ARTÍCULO

Ensayo para una lectura de cámara

Mondadori, Barcelona
168 pp. 18 €
 

Félix de Azúa tiene merecida fama de articulista lleno de ingenio, con un sustrato crítico-corrosivo inyectado en su prosa gracias a una ironía expresiva tan desconcertante como eficaz. Seguir sus ideas exige, a veces, un cierto esfuerzo, al no hacerle fáciles concesiones al lector; pero, por otro lado, su estilo, preciso y transparente, permite adentrarse sin fatiga alguna en su escritura. Ha consolidado, pues, una indiscutible maestría, bien reconocida, en ese tipo de texto de extensión media o breve, con artículos suscitados casi siempre por algún acontecimiento público, más o menos reciente, que hiere la sensibilidad o la inteligencia. Y aunque entre sus pretensiones no figura crear opinión, de todos modos consigue con acierto desenmascarar muchas de las que, para oprobio de la razón, circulan por España.
Sin embargo, esta misma acogida dispensada a su obra, llamémosla periodística, no se manifiesta con igual entusiasmo en sus otros escritos ensayísticos. Se les presta atención, son leídos, reseñados en la prensa, pero se percibe que hay menos seguridad a la hora de valorarlos. Casi se diría que inquietan y confunden a muchos de sus seguidores, dispuestos previamente a concederle el mayor crédito, fiados en sus logros en la prensa, pero que, al adentrarse en estas páginas de obras mayores, se quedan descolocados, perplejos, con el juicio crítico suspendido. Quizá porque, en lugar de encontrar la misma faceta del autor lleno de ocurrencias demoledoras, deben confrontarse con otros niveles de exigencias a la hora de leerlo.
La clave de esta perplejidad quizá resida en no conocer la capacidad de Félix de Azúa para adecuar sus escritos a una cierta división del trabajo. Sus ensayos son obras que han sufrido un largo proceso de decantación. Las páginas dedicadas a Diderot o Baudelaire, a Venecia o al estatuto del artista en la edad moderna, encierran preciosas composiciones de cámara. Durante años han centrado sus reflexiones y lecturas, mientras que los artículos surgen de la realidad cotidiana como un aldabonazo cáustico que, buscando un efecto inmediato, quisieran remover la molicie del país. Pero que cumpla bien su cometido en este tipo de registro no significa que en él agote las posibilidades de su pensamiento. Todo lo contrario: sus artículos dan cauce a la vertiente de enfant terrible y provocador que le gusta cultivar para delicia de sus lectores, al mismo tiempo que cumplen una necesidad social que, en el marco español, pocos más se atreven a llenar. Realizada esa misión, nada fácil, por otra parte, sus restantes objetivos reclaman otro esfuerzo y otra ambición. Sin apenas aparentarlo, siempre tienen en su punto de mira las grandes cuestiones de la existencia, vistas a través del fenómeno estético y del mundo de las letras. Intermediarios elegidos porque despiertan la ilusión de ser los que mejor cumplen con el «desesperado intento de imponer un sentido a nuestra vida».
Sus ensayos ofrecen, además, una garantía que conviene resaltar por ser poco frecuente: cada reflexión ha sido contrastada con cuantos referentes, en el ámbito del pensamiento, la han precedido. Una elaboración formalmente tan depurada podría parecer escogida a propósito para encubrir un ensayismo libre, lírico y espontáneo; sin embargo, sucede lo contrario: enmascara un conocimiento pleno, adquirido sin concesiones a ninguna erudición académica pero que, antes de destilarse en forma de escritura, ha seleccionado todo cuanto debía ser leído, por obligación intelectual o por la responsabilidad que, para el autor, impone el oficio de pensar y escribir. Tras sus obras mayores se oculta, pues, también un sabio disfrazado para disimularlo bajo la capa irónica de prosista inteligente e ingenioso. Mas no se trata de un sabio sólo receptivo, sino crítico y batallador, de los que, tras haber auscultado el valor y la motivación de las teorías circulantes, y una vez comprobada la necesidad de conjurarlas, toma apasionado partido, desplegando incisivamente los criterios propios.
Las reacciones surgidas tras la publicación de Autobiografía sin vida ilustran muy bien la perplejidad comentada. Contribuye a ello la elección misma del título, al crear unas expectativas de anécdotas personales, mero espejismo, del que el lector no tarda en salir desengañado para tener que vérselas con las preguntas más candentes (por actuales y por intempestivas) de la existencia, del arte y de la literatura. Cumplir con este reto ha debido suponerle a Félix de Azúa un largo proceso de depuración, hasta llegar a concebir el núcleo duro y descarnado en que apoyar ese momento fundacional en el que «los humanos necesitaron producir imágenes» y, como consecuencia, «se separaron del mundo o hicieron del mundo un espectáculo que ellos contemplaban desde la butaca de sus ojos».
Establecida esta genealogía –expuesta en el primer capítulo– que convierte la vida en el soporte de «un torrente de signos visibles que va labrando el surco de nuestra imaginación sin que podamos hacer nada por detenerlo ni por canalizarlo», el próximo envite del libro consiste en narrar los sucesivos momentos e imágenes que, a través de un cúmulo de «sensaciones, experiencias, emociones, decepciones y aprendizajes», provocaron su biografía y, cabe deducir que también, en términos similares, la de muchos lectores contemporáneos. Esos mismos que, traspasado este primer umbral de iniciación, se sientan plenamente concernidos. Porque esta biografía literaria, como mostró la de Coleridge, presenta, una vez más, un yo ausente y ficticio, sólo destinado a que aprecien y reconozcan su propio itinerario los otros, los dispuestos a remover y reflexionar sobre el determinante poder que han representado en sus vidas ciertos juegos de imágenes y libros.
La sucesiva selección realizada implicaba –como si se estuviera situado en una «butaca» o en un diván– recobrar aquellos signos de mayor incidencia, con sus consecuentes cargas de afinidades y rechazos, evitando el riesgo de un mero recorrido histórico, con regusto a antología de recuerdos favoritos. En la propuesta, desarrollada en once capítulos más, se ha eludido esa tentación, entre otras cosas, porque el artificio literario al que se ha sometido la autobiografía obligaba a exponer con veracidad las impresiones sufridas por el autor, pero también había que articularlas con la verosimilitud propia de una intriga narrativa (habilidad para la que también cuenta con buena experiencia Félix de Azúa). Así, cada capítulo, cada paso, tiene algo de autónomo, pero también de fragmento y eslabón que promueve un cierto suspense, cuya finalidad no sólo alienta a seguir el relato: se convierten, además, en partes que se iluminan unas a otras.
Esta última es otra herramienta de la que el autor sabe hacer buen uso. Como partes de un cuarteto de cuerda, sus capítulos nunca son extensos y tienen algo de quintaesencia destilada, reclamando otro posterior que lo complete y suministre la clave esclarecedora. Pero el nuevo capítulo ahonda y complementa, sin cerrar definitivamente la intriga que arrastran las grandes preguntas planteadas. Los buenos finales son válidos para las novelas, pero en los ensayos de Félix de Azúa la tensión reflexiva permanece abierta hasta la próxima entrega. Que sea pronto.

01/03/2011

 
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