ARTÍCULO

Aun disfrazada, novela rosa

Alfaguara, Madrid
322 pp. 18 €
 

En sus dos novelas publicadas se apunta Inma Chacón a la novela sentimental enmarcada en contextos históricos ya lejanos y dotados, para cualquier lector de habla hispana, de reminiscencias míticas y legendarias: La princesa india (2005) se sitúa en la época de la conquista de México por Hernán Cortés y ésta que comentamos en los preliminares de la sublevación de Filipinas a finales del siglo XIX. Ambas obras comparten el objetivo idéntico de contar historias de amores difíciles, repletos de obstáculos y contratiempos que sus protagonistas han de salvar para que al final triunfe el sentimiento. Más aún, ambas cuentan historias en las que el amor, convertido en obsesión, se espolea y engrandece a medida que crecen las dificultades, muy al modo clásico de la «enfermedad que crece si es curada».
Aunque la novela lleve por título Las filipinianas, nombre que la narradora da a las tres hijas y a la nieta del marqués de Sotoñal, en realidad la trama recorre la vida sentimental de este último, y sólo después, hacia la mitad del libro, muy avanzada ya la historia, y sin quitar importancia a don Francisco, concede cierto protagonismo a Esclaramunda, la hija mediana, y a sus amores con Manuel, médico filipino comprometido con la rebelión de las islas.
En la primera mitad, en efecto, se cuentan los amores del aristócrata compartidos con una bailarina (la Pícara Lola, que le seguirá en sus desplazamientos y viajes por Toledo, Madrid, Mallorca y Alejandría), con su mujer Lucía y con la señorita Inés, unos amores muy folclóricos en los que la autora pretende reflejar los rígidos patrones de las convenciones sociales de la época. En la segunda mitad, que transcurre en Filipinas, se cuenta la decadencia del marqués, tanto física como sentimental, y la historia amorosa de Munda, apuntada más arriba, a todas luces melodramática, que discurre entre la inverosimilitud y la exageración de los episodios supuestamente emotivos.
Si a todo ello se añade que el relato se sustenta en un lenguaje que abusa de los contrastes expresivos, es decir, de la combinación de fragmentos de entonación neutra con otros en los que se manifiesta una evidente y forzada intención de ser efectista para dar mayor dramatismo a las situaciones –habitual en las narraciones destinadas, como suele decirse, al gran público–, se ha de concluir que Las filipinianas es una novela rosa y sensiblera, escrita con la intención de conmover y remover los sentimientos palmarios y excesivos, y no con la de dar una visión dialéctica de la realidad o de los conflictos humanos y, menos aún, con la de sorprender y despertar la intuición o el gusto estético del lector.
De poco vale, desde el punto de vista literario, por tanto, que Inma Chacón trate de disfrazar la historia sentimental con un contexto histórico mítico o con una noble y legítima reivindicación feminista (demasiado explícita, por otra parte). Reducir la independencia, la libertad y el coraje de la mujer, en tiempos históricos de fuertes restricciones para ella, a la simple obsesión de su personaje por entrar en la masonería, con el fin de igualarse al hombre, o al sentimiento amoroso exacerbado, para diferenciarse de él, constituye un postizo narrativo de complicado engaste en una trama de rasgos tan costumbristas y pintorescos. Más bien parece como si la autora no hubiera encontrado el modo de armonizar dos cosas tan necesarias y obvias en la creación artística como son la intuición (llámese intención, mensaje o motivo) y la expresión.
La impresión última es que Las filipinianas es un producto literario de estructura transparente y de cómoda digestión lectora que acaba creando dos núcleos narrativos diferenciados en torno a sus dos personajes principales dotados de una caracterización esquemática y previsible: por un lado, el aristócrata marqués responde al cliché, tantas veces repetido, del bon vivant desocupado que se mueve por los impulsos de su corazón y los caprichos de sus veleidades (sólo así se justifica, por ejemplo, su aventura en Filipinas al aceptar, dejando sus negocios y propiedades, el cargo de organista en la catedral de Manila); por otro, Munda resume la imagen folletinesca de la heroína romántica, igualmente repetida, que, al dictado de su corazón, ha de soportar en constante zozobra el desajuste entre sus fantasías e ilusiones y la realidad.

01/08/2008

 
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