ARTÍCULO

Ludopatías

 

Como novelista, Chesterton se esmeró en la construcción de artefactos narrativos ingeniosos, ocurrentes, ricos en aventura y misterio detectivesco, maquinarias chispeantes de un humor acelerado muy cercano al nonsense del Sombrerero Loco bajo los cuales, sin embargo, latían hondas preocupaciones filosóficas y una lucidez en cierto modo desesperada. Novelas como El hombreque fue jueves y el ciclo de relatos del Padre Brown, son buena muestra de ello. Chesterton fue un hombre desbordante y apasionado, lo cual desdice el tópico de la frialdad británica. Fue un periodista polémico, un católico militante con cierta tendencia al proselitismo (su imagen central es el signo de la cruz), un trotamundos, un fabulador incansable y genial que abarcó todos los géneros, una gran fábrica de acuñar moneda literaria que «abrió sucursales» en otros autores (en Borges, sin ir más lejos) y numerosas franquicias. Es, por encima de todo, un escritor divertido que trabaja para el gozo del lector, de brillantes paradojas y malabarismos mentales, con un sustrato sombrío, a veces incluso trágico, que asoma de vez en cuando. Como a muchos de sus colegas británicos convertidos al catolicismo (Graham Greene, Evelyn Waugh, Anthony Burgess), lo que más le inquieta es el Mal, y a él ha dedicado buena parte de sus elucubraciones. Entre chistes y bromas, como el que no quiere la cosa, Chesterton roza el abismo, lo mira de reojo, lo mide, aparta los pies de su borde, le da la espalda, se aleja. No lo explora; no se hunde en él. Se limita a certificar su existencia real (no es poco), sin arrojarse al vacío. Verdaderas excursiones al corazón onírico de los sueños, todas sus ficciones terminan no obstante con una vuelta al orden, a la duda razonable, a los trenes puntuales y al té a las cinco. «Mi memoria es como una especie de luz blanca que lo ilumina todo y recorta sus perfiles con claridad subrayando su solidez», escribe en su Autobiografía, publicada tras su muerte, en 1936. En ella, y a lo largo de cerca de 400 páginas de felicidad lectora, Chesterton hace una oda a sus juguetes infantiles; recuerda a los compañeros de su época de estudiante en St. Paul; relata su paso por una academia de arte como aprendiz de pintor; describe sus devaneos (y posterior rechazo asqueado) con los fenómenos llamados «paranormales» como la ouija; comenta su ruidosa entrada en el mundo del periodismo durante la guerra contra los bóers, a través de la polémica entre partidarios y detractores del imperio británico, situándose del lado de los antiimperialistas; dedica páginas generosas a su amistad con W. B. Yeats; rinde tributo a su hermano Cecil, muerto en los campos de batalla durante la Primera Guerra Mundial; y todo ello lo narra con el tono conversacional de un vecino de taberna. Lo que le salva de dar ese último paso fatal que le precipitaría sin remisión en el agujero negro del nihilismo y la nada, es, para decirlo con una frase de Stevenson que él mismo cita en su libro de memorias, «la creencia en la decencia última de las cosas». O, expresado de otra manera, una especie de pragmatismo utópico y a contracorriente que le lleva a renegar con virulencia del pesimismo, el ateísmo, el materialismo, el darwinismo y el socialismo, sólo porque se sabe a un solo paso de ellos. Chesterton reniega de todas estas creencias «modernas» como el ludópata regenerado reniega de los casinos de juego. Chesterton es un ludópata de las ideas. No renuncia a sostener ninguna disputa dialéctica, aunque la apuesta sea descabellada, y sobre todo si la apuesta es descabellada. La salud de Chesterton parece depender de la polémica como el adicto del opio. Si no encuentra un contrincante de su talla a mano, no importa, lo inventa, o lo resucita del pasado. Nunca se da por vencido. Cualquier excusa es buena para seguir discutiendo. Esto explica que una buena porción de esta Autobiografía esté compuesta por el recuento de los muchos debates que Chesterton protagonizó con distintos personajes públicos pertenecientes a la esfera política; como la mayoría de ambas categorías –debates y personajes– yacen sepultados en el olvido, eso hace que el libro cargue con un exceso de equipaje que no siempre le sienta bien y que a la larga le perjudica. Su amor a la trifulca es tal que hace que en varios pasajes el texto quede descompensado. Resulta ser un discutidor inagotable, capaz de debatir durante horas y días y extenuar al rival. Como él mismo reconoce con gracia, «la principal objeción a una pelea es que interrumpe una discusión». En cambio, de sus libros habla poco, y lo hace con una desgana que parece sincera, y si bien es de agradecer ese baño de humildad en un autor consagrado, también es de lamentar que hasta cerca del final del libro no recuerde sus contactos con otros escritores –nada menos que con H. G. Wells, Bernard Shaw, James M. Barrie o Henry James, entre otros–, porque en esas aventuras casi carnavalescas vibra la parte más jugosa del texto. La modestia de Chesterton es desarmante; prefiere hablar de otros antes que de sí mismo, es de los que en los transportes públicos siempre cede el asiento, quitándose importancia, y aunque la vanidad y el autobombo resultan insufribles en un artista, uno como lector se queda con las ganas de asomarse al rico fondo de misterio de sus novelas y cuentos. Al revés de lo que ocurre en sus historias de intriga –que él despacha de un manotazo tildándolas de «fruslerías»–, en su Autobiografía queda sin resolver el enigma que rodea al principal sospechoso: él mismo. Sin embargo, cabe desquitarse de esta pequeña frustración recreándose con la exquisita recopilación de sus poemas publicada por Renacimiento en edición bilingüe bajo el título de Lepanto. En él se recoge una antología de sus poemas más significativos, incluyendo aquel que sirvió de prólogo a El hombre que fue jueves, uno de cuyos versos más memorables dice así: «Vivíamos para ver cómo Dios rompía sus amargos hechizos». Las primeras poesías publicadas por el autor están en este libro, y el último fue su Autobiografía, con lo cual la lectura simultánea de ambos títulos cierra el círculo y depara una especie de simetría reconfortante muy del gusto del escritor. Y pese a todas las diferencias, hay algo congruente y hasta satisfactorio en el hecho de que el mismo país que ha producido a Chesterton nos haya dado también a los Beatles. Un mismo humor juguetón los anima: una jovialidad contagiosa en un puñado de rimas.

01/04/2004

 
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