ARTÍCULO

La roquera piadosa. La afamada vida de Patti Smith

Lumen, Barcelona
Trad. de Rosa Pérez
294 pp. 21,90 €
 

Siempre me han gustado las canciones de Patti Smith (sobre todo las de los álbumes Easter y Horses), su voz un poco rauca, su estilo salmódico, pero nunca la he visto actuar en vivo. En vivo la vi sólo a la muerte de Susan Sontag, enterrada en París el 17 de enero del año 2005 en un acto que Smith podría haber narrado bien, de haber llegado a tiempo ese luto, en este libro. Había muchas celebrities en el cementerio de Montparnasse aquella mañana de frío medular y cielo en sombra, y estando allí Salman Rushdie (sin escolta visible), Ian McEwan, las actrices Fiona Shaw e Isabelle Huppert (que leyó en francés textos de Baudelaire, Beckett y Barthes elegidos por David Rieff, hijo de Sontag), Bob Wilson, Lucinda Childs, Annie Leibovitz y Christian Bourgois, yo no quité mis ojos durante la ceremonia de una figura pequeña y delgada, con gabán corto, pantalones ceñidos y sombrero negro de ala ancha, que se mantenía a distancia de la tumba. Parecía una réplica de Bob Dylan, y no sólo por el atuendo vaquero; en la cara femenina destacaban los pelos de un bigote y unas gafas oscuras y redondas. Al principio me dejé llevar por ese rechazo que uno siente (excepto consigo mismo) al ver lo mal que el tiempo suele portarse con el físico humano, pero luego, cuando estuve seguro de que aquella reencarnación del personaje de Dylan en el western de Peckinpah Pat Garrett y Billy the Kid era Patti Smith, me puse mucho más positivo: he ahí una mujer de sesenta años que, sin perder la belleza ni el instinto del dandy, ha perdido la coquetería de la depilación.
Las fotos que ilustran Éramos unos niños muestran a otra Smith, la de su pleno apogeo andrógino, siempre original en el atuendo, siempre estudiada en su descuido o descaro, y con esa mirada suya frontalmente seductora: la mirada de quien ha venido a este mundo a comérselo y lo ha logrado, mientras a su alrededor iban cayendo las víctimas cercanas sacrificadas ante el altar de la vida moderna. Patti ha querido ser toda su vida como Arthur Rimbaud (el Rimbaud primero, aunque le intrigue, como a todos nosotros, el Rimbaud traficante y ágrafo) y, por vía de Rimbaud, Patti se hizo afrancesada en su adolescencia; abundan en el libro los homenajes y citas a la nouvelle vague y a la obra de Genet o Cocteau, y se lee alguna frase tan deliciosamente ingenua como la de su reacción a un pase privado en la Factory neoyorquina de Trash, la emblemática película producida por el propio Warhol: «Quizá no fuera lo bastante francesa para mí», dijo Patti al salir con indiferencia de la sala.
La ingenuidad destaca, y es para mí muy de agradecer, en esta crónica tan libre de prejuicios y cautelas; la narradora, la buena narradora que es Patti Smith, conmueve en muchos momentos –no sólo los trágicos– reconociendo los moldes o secuelas (prudencia, laboriosidad, sentido del deber) dejados en ella por su educación en un hogar convencional del North Side de Chicago, y aún más en la del coprotagonista de esta historia, Robert Mapplethorpe, que, viviendo desde 1967 emparejado con Patti y pronto abierto a la experiencia gay en un Nueva York promiscuo y psicotrópico, seguía siendo el católico hijo de unos padres provincianos a quienes no podía decirles que compartía cuarto con una chica con la que no estaba casado. Cuando el atormentado Robert se inventó una boda con Patti y un viaje nupcial –con falsa postal del Caribe enviada por un amigo cómplice– y Patti se lo reprochó, Mapplethorpe tuvo una reacción colérica. Después visitaron como recién casados a los padres de él, en una muy bien contada escena (página 78) en la que el padre, gélido y lacónico, sólo le dice a su hijo que se corte el pelo: «Pareces una chica». La madre, más acogedora, lleva a Patti al acabar la cena familiar a su dormitorio, donde le da subrepticiamente un poco de dinero y, al ver la mano sin alianza de la chica, le regala un anillo de oro.
No se casaron nunca Patti y Robert, pero su peculiar aunque verdadera historia de amor es el corazón del libro, lo que le da sentido y calado. A veces la futura cantante se deja llevar por el relumbrón de las figuras conocidas, que aparecen, en una suerte de namedropping, demasiado anecdóticamente (y así William Burroughs, Gregory Corso, el propio Andy Warhol, por quien se nota que la autora no siente simpatía). Tienen más densidad e interés los retratos de Janis Joplin, de Allen Ginsberg (quien, tomándola por un chico, la invita a un sándwich en un cafetín, pero luego se hace amigo de ella), de alguna de las fugaces estrellas transexuales de la Factory warholiana, y del millonario Sam Wagstaff, refinado mecenas y coleccionista, protector y amante de Robert, cuya decadencia física anterior a la muerte –a causa también del sida, como la del fotógrafo– cuenta Smith sin truculencia ni sentimentalismo. Especial relieve tiene el largo episodio de su encuentro y relación con el escritor (si bien entonces más conocido en tanto que batería de un grupo rock) Sam Shepard, que aparece siempre fluctuante y esquivo, lo que sin duda hace justicia a tan elusivo e interesante artista. Shepard, que era un hombre casado y padre de un hijo al conocerla, compartió con ella muchas noches en el Chelsea Hotel y escribió un papel para Patti en una obra que, incómodos los dos en el escenario mientras la ensayaban, estrenaron en Nueva York; la obra cerró a los tres días al desaparecer Shepard, y ella abandonaría para siempre su carrera de actriz. En el último encuentro antes de regresar a su vida familiar, el escritor y actor le dio un sobre con dinero y le dijo: «Sabes, los sueños que tenías para mí no eran mis sueños».
El tercer capítulo es el mejor de Éramos unos niños y, en sus más de cien páginas, Smith, mientras nos hace seguir el desarrollo de su original dueto de cámara entre fraternal y sexual con Mapplethorpe, compone a la vez una gran escena coral de los habitantes del Chelsea Hotel, donde la extraña pareja se instaló, en un segundo acto de su romance. La autora logra en su escritura pasajes de auténtico fulgor lírico, como su breve apunte sobre la llegada del hombre a la Luna o, en el arranque del libro, la mención de sus primeros recuerdos borrosos de infancia, «semejantes a huellas dactilares en platos de cristal»; yo prefiero, en cualquier caso, a la memorialista que capta con viveza el espíritu de aquel lugar, descrito como «una casa de muñecas situada en los límites de la realidad, y cada una de su centenar de habitaciones encerraba un pequeño universo». Por los pasillos del hotel se cruza con una Viva perfumada de hombre o ve por la puerta entreabierta de su cuarto el piano de cola de Virgil Thomson, que componía allí pese al alboroto de las correrías. Pero a la soñadora Patti parecen atraerle más los fantasmas sin alojamiento fijo, y de ahí la naturalidad de su evocación de las alcohólicas horas finales de Dylan Thomas, de la lucha a brazo partido de Thomas Wolfe con la página en blanco o del rumor, al que da crédito, de que los baúles dejados por Oscar Wilde languidecían en un sótano inundado periódicamente.
El capítulo quinto, «De la mano de Dios», que lleva el libro a su epílogo fúnebre, tiene un colofón sorprendente. Estamos ya en los años ochenta. Patti, reconocida por unos como poeta, y tenida por la mayoría como emblema aseado del punk, ha salido de un matrimonio infeliz y se ha vuelto a casar con el músico Fred «Sonic» Smith, con quien tendrá dos hijos; Robert, plenamente convertido a la homosexualidad, hace fotografías que no todo el mundo (ni siquiera el del arte) está preparado para aceptar. Ella sigue pensando en él, como si admirara desde la distancia que ahora les separa a quien en todo momento vivió más a fondo el riesgo; mientras ella leía a Genet, escribe ya al poco de conocerle, Mapplethorpe iba convirtiéndose en Genet.
Y de repente, la conmovedora imagen de una pietà. Madre por segunda vez en 1987, Patti vuelve a ver en Nueva York, en su casa y en los hospitales, al ya condenado Robert, que la fotografiará en poses de falsa (o quien sabe si verdadera) ingenua: con su niña de un año en brazos y mirando en otra una mariposa detenida en su mano. El 9 de marzo de 1989 le llega por teléfono la noticia de que Mapplethorpe acaba de morir. Patti, de manera desconcertante en una seguidora de Rimbaud, pone en el tocadiscos el «Vissi d’arte» de Tosca y se deja llevar por un sentimiento de excitación o aceleración, «como si, debido a mi intimidad con Robert, estuviera participando de su nueva aventura, del milagro de su muerte». En los últimos párrafos de Éramos unos niños, la cantante atesora las pocas cosas que le han quedado de Robert (un mechón de pelo, un puñado de sus cenizas, una pandereta de piel de cabra), pero el acto más definitivo es el último recuerdo vivo del amante muerto, «un joven dormido bañado de luz», y «tan sereno como un niño viejo». Y se diría que este libro con el que Patti Smith trata de resucitarlo es como el acogimiento que una enamorada madre le da al cuerpo llagado y exangüe del hijo que más le hizo llorar y más quiso.

01/03/2011

 
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