ARTÍCULO

El ángel y la gallina. Peripecia española del star-system arquitectónico

 

Permítaseme iniciar esta reseña anticipando la opinión de que se trata de un libro interesante y entretenido. Es verdad que hacer esta valoración antes siquiera de haber hilvanado comentario alguno sobre su contenido, planteamiento narrativo y demás características al uso, puede entenderse como un comportamiento poco ortodoxo por parte del reseñista. Pero lo cierto es que cumple el libro de sobra con el propósito de suscitar en el lector algunas de las motivaciones que con buen tino reclamaba en su día Claude Durand, el editor de Fayard: sana y honesta curiosidad, simpatía y admiración por ciertos personajes, más la convicción de obtener con su lectura diversión y algún conocimento a la vez. En este caso, con motivo de uno de los fenómenos más notables y recurrentes dentro de la puesta en escena de la política urbanística en un buen número de lugares de nuestro país, pequeños, medianos y grandes, que en ello no hay diferencia que cause el tamaño. Me refiero al branding o uso de la arquitectura –más bien del nombre de ciertos arquitectos: Frank Gehry, Jean Nouvel, Zaha Hadid o Santiago Calatrava, entre otros– como marca asociada a la imagen mediática de una ciudad; el llamado, a consecuencia de la dignificación urbana de Bilbao, «efecto Guggenheim».
Como el título de esta pequeña nota y del propio libro comentado indican, Moix ha tratado de glosar con una sana dosis de realismo y alguna que otra amable ironía los hechos y andanzas españolas de ciertos arquitectos de postín –normalmente extranjeros, pero también alguno de aquí– y lo que tras ellos se mueve, es decir, el portento del star-system de la arquitectura internacional y sus marcas de lujo. El vocablo inglés star-system no resultará extraño a los conocedores de la historia de la industria cinematográfica y, de hecho, su traslación ahora al mundo de la arquitectura no parece sólo lexicográfica sino que, en ciertos aspectos, puede que sea también conceptual y metodológica. Los amantes del «séptimo arte» recordarán cómo, en la época clásica de Hollywood, los ejecutivos de los estudios inventaron ese método de crear, promover y explotar a estrellas del celuloide, como Cary Grant, Joan Crawford o Rock Hudson –por poner algunos ejemplos señalados–, haciendo énfasis en su imagen pública y no tanto en sus dotes específicas como actores.
Llàtzer Moix es periodista de profesión, redactor jefe adjunto al director del diario La Vanguardia de Barcelona, y tal circunstancia marca el tono de esta obra suya al menos en un doble sentido. En primer lugar, el gusto por el detalle en el relato de los hechos, que se presentan al lector contextualizados y bien documentados en cuanto a los protagonistas –y no sólo las figuras mediáticas de primera fila– de cada uno de los episodios que constituyen el objeto del libro. Moix inicia el periplo estelar en el Bilbao del Museo Guggenheim –en realidad, el proyecto de regeneración urbana Ría 2000, debería decirse– y va pasando sucesivamente por otras operaciones efectuadas en Valencia, Santiago de Compostela, Zaragoza, Barcelona y Madrid, más algunos enclaves de menor significación geográfica. Por otra parte, el libro está escrito con estilo gacetillero, lo cual en este caso no significa demérito alguno, sino justo lo contrario, por ameno. No espere el lector encontrar en sus páginas hondas –o plúmbeas– reflexiones de carácter ontológico ni propedéutica alguna sobre las complejidades de la arquitectura actual de alto copete, sino más bien ciertas claves de la relación singular que se da entre ésta y el poder, generalmente político. Tal proximidad entre política y arquitectura suntuaria ha ido anidando a una y otra en una sucesión de bucles con realimentación recíproca –feedback positivo, diría un especialista en sistemas de control que funcionaron con soltura pasmosa en España desde los fastos de 1992 hasta prácticamente ahora mismo.
De los casos relatados en el libro pueden extraerse algunas anécdotas curiosas y conclusiones que a nadie deberían dejar frío. Valga como muestra la –en cierto modo frustrante– experiencia de «Zahagoza», pues así se refiere Moix a la Zaragoza del infausto puente-gladiolo, construido con motivo de la Exposición Internacional sobre Agua y Desarrollo Sostenible en el año 2008. Aquel híbrido de pasarela y museo concebido por el estudio londinense de Zaha Hadid con la ocurrente intención de organizar un edificio sobre un puente –un edificio es para estar y un puente se construye para pasar– es un doble artificio, y quizá por ello merecía haber sido mostrado en una doble exposición. Se dice que el estudio de Hadid tuvo la habilidad de vender para el Ebro una idea que la ciudad de Londres había declinado construir en el Támesis diez años antes. Le queda ahora a la noble capital aragonesa una «cosa» encajada en el meandro de Ranillas, aguas arriba de la Pilarica, que causó un gasto exorbitante debido a la desconsideración del diseño hacia el proceso constructivo de la obra y su contexto físico, y lo que a la postre más irrita, un aparato de funcionalidad y prestancia doblemente demediadas en su irresoluta vocación de Jano bifronte.
Lo malo de estas historias que ya parecen inevitables de ententes de altos vuelos entre política y arquitectura es que con frecuencia se olvida aquel precepto con el que Le Corbusier animaba a las autoridades municipales a adoptar decisiones para la prohibición de las formas abstrusas, y a tomarse muy en serio la investigación sobre otras formas que él decía benefactoras, porque el ojo del público no debe ser brutalizado, sino acariciado. Quién sabe si el exceso de fantasía y lirismo en la justificación de las construcciones-estrella acabará por producir una concatenación de metáforas indigestas, y por pura saturación se dará un paso de ciclo helicoidal en el gusto hacia formas y configuraciones más simples y bellas. Planteamientos que no se den bofetadas con un orden funcional siempre necesario y que pueden verse plasmados arquitectónicamente mediante formas modernas y eficaces, en la línea que marca la actuación de Foster en el hermoso viaducto de Millau, proyectado por Michel Virlogeux. Como bien explica el libro de Llàtzer Moix, al final todos terminamos por abandonar las ilusiones y rendirnos a la evidencia: un ángel incapaz de volar es una especie de gallina, aunque cueste una millonada o lo firme X: puede sustituirse la X por el nombre que uno prefiera.

01/03/2011

 
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