ARTÍCULO

Azar de nombres

Edhasa, Barcelona, 288 págs.
 

En línea con otras novelas en las que la guerra, la disciplina militar y la epopeya cotidiana de la supervivencia aparecen como telón de fondo (En el ejército del faraón de Tobias Wolff, por ejemplo), el protagonista de Memoria de soldado es un joven de origen rural, apasionado naturalista, que se ve obligado a participar en una guerra civil que le resulta incomprensible. Desde este curioso personaje aborda Alfredo Conde (Allariz, Ourense, 1945) el absurdo extremo y la violencia de la guerra, así como las reacciones del hombre ante las situaciones adversas.

Como en toda guerra, hay en ésta dos bandos: «los nuestros» y «los otros», los de Oldn y los de Eol (nombres ficticios ya que la novela, a pesar de basarse en los recuerdos de un soldado que existió en la vida real, se sitúa en un espacio y un tiempo imprecisos). Pero en este caso, no estamos ante dos bloques perfectamente definidos (los buenos no son «muy buenos» y los malos, «muy malos», cosa que es muy de agradecer en literatura). Precisamente, lo original de esta novela es este relativismo moral tan próximo a la realidad: con frecuencia, el protagonista se pregunta si el enemigo lo es realmente y se producen situaciones ridículas como que su propio primo esté en el otro bando, que las banderas tengan los mismos colores, o que los oficiales hayan estudiado en las mismas academias y sean amigos. Como diría Shakespeare en el famoso pasaje en que Julieta habla como si lo que le separa de Romeo no fuera la enemistad de sus familias, sino un azar de nombres sin realidad propia: «Sólo tu nombre es mi enemigo. Tú eres tú mismo, seas Montesco o no».

Porque la guerra es, según Conde, «un continuo propinarse puñetazos en el mismo rostro», un despropósito en la normal existencia cuyas leyes son incomprensibles. Y la guerra hace aflorar en nosotros unos sentimientos que esta novela refleja a la perfección: la indefensión, el miedo a la muerte, el instinto de supervivencia, la violencia connatural al hombre, la soledad, la humillación y el dolor (aunque «no debe de haber dolor que alguien no sea capaz de transformar en goce»). Y para mostrar todo esto, el protagonista se vale continuamente de su pasión por los insectos: «Las dejé vivir –dice refiriéndose a unas cucarachas a las que deja huir–; cuando lo recuerdo creo que siento compasión por mí mismo, pues pienso si mi supuesta benevolencia y mi pretendida bondad no estarían encaminadas a lavar la conciencia de mi especie». O, cuando contemplando los aeroplanos que sobrevuelan la ciudad y que perfectamente pueden ser de un bando u otro, compara su vuelo con el de una extraña e inclasificable mariposa.

Del personaje protagonista (ahora un viejo que recupera los recuerdos narrándolos en primera persona) sabemos también que es una persona sensible y débil, posiblemente homosexual (aunque se deja acariciar por el sargento, nada nos asegura que no sea más que un momento de debilidad emocional), que va evolucionando y aprende a lo largo de la novela. Así, al final del libro, a punto de ser ejecutado por su propia gente, decide romper con la absurda situación en la que se encuentra, dar el «salto definitivo y brutal, enorme, que me catapultó sobre las copas de los árboles». A través de este personaje, Conde extrae toda la heroicidad que hay en el hecho mismo de vivir, de soportar el día a día en tiempos de guerra.

Sin embargo, lo que no acaba de encajar con el personaje –y esto, me temo, arroja consecuencias negativas sobre el conjunto de la novela– es su discurso. Aunque con cierto esfuerzo, podemos llegar a aceptar que un hombre de origen rural sepa el nombre de las distintas variedades de mariposas, cucarachas y piojos en latín, y que además acuda para informarse y aprender a unos Cuadernos de Historia Natural escritos en francés que su abuela le trajo de París «en uno de sus viajes» (de repente, la abuela es viajera). Lo que ocurre es que esta erudición, unido al abuso de ciertos giros y expresiones («se le antoja», por ejemplo, que aparece reiteradamente) o adjetivos de un registro elevado como «oprobioso», en medio de alguna que otra incorrección lingüística («mi estatura era más alta que la media, incluso esbelta»), acaban haciendo que la voz narrativa resulte poco creíble. 

Alfredo Conde prescinde prácticamente del diálogo, optando en esta novela por un discurso indirecto que, en ocasiones, no queda bien resuelto. Por ejemplo, cuando aparece el relato de los seis compañeros que han sido hechos prisioneros y que son interrogados por el teniente (pág. 127) no se ve claro si la vivencia ha sido de los compañeros o del propio protagonista que ahora da cuenta de ella. Otras veces, quizá debido a la traducción (Memoria desoldado apareció publicada por primera vez en la primavera del año 2002 en gallego y fue traducida al castellano por el propio autor), la construcción de las frases resulta un tanto extraña (por ejemplo, en la pág. 86, «si las órdenes que el cabo nos transmitía las fuese dando a la par que otra media docena de iguales a él, éstas devaluarían a los transmisores hasta reducirlos a su verdadera dimensión»). Esto, unido al hecho de que la trama es casi inexistente (el protagonista va pasando de una situación a otra sin otro hilo conductor que el absurdo de la guerra) y la tensión del relato mínima, hacen que la lectura produzca, sobre todo al principio, una sensación de irritante desasosiego.

La novela, como otras de este autor, guarda una cierta línea de humor. Pero en este caso se trata de un humor negro, en ocasiones surrealista que, en lugar de utilizarse como vía de escape, dota al texto de una mayor solemnidad. Es curioso cómo, a medida que avanza la novela (y, con ella, la perplejidad y el desbarajuste emocional del personaje), se suceden las escenas absurdas: el mismo sargento que le acaricia, le ordena ponerse a picar la tierra para enterrar a los muertos que ya empiezan a oler; ambos bandos tienen como misión procurar que el contrario no vuele el mismísimo viaducto ferroviario, o, con objeto de convencer al enemigo de una superioridad inexistente, el protagonista, junto con otros soldados, se hace prisionero de su propio bando y simula una ejecución que llega al extremo de hacerse real.

He de decir, sin embargo, que a pesar del desajuste entre discurso y personaje, la voluntad de denuncia queda clara. Si El grifón, la novela más conocida de Alfredo Conde, es un alegato a favor de la libertad en época de la Inquisición española, Memoria de soldado lo es así mismo, pero al servicio del antibelicismo y de la ecología. El lector consigue llegar a sentir la miseria humana, el espanto y la irracionalidad de la guerra, y no precisamente porque el autor lo proclame de manera evidente y marchosa (cosa que, seguramente, acabaría por convertir la novela en un panfleto antimilitarista), sino porque se desprende de la propia historia de manera natural. En este sentido, este libro sí hallará sus lectores, sobre todo en aquellos que hayan hecho el servicio militar o vivido una guerra.

Alfredo Conde es quizá el autor más activo de las actuales letras gallegas. Además de su actividad política y periodística, de ser autor de cuentos y de poesía, ha publicado, entre otras, las novelas Breixo (Premio de la Crítica), Memoria de Noa (Premio Chitón y Premio Ícaro), Losotros días (Premio Nadal), Peregrino en invierno, Azul cobalto, Siempre me matan, Música sacra y Elgrifón (Premio Blanco Amor, Premio Crítica, Premio Nacional de Literatura y Premio Cavour), que han sido traducidas a diversas lenguas.

01/09/2003

 
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