ARTÍCULO

Entre velos y puñales

 

A la sombra de editoriales extranjeras, Planeta lanzó hace años la colección «Memoria de la Historia», dedicada a grandes figuras del pasado. El principal reclamo consistía en imaginar la vida de algunos personajes históricos a través de «su» propio testimonio literario. La Historia, con mayúsculas, viraba así hacia una novela personal, autobiográfica, donde el lector se aproximaba al dramatismo e inmediatez de unas vidas que hasta entonces solo conocía de una forma más bien académica. La fórmula hizo fortuna gracias a una serie de autores que supieron plegarse a las reglas del juego: Rafael Conte, Juan Eslava Galán, José María Gironella, Néstor Luján, Jesús Torbado, Manuel Vázquez Montalbán o Luis Antonio de Villena, entre otros. Pese a las muchas diferencias, todos coincidían en el método. Partiendo de un riguroso conocimiento de los hechos, se aventuraban a reconstruir las voces de iconos como san Pablo, Mahoma, Miguel Ángel, etc. Lamentablemente, la colección fue languideciendo y ahora solo queda en el desván del lector como un grato y estimulante recuerdo.
Desde entonces diversos escritores han sentido la tentación de recuperar la fórmula. Pero quizá no sea casual que estos nuevos aventureros desde el «yo» sean en su mayoría mujeres. Si hace veinte años la proporción de autores masculinos era apabullante, ahora la tendencia se ha invertido y son ellas las que se colocan una máscara para dotar de voz a aquellas criaturas que secularmente han sido «las sin voz». En esta línea, pues, debemos inscribir La luna de Artemisia, de la escritora Ara de Haro, una biografía novelada en primera persona que nos acerca a las aventuras y desventuras de la gran pintora barroca Artemisia Gentileschi. Debemos recordar, eso sí, que la literatura reciente ya le había dedicado al personaje una producción bastante amplia y de calidad. Sin movernos de nuestro marco editorial, cabe citar el clásico Artemisia, de Anna Banti (Barcelona, Alfabia, 2008); las novelas Artemisia, de Alexandra Lapierre (Barcelona, Planeta, 2006), Artemisia, de Maria Àngels Anglada (Barcelona, Columna, 1989), o la imprescindible biografía Artemisia Gentileschi, de Rauda Jamis (Barcelona, Circe, 1998).
¿Cuál es, en fin, la causa del hechizo? Creemos que la vida de Artemisia se mueve entre lo vulgar y lo extraordinario. Lo «vulgar» sería aquello que es común a la mayoría de mujeres: relación intensa con el padre, vínculos azarosos con los hombres, sensualidad reprimida, fiebre romántica, desencanto amoroso, maternidad ingrata, pérdida de deseo, soledad recurrente, etc. Lo extraordinario, en cambio, sería su temprana violación, su don artístico, su empeño por sobresalir en un mundo masculino o el reconocimiento social. Artemisia Gentileschi, por tanto, es una mina de oro que ilustra mil facetas –íntimas y universales– de la feminidad. A la hora de evocar su apasionante existencia, Ara de Haro opta por un lenguaje híbrido que trata de transmitir el perfume del siglo XVII. Consciente de que su heroína nunca habría contado la historia a la manera contemporánea, opta por un estilo alla maniera que aporta la soltura suficiente para que la voz de Artemisia suene bastante creíble. Es, por tanto, una narración vestida de época en la que la cláusula fundamental es suscribir un pacto. Sabemos que Artemisia no escribía ni hablaba exactamente así, y sabemos también que De Haro no es una pintora italiana del Barroco y que suplantar a fondo al personaje es imposible. Pero, aceptada la convención, nada impide admitir que esta Artemisia sea una Artemisia cercana y que nos lleve de la mano a conocer los momentos clave de su vida.
Con todo, cierto tono didáctico lastra en ocasiones la narración. La experta De Haro asoma en exceso la cabeza al analizar algunos cuadros de Artemisia, como si quisiera resaltar la importancia de los mismos en el devenir de la pintura. Pero conociendo un poco a la italiana, es improbable que ella tuviera una idea tan clara de su posición en el plano artístico. ¿Quién podía tenerla en su época? Generalmente este suele ser uno de los riesgos más comunes cuando el narrador de a pie se apropia de la voz de un gigante: explicárnoslo. Otra tentación consiste en iluminar las sombras de una vida a partir de las conjeturas más verosímiles o más rentables poéticamente, algo que, por otra parte, nunca será demostrado, pero tampoco refutado. ¿Sabemos a ciencia cierta que Galileo Galilei trató de forzar a Artemisia, por ejemplo? ¿O que prefería el trato de los niños al de los adultos? ¿O que se sentía muy poco agraciada físicamente, muy distinta a las demás, cuando algunas pruebas demuestran lo contrario? Parece claro que cuanta menos información concreta poseemos de algunos aspectos de una figura, más libre vuela la fantasía para acomodarla en una hornacina donde podremos adornarla y hacerla revivir a nuestro antojo. Esto permite un amplio campo especulativo, sin duda, especialmente en aquel territorio de sombra donde las mujeres a menudo han desarrollado sus vidas. Lo creemos o no. Casi es un acto de fe.
Pero, al final, queda una pregunta definitiva: ¿este libro sobre Artemisia nos la devuelve a la vida? En buena medida, sí. Y más aún. Si la pintora italiana pudiera leerlo al margen de los rigores de la crítica moderna, seguramente se sentiría reconocida, comprendida y honrada. Su testimonio ficticio escrito por De Haro es un buen pórtico y una buena compañía. Quizá no debamos pedir mucho más a las biografías desde el «yo». Al fin y al cabo Marguerite Yourcenar ya no está con nosotros.

01/11/2011

 
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