ARTÍCULO

La doble naturaleza

Espasa Calpe, Madrid, 191 págs.
 

Una de las causas del reciente florecimiento de la narrativa española estriba seguramente en el hecho de que en la actualidad convivan, a lo que parece en fructífera armonía, cuatro o cinco generaciones de escritores en activo. Todas ellas se fecundan mutuamente en una más que sana competición por elevar la calidad literaria del momento hasta cotas muy dignas. Ejemplo de ese fecundo trasvase seria la línea Cela-Umbral-Prada, la feliz longevidad y magisterio de Francisco Ayala o el del recientemente fallecido Torrente Ballester. Repararemos también en que el último Premio Planeta ha recaído en una escritora de 25 años y mucho talento, Espido Freire, quien comparte en gran medida el mundo de la novelista que ahora traemos a colación, Ana María Matute. Tras un silencio de veinticinco años, atenuado apenas por la reedición revisada de una maravillosa novela, Luciérnagas (Destino, 1993), Ana María Matute se descolgó con aquel impresionante Olvidado rey Gudú, en 1996, que ha reconciliado a muchos lectores con el placer de las sagas, con los cuentos de las viejas al calor de la hoguera y con la fantasía, ese territorio, a lo que parece, tan poco propicio a la literatura castellana y que, ciertamente, y salvo casos aislados (el citado Torrente, Cunqueiro, Juan Perucho, un primer Ferlosio) ha tenido pocos fabuladores en lo que va del siglo que termina.

Cuatro años después, la novelista de la infancia triste y mágica (pues en casi todas sus novelas revisita, desde la melancolía transida de belleza y un pesimismo más que nostálgico, ese territorio de la propia y primera memoria) vuelve a ese mundo de las fábulas que se escuchan a veces en el silbo de los aires en las noches de invierno, «esas voces misteriosas y no humanas, voces que se adentraban en el silencio, que revoloteaban a su alrededor y se introducían en su mente encendiendo su oscuridad». Esas voces que Orso, uno de los protagonistas de este relato, atisbaba en las historias secretas que cuchicheaban las sirvientas en las noches junto al fuego. Esa atmósfera, narrada y conseguida desde los primeros compases de esta fábula, es la que hay que respetar para adentrarse en esta historia hermosa y cruel de «iniciación al destierro». Escrita con un estilo en el que se conjuga la difícil sencillez y un halo poético nada edulcorado, Ana María Matute introduce su cuento en un ámbito medieval, en los albores del Sacro Imperio, en un espacio en el que, sin solución de continuidad, se conjugan las más implacables leyes de la supervivencia feudal (la educación a la que es sometido Orso en tierras del Conde, su señor) con las incursiones en mundos paralelos (los de la imaginación, a lo que parece igualmente reales) en los que un hada puede enamorarse y yogar con el joven caballero que se adentra en la espesura del bosque a la busca de esas voces susurradas en el hogar por las criadas.

De ese mágico conyugio, olvidado en las brumas de un sueño juvenil, nacerá Aranmanoth, mes de las espigas en el calendario del «viejo rey», Carlo Magno, el mes en que fue concebido por el fogoso Orso y el hada enamorada, un muchacho que esconde en su pecho traslúcido la angustia infinita del expatriado; por eso, este sentimiento de orfandad le hace adentrarse, él también como un día su padre, en el bosque y exclamar desconsolado: «Madre mía, ¿por qué me abandonaste?, ¿por qué me diste esta media naturaleza? No puedo saber quién soy. Has desaparecido de mi vida y de este mundo sin revelarme sus secretos. ¿Por qué me has traído a un mundo que sólo vivo a medias, que sólo comprendo a medias?, ¿qué hago yo en un lugar que no es mi lugar, y por qué añoro ese otro, al que tú y yo pertenecemos y que tampoco logro entender por entero» (pág. 49).

Seguro que el lector más perspicaz o familiarizado con la prosa entrañada de Ana María Matute sabe que en esta cita de su última novela se podría resumir, como en crisol, el sentido último de su obra toda, ese sentimiento de lateralidad, de extrañamiento, de enajenación al que se asiste cuando en mitad de la magia de la infancia adolescente irrumpen, a un tiempo, la fuerza del amor y el desabrimiento cainita del dolor, la guerra o la violencia. Así también en Aranmanoth, la llegada al castillo de una niña, prometida de Orso, Windumanoth (el mes de las vendimias en el calendario del Emperador), hace que el pobre adolescente que lucha por encontrar su sitio en un mundo al que no pertenece completamente conozca, a un tiempo, el amor, el destierro y el dolor. Y que la pobre niña, de vuelta al «Sur», ese espacio mítico que no es un lugar geográfico (su casa, sus hermanas), sino un territorio despoblado de su corazón (la infancia arrebatada por unas leyes nobiliarias contra las que ilusamente quiere invocar las del amor inocente) reciba como premio a su desgarro el conocimiento de la «verdad» de sus mayores: ese impresionante final en el que se va viendo progresivamente expulsada de un territorio (el de sus hermanas «colocadas», la casada, la abadesa) que aún consideraba como suyo.

na María Matute construye esta triste historia de elfos y hadas adolescentes con una sobria ternura en la que resalta, sin duda, la sensación de «realidad» y de profundo conocimiento del ser humano. El relato, casi en cada una de sus escenas, nos presenta la compleja trama de los deseos y las pasiones humanos en sus aspectos luminosos y oscuros, amables y terroríficos. Obsérvese cómo cada instante de dicha es oscurecido, inmediatamente, por el miedo o el dolor, y viceversa. O cómo todos los personajes principales se ven acometidos por pulsiones poderosas, temores, deseos, imágenes, incluso, que los arrastran feliz y trágicamente hacia su propio exilio: como si la felicidad o el amor estuvieran siempre bajo sospecha en un mundo bronco (repárese en el nombre, Orso, del protagonista) que para sobrevivir exige implacablemente la férrea coraza o mecanismo de seguridad que conocemos y padecemos con el nombre de Costumbre.

Y así, de esta manera «tan sencilla», Ana María Matute da una nueva lección de talento narrativo a las sucesivas generaciones de escritores que tan bien hacen en cultivar su magisterio. Y un motivo de felicidad para los lectores de literatura fantástica en un ámbito tan realista, de realismo a veces pedestre, otras edulcorado de culturalismo libresco, como el nuestro.

01/08/2000

 
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