ARTÍCULO

Baroja en guerra

Caro Raggio, 1997
240 págs.
 


En 1939 publicaba en Santiago de Chile la editorial Ercilla una colección de artículos y ensayos escritos por Pío Baroja durante el exilio de guerra que le tuvo malviviendo en Francia, con alguna breve estancia en Suiza, en casa de su amigo Paul Schmidt. La reedición de 1940, con las correcciones que el autor anotó en el ejemplar conservado en la biblioteca familiar de Itzea, es la que ahora presenta Caro Raggio, la editorial fundada por el cuñado del novelista y recuperada por su sobrino, Pío Caro Baroja. Ayer y hoy aparece ahora con el subtítulo de Memorias y con la misma portada (el retrato de perfil del novelista, obra de su hermano Ricardo, que figura en su ex libris) que los siete volúmenes de Desde la última vuelta del camino, las memorias que escribió Baroja al final de su vida, después de acabada la guerra civil, en la edición de sus obras completas de Caro Raggio.

La insurrección militar sorprende a Baroja en su casa de Vera de Bidasoa, donde cada año se refugia de Madrid con su familia desde la primavera hasta que el frío y la humedad del pirineo atlántico le devuelve a la meseta. El novelista está atento a los acontecimientos y con la curiosidad de estudiarlos sobre el terreno. Un día los republicanos se acercan hasta Vera y se marchan enseguida. Al siguiente avanza una columna de requetés desde Pamplona y Baroja decide acompañar al doctor Ochoteco, el médico de Vera, hasta Santesteban, en la vertiente húmeda del puerto de Velate, para observar sus evoluciones. Cuando avanzan entre el convoy, Baroja es reconocido y detenido. Se habla de fusilamiento. El autor, uno de los demonios del clericalismo carlista navarro, comprende la gravedad de la situación. Es un militar, el conde de Lloevera, más tarde duque de la Torre, lector suyo, quien le saca del aprieto en el que le ha colocado el celo de algún oficial secundado por la tropa fanatizada. Tras una noche recluido en un calabozo para su mayor seguridad, es puesto en libertad y regresa a casa. Después de comer sale camino de Francia a pie, acompañado hasta cerca de la frontera por su sobrino Julio, aunque este hecho se oculta para no comprometer al entonces estudiante en edad de quintas. Un francés, turista de guerra, le pasa en su automóvil y el carabinero fronterizo que le reconoce y sabe de su detención, en uno de esos gestos de humanidad para los que la soledad es más propicia que la asamblea (cosas de la bondad social) decide hacer la vista gorda: no quiere hacerle mal a nadie.

El libro reúne recuerdos y divagaciones, como también ocurre en las memorias y en algunos de sus ensayos. Pero en Ayer y hoy se da una coincidencia que multiplica su interés: Baroja está viviendo, como protagonista, un episodio sintomático de la guerra civil, y lo está viviendo en los mismos paisajes y con actores de la misma estirpe que aquellos otros que tantas veces describió en sus Memorias de un hombre de acción. Su capacidad de narrador se conjuga con su proverbial sinceridad y su horror a la cosmética del recuerdo para ponernos delante de una escena tan triste como tantas otras de aquellos años.

No se llame nadie a engaño. El lance le afecta en rabia y en asco, pero ni le enturbia la vista ni le distrae de lo que, a esas alturas de la vida, es ya para él algo más que una máxima literaria: ver en lo que es, pasear el espejo a lo largo del camino. Y pasearlo en solitario. En su exilio francés, que nos relata aquí así como en otra colección de artículos, Aquí París, y del que encontramos huella en dos grandes novelas femeninas, Susana y los cazadores de moscas y Laura o la soledad sin remedio, repasa Baroja los antecedentes de la guerra y, en menor medida, su desarrollo. Cuando se proclama la República Baroja sale a la calle para recoger impresiones, escucha a los reporteros recién llegados de Palacio en la redacción de un periódico, habla con los manifestantes que vuelven de la Puerta del Sol o de la Plaza de Oriente y mira, observa. Luego lo cuenta en su novela El cabo de las tormentas, dentro de la trilogía La selva oscura, de tono documental. Esta trilogía contiene la visión de Baroja de los años anteriores a la guerra y está escrita antes de su estallido. El escritor duda que los políticos republicanos sean capaces de enderezar nada. Desde el primer día percibe en ellos un tono de provocación y chulería que no va acompañado de una energía para la acción con fuerza suficiente para respaldar las transformaciones a las que se comprometen. Entre los republicanos más liberales o moderados sobresale el tipo de profesor, de funcionario o de ateneísta que no parece el más apropiado para manejarse con las proclamas incendiarias que van llenando la calle. Son tipos a los que les cuadra más una tarea gris y protocolaria, adornada en una tertulia literaria, que bregar con un país de ánimos encendidos en el que los obreros de las ciudades y los campesinos del sur y del levante se van sumando a las organizaciones revolucionarias y donde propietarios e Iglesia se sienten amenazados, pero no por ello menos poderosos. Baroja presagia un porvenir sombrío. Ayer y hoy es la crónica amarga de su confirmación.

La guerra desata los instintos criminales de resentidos, psicópatas y ventajistas en un ambiente de estupidez generalizada. «O conmigo o contra mí», ese es el lema dominante y que Baroja intuye ya en el pistolerismo de ambos bandos y en las consignas periodísticas de los meses anteriores. Como por ensalmo, todo se vuelve política, política además de bandos, en blanco y negro, sin espacio para el matiz, para la duda. En los discursos de uno y otro signo, el individuo se diluye. Sólo queda sitio para la masa, para la clase, para la verdad definitiva. Y en esa borrachera de palabras en la que se concretan los excesos ideológicos del momento, ahí donde muchos ven un futuro con brillo de acero, Baroja no ve más que la muerte de un mundo contra el que se reveló su juventud pero que ahora recuerda con una nostalgia otoñal: el mundo finisecular de Las noches del Buen Retiro, una de sus más bellas novelas, el mundo, al fin y al cabo, del siglo XIX, siglo fuerte y abierto en el pensamiento, la ciencia y la literatura. La vejez y los desastres le anclan a su recuerdo, por el que tiempo atrás su amigo Antonio Machado le supo la querencia: «De la rosa romántica, en la nieve, / él ha visto caer la última hoja».

¡Qué contraste el de aquella sociedad variopinta, galante y liberal con un país y un continente cubierto de consignas y simplificaciones, de maneras bruscas y de miradas hostiles para un escritor solitario e independiente! «Ni lo uno ni lo otro», opone Baroja al «conmigo o contra mí». En todo caso, ni una brizna de entusiasmo por ninguno de los contendientes ni por nada de lo que representan. En una de las últimas novelas de las Memorias de un hombre de acción, Aviraneta, el conspirador liberal, se encuentra en el París de mediados del siglo pasado con grupos que preparan un movimiento socialista en Francia. De golpe, el aventurero se siente viejo, incapaz de sentir inclinación alguna hacia esa causa. Lo suyo es la libertad, la libertad de moverse de aquí para allá a su placer, la libertad para creer o no creer lo que le venga en gana, la libertad, sobre todo, de pensar. Una libertad que, intuye, se va quedando vieja. Por boca de Aviraneta habla su pariente Pío Baroja. Y cuando al novelista no le queda más remedio que hablar por boca propia de lo que él, portavoz sin pretenderlo de otros muchos reacios a embrutecerse en unas siglas, ha sufrido en propia carne, hace un inventario desordenado por la amargura del estado de los tiempos: fanatismo, lugar común, vulgarización de las costumbres, idealismo de bajos vuelos, desprecio del criterio individual. Nada que dé esperanzas. Mala vejez.

Ayer y hoy es un libro presidido por esta amargura. Tiene un indudable interés autobiográfico, y por ese motivo lo ha colocado el editor al lado de las memorias. Contiene un análisis político de fuerte independencia, que molestará sin duda a tirios y troyanos, siempre que avancen por sus páginas sin más curiosidad que la de situar a Baroja a la derecha o a la izquierda, porque no les resultará nada fácil la tarea. Pedanteando un poco más, podríamos decir que el pensamiento de Baroja y la rosa de los vientos de la política periodística no son cantidades homogéneas. No hay manera de mezclarlas ni va en ello provecho alguno. Sorprenderá también no encontrar en esta obra ni un ápice de cantar de gesta, a pesar de que nuestra guerra se convirtió desde sus inicios en pasión artística y en tópico literario universal. Para Baroja nada había que cantar, pero sí mucho que lamentar. Qué corregir, y cómo, era una preocupación que le encontraba viejo, cansado y solo. Además, nunca fue amigo de los proyectistas de salón, de los políticos de papel. Valga como muestra el breve ensayo sobre la tradición española de los arbitristas y los reformadores, que sirve de genealogía del fracaso de la clase política republicana en la interpretación sincera y robusta del novelista vasco.

01/09/1998

 
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