ARTÍCULO

Experiencias de dos exilios

Tusquets, Barcelona
488 pp. 25 €
 

El autor califica el libro de «memorias», pero la mayoría de sus páginas son autobiográficas. Aunque a menudo se solapen, memorias y autobiografía son dos géneros que conviene distinguir con nitidez. En las memorias se rememoran acontecimientos a los que se ha asistido, como protagonista o como simple testigo, así como personas, relevantes o curiosas, con las que se ha tropezado en la vida, tratando de recuperarlos de la manera más objetiva, por mucho que una visión inevitablemente personal los perciba de manera bastante subjetiva. En cambio, la autobiografía trata de esclarecer cómo se han ido superando contradicciones internas y obstáculos externos, a partir de las limitaciones personales, familiares y sociales que impregnan los orígenes, con el fin de desentrañar la cuestión primordial de quién se ha llegado a ser al final del trayecto, a mayor o menor distancia del que se hubiera querido. Si las memorias pretenden entender el tiempo vivido, la autobiografía desmenuza la historia personal a la búsqueda de una identidad propia.
En este libro que se quiere de memorias se cuelan, sin embargo, muchas páginas autobiográficas. Voy a comentarlas por separado, empezando por estas últimas, no sólo porque son las más abundantes, sino también porque son las que más agarran al lector, aunque al final le dejen tan confuso como desasosegado, con más interrogantes que respuestas. Las autobiografías suelen narrar la ardua ascensión hacia la meta fijada, que se identifica a menudo con una vocación sentida desde la infancia. Montesinos, en cambio, narra la historia de una profunda desorientación, que se mueve en círculo. Comienza preso de la red familiar (su madre era hermana de Federico García Lorca) en un mundo extraño, de la que intenta escapar por los más distintos vericuetos, actividades y profesiones, para acabar plenamente enraizado en el coto familiar, como jefe del clan. «Con la muerte de tío Paco (en mayo de 1976) me había convertido en el varón más viejo de la familia y, sin darme cuenta, sentí que empezaba yo mismo, con gusto, a encarnar ese pasado que no podía olvidar, ni falsear, ni edulcorar, ni disfrazar. Así lo había hecho él y así lo debía seguir haciendo yo» (p. 428).
El lector no se libra de la impresión de que ha estado leyendo las aventuras y desventuras del vástago de una dinastía que ha fracasado en los repetidos intentos de emanciparse con una actividad profesional propia, y que, sólo al heredar el puesto de jefe de la familia, encuentra acomodo. El autor, al menos en una etapa de su vida, se llama a sí mismo «señorito labrador», o en inglés, gentleman farmer, que queda más fino. Como el «señorito» en este caso es un andaluz, entusiasta de las corridas de toros y del flamenco, aunque rompa con el tópico, al declararse «republicano de nacimiento y vocación» (p. 117) y de viejo no sea gran rezador, de alguna forma encaja la denominación de «señorito andaluz», porque lo que caracteriza en el fondo al señorito es la férrea dependencia de una familia, de la que procede posición social y económica. La identidad viene enmarcada por los privilegios, pero también por las obligaciones y deberes que impone la tradición familiar. Antes que arquitecto, profesor o comerciante, se es hijo, nieto, o sobrino de.
Desde el intento fallido del adolescente de huir de casa para vivir por fin en una libertad que no se logra más que dependiendo de uno mismo –la familia «se estaba convirtiendo para mí en una especie de guarida de bichos raros, queridos sí, pero raros» (p. 126)– después «de haber sido cazado, así, sin más, como un pardillo en plena calle», no oculta «el alivio de estar arropado otra vez, de saber que volvía a tener a quién agarrarme» (p. 136). La certeza de disponer de un refugio seguro le permite una y otra vez, al menor escollo, incluso simplemente por desidia o aburrimiento, abandonar lo emprendido y volver a casa. En este continuo escapar para terminar volviendo al redil consiste la historia que nos cuenta.
Con la lejanía es muy consciente de que el primer gran fracaso, prototipo de todos los que vendrán después, fue el haberse dejado «llevar por la corriente sin agarrar el timón, porque no veía puerto y esta falta de control me llevó a tirar la beca por la borda» (p. 153). Una beca ganada por méritos propios, no siempre va a ser así, que le otorgaba el privilegio de estudiar en una universidad norteamericana que entonces –y ahora– se encuentra entre las mejores del mundo, pero que sobre todo le hubiera apartado de la familia que se trasladaba a Madrid. En un medio académico que conocía bien y en el que era bien conocido, con la ayuda y el ejemplo de su tío José Fernández Montesinos, y sobre todo con sus dotes para las lenguas y su sensibilidad literaria, que queda de manifiesto en lo bien escrito que está este su primer libro, hubiera podido llegar a ser un hispanista de renombre. Acercándose a los cincuenta, al flotar otra vez en el vacío, sin saber qué hacer con su vida, cae en la cuenta de que su verdadera vocación hubiera sido la de profesor de literatura, y empieza los estudios de filología hispánica en la Universidad Complutense. Terminada la carrera en 1981, acepta incluso por un año –uno de los más felices de su vida– un puesto de profesor de español suplente en el Knox College, en el Estado de Illinois.
En septiembre de 1951 había vuelto a la España inhóspita de Franco, arropado con sus cinco mujeres, la abuela materna, la madre, Tatabel y las dos hermanas. «Aunque por un lado la vuelta suponía una tabla de salvación para mi naufragio, en realidad era una huida; había salido de España huyendo sin saberlo yo y huyendo salía de Estados Unidos sin saberlo los demás» (p. 161). De la mediocre universidad española logra zafarse gracias a la conspiración estudiantil que lo lleva a la cárcel en abril de 1956. Al año siguiente la familia lo despacha a Alemania con una beca que le proporciona Enrique Beck, el traductor de Lorca al alemán, para estudiar en el Fráncfort en el que a la sazón brillaba la famosa escuela. Pero ni Horkheimer, ni Adorno, ni el joven Habermas le dicen mucho, y empieza a preparar la tesis en la facultad de Derecho. Después de meses de trabajo y de una estancia en París recabando datos, la abandona a la primera crítica de su director. «La guerra civil trajo la huida a Estados Unidos. La pérdida de la beca en el college, el traslado a España. La condena por asociación ilícita, la partida hacia Alemania. Ahora me encontraba, fracasada la tesis, en un nuevo vacío que también se llenó pronto» (p. 272).
Su vinculación familiar y haber pasado por la cárcel, además de su gran inteligencia y simpatía personal, le abren las puertas del sindicato del metal (IGM), donde desarrolla una labor impresionante, primero afiliando a gran cantidad de obreros españoles, luego refundando la UGT en Alemania. Una vez que los de Toulouse le expulsan de la organización por querer llevar los órganos de dirección al interior, promociona en 1965 una Alianza Sindical Obrera (ASO) que quedó bruscamente interrumpida al ser de nuevo encarcelado.
En los años siguientes pasa de éxitos extraños a mayores descalabros. El más sorprendente es que el brillante y operativo líder sindical se convirtiese en ejecutivo de la Spencer Stuart & Associates, una compañía estadounidense especializada en reclutar personal altamente cualificado quitándoselo a otras empresas, lo que en inglés llaman medio en broma head-hunter, «cazador de cabezas», una actividad incluso prohibida en Alemania. Por fin el señorito andaluz tiene un empleo bien pagado, que le permite viajar sin parar, comiendo en los mejores restaurantes y alojándose en los hoteles de lujo. Empero, después de casi cuatro años, «el trabajo empezaba a aburrirme y la posibilidad de viajar, que fue uno de los alicientes para que lo aceptase, había dejado de hacerme ilusión» (p. 413). El sindicalista se pregunta lo que hubiera debido preguntarse al aceptar el puesto: «¿cómo iba yo a convertirme en partícipe del capitalismo yanki?» (p. 404). En diciembre de 1973 abandona hastiado su brillante carrera de alto ejecutivo y regresa a España.
El autor resume muy acertadamente su vida en los siguientes términos. «Se han concatenado extrañamente diversas etapas de mi vida, algunas veces tras un interregnum de incertidumbre en el que, por inercia, he seguido deambulando por ahí como un ciego con los brazos extendidos a ver con qué me topaba. Otras, en cambio, bruscamente, se acababa una y con sólo un momento de vacío surgía otra nueva y muy distinta» (p. 272). Juicio que como un ritornello repite a lo largo del libro: «Empezó una nueva etapa de un desastroso no-saber-a-qué-carta-quedarse que tantas otras veces se había adueñado de mi vida» (p. 374); «Me volví a encontrar en el laberinto de qué hacer con mi vida» (p. 376); «Sin poder hacer otra cosa que no fuera eso, escapar, huir» (p. 390).
Tampoco se le oculta que su comportamiento pudiera estar conectado con su historia amorosa: «¿Para qué pensar en lo que iba a hacer con y de mi vida si no dependía de mí? Puede que fuera este sentimiento de impotencia para afrontar libremente mi circunstancia lo que me impulsaba a buscar, de forma acuciante a veces, la compañía femenina» (p. 122). En la cita se trasluce la conocida conexión entre impotencia vital y donjuanismo: al carecer de un proyecto personal, los repentinos enamoramientos no le llevan a una relación que pueda asentarse en una vida común. A sus amores se refiere siempre de pasada, reducidos a una serie de nombres –Myra, Maureen, Barbara, Marianne, Arlette–, sin que, fuera de algunos rasgos físicos, quepa individualizar el perfil psicológico y el tipo de vínculo que ha mantenido con cada una, ni siquiera con Caroline, con la que la relación duró diez años. Llama la atención el hecho de que en la lista no se encuentre ninguna española –ya su tío Pepe le advirtió de que «el lema de las jóvenes españolas es mírame y no me toques, pero dime algo» (p. 169)–, así como el que haya sido una española el gran amor liberador en el que encuentra al fin una armonía feliz.
Se comprende que este no saber qué hacer con la vida, expresión de una profunda neurosis, desencadenase una depresión que le obligó «unos cuantos meses a tres sesiones de diván semanales» (p. 395). Nada se dice de los traumas a los que tuvo que enfrentarse, ni lo que supuso el psicoanálisis en la recuperación del control de su vida. Cierto que toda autobiografía acota un ámbito de intimidad que el autor se reserva, pero extraña que haya decidido escribir la historia de sus múltiples escapadas, dejando una buena cantidad de pistas sobre sus causas profundas, pero haya omitido sistemáticamente encararse con el problema de fondo. Hubiera sido otro libro, pero de enorme interés, la historia pormenorizada de cómo se libra uno de una neurosis familiar.
Si la autobiografía que nos ofrece se revela un sutil ejercicio de ocultamiento de todo lo esencial, lo peor es que aniquila unas memorias que habrían sido del máximo interés si se hubiera centrado en buscar el sentido de lo vivido más allá de la incidencia que haya tenido sobre su persona. Primero en la familia, y luego en sus actividades sindicales y políticas, ha estado cerca de personas sobre las que le hubiéramos agradecido que nos hubiera enriquecido con conocimientos y detalles que no se encuentran en las biografías oficiales. Menciona una visita de Juan Ramón Jiménez y Zenobia a su familia, pero nada dice del recuerdo que dejó en el niño. Nos muestra el cariño y admiración que sintió por don Fernando de los Ríos, pero echamos de menos un retrato que nos lo acerque a quienes no lo conocimos. Subraya lo mucho que quiere a Hans Matthöffer, del que se muestra eternamente agradecido, pero dudo que los lectores que no sepan quién fue saquen una idea clara de la persona y del político. Viajó con Felipe González a Alemania, pero ni una sola línea sobre la impresión que le causó. Así cabría continuar con otros muchos nombres. El que mejor describe, tal como lo hubiéramos esperado en otros casos, colocándolo muy cerca del lector, es el abuelo materno: «¡Manolo, la radio!», deseoso de que el nieto le traduzca del inglés las noticias del avance aliado.
Las mejores páginas del memorialista son las que dedica a su socialización neoyorquina, ese vivir escindido entre la cultura del país de acogida y la familiar que, de puertas adentro, se conserva enlatada. Con razón se siente partícipe del destino de sus amigos judíos que viven la misma dualidad, que en el fondo caracteriza a los inmigrantes que no se dejan asimilar, como ocurre hoy con los turcos en Alemania. De alguna manera late en el fondo de su alma la nostalgia por el norteamericano cabal que la obsesión familiar le impidió llegar a ser.
Para el historiador, las páginas de mayor interés son las que dedica a la actividad sindical, tan atinada y exitosa. En cuanto «acérrimos defensores de la reestructuración de las organizaciones en el interior y de que las organizaciones en el exilio se convirtiesen en meros instrumentos ancilares, en vez de directores» (p. 343), se adelantaron a Suresnes. Pero lo narra con el distanciamiento que impone no haberse hecho la pregunta, tan dura como pertinente, de cómo es posible que, al enfrentarse con los primeros obstáculos –el cerrilismo manipulador de Toulouse, la vuelta a la cárcel–, pudo llevarle a abandonar una tarea que habría marcado tal vez el sindicalismo español y que a la llegada de la democracia lo hubiera convertido en un líder sindical.
La parte más decepcionante es la dedicada a su militancia política, que le aupó a diputado por Granada en las primeras Cortes democráticas. Nada cuenta de los enfrentamientos ideológicos, ni de las zancadillas internas en un partido raquítico y muy débil que tenía que organizarse a gran velocidad. Lo más relevante que recuerda de la legislatura constituyente es que, además de que «se hizo lo que se pudo, sin que yo percibiese esos pactos de silencio de los que hoy algunos hablan» (p. 440), al entrar en la primera sesión del Congreso, pocos pasos detrás de Alberti, el poeta gaditano no dio al sobrino de Lorca el abrazo que éste esperaba (p. 437). Al lector no le sorprende que, estando tan de espaldas a lo que se cocinaba en el partido y en la cámara, fuese el último en enterarse de que en las próximas elecciones, sin que nadie le hubiese consultado, había sido desplazado al Senado. Al instante recogió los bártulos y, como tantas otras veces, se volvió a casa.
Las biografías acaban con la muerte del protagonista y las autobiografías poco antes de la fecha de publicación. Las memorias autobiográficas de Montesinos concluyen más de veinte años antes de empezar a escribirlas. En agosto de 1982, a los cincuenta años, logra formar una familia, y poco después encuentra por fin acomodo profesional definitivo como director de la Fundación García Lorca, constituida en 1984. En contraste con los años procelosos narrados en el libro, el lector hubiera agradecido alguna noticia de estos dos decenios de sosiego personal, aunque respeta que el autor marque a su antojo las fronteras de su intimidad. Pero hubiera sido casi obligación del memorialista ocuparse de los avatares por los que pasa una institución cultural en la España democrática. No se me ocultan los enormes riesgos que se esconden en una empresa semejante, al poder chocar con personas y sobre todo con instituciones; pero es el coste inevitable de contar lo que ocurre a nuestro alrededor, y no sólo en países y tiempos lejanos.
El silencio sobre las finanzas del clan, un tabú que mantiene a lo largo de todo el libro, impide que pueda decir algo de su actividad como director de una fundación familiar. «Nos reuníamos para tratar de cuestiones relacionadas con las ediciones o traducciones o representaciones teatrales de las obras de tío Federico por todo el mundo [...]. Estas sesiones de oficinilla fueron bastante frecuentes después de mi segunda estancia en Alemania» (p. 427). La familia cobró derechos de autor que debieron de ser bastante sustanciosos, dado el prestigio mundial de Lorca. El hombre de izquierda que fue Fernández Montesinos, y que tal vez continúe siendo, no puede ignorar lo que en cualquier biografía es tanto los medios económicos de que se dispone como, sobre todo, de dónde provienen: de la herencia o del trabajo.

01/07/2009

 
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