades artísticas construyen el mundo a través de la ejemplificación, la expresión y la metáfora, y por medio de lenguajes densos y repletos, como el de la imagen. El mundo que así se construye no es uno posible, ni uno imaginario, sino el real, aunque surja a través de ficciones, y de las largas cadenas referenciales que las enlazan entre sí y con la experiencia. Aunque no exista respuesta a la pregunta sobre la esencia del arte, las diferentes artes en diferentes medidas y por diferentes medios, tienden a utilizar esos modos de simbolización, convertidos en síntomas de lo artístico. La experiencia estética que resulta consiste en una interpretación compleja y sin fin debido a que, por un lado, las obras de arte «aspiran a reducir la transparencia» del símbolo, concentrándose sobre su forma y, por otro, transforman nuestra percepción de lo real y lo real mismo. La influencia de esta concepción del arte ha sido inmensa y le cabe el honor de ser la más discutida desde hace casi treinta años, cuando se expuso por primera vez en Los lenguajes del arte.

De la mente y otras materias trata de contestar algunas de las preguntas suscitadas en este tiempo. Los temas de la primera parte son el pensamiento, las cosas, y la relación entre el lenguaje y las cosas: la referencia. La segunda está dedicada a la filosofía del arte. El libro termina con una entrevista entre Goodman y dos filósofos belgas, que presenta, de modo informal, lo que parece el intento más específico del libro: responder a las cuestiones surgidas frente a las ideas goodmanianas. Aunque cualquier obra sea resultado de una discusión, un acuerdo o un desacuerdo con otras ideas y, en último término, con otros autores, en este caso el diálogo está expuesto. Esto ha proporcionado una vitalidad al libro de la que a menudo carece el discurso filosófico. Así, las críticas están formuladas en los términos elegidos por quienes las formularon y se contestan las cuestiones que de hecho han interesado a la comunidad filosófica y no las que mejor sirven a la propia teoría. La actitud de Goodman se anuncia ya en el título del libro. De la mente y otras materias es la traducción de On Mind and Other Matters, una expresión ambigua que alude a la importancia de los asuntos en cuestión. Pues bien, la postura de Goodman consiste en señalar que quizá lo que preocupe sean la mente y la materia, y si la mente es materia o si la materia es mente, sea lo que sea lo que esto signifique. Pero si eso preocupa, también son asuntos importantes el arte y las obras de arte en concreto, la educación y la gestión artísticas. Si importa la teoría, también la práctica. Si lo literal, también la metáfora. Si los discursos sobre la realidad, también la ficción. En todo caso, la diferencia no puede ser de prioridad ontológica: el significado de «arte» sólo es el conjunto de obras de arte; la teoría es válida sólo si se sustenta en determinadas prácticas; la metáfora no es vicaria de la literalidad, sino que, frente a ella, también «trabaja de noche».

Las opiniones de Goodman son tan incómodas cuando se trata de criticar el materialismo como un sinsentido como cuando critica la concepción habitual y la falta de funcionalidad de la mayoría de los museos. Las páginas sobre su participación en el Proyecto Cero –de educación artística en la Universidad de Harvard– ilustran esta faceta práctica más desconocida del autor. A ella hay que añadir su actividad como artista. En 1972, presentó en Cambridge, Massachusetts, su obra multimedia Una visión del hockey: una pesailla en tres tiempos y una muerte súbita. A partir de una serie de dibujos sobre el hockey, de Katherine Sturgis, encargó la realización de una pieza musical y una coreografía. Goodman pretendía poner en relación diferentes discursos y medios y utilizarlos para transmitir simultáneamente significados diversos. Pero su intención no era sólo ilustrar una teoría acerca del arte y los símbolos, sino crear una obra que funcionara como una verdadera obra de arte: proporcionando, entre otras cosas, una forma original de enfrentarse al mundo, escuchar música y ver la danza y el hockey. El interesado español no puede juzgar sobre sus logros artísticos pero tiene a mano una excelente ocasión para disfrutar de su prosa filosófica.

01/04/1997

 
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