ARTÍCULO

El caso Galileo: la Iglesia como víctima

 

Este es el tercer libro, tras Galileo en Roma (2003) y Galileo Observed (2006), que Artigas y Shea escriben sobre el caso Galileo. En realidad, el presente libro es una ampliación de Galileo Observed y en ambos se repiten las tesis sustantivas de Galileo en Roma. Estos dos autores opinan que, aunque hay numerosas publicaciones sobre el caso Galileo, muchas contienen «no pocas inexactitudes» (p. 13), «en la opinión pública hay mucha confusión y desinformación» (pp. 11 y 13) y se proponen distinguir escrupulosa, serena y objetivamente entre «mito y realidad».
El «mito» fundamental y subyacente que Artigas y Shea quieren combatir es que exista un conflicto sustantivo entre ciencia y religión. Señalan como grandes culpables de ese mito a John D. Draper y Andrew D. White, dos autores del siglo XIX. En realidad, White niega esa tesis y acusa a los teólogos dogmáticos, católicos y protestantes, de haberla inculcado con sus excesos, perjudicando así tanto a la ciencia como a la religiónAndrew D. White, A History of the Warfare of Science with Theology in Christendom, Nueva York, Prometheus Books, 1993 (1.ª ed. 1896), pp. 167-170.. Pero el falseamiento de las tesis de White es una constante entre los estudiosos que niegan la existencia del conflicto. Convencidos, al parecer, de que el espectador de la obra de teatro Vida de Galileo de Bertolt Brecht, «tiene la sensación de que no se encuentra ante una obra de ficción» y de que «Brecht pretende ajustarse a la historia» (p. 106), Artigas y Shea dedican ¡más de noventa páginas! a señalar las inexactitudes históricas del dramaturgo que, naturalmente, son muchas. En cambio, Arthur Koestler, aunque exageraba mucho contra Galileo, según Artigas y Shea, acertó en lo esencial: el conflicto fue evitable y circunstancial y, efectivamente, el «carácter difícil» de Galileo y su «vanidad» lo llevaron a una innecesaria provocación de los jesuitas –aunque Koestler «afirma demasiado fácilmente que los jesuitas se convirtieron en implacables enemigos de Galileo», «no está claro», sentencian nuestros autores (p. 90)– y, con su «empecinamiento», Galileo en buena medida «consiguió lo contrario» de lo que se proponía, esto es, que condenaran la teoría copernicana (pp. 35 y 80).
Como explicación justificativa de esa «triste y lamentable» condena, Artigas y Shea insisten en la importancia del hecho de que Galileo no tenía pruebas de la teoría copernicana: lo repiten más de treinta veces, siete de ellas en sólo dos páginas, 32 y 33. Curiosa justificación para la condena de una teoría y para sentenciarla como «falsa». Y, ¿acaso el geocentrismo-geoestatismo sí que fue probado? Por otra parte, aducen de modo igualmente reiterativo que las autoridades de la Iglesia «no se daban cuenta de que estaba naciendo una nueva ciencia que iba a transformar la historia de la humanidad. Galileo lo sabía» (p. 288). No, Galileo tampoco era profeta. Y, anacronismos al margen, todas las obras de Galileo y las de sus oponentes constatan explícitamente que se trataba del enfrentamiento de dos filosofías naturales.
Por otra parte, Artigas y Shea rechazan con razón la débil argumentación de Italo Mereu al afirmar que Galileo fue torturado físicamente. Además, repiten incansablemente –siete veces en cinco páginas (152-157)– que Galileo no estuvo en la prisión inquisitorial, sino en arresto domiciliario. No obstante, negar que fuera «tratado con cruel severidad el resto de su vida» (p. 37), ya es más difícilmente aceptable. Pero Artigas y Shea van mucho más allá y convierten a la Iglesia en la víctima real del caso, con afirmaciones que, más que describir los hechos, manifiestan crudamente su escala de valores: «La condena del copernicanismo en 1616 fue cosa de poco tiempo. El proceso de 1633, aun contando con las demoras que sufrió, duró solo unos meses. [...] El proceso, la abjuración y el posterior confinamiento domiciliario son hechos tristes, por los cuales la Iglesia católica sigue pagando un precio muy alto» (p. 270). «La ciencia sufrió poco [...]. En cambio, la Iglesia, que parecía salir vencedora, ha tenido que sufrir, durante muchos siglos, la acusación de ser enemiga de la libertad de pensamiento y del progreso científico» (p. 345). Esa acusación sería «el mito».
En su apostolado, Artigas y Shea no sólo aceptan y justifican en lo esencial la versión oficial del caso que Urbano VIII construyó a su conveniencia en la sentencia –que expondría «la realidad»–, sino que van incluso más allá. Según estos autores, Galileo no sólo mintió y engañó al papa, sino que éste, a pesar de sentirse ridiculizado por Galileo, quiso ser benévolo con él. Pero los cardenales «no eran tontos» (p. 205) y, dado que Urbano VIII no quería «actuar contra su juicio unánime», tuvo que aplicar una condena severa. En realidad, en 1624, Urbano VIII conoció y no se opuso a la Carta a Ingoli de Galileo, en la que éste defendía el copernicanismo. El proemio del Diálogo, que expone ampliamente las condiciones que el texto debía cumplir para su publicación, es un remedo del planteamiento hecho por Galileo en la Carta a Ingoli y fue impuesto por el papa a Galileo. Pero Artigas y Shea simplemente silencian estos hechos y, al comentar la gestación y publicación del Diálogo, zanjan la cuestión diciendo que «No existía ningún acuerdo con las autoridades de la Iglesia» (p. 190). Lo cierto es que, en su explicación psicologista de la actuación y los motivos que animaron a Urbano VIII, Artigas y Shea simplemente ignoran los hechos y la investigación –no sólo la más reciente– sobre el tema. Hoy está bien establecido el protagonismo del papa en todas las etapas del proceso, y que el problema respecto al argumento de la omnipotencia divina no consistía sólo en que hubiera sido puesto en boca de Simplicio, el personaje necio de la obra. Dicho sea de paso, Andrew D. White se mostró muy sagaz en este punto al afirmar que Galileo puso el argumento en boca de Simplicio y su refutación en boca de Salviati, y el hecho de que Artigas y Shea afirmen simplemente que «no es verdad» y deduzcan de ello que «habla de oídas y no conoce el libro de Galileo» (pp. 52-53), sólo acentúa la gravedad del hecho de que ignoren la investigación –baste mencionar los artículos de Luca Bianchi– realizada al respecto.
Se trata de un libro excelente para conocer la postura apologista radical, sólo a un paso de trabajos como los de Marino Marini o de Walter Brandmüller, el inspirador de las conclusiones (1992) de la comisión pontificia para el caso Galileo, que Artigas y Shea defienden con fervor en el último capítulo, en contra de la comunidad de historiadores.

01/09/2010

 
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