ARTÍCULO

Este lado de Bob Dylan

Globalrhythm Press, Barcelona
Trad. de Miguel Izquierdo
304 pp. 29,90 €
Viking-Penguin Books, Londres
 

Bob Dylan es la persona que dentro del rock, etiqueta genérica que lo mismo vale para un barrido que para un fregado –del pop al grunge pasando por el folk-rock de estirpe claramente dylaniana–, ha provocado una bibliografía más copiosa.Ahora, el de Duluth ha decidido entrar en el terreno autobiográfico. Lo que acaba de hacer con Chronicles (volume one) (Nueva York, Simon & Schuster, 2004), enjundiosa muestra de procedimientos memorialísticos lo suficientemente habilidosos como para no meterse en berenjenales demasiado íntimos, pero dotados de capacidad literaria capaz de atrapar al lector dylaniano que siempre vio Tarántula (la única muestra en prosa del de Minnesota hasta ahora) como un bluff, justificada su oscuridad por el automatismo en la escritura válido desde la prehistoria surreal. Sólo que Tarántula, aceptemos que novela bajo palabra de honor, es cosa insípida e invertebrada que, si tuvo difusión, lo fue exclusivamente porque su autor era Dylan y la sombra de los beat necesariamente alargada, también porque una cierta confusión de géneros – Tarántula tiene mucho de poesía en prosa, automática desde luego– siempre le sienta bien a la contracultura.Y el hombre que optaba en sus comienzos por definirse como un bailarín tenía –tal vez siga teniendo– mucho de contracultural. Chronicles, que en su subtítulo no hace sino anunciar nuevas entregas, es un libro diáfano en cuanto toca, que en la esfera privada es muy poco para decepción de fans dylanianos y periodistas cotillas, sobre todo para cuantos quieran saber la importancia de Nueva York en el arranque de la historia de Bob Dylan. Algo por otra parte tan contado, de Anthony Scaduto para abajo –que nadie ha superado todavía la biografía escrita por éste del primer Dylan–, que oírlo ahora en versión tan personal produce una sensación bien extraña. Como si un caricaturizado y desconocido del gran público apareciese ante éste con voz propia, haciendo añicos todas aquellas anteriores de pura nitidez que un tono tan personal –aunque hasta ahora desconocido– sea capaz de proferir.Y, por cierto, que Dylan finaliza esta primera entrega de sus memorias en plan radicalmente anafórico, enlazando Markin, Up The Score, primer capítulo del volumen, con River Of Ice, último, siendo ambos relatorios de la primera estancia neoyorquina de Dylan, sus comienzos como cantautor, su conocimiento de Woody Guthrie, sus inicios literarios –como lector compulsivo y desordenado– en casas que, visto lo visto, recuerdan mucho a las que aparecen en determinadas películas de Woody Allen, aquellas que dan cuenta de las andanzas de la progresía de Nueva York, la misma que arropó los primeros pasos artísticos del primer Dylan, todavía pendiente del rock and roll de sus comienzos y al que habría de volver años después cuando The House of Rising Sun, electrificada por The Animals, le abriese las puertas de la percepción, tan huxleyanas, tan sicodélicas, tan enérgicas.Y, sin embargo, esas puertas no se abren en Chronicles, demasiado ocupadas en franquear entradas a espacios estrictamente musicales. Como los que aparecen en el capítulo Oh Mercy, tal vez el más aburrido del libro, ni siquiera el más prescindible, y en el que se nos informa de ciertas visiones musicales del Dylan más agotado en sí mismo, del que todavía habrían de salir discos tan memorables –démosle el valor de libro-disco, aun sin serlo, y a los efectos que ahora nos interesan– como Out of Mind. Queda todavía la interesantísima sección The Lost Land, en la que Dylan recupera –para él y para nosotros– la Minnesota de los cuarenta (Dylan nace en mayo de 1941) y cincuenta debidamente contextualizada –y familiarizada– y, sobre todo, el espléndido capítulo New Morning, título de un disco dylaniano, este sí prescindible, en el que se habla de su relación con el poeta Archibald MacLeish, con quien iba a escribir el libreto del musical Scratch. El asunto quedó en nada y el musical, sin los textos dylanianos, estuvo dos días en cartel. De la experiencia, al de Duluth le quedó la seguridad de que los poemas y las letras de canciones no llevan casi nunca vidas paralelas.Aunque un poema no tenga por qué ser necesariamente poético y una letra sí pueda serlo. Que es referido al mundo dylaniano lo que intenta –y consigue– demostrar Christopher Ricks en Dylan'sVisions of Sin (Londres, 2003,Viking-Penguin Books). Ricks es un erudito universitario, especialista en poesía victoriana y en T. S. Eliot, profesor actualmente en la Universidad de Boston, después de haberlo sido en las de Bristol y Cambridge. Christopher Ricks, en su grueso tratado –más de quinientas páginas esperan al lector–, analiza la producción dylaniana desde premisas tan aparentemente religiosas como son los pecados capitales (los mismos siete de la película de Brad Pitt), las virtudes teologales y las cardinales.Y digo sólo en apariencia porque si bien es cierto que Dylan en vida y obra se ha dejado llevar por una marea mística, no lo es menos que la ambigüedad es en él valor de primer grado.Y Ricks lo analiza hasta la extenuación en su documentado y bien escrito libro que hace posible lo difícil; que un libro donde prima la erudición se lea desde la amenidad e incluso desde la diversión. De Dylan's Visions of Sin no es difícil deducir que el cantautor objeto del estudio es un poeta evidente y, sin embargo, un poeta que habría dejado la capacidad de hacer poemas en función de otra mucho más popular, como es la de confeccionar letras de canciones, en realidad poemas concebidos para ser expresados a través de la música y que su audición se concrete –con mínimas excepciones– en dos o tres minutos de duración. Que luego Dylan cargase tales muestras populares de poesía con munición civil o religiosa, lo que demuestra Ricks con múltiples ejemplos, ya es otro cantar. Libro óptimo este de Ricks, al que veo difícil traducción, formal y conceptual, a otros idiomas que no sean aquel en el que fue concebido. Chronicles tal vez no y ello por la personalidad intrínseca de su autor.

01/06/2005

 
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