ARTÍCULO

¿Un Orwell francés?

 

El francés Jean-François Revel se asemeja mucho al autor británico George Orwell. Ambos hombres de letras fueron de esos raros europeos, especialmente en el ámbito de los intelectuales, que fueron no sólo activos antifascistas y anticolonialistas, sino también anticomunistas declarados Sobre Orwell, véanse los estimulantes ensayos de Christopher Hitchens,Why Orwell Matters (Nueva York, Basic Books, 2002) y Simon Leys, Orwell ou l'horreur de la politique (París, Plon, 2006).. Al igual que Orwell, Revel tuvo una experiencia directa de estas tres ideologías. Sus luchas contra ellas hicieron que las vidas de ambos resultaran admirables y relevantes.
El joven Revel fue formado por la meritocrática Tercera República (18701940). Nació en 1924 en Marsella en el seno de una familia conservadora y cultivada.A finales de 1938, su padre, al oír que las grandes obras del Museo del Prado se exhibirían en Ginebra para mantenerlas a salvo durante la Guerra Civil, abandonó su negocio durante casi una semana y se llevó a su esposa y sus hijos para verlas. Educado por los jesuitas, Jean-François, al igual que Voltaire, se convirtió rápidamente en un escéptico religioso, pero más tarde aprendió a valorar a sus profesores, que le parecían más abiertos que los «sacerdotes» marxistas con los que se encontraría durante la Guerra Fría. Consiguió el ingreso en la École Normale Supérieure (ENS), donde estudió filosofía, que el mundo académico francés tenía por la más prestigiosa de todas las disciplinas. Su entrada en la ENS coincidió con la Segunda Guerra Mundial.
Revel es muy crítico con su propia falta de sentido común como un joven résistant. Escondió documentos cruciales de la Resistencia en su habitación de la École, exponiendo, por tanto, a sus compañeros de cuarto y a otros, entre los que se encontraban muchos jóvenes que se ocultaban para librarse de los trabajos forzados en Alemania, de la deportación o la concentración en campos de exterminio. Sus compañeros de clase, que estaban unánimemente del lado de la Resistencia, reaccionaron con inteligencia, escenificando una broma para recordar a Revel su peligrosa irresponsabilidad. Le pidieron a estudiantes franceses germanófonos a los que Revel no conocía que se vistieran como agentes de la Gestapo y escenificaran una redada en el cuarto de Revel. Después de que los «agentes» entraran en la habitación, buscaran y más tarde encontraran los documentos incriminatorios, sus compañeros de cuarto colaboraron para ayudarle a «escapar». Poco después, le revelaron que sólo estaban bromeando, y un avergonzado Revel depositó los documentos en otro sitio.
Revel pinta un retrato deprimente de la vida cotidiana en Francia durante la ocupación: la falta de calefacción, de comida y las largas colas provocadas por escaseces crónicas. Rinde un inusual homenaje a las «secretarias [...] de todas las edades y condición modesta» que arriesgaron sus vidas simplemente por mecanografiar documentos. Sin embargo, al contrario que los résistants varones, que podían esperar obtener reconocimiento y cómodos trabajos después de la guerra, estas mujeres sabían que siempre seguirían siendo «secretarias mecanográficas» sin promoción o reconocimiento. Revel concluye juiciosamente que «en Francia el totalitarismo, a veces amenazante, no ha triunfado nunca, a no ser por medio de una ocupación extranjera; nunca se insistirá suficientemente en ello» (p. 608).
La liberación tuvo su ración de injusticias, pero Revel apoyó la condena de Charles Maurras, cuyas llamadas a la violencia contra los judíos sirvieron de acicate a los milicianos para asesinar a un prominente banquero judío, Pierre Worms. En la liberación, Maurras intentó alegar libertad de expresión, una defensa que Revel rechazó: «Ante esas consecuencias sangrientas, los intelectuales pierden el derecho a refugiarse tras el cómodo parapeto de la libertad de expresión» (p. 141). De manera menos convincente, amplía su argumentación a favor de la libertad limitada –una extraña posición para un liberal– en el caso de Italia durante los años setenta: «Por eso, durante los "años de plomo" del terrorismo de las Brigadas Rojas, la justicia italiana tuvo en cuenta acertadamente el principio de responsabilidad de supuestos "teóricos" como Toni Negri, profesor en la Universidad de Padua. Estos fanáticos, sin haber cometido atentados con sus propias manos, habían inculcado una creencia que preconizaba la violencia a jóvenes influenciables que después cometieron asesinatos terroristas» (p. 141).
Tras la guerra, en 1947-1948, Revel dio clases en una madraza y trabó estrechos vínculos de amistad con argelinos de diversas clases sociales. Estas experiencias dieron paso a su anticolonialismo. Comprendió «la insoportable condición de los colonizados» (p. 34), criticó las «felonías» de Francia y la «ceguera» de los franceses en Argelia. Vio a sus estudiantes otrora moderados y francófilos volviéndose cada vez más extremistas y francófobos.Tanto L'Express como France-Observateur, medios en los que colaboraba Revel, se mostraron firmemente en contra de la guerra y se opusieron a las «matanzas y torturas» cometidas bajo las órdenes de políticos socialistas (SFIO).
Su anticolonialismo lo situó abiertamente a la izquierda, pero Revel, al igual que Orwell, siempre receló del pensamiento grupal. Pasó a adoptar el dicho de Charles Péguy, un héroe de la Tercera República: «Nunca se sabrán las cobardías que han cometido nuestros franceses por miedo a no parecer suficientemente de izquierdas» (p. 307). Revel despreciaba a los intelectuales conformistas cuyo «temor a la excomunión sustituye en su corazón al respeto al conocimiento» (p. 429).Y señala algo evidente pero necesario: «Si el fascismo y el comunismo sólo hubiesen seducido a imbéciles o canallas, habría resultado más fácil librarse de ellos» (p. 38). Le resultaba especialmente difícil ver cómo compañeros mormaliens y profesores suyos a los que respetaba enormemente decían de él que se había inmolado «en el altar del comunismo» (p. 109). Contra estas ideologías totalitarias que perseguían crear al «Hombre Nuevo», «la única barrera [...] es vivir en una sociedad pluralista donde el contrapeso institucional de otras doctrinas y otros poderes siempre nos impide llegar con los nuestros hasta el final» (p. 39).
Cita a Joseph Rovan, un alemán cuya familia se había convertido del judaísmo al protestantismo y, después de que los nazis llegaran al poder, emigró a Francia. El adecuadamente modesto Rovan era consciente de su doblemente buena fortuna: «He tenido dos suertes en la vida. La primera es que los nazis no consideraron judía a mi familia, de modo que si se hubiera quedado en Alemania seguramente yo habría acabado afiliándome a las Juventudes Hitlerianas. ¡Resultaban tan emocionantes al principio! La segunda es que si no hubiera estado en Dachau hasta el verano de 1945, y hubiera pasado en París el año posterior a la liberación, de agosto de 1944 a agosto de 1945, seguramente habría acabado afiliándome al Partido Comunista. ¡Su influencia era tan grande después de la guerra!» (p. 115). Al contrario que Orwell, que se consideraba como una suerte de socialista, Revel, al menos a partir de 1970, fue un liberal convencido que creía en la democracia contra los «totalitarismos» del fascismo, el nazismo y el comunismo. Su uso del término «totalitarismo» es problemático, porque a veces equipara de manera simplista el comunismo, el fascismo italiano, el nazismo y las dictaduras del Tercer Mundo. El mal uso del concepto explica también por qué Revel se convirtió en un defensor de L'idéologie française (1981) de Bernard-Henry Lévy, una obra que confundía fascismo, petainismo, comunismo y neosocialismo Henry Rousso, Le syndrome de Vichy de 1944à nos jours (París, Seuil, 1990), p. 202. . El objetivo de Revel (y en gran medida el de los nouveaux philosophes como Lévy) no era el de un cuidadoso historiador o científico social –definir y analizar el totalitarismo–, sino más bien utilizar el concepto para librar batallas políticas y criticar la alianza electoral entre comunistas y socialistas en los años setenta y comienzos de los ochenta Michael Scott Christofferson, French Intellectuals against the Left:The Antitotalitarian Momentof the 1970s (Nueva York, Berghahn, 2004), pp. 142-147. . En vez de precisión y análisis conceptual, la indignación ética contra todas las masacres y miserias del mundo pasó a ser un arma política para avergonzar a todos aquellos que coquetearan con el «totalitarismo» Jean-Pierre Le Goff,Mai 68, l'héritage impossible (París, la Découverte, 1988), p. 413; Julian Bourg, From Revolution to Ethics: May 1968and Contemporary French Thought (Montreal, McGill-Queen's University Press, 2007), p. 255. .
No es infrecuente que el anticomunismo de este acérrimo luchador de la Guerra Fría parezca excesivo. Se muestra muy poco caritativo con Sartre, de quien Revel afirma que nunca participó de ninguna manera en la Resistencia (p. 108): «Sartre fue la encarnación suprema del desastre cultural francés de posguerra» (p. 403). Revel afirma dudosamente que a finales de los años setenta «el clima de terror [...] cundía por entonces tanto en la izquierda y el centro como incluso en la derecha, por miedo a ser tachados de anticomunistas» (p. 438). Señala, lo que es poco plausible, que en 1981 el Partido Comunista francés quería que Mitterrand perdiera las elecciones. Aunque Revel fue lúcido en relación con la brutalidad y la estupidez del comunismo, sobrevaloró su fuerza, al igual que Orwell. Revel echó la culpa de las tensiones étnicas y nacionales que explotaron tras la caída del comunismo en la antigua Unión Soviética y en los Balcanes a la «tiranía destructora» del gobierno comunista. Hemos visto, sin embargo, que los regímenes imperiales de diversos dictadores comunistas suprimieron las tensiones étnicas con mayor eficacia que sus sucesores no comunistas.
En su larga carrera como editor, autor y periodista, Revel acertó en muchos temas esenciales, pero su juicio fue problemático en otros. Al contrario que Orwell, que murió en 1950 mucho antes del colapso del comunismo, Revel estaba convencido de que las economías de mercado son siempre superiores a sus alternativas. Alabó –quizás excesivamente– a Felipe González, «que representaba un socialismo moderno, antitotalitario e incluso antimarxista, ese liberalismo de izquierdas cuya eclosión yo había preconizado» (p. 596). Contrapuso claramente el socialismo español a la «regresión» y la «corrupción» de los socialistas franceses, que seguían mostrando sus simpatías por las ideologías «totalitarias» (p. 623). Los estudiantes rebeldes de 1968, afirma sin pruebas, deseaban una recesión económica y la devaluación de los títulos universitarios (p. 187). Acusa a los historiadores profesionales y a los «pedantes perezosos» de victimizar a los buenos periodistas con un desdeñoso «racismo cultural» (p. 332).También es demasiado severo con Michel Foucault, cuyas obras considera simplemente una moda pasajera. Foucault –afirma Revel– achaca la enfermedad mental exclusivamente a «las crueldades del "encierro" hospitalario» (p. 218) Revel es más generoso con Foucault en Latentación totalitaria, trad. de José Ferrer Aleu (Barcelona, Plaza y Janés, 1976). . Aunque Revel fue muy crítico con la xenofobia y el chauvinismo mexicanos tanto hacia Europa como hacia Estados Unidos, albergaba un optimismo excesivo sobre el futuro de la democracia en Latinoamérica (pp. 243 y 442).
Con más justificación, atribuye a su propio L'Express que resurgiera un estado de opinión sobre las nefandas acciones del Estado francés durante la Segunda Guerra Mundial. En una entrevista en L'Express de octubre de 1978, irritantemente titulada «A Auschwitz, on n'a gazé que les poux» [«En Auschwitz sólo se gasearon piojos»], Louis Darquier (dit de Pellepoix), Commissaire général aux Questions juives desde mayo de 1942 hasta febrero de 1944, negaba el Holocausto, que calificaba de una «ficción judía» Rousso, Le syndrome, p. 164. . Los amigos franquistas de Darquier y el escandaloso fracaso del Estado francés para formular una demanda de extradición le permitieron pasar un cómodo exilio en España, donde murió –aparentemente en paz– en 1980. El escándalo provocado por la entrevista de Darquier contribuyó a alentar la revisión y posterior aceptación por parte del Estado francés de sus responsabilidades en la ejecución de la Shoah.
Revel criticó a sus colegas filósofos, ya fueran marxistas o existencialistas, por abandonar la búsqueda de la «realización personal» en favor de un compromiso intelectual que él denominó «una concepción colectivista de la realización y utilitarista de la verdad, el sacrificio de la probidad a la propaganda» (p. 165). Rechazaba cualquier forma de colectivismo cultural. «El odio al individuo, el elogio del grupo, el culto de lo gregario y lo colectivo» (p. 610) representaba la «negación» de la civilización occidental de Sócrates a Proust. Su individualismo –«la soledad es el invernadero más propicio para la eclosión del juicio» (p. 174)– es paradójico, dado su compromiso muy público y político a favor del liberalismo. Aunque criticó el marxismo, el utopismo y la ignorancia histórica de los estudiantes revolucionarios de los años sesenta, que creían que habían iniciado la primera revolución sexual de la moderna historia francesa, simpatizó con su exploración de nuevas corrientes culturales individualistas y apolíticas. Así, se negó a condenar incondicionalmente la revuelta de mayo de 1968, que dio muestras de una convincente «perplejidad conceptual» (p. 411) y un atractivo antiestatalismo.
El cosmopolitismo de Revel fue extraordinario.Sus largas estancias en México, Italia y Estados Unidos dieron lugar a influyentes artículos o libros superventas en esos países. Como editor, introdujo al público francés a la Escuela Warburg (Aby Warburg,Edwin Panofsky y Ernest Gombrich) y a los historiadores del arte británicos (Kenneth Clark, Denis Mahon y Anthony Blunt). Publicó una antología de poesía francesa y escribió sobre Michel de Montaigne, François Rabelais y Marcel Proust. Es autor de un libro sobre gastronomía,Un festín en palabras, y de varios libros sobre la historia de la filosofía occidental. Reflexionó astutamente sobre su experiencia polifacética en la industria editorial: «La lógica de la ecuación que hace equivaler la falta de éxito a la calidad es tan falsa como la ecuación contraria, menos conforme a los prejuicios vigentes, que asocia el valor al éxito» (p. 336).
La autobiografía de Revel es un libro entretenido y brinda retratos fascinantes de personajes famosos. Pierre Grappin, su superior en la Resistencia, fue nombrado decano de la Universidad de Nanterre en los años sesenta, donde fue blanco de los enragés ultrarradicales, que lo tildaron de «fascista». Louis Althusser fue también amigo durante años de Revel.Al igual que otros antes que él,Althusser «rejuveneció» el marxismo al imbuirlo de las modas filosóficas del momento, no del existencialismo de los años cincuenta, como había hecho Sartre, sino del estructuralismo de los años sesenta. Luis Buñuel, el compañero de Revel en Ciudad de México, donde fundó el primer club de cine de Latinoamérica, se debatía entre una educación jesuita que contribuyó a su admiración por la Unión Soviética y su anarquismo estético: «Si Buñuel hubiese vivido lo suficiente para conocer las matanzas de 1994 en Ruanda, le habría encantado saber que los soldados hutus, al entrar en las casas tutsis, preguntaban a sus ocupantes:"¿Tenéis dinero? Si tenéis, os matamos con metralleta; si no, a cuchillo"» (p. 238). Otro compañero, Bertrand de Jouvenel, era un intelectual que se desplazaba fácilmente entre las extremas derecha (el Partido Popular Francés de Jacques Doriot) e izquierda (el Frente Popular de los años treinta y el Programa de la Comuna de los años setenta). Emmanuel Berl, un judío extraordinariamente asimilado, representaba la nostalgia de Revel por la cultura literaria y hablada de la Tercera República.Al igual que Bertrand de Jouvenel, Berl apoyó tanto al Frente Popular como al Gobierno de Vichy de Pétain. «Los intelectuales –afirma Revel– tienen un oportunismo exterminador» (p. 242).
Sus dificultades para trabajar con los propietarios de L'Express, primero Jean-Jacques Servan-Schreiber y luego Jimmy Goldsmith, se explican en un detalle apasionante. En última instancia, a pesar de sus conflictos con ambos barones de la prensa, Revel prefería un sistema de información dominado por el mercado a un monopolio estatal, ya que el primero –sostenía– permitía más libertad y oportunidades. Su camaradería intelectual con el historiador Pierre Nora, los editores René Juillard y Robert Laffont (con quien Revel publicó Papillon de Henri Charrière, que vendió veinte millones de ejemplares en todo el mundo) y sus colegas en L'Express aportan anécdotas (y a menudo chismes) estimulantes. Raymond Aron, el filósofo y columnista de L'Express, «sólo se interesaba por el pensamiento de Aron, cuya riqueza, por otro lado, justificaba esa pasión exclusiva» (p. 595). Los retratos de Jacques Lacan y François Mitterrand son mucho más críticos.Al primero lo despacha rápidamente como un impostor ignorante; al segundo como un autócrata oportunista, vanidoso y corrupto. En muchos sentidos, Revel siguió siendo un devoto del parlamentarismo de la Tercera y Cuarta Repúblicas y un opositor de la Quinta República (1958 hasta hoy) que, ya fuera bajo la presidencia de De Gaulle o de Mitterrand, comparaba al «sistema PRI» de México y en general a la «monarquía bananera» de las dictaduras latinoamericanas (p. 447). El retrato de carácter más hostil de todos, en un volumen pródigo en muchos, se reserva para Georges Marchais, secretario general del Partido Comunista francés (1972-1994): «Arrogante, tiránico, vanidoso, mentiroso (este atributo respondía, todo hay que decirlo, a las exigencias orgánicas de su cargo)» (p. 433). En 1978, L'Express de Revel reveló que Marchais había sido en 1942 un trabajador voluntario para la empresa aeronáutica alemana Messerschmitt. Marchais replicó sistemática pero poco convincentemente que no había sido de forma voluntaria, sino que lo habían obligado a trabajar en Alemania.
La organización de esta autobiografía no es convencional y la traducción es excelente. Memorias realiza constantes saltos cronológicos, ofreciendo al lector una seductora idea de un acontecimiento o una novedad y volviendo luego sobre ellos para aportar más información. Sólo al final se explica el misterioso subtítulo. El hijo de Revel, Matthieu, el traductor francés del Dalai Lama y monje budista él mismo, inspiró el título, que está sacado de una parábola budista Sobre Revel y el budismo, véase Jean-François Revel y Matthieu Ricard,El monje y el filósofo, trad. de Juan José del Solar (Barcelona, Círculo de Lectores, 1998). MEMORIAS: un ladrón entra en una rica mansión esperando encontrar «un copioso botín, y una vez dentro se da cuenta de que está completamente vacía y de que ha sido engañado por la apariencia del envoltorio» (p. 650). Revel concluye asimismo que los militantes políticos y los intelectuales del siglo XX se han engañado a sí mismos buscando atractivas utopías revolucionarias y totalitarias porque, al contrario que los budistas, comparten una fe errónea en que las soluciones colectivistas pueden resolver el problema de la felicidad humana.

Traducción de Luis Gago

01/03/2008

 
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