ARTÍCULO

Celebración de las letras

 

El narrador y ensayista murciano Juan Pedro Quiñonero (1946) es una figura notable de nuestra sociedad cultural a quien no ha alcanzado el reconocimiento que su personalidad merece. Seguramente ello se debe, salvo por lo que se refiere al prestigio ganado por una labor como periodista de infrecuente sensibilidad cultural, a sus planteamientos inconformistas o francamente heterodoxos. A tal criterio responden los escritos suyos en libro que conozco. Así, un ensayo de personal enfoque acerca del autor de La busca: Baroja, surrealismo, terror y transgresión. Y también algunas novelas, las casi juveniles Ruinas y Escritos deV. N., en la órbita del vanguardismo narrativo de los años setenta, o una nouvelle reciente, Anales del alba, un relato histórico que, a modo de parábola, habla de la deriva materialista de la civilización occidental, si en su día entendí bien su sentido.

Con estos antecedentes de autor exigente, culto y políticamente poco correcto, como ahora se dice; con un punto de partida que hunde sus raíces en un sentimiento libertario nada amigo de la componenda, unas memorias suyas prometen una novedad que falta con frecuencia en la pesada y convencional escritura autobiográfica que brota entre nosotros de un tiempo a esta parte como las setas en otoño. Prometen novedad y la cumplen, pues pocos textos de este tipo han aparecido tan interesantes como Retrato del artista en el destierro, que así titula, con un rótulo en sí mismo emblemático, Quiñonero sus recuerdos, tan sugestivos como polémicos en muchas de sus apreciaciones. Lástima, y lo digo ya para quitarme de en medio tan enojoso asunto, que un gusto por la letra tan genuino como el de Quiñonero se vea maltratado por un editor que merecería pena de galeras si no hubiera sido anulada la única condena justa para quien publica un libro con los acentos a la buena de Dios, y con errores sistemáticos (la confusión entre «sino» y «si no», o entre «porque» y «por qué») que alguien podría atribuir al escritor.

Salvado este escollo tipográfico muy molesto, uno entra en una evocación biográfica que tiene un nexo expositivo en el cual se engranan las vivencias y experiencias de una vida cumplida: la proclamación expresa de que el lenguaje permite construir una casa para vivir. Quiñonero da cuenta de los libros sobre los que ha levantado la casa de su vida y expone de qué modo han ido alimentando su experiencia del mundo y han contribuido a darle un sentido. Pocas veces ha visto uno un acto de fe tan sólidamente fundamentado en el valor salvador de las letras, y también un tan serio aviso del peligro que se corre cuando éstas están dejando de ser la base de la «arquitectura espiritual» humana. Quede claro que el lenguaje, sometido a la retórica pertinente que lo transforma en obra de arte (del género que sea), según advierte el autor, no es simple adorno, es esencia misma del ser humano, modelo vital, salvación frente a la barbarie. Esto Quiñonero lo percibió de niño, en la casa familiar, en sus padres, represaliados por el franquismo, en su madre, que dedicaba energías a difundir la lectura.

La inhóspita España de los cincuenta fue el taller donde se cinceló el temperamento del futuro «atolondrado aprendiz de revolucionario anarquista» y no faltan en sus recuerdos amargos testimonios de aquel tiempo. No es esta vía del documento social o histórico, sin embargo, la principal en las memorias, sino otra que consiste en una glosa de los libros y autores que han ido forjando el ser mismo de Quiñonero. Por eso cada capítulo lleva un título alusivo a una experiencia literaria que se transmuta en experiencia vital. Y bajo todos ellos un hilván, evidente unas veces y otras no: el de la Recherche proustiana.

Se trata de páginas, por lo común, de celebración. De Machado a Rosa Chacel, de los autores de la España transterrada, de unas cuantas figuras de boom hispanoamericano, de Juan Benet, por quien siente un apego incondicional y cuya reivindicación del grand style tiene su correspondencia en el propio estilo muy retorizado de las memorias, de, en fin, otros muchos nombres que lo acompañaron con su presencia y con la de su obra. Hace Quiñonero un ensayismo creativo, no siempre fácil de entender, y que se inclina hacia la divagación, pero siempre estimulante. En otras ocasiones, por el contrario, clava una obra en una impresión escueta. Ocurre en algunos comentarios de Proust o con una nota sobre la capacidad metafórica del comienzo de La cartuja de Parma stendhaliana.

Tiende Quiñonero más bien a la hipérbole celebratoria, pero no faltan unos cuantos puntazos. Cuenta un comportamiento deplorable de Cela. Comenta la mistificación absoluta en que se basa la escritura autojustificatoria de Jorge Semprún, cuyas idas y venidas literarias por los campos nazis ocultan o tergiversan su grave papel, su responsabilidad de elegir a las víctimas, y de quien señala que denunció a un amigo que le expuso sus tormentos morales por participar en la administración de aquellos campos de exterminio. Da también suficientes noticias para calibrar el turbio fondo de la prensa. ¿Por qué esos casos selectos, dada la información que un periodista cultural como él tendrá? Porque para Quiñonero la literatura tiene un fondo moral. Él busca en las letras la base de esa mencionada «arquitectura espiritual» de nuestra especie y por ello se encrespa ante «los bulderos o traficantes con palabras averiadas o infectadas». Al contrario, toda su obra es una conmemoración de lo más noble de la actividad espiritual y para eso escribe «este libro mío, que habla de mi relación con algunos libros y con algunos hombres y mujeres que me enseñaron a leer y a compartir el amor a los libros». Estas memorias demuestran cómo el artista, y al igual que éste todo ser sensible, vive en un destierro del mundo, del cual le salvan las buenas letras. Este idealismo notable viene muy bien en los tiempos que corren, aunque uno teme que sólo sea el canto del cisne de una edad humanista que tiene sus días contados.

01/10/2004

 
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