ARTÍCULO

Arquitecturas del espíritu

 

Baudelaire no se entiende sin la Ciudad: Je t´aime, ô capitale infâme! proclama en el epílogo de Le Spleende Paris, precisamente en el mismo poema en que su alter ego asciende a la montaña para contemplar la urbe en toda su extensión, y desde donde nos la describe con sólo cinco contundentes sustantivos: hospital, lupanares, purgatorio, infierno y presidio. Ciudad irreal exclama años más tarde T. S. Eliot, mientras superpone la multitud de commuters que cruza al atardecer el Puente de Londres a la que penetra en el Infierno de Dante (III, 55-57): «detrás venía tal cantidad de gente que nunca hubiera creído que a tantos hubiera destruido la muerte». Ciudades imaginadas, ciudades soñadas, ciudades temidas. La literatura ha dejado constancia de ello desde antiguo, quizá desde el momento mismo en que el hombre creó las ciudades para esconderse inútilmente de Dios: esa fue la tragedia de Enoc, hijo de Caín, que no pudo soportar el reproche divino y fundó la ciudad que llevó su nombre sólo para ocultarse en ella. El Antiguo Testamento es decididamente antiurbano: Babilonia (la Gran Meretriz que luego será Roma), Nínive, Sodoma, Gomorra. Ciudades del mal, ciudades malditas. Si consigues escapar de ellas, no te vuelvas a mirarlas. La exposición La ciutat que mai no existí; Arquitectures fantàstiques en l´art occidental, que puede visitarse en el dinámico Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) hasta el próximo febrero, no se ocupa sólo de ciudades malditas. Su comisario, Pedro Azara, ha trazado un itinerario más ambicioso: la arquitectura fantástica tal como la han plasmado los artistas occidentales a lo largo de los tiempos. Desde los anónimos frescos pompeyanos hasta las instalaciones puzzles de Miquel Navarro o la efectista cámara de bruma de Ann Verónica Janssens. Casi nada. Todas las arquitecturas imaginadas: las imposibles e intransitables (invivibles, diríamos) y las que son meras proyecciones de las que existieron.

La exposición es a la vez sugerente y frustrante: dentro del «arte occidental» que imaginó arquitecturas fantásticas no están representados, por ejemplo, ni Piranesi, ni Escher, ni William Blake, ni los grandes proyectistas utópicos del XVIII francés (Verly, Boullé), ni el Schinkel de las fantasías neoclásicas, ni las ciudades del espacio de Georgy Krutikov, ni los dibujantes de comics (las arquitecturas de FlashGordon, de Alex Raymond), ni películas como Metrópolis, de Lang, Blade Runner, de Scott, ni las arquitecturas virtuales de Matrix, ni las ciudades-viajeras de La Guerra de las Galaxias, ni las ciudades-despojo de Mad Max, ni proyectos como el de «la casa sin fin» del rumano Friedrich Kiesler, cuyo urbanismo de cuevas artificiales tiene algo que recuerda a un Gaudí menos evolucionado. Y tampoco aparecen las arquitecturas de las grandes Utopías, tan repleta de elementos reconocibles: pirámide, obelisco, zigurat, fortaleza, arco del triunfo. ¿Por qué no hay un apartado dedicado a los proyectos revolucionarios totalitarios, a las arquitecturas heroicas de fascistas y comunistas que expresan el Orden Nuevo? ¿Dónde están las referencias a las ciudades imaginadas por los arquitectos de Mussolini, Hitler o Stalin? La lista de lagunas sería interminable: el problema es que, sin haber fijado límites, las ausencias se revelan espectaculares, definitivas.

La exposición es sugerente, sin embargo, porque lo que se muestra es bastante como para desencadenar todo un sistema de relaciones: las arquitecturas capricho del Renacimiento y el Barroco (estupendas muestras del arte de Vredeman de Vries, Monsú Desiderio, Francisco Gutiérrez, Van Delen, Matías de Torre, etcétera) tienen que ver con el mismo espíritu que propicia el sueño utópico de esas ciudades imaginarias que serían los antípodas de las nuestras. Ciudades a las que emigrar o, a veces, de las que huir. Moro con su Utopía, Campanella con su Ciudad del Sol, Bacon con su Nueva Atlántida siguen los pasos de la urbe imaginada por Platón en Timeo y Critias, y que más tarde exploran con otros nombres, avatares y propósitos diversos gentes como Etienne Cabet, Julio Verne, Conan Doyle, H. G. Wells, Lovecraft, Borges o Italo Calvino. Arquitecturas inventadas a partir de un sueño literario o de un juego de líneas sobre un plano. El hombre jugando a Gran Arquitecto: como Speer organizando el Nuevo Berlín del Reich de los Mil Años o la escenografía apabullante y temible de las Paradas de Núremberg, auténticas dramatizaciones de un futuro temible fijadas para siempre por Leni Riefensthal.

Toda revolución imagina una nueva arquitectura y una nueva ciudad. Es más: la fundación de toda ciudad se apoya en un sueño de arquitecturas fantásticas. En la Antigüedad se acotaba primero su perímetro, bien con estacas y cuerdas que ayudaban a plantar los dioses, bien cortando en tiras la piel de un animal sagrado para extenderlas hasta donde dieran de sí. Tal fue el origen de la Cartago de Dido, la reina enamorada: «compraron tanto terreno cuanto pudiesen circundar con una piel de toro». Se acota el territorio del sueño y surge la ciudad imaginada, poblada de edificios simbólicos.

Los narradores de todas las épocas también las imaginaron para situar sus historias. Los escritores realistas, renombrando simplemente las que tenían al alcance de la mano: la Vetusta de Clarín, la Castroforte de Torrente Ballester, la Santa Fe de Tierra Firme de Valle-Inclán, la Mágina de Muñoz Molina, la Comala de Rulfo, la Santa María de Onetti, son sólo transposiciones de ciudades que, si bien no existen como tales (como tampoco el Christminster de Thomas Hardy, el Bleston de Michel Butor, o la Jefferson de William Faulkner), sí son demasiado posibles, demasiado nuestras.

Otros escritores, los que necesitan proyectar el presente en terribles distopías, hipertrofian los rasgos negativos de las ciudades-hormiguero del siglo XX : Zamiatin, Huxley, Orwell imaginan aglomeraciones inhumanas y apocalípticas, a veces ruinosas y sumidas en una guerra eterna, y otras organizadas según un orden aséptico y totalitario. O, como hace H. G. Wells en La máquina del tiempo con los degenerados Morlocks (antiguos proletarios que ahora rigen un mundo postcatastrófico), sepultan a sus habitantes en urbes oscuras excavadas en la roca y en cuyos ámbitos siniestros se practican ominosos ritos que repugnan a la moral y la razón. O los hacen vivir eternamente en ciudades abrasadas de arquitecturas dementes, como ocurre en la borgiana Ciudad de los Inmortales, de la que nos ha dejado testimonio Joseph Cartaphilus, que fue anticuario en Esmirna después de ser Homero, y a la que sólo se accede desde el laberinto y la confusión.

Aunque tal vez sea cierto, como decía Nietzsche, que es precisamente el laberinto la única arquitectura que está a la altura de nuestras almas. El mismo laberinto que constituye la ciudad moderna y de la que su más conspicuo cantor, Baudelaire, nos dejó dicho: «¡Hormigueante ciudad, ciudad llena de sueños, / Donde a plena luz llama el espectro al viandante!»

REFERENCIAS

AA.VV.:  Catálogo La ciutat que mai no existí; Arquitectures fantàstiques en l´art occidental . Centre de Cultura Contemporània de Barcelona y Diputació de Barcelona. 2003. 160 páginas. 15 .

01/12/2003

 
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