ARTÍCULO

Oscuras pasiones de guante blanco

Salto de Página, Madrid
256 pp. 19,50 €
 

Definitivamente, el cuento vive un momento dulce. Al menos así lo certifican la consolidación de algunas editoriales pequeñas dedicadas total o parcialmente a promover la narrativa breve, el inusitado número de antologías que ha visto la luz –con motivaciones diversas y desigual tino– en los últimos tiempos y el protagonismo que el género ha adquirido en los blogs literarios más populares. Si se atiende a la nómina de cuentistas noveles que se han dado a conocer a través de Internet o a las muchas plataformas de la web en que se reseñan relatos, se entrevista a sus autores e incluso se manifiestan sus poéticas y las de sus maestros, tendremos que declarar, en efecto, el estado de entusiasmo.
No obstante, el opulento escaparate que ofrece la Red, más dada a la promoción eufórica que al tamiz crítico, oculta sinergias que pueden explicar el profuso resurgimiento del cuento desde una perspectiva más realista, menos literaria. Basta con observar la ruta de la endogamia que sigue la mayoría de textos, encomios y comentos, la ligereza con que suele despacharse el veredicto estético o los argumentos teóricos que esgrimen los diletantes (el nombre de Raymond Carver, por ejemplo, debería gozar del privilegio del canon). Da la sensación de que la pregonada buena salud del género lo es, en gran medida, de la camaradería que lo promociona bajo el dictado de que, a río revuelto, ganancia de pescadores, que para eso la almadraba se ha hecho entre todos.
Mientras, entre la confusión jubilosa y la crítica complaciente, una buena promoción de cuentistas sigue publicando excelentes libros. Jon Bilbao (Asturias, 1972) es uno de esos escritores que, sin hacer ruido, se ha ganado un puesto de prestigio en la galaxia digital y entre los lectores más exigentes. Sus relatos quedan bien en cualquier antología, pero su mundo literario tiene la coherencia y la complejidad suficientes como para no vararse en el sello de autor. De hecho, aunque la trayectoria narrativa del asturiano es breve aún, puede apreciarse ya que su escritura, sin renunciar a unas líneas maestras bien definidas, se nutre fundamentalmente de su habilidad para jugar con lo previsible. Bajo el influjo del cometa, su último libro de cuentos, constituye una garantía para los lectores de su novela El hermano de las moscas y de los relatos de Como una historia de terror (Premio Ojo Crítico de Narrativa en 2008) de que ese universo narrativo puede tener un recorrido largo.
Tal vez la mejor prueba de ello es que Jon Bilbao ha sido capaz de dotar a este último volumen, como al anterior, de un valor global que trasciende al de la suma de cada una de sus piezas, y eso es algo que no depende tanto de la cohesión del conjunto como de la coherencia que mantienen todas ellas con un imaginario fértil. Es cierto que Bajo el influjo del cometa está vertebrado por una serie de temas y motivos recurrentes: las relaciones de pareja que comienzan a pender de un hilo –no siempre honorable–, el inquietante papel de los animales como resortes de la conciencia humana o las pulsiones sexuales que para algunos personajes pueden mover, más que el amor, el sol y las otras estrellas. Una atmósfera común, que no depende de la localización particular de las historias, envuelve, además, todos estos cuentos. Se trata casi de un clima, definido por un trazo más limpio que sórdido pero que, como en algunos cuadros de Edward Hopper o en las fotografías de Gregory Crewdson, propone un territorio en el que cohabitan el equilibrio y la agitación anímica con una naturalidad rigurosa.
Sin embargo, para el lector atento es evidente que estos mecanismos de cohesión o de ambientación no se ofrecen como prebendas para la comodidad; más bien al contrario, se le reta desde el principio a cuestionar su propio punto de vista (literario y moral). Así ocurre, por ejemplo, en el primer cuento, «Los espías», en el que una pareja atestigua que cuando las pulsiones voyeuristas se desbocan, el autoconocimiento carga sin remedio con la pena de Tántalo. Del mismo modo, el protagonista de «Un padre, un hijo», uno de los mejores relatos del volumen, tiene que desandar con su progenitor, como en un rito de paso inverso, el camino de las convenciones sociales y familiares, en una road movie rural delirante.
Que el mensaje que subyace en todos estos cuentos no sólo sea inquietante, sino también perturbador, radica en que el motor de las peripecias no responde tanto al azar (la sospecha de lo fantástico sólo es un MacGuffin) o a la necesidad racional de los personajes como a una oscura corriente interna que les lleva a lanzarse a un abismo que, a priori, no tienen ninguna necesidad de abrazar. Una huida hacia delante es lo que, por ejemplo, impulsa al matrimonio feliz de «Yo soy el dueño de ese perro» –un cuento de antología– a embarcarse en una escabrosa peripecia; y ese mismo movimiento alienta la cleptomanía de la modélica pareja del relato que da título al libro o hace que los amantes de «Una victoria parcial» continúen huyendo de sí mismos para no encontrarse en un callejón sin salida.
El desarrollo de las pasiones late en estos cuentos sin estridencias, bajo la superficie de la normalidad, pero lo que, en mi opinión, resulta más interesante es que se otorgue a esas perversiones y actitudes reprobables la capacidad, si no la garantía, de conducir a quienes las albergan a un lugar luminoso. Es entonces cuando se percibe que John Cheever es el más notable ascendiente de estas páginas.
El gran reto al que se enfrenta Jon Bilbao consiste en articular en un reducido espacio ese complejo movimiento interior de los personajes y, al mismo tiempo, invitar al lector a que asuma que «No tiene por qué haber explicaciones. Y en caso de que existan no han de ser necesariamente útiles». Me parece que su acierto en este sentido consiste en evitar, por un lado, la redundancia simbólica y los finales sorprendentes con moraleja, que simplificarían la humanidad de las criaturas y, por otro, en huir de esa corrección de algunos cuentos de taller que confunden el poder de sugerencia de la elipsis con la utilidad del minimalismo mobiliario.
Jon Bilbao opera por acumulación. La extensión de los relatos –parece que la medida de las treinta páginas no está obsoleta– y el buen pulso narrativo permiten que los subgéneros, los tópicos temáticos o los escenarios reconocibles generen horizontes de expectativas (una maestra abandonada por su novio participa en la búsqueda de un alumno desaparecido en un pueblo costero, una periodista se retira a la montaña para encontrarse a sí misma y recibe las visitas de un zorro) para que la confusa peripecia psicológica vaya permeando el relato con una verdad más potente.
El riesgo de este planteamiento es que exige un equilibrio que, cuando falla, como en el último de los relatos, delimita demasiado esos dos mundos, dando cancha a la previsibilidad. En la mayoría de los casos, en cambio, la orquestación precisa de las técnicas narrativas (contrapuntos, resúmenes, digresiones, juegos con los tiempos de la historia y del relato) evita esas fisuras sin que se contravengan por ello los preceptos de densidad y precisión que proverbialmente se atribuyen al género. Jon Bilbao demuestra en Bajo el influjo del cometa que la prosa inteligente no entiende de clichés genéricos, quizá porque en el alma de los personajes –en palabras de Thelonious Monk– «Siempre es de noche; si no, no necesitaríamos la luz».

01/01/2011

 
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