ARTÍCULO

Complejo de Adán

Anagrama, Barcelona
304 pp. 19 €
 

Emprende Gregorio Morán una particular peregrinación literaria a la búsqueda de Rafael Barrett. Y, al tiempo que va glosando al autor, va narrando las anécdotas de su viaje por Paraguay, Uruguay y Argentina. Viaje en parte frustrado, ya que a algunos de los destinos más significativos, como Corumbá y Laguna Porá, no consiguió llegar. Frustrante es también la entrevista en Montevideo con su biógrafo, Vladimiro Muñoz, ya de edad muy avanzada y visiblemente incomodado con la visita.
Así y todo, el libro nos ofrece el interés periodístico de quien ha encontrado un personaje fascinante y se pone en marcha persiguiendo sus huellas en una especie de recorrido iniciático. Es fácil, en estos casos, confundir el descubrimiento personal con el descubrimiento absoluto y dejarse llevar por el conocido «complejo de Adán». Es lo que le ocurre a Morán que pretende, a estas alturas, «¡Descubrir un escritor en el siglo XXI, que murió hace un siglo!» (p. 59).
Afirma Morán que Barrett «sigue ignoto» (p. 59);y sentencia también: «No creo que exista otro autor tan ninguneado como Barrett» (p. 47). Resulta sorprendente que pueda calificarse de «ignoto» a un autor sobre cuya obra se han publicado más de medio centenar de libros en al menos nueve países desde su muerte en 1910, incluida una excelente antología muy recienteRafael Barrett, A partir de ahora el combate será libre, Madrid, Ladinamo, 2003 (selección y prólogo de Santiago Alba Rico). y seis ediciones de sus obras completas. ¿«Ninguneado» un autor al que Augusto Roa Bastos ha dedicado una extensa y magistral semblanzaAugusto Roa Bastos, «Rafael Barrett, descubridor de la realidad social del Paraguay», en Rafael Barrett, El dolor paraguayo,Caracas, Ayacucho, 1978., un escritor al que Borges calificó de «genial» y hacia el que han expresado su admiración, con encendidos elogios, tanto Rodó como Valle-Inclán, Maeztu, Benedetti, Rama, Galeano, Viglietti y un largo etcétera, además del propio Roa Bastos, que lo destaca como su principal referencia literaria?
Critica Morán con virulencia el hecho de que Barrett haya sido catalogado de anarquista, y con ello pretende rebatir la opinión general de todos los comentaristas de Barrett, que siempre lo han considerado así. Y pretende también rebatir ¡al propio Barrett! Porque el hecho incontestable, nos guste o no, es que Barrett se declaró anarquista, actuó como anarquista y escribió como anarquista.
¿Cómo no considerar anarquista a un escritor que propugna la supresión del Estado, la supresión de las leyes, la eliminación del dinero, que ensalza conceptos como «la Aurora» y «la Idea», que propone la huelga general (el «paro terrestre», escribe) como el paso clave en la acción revolucionaria y que define esa huelga como «el anárquico ejército de la paz», un pensador que afirma «el pensamiento en sí es una energía anarquista» y que califica como «héroes» y «mártires» a los anarquista de acción, un escritor que crea una revista con el nombre de Germinal, en cuyo primer número expone su programa y dice «suprimid el principio de autoridad donde lo halléis» y «combatamos al jefe, a todos los jefes»? Pero es que, además, Barrett se declaró expresamente anarquista y detalló sus ideas libertarias en un artículo titulado «Mi anarquismo».
El de Barrett no es, desde luego, un anarquismo de vía estrecha ni un simplista encuadramiento en ideas trilladas. Barrett es un pensador penetrante, radicalmente crítico, que se debate en el torbellino de la «crisis de fin de siglo» y que considera el anarquismo como la punta de lanza de la gran corriente revolucionaria que conmovía su tiempo. Con ese criterio, expresa una opinión en general positiva hacia el socialismo, pero siempre desde una posición anarquista explícita y notoria. Se asombra Morán de que Barrett no exista en la literatura española. Y la razón es bien simple: donde se le incluye sistemáticamente es en la literatura paraguaya. Nació Rafael Barrett y Álvarez de Toledo en 1876 en Torrelavega (Cantabria), hijo de padre inglés y madre española, en una familia de la nobleza venida a menos. Su breve y tormentosa juventud madrileña transcurre entre la bohemia literaria y el escándalo. Amigo de Valle-Inclán, de Maeztu, de Ricardo Fuente, de Manuel Bueno, citado por Baroja y por Cansinos Assens, Barrett aparece inmerso en el inestable panorama de aquella dinámica «juventud del 98», agitada por el modernismo y el regeneracionismo.
Pero aquella incipiente integración intelectual y generacional pronto se vio truncada violentamente. Como consecuencia de calumnias vertidas sobre él para evitar un duelo, Barrett es descalificado por un tribunal de honor. Y su respuesta no fue otra que apalear públicamente al presidente de aquel tribunal, el duque de Arión, el 24 de abril de 1902, en plena sesión de gala del Circo de Parish. El resultado es que se le cierran todas las puertas de la sociedad a la que pertenecía; Maeztu lo describe como «un señorito despedido de su clase social». Y Barrett decide abandonar España y comenzar una nueva vida en América. Llegó primero a Buenos Aires, pero fue en Paraguay donde se instaló, donde formó su familia, donde maduró su personalidad y su estilo, donde forjó el compromiso social que lo llevó al anarquismo, donde se implicó vitalmente hasta el punto de afirmar que Paraguay era «el único país mío, que amo entrañablemente» y donde produjo la mayor parte de su corta obra, pues murió de tuberculosis con sólo treinta y cuatro años. Resulta, por tanto, absolutamente lógico que siempre haya sido considerado un escritor paraguayo y no puede sorprender que no figure en la literatura española quien nada literario escribió en España. Morán confiesa en las primeras páginas (p. 16) no saber nada de Paraguay, y éste debe de ser el motivo de que el libro esté plagado de errores inconcebibles. Se escandaliza, por ejemplo, de que supuestamente nadie haya dado noticias de las «revistas orientales» en que Barrett dice haber colaborado, imaginando que se trata de revistas del Oriente, e ignorando que por «orientales» Barrett se refiere a revistas de Uruguay, que están todas perfectamente documentadas. Explica la compleja personalidad de la esposa de Barrett (Panchita López Maíz) desde la poderosa figura de su «antepasado», el mariscal Francisco Solano López, cuando Panchita no era descendiente del mariscal; y dedica varios pasajes de su libro a analizar una relación de descendencia que simplemente no existió. Se asombra también de que Panchita diera habitualmente la bendición a su hijo Alex y deduce de ello que era una persona de extrema rigidez religiosa, ignorando que dar la bendición a los hijos era una usanza familiar muy común en Paraguay. Incluso pretende corregir al propio Barrett sobre su propia esposa, Panchita, asegurando que era «rechoncha» y que cuando Barrett la llama «menuda» es una «corrección autobiográfica»; y todo porque ha visto una foto de su hermana Angelina y la ha tomado por Panchita. Parece de chiste, pero está en el libro, que reproduce la foto con los nombres confundidos. Lo grave es que tantos y tan serios errores se combinan con sobredosis de petulancia. Es impresionante la cantidad de descalificaciones e insultos que Morán, cual moderno inquisidor, lanza constantemente a diestro y siniestro. Sirva un solo ejemplo: «La impunidad de la inteligencia académica española constituye una atrocidad cultural sin remedio; se podría decir que son los únicos criminales intelectuales a quienes corresponde el privilegio de decidir sobre la categoría de sus víctimas» (p. 59).
Hay un fragmento del libro en el que la vanidad de Morán alcanza niveles deliciosos. Nos cuenta la presentación que hizo en el Centro Cultural Español de Asunción (pp. 110-111). Y confiesa que parte del escasísimo público asistente abandonó la sala a los pocos minutos de comenzar su intervención. Pues bien, en lugar de preguntarse honestamente si no supo captar su interés, si los aburrió ya desde el inicio, si tal vez eran buenos conocedores de la obra de Barrett y huyeron educadamente, en lugar de eso, la emprende contra la institución que lo acogió y contra su director porque no le pusieron agua.
El libro de Gregorio Morán, en conclusión, poco añade ni aporta al conocimiento de Barrett. Como valor positivo, hay que anotar una cierta evocación periodística del personaje sustentada en el oficio del autor, aunque muy oscurecida por los constantes errores de bulto y por el exceso de pedantería. Lo mejor del libro son, sin duda, los fragmentos de textos del propio Barrett (densos, precisos, brillantes), al que lamentablemente Morán no concede demasiado espacio, ocupado en relatarnos sus intrascendentes anécdotas personales y en alimentar su complejo de Adán. 

 

01/08/2008

 
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