ARTÍCULO

Lecciones de rencor

Anagrama, Barcelona, 1996
430
 

En 1974, el trotamundos o trotaciudades Jesús Pardo, conocido periodista, decide instalarse en Madrid para iniciar, a sus casi cincuenta años, una nueva carrera, la de novelista. Empieza a publicar una serie de novelas de marcado carácter autobiográfico (Ahora es preciso morir, Ramas secas del pasado, Cantidades discretas, Eclipses), en las que a la reconstrucción de su propia vida se une un duro retrato del conformismo de la época, empezando por el de la propia familia. Podría decirse que Autorretrato sin retoques es recapitulación y epílogo, en forma de memorias, de su mundo ficticio. Literariamente, es el resultado de tres experiencias: la del género propiamente dicho, al que Pardo se atiene con admirable rigor, la del pragmatismo periodístico, donde lo más urgente es comunicar un mensaje con la mayor eficacia sin olvidar el imprescindible efecto dramático y la del creador capaz de organizar un universo dramático y de convertir a las personas en personajes y las acciones en aventuras, lo que le permite afirmar, por ejemplo, que «he tratado de reconstruir a Patricia Soubrey en una de mis novelas y me salió bastante bien, aunque por supuesto no es ella».

Vitalmente el libro reconstruye cuatro etapas marcadas por cuatro espacios geográficos (El Sardinero, Santander, Madrid y Londres) en una evolución cronológica que a modo de desarrollo narrativo va marcando la lenta y contradictoria formación de una personalidad. El protagonista (vergonzante sentimental e impúdicamente rencoroso, fantasioso cuando no descaradamente mentiroso, irresponsable, esnob, obsesionado por la lectura y la escritura narcisista y hedonista, destructivo y autodestructivo) es inconfundiblemente él mismo. Al interés creado por un personaje que nos irrita tanto como nos inquieta y fascina, se une un desarrollo dramático marcado por tres tiempos narrativos: el casi inmóvil de una inmadurez que acaba por parecer crónica, el cada vez más acelerado proceso de deterioro y hundimiento y lo que, solamente insinuado, parece llevar a la catarsis o redención: el regreso a Madrid, tras la liberadora experiencia de Londres. Un mismo personaje que vive en distintos ambientes y que, por lo tanto, reacciona ante distintas experiencias con parecido desprecio o pasión, cuando no con la apasionada indiferencia del egoísta enfermizo.

Autorretrato sin retoques es un libro desconcertante por dos razones. Desde el punto de vista narrativo, cada una de las cuatro partes es distinta: del mundo familiar pasamos al mundo de las amistades y de los contactos sociales y, finalmente, al de la pasión amorosa, las relaciones matrimoniales y las relaciones de amantes. Los desplazamientos geográficos se unen a los sociales y, lógicamente, a las distitnas edades del personaje. Desde el punto de vista moral, Pardo es inmisericorde con la sociedad que retrata porque es inmisericorde consigo mismo. El lector no sólo participa activamente, diría que dramáticamente, sino que se da cuenta de que el escritor le ha tendido una trampa: al desenmascararse sin pudor, parece exigirnos que también nosotros nos desenmascaremos o, peor todavía, parece sugerir que formamos parte de ese mundo que desprecia con el implacable rigor del moralista. El libro se convierte de este modo no sólo en el feroz retrato de una sociedad, la española de la posguerra, presencia dominante incluso en Londres, sino en un retrato moral, mejor dicho, en el retrato de una sociedad, la franquista, moralista y amoral cuando no inmoral. Las memorias se convierten así en un espejo inquietante.

Los excesos del narrador delatan, pues, la mediocridad ajena. En realidad Pardo no habla tanto de una vida excepcional como de una sensibilidad excepcional. Su mundo es el nuestro, lo que son distintas son sus reacciones, vividas desde la pasión, desde el pesimismo y desde el humor generalmente destructivo o autodestructivo. Hay asimismo una sistemática desacralización: de la familia, de la amistad, del amor, de la religión y del patriotismo. Pero Autorretrato sin retoques no puede entenderse como las memorias de un rebelde ante una sociedad conformista. Son, por el contrario, las memorias de un espíritu genuinamente inconformista que trata de liberarse de unas convenciones tan poderosamente arraigadas en él que acaban por formar parte de su personalidad. Como tantos escritores e intelectuales de la época (los que pululan por el Madrid de la tercera parte de las memorias), vive en una permanente contradicción cuando no en una radical escisión.

Esta escisión aparece ya en la primera parte del libro, donde se nos habla de su infancia, pubertad y primera adolescencia en El Sardinero: «Sólo la tumba podrá sacarme de mi eterna infancia sardinerina y madurarme de una vez». Mientras que Santander era «una ciudad atroz (...) Una ciudad agresivamente ocupada por su propia burguesía tenaz». Y si «tía Curra y su casa me hicieron lo que soy», la mayoría de sus familiares llevaban vidas parasíticas «y tan banales e innecesarias como cotidianas y acertadas sus muertes», mientras que la madre «está en plena posesión de su zafiedad y tosquedad innatas. Su conversación era una sarta de ordinarieces». Ya de pequeño es considerado por sus parientes «como niño estrafalario, oveja ennegrecida». Lo que explica la progresiva frustración y lo que él llama «mis ácidos mentales, cada vez más corrosivos».

De ahí surge uno de los aspectos más fascinantes del libro: los feroces retratos que constituyen la caricatura de una época: la fauna de escritores del Café Gijón, la fauna periodística, la fauna política. La estancia en Londres es una huida y en Londres encontrará simultáneamente la libertad y la necesaria destrucción o inmolación. Un Pardo equipado ya para escribir las novelas que soñó desde que tenía uso de razón y estas audaces, divertidas y trágicas memorias.

01/12/1996

 
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