ARTÍCULO

La vida como mudanza

Destino, Barcelona, 1998
Trad. de maría Faidella
527 págs.
 

Doris Lessing siempre se encuentra a años luz de distancia de cualquier intento de encasillamiento crítico o de predicción sobre la dirección que tomará su próxima obra. Su propia actitud ante la crítica es famosa por estar cargada de ironía, y no iba a ser menos en su autobiografía, en la que nos advierte a los comentaristas que nuestra función debe ser la de «sopesar, equilibrar, pensar, considerar, y no dejarnos llevar por los sentimientos». Bien, intentaré obedecer a la señora Lessing. Dentro de mí (1994), primer volumen de su autobiografía, terminaba en 1949, cuando la incipiente escritora de treinta años daba un portazo a su pasado en Rodesia y, dejando atrás dos matrimonios rotos y dos hijos, se lanzaba a intentar alcanzar sus sueños en Inglaterra. Un paseo por la sombra, de estructura totalmente distinta a la anterior, se abre justamente cuando una joven madre llena de ilusiones muestra a su hijo de dos años, desde la cubierta del barco, el Londres de 1949, un Londres todavía dominado por los traumas de la posguerra.

La vida como viaje, probablemente la metáfora más utilizada en la literatura universal, se torna en estas memorias en la vida como mudanza: cuatro son las calles que dan nombre a los cuatro capítulos que constituyen el esqueleto de esta historia, cuya protagonista va de casa en casa, como también lo hiciera su admirada Jane Eyre en «su autobiografía»; y en cada mudanza va dejando atrás, junto a los viejos muebles, creencias superadas, convicciones modificadas, ideologías desgastadas, y esperanzas rotas, para ir abrazando otras nuevas. La memoria, pues, más que cronológica es espacial y, como tal, deambula libremente prescindiendo del decoro y haciendo burla a lo políticamente correcto. Y es que estamos ante la historia de un desencanto: desencanto con el Zeitgeist, o «lote ideológico» de toda una época, de toda una generación en la que «todo el mundo era comunista». Lanzando los más duros ataques contra un Partido Comunista que consintió y desmintió los crímenes de Stalin, y contra un comunismo, «el reino de la mentira» que, eventualmente, no tuvo nada que ver con el «comunismo utópico que propugnaba el amor mutuo de toda la humanidad», la ex militante reconoce cuarenta años después de abandonar el Partido, «qué fácil es ser inteligente ahora y qué difícil era entonces». Es la de Doris Lessing una narración salpicada de anécdotas, de recuerdos repentinos que interrumpen la narración cronológica, de digresiones sobre los temas más diversos (el mundo del teatro, de los editores, la locura o el sexo), de cartas que se sacan de los archivos polvorientos; una narración llena de sinceridad, de transparencia que no admite dobleces ni ambigüedades al expresar opiniones casi prohibidas en una década de los noventa anodina y apolítica, o al confesar sus propias contradicciones y dudas. Tampoco al desmitificar algunos de los grandes estandartes representativos de la Gran Bretaña rebelde de los años cincuenta, como los «Jóvenes Airados», el feminismo (cuando roza el fundamentalismo) o la desmedida obsesión por lo freudiano. Su tono fresco e informal, casi conversacional, nos hace imaginar el libro como una larguísima conversación delante de una taza de té de la Doris Lessing anciana, sabia, encumbrada y experta en la vida, con la mujer que pasea casi a tientas por la sombra de la treintena, ese puente entre la juventud y la madurez; esa década plena y definitiva en la vida de cualquier mujer, pero también tremendamente difícil en la vida de una madre soltera sin unos ingresos seguros, y tocada por la experiencia del desamor.

«Este asunto de descubrir quién soy siempre me ha despertado curiosidad», admite la escritora al principio de su autobiografía. Y sin embargo, el lector pasa páginas y páginas conociendo al personaje público; leyendo historia de una generación; aprendiendo pasados políticos, pero ávido de llegar a un atisbo del interior de la mujer que fue Doris Lessing. Y el Yo escribiente, consciente de ello, nos remite a El Cuaderno Dorado, a la Anna Wulf que era ella misma, porque es allí donde ya dejó plasmada toda su verdad emocional. No piense el lector, pues, encontrar una autobiografía como búsqueda, como autodescubrimiento de uno mismo; es, más bien, una reafirmación y defensa de sus ideas; una especie de «apologia pro vita sua» para los que la «tomaron por estúpida» cuando se convirtió al sufismo al final de los años cincuenta. En efecto, nos encontramos ante una autobiografía estructurada, al más puro estilo de las confesiones espirituales, en torno a un proceso de conversión: conversión del ateísmo y comunismo al más feroz independentismo y a la espiritualidad transcendentalista que descubrió en las religiones orientales primero y en el maestro Idries Shah después: el «camino» que le llevó hacia su «vida de verdad». Es, finalmente, Un paseo por la sombra, todo un curso monográfico sobre la literatura de Doris Lessing: como queriendo desdecir a críticos de pacotilla, la autora constantemente desentraña el origen de sus novelas e historias (las que escribió durante la década de los cincuenta, pero también las posteriores); las analiza y medita sobre ellas; expone ante el lector el proceso creativo de un sinfín de títulos, y va creando toda una maraña intertextual en que realidad y ficción acaban siendo tan interdependientes como la causa del efecto.

«Solía pasear por la sombra... / Ahora este caminante ha cruzado al lado soleado de la calle», los versos que actúan de prefacio y que han inspirado el título, retratan a la perfección a esos dos Yoes que conviven en toda autobiografía. Y desde la perspectiva que da el lado soleado, la escritora nos hace una brillante demostración de cómo «la diminuta sombra de una sensación..., diez años más tarde puede convertirse en una avalancha de revelaciones sobre uno mismo, sobre otros, sobre una época».

01/03/1999

 
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