ARTÍCULO

Aquí aprenderá usted qué es la imaginación

Destino, Barcelona
398 pp. 19,50
 

Mercado de espejismos contiene ya en su título su programa completo o, como se dice ahora, su «agenda». «Mercado» hace referencia a la economía, a la sociedad de mercado, a la vida convertida en mercado, al mercado del arte (en este caso de productos robados o falsificaciones), y especialmente a la literatura convertida en producto mercantil. «Espejismos», a todo aquello que nos fascina pero nos engaña, y también a todos aquellos que pretenden fascinarnos para engañarnos, especialmente todos aquellos que quieren convencernos de que el mundo está lleno de misterios y que la realidad no es sólo aquello que podemos tocar con las manos y ver con los ojos, sino algo más, algo mágico, espiritual, incorpóreo. Ambos conceptos están relacionados. Los fabricantes de «espejismos» son charlatanes o farsantes que inventan todo tipo de patrañas a fin de engañar a los tarados y aprovecharse de ellos, es decir, sacarles los cuartos. El libro se convierte así (o quiere convertirse) en un alegato, un manifiesto, un panfleto, en fin, contra: a) la literatura de consumo, especialmente la moda de los best sellers de tema histórico, místico y conspirativo, y b) cualquier forma de charlatanería «pseudoespiritual» de esa que, al parecer, inunda nuestra sociedad posmoderna.
Ignoro si el autor quería hacer, real­men­te, un pastiche de un best seller, es decir, imitar o parodiar ese género que tanto aborrece. Lo cierto es que Mercado de espejismos no es una parodia de un best seller porque no se parece en nada a los libros que hemos acostumbrado a llamar best sellers, y que antes se llamaban, de forma mucho menos moralista, novelas de aventuras o de misterio. No se parece en nada porque los autores de novelas de misterio, nos gusten o no, intentan (y en ocasiones lo consiguen) escribir obras intrigantes y divertidas, y Mercado de espejismos no es ni una cosa ni, ciertamente, la otra; porque los autores de novelas de misterio intentan documentarse a fin de crear entornos exóticos que resulten vívidos y creíbles, y en Mercado nunca se hace tal cosa; porque los autores de novelas de misterio intentan crear personajes fascinantes a los que les suceden cosas fascinantes y en Mercado los personajes son meros fantoches ridículos que están ahí simplemente para recibir las bromas y pullas de su autor y, finalmente, porque los autores de novelas de misterio ­creen en lo que hacen, mientras que Benítez Reyes, que se pasa casi cuatrocientas páginas gritando al mundo que no cree en nada, tampoco se cree el libro que está escribiendo.
Claro está que la respuesta del autor o de sus partidarios siempre podrá ser el célebre «lo hago así porque quiero que sea así», que es la sima de tantas empresas estéticas. No me documento porque no quiero. No hago creíbles a los personajes porque no quiero que sean creíbles. Etcétera. Y realmente es éste un hueso duro de roer en las discusiones literarias, en que casi todo el mundo parece convencido de que un novelista puede «inventar» lo que le venga en gana o escribir «de memoria» y que son los periodistas quienes tienen la obligación de ser precisos y de reflejar la vida como es. Pero créanme, ningún pintor se inventa las arrugas de un traje de memoria, y ningún escenarista de cine se inventa una mansión decimonónica o un salón del lejano oeste de memoria, porque dichos trajes, mansión y salón no tendrían el menor interés, se verían falsos y romperían toda la ilusión y la magia artística. Los personajes, sus formas de hablar, los lugares, las ciudades, las costumbres, las leyendas, las sectas, los crímenes, en fin, que pueblan Mercado de espejismos suceden todos en la mente del autor. No, ni siquiera en la mente: suceden en las palabras del autor. No son ni siquiera criaturas mentales: son simples criaturas verbales. Son bromas.
Mercado de espejismos es un libro caudalosamente lleno de acontecimientos e invenciones de todo tipo. Sin embargo, al leerlo nunca tenemos la sensación de que esté pasando realmente nada. La supuesta «historia» se ve interrumpida continuamente por comentarios de todo tipo, bromas y observaciones que pretenden ser ingeniosas y que la oscurecen hasta el punto de que, una vez terminado el libro, me resultaría imposible explicar qué es exactamente lo que pasa en él. El gran protagonista del libro es su autor, que comenta, juzga, explica, hace bromas y nos da su opinión continuamente.
Podemos entender Mercado de espejismos como una especie de panfleto en contra de la imaginación, la obra de un moralista que pretende desacreditar para siempre todo lo que no encaje en su visión supuestamente «ilustrada» y «científica». En este sentido, nos recuerda a las obras de ciertos párrocos que advierten a las jovencitas de los peligros de la lectura de novelas, a los puritanos que lograron cerrar durante el siglo xvii los teatros de ópera o a ciertas invectivas dieciochescas contra la literatura de ficción y, en general, contra todo aquello que no sea «útil», aunque creo que ningún ilustrado llegó nunca a los extremos de intolerancia que alcanza Benítez Reyes en la obra que comentamos. El padre Feijoo, a su lado, parecería un hippie y un colgado.
¿Qué son «patrañas» para Benítez Reyes? ¿Quiénes son los «farsantes» que las perpetran? Nuestro autor parece no hacer distinciones. El cuento de Caperucita es una patraña como lo es la Biblia, el zen, el satanismo, las echadoras de cartas, los mitos giegos, la literatura antigua o los escritos alquímicos. Benítez Reyes no diferencia entre las tradiciones populares medievales (los trozos del leño de la cruz), la sabiduría antigua, la mitología, las sutilezas de los místicos o –sic– las redes de trata de blancas o el crimen organizado. Para él los Vedas, Santa Claus, Charles Manson y Gandhi pertenecen todos a la misma familia de «patrañas» y de «farsantes», y todas las cosas «espirituales» son, literalmente, mentiras, engaños deliberados, que están relacionados con el crimen, la prostitución y el consumo de drogas. Los que se dicen «espirituales», parece querer defender Benítez Reyes, deberían estar todos en la cárcel.
Parece inevitable que este rechazo violento e indiscriminado de las «patrañas» y los «espejismos» sin distinción de códigos, épocas, géneros, calidades o intenciones, termine por cebarse en la propia literatura. Así, la ilustración, en el clásico análisis de Adorno y Horkheimer, estuvo a punto de destruirse a sí misma. Si en un lugar de la novela (también era inevitable) encontramos la declaración «no olvide que todos somos mercaderes de espejismos», blandamente colocada como para asegurarnos de que, a pesar de todo, su autor también sabe relativizar sus propias afirmaciones, son las frases que dedica al tema de la imaginación donde parece residir lo más fuerte de su argumento: porque si para algunos (p. 269) la imaginación es «el ojo del alma», observa el autor a través de Jacob, para otros, entre los que suponemos que habremos de incluirlo a él, la imaginación no es otra cosa que «el ojo del culo».
Queda, finalmente, preguntarse cuál ha sido la razón principal que ha movido al jurado del Premio Nadal a otorgarle a Mercado de espejismos el galardón del presente año. ¿Las cualidades puramente artísticas del libro? ¿El ataque a la «literatura de consumo», visto como una reacción saludable de la intelligentsia? ¿El panfleto contra las «patrañas» y contra el «papanatismo», ese término que tanto gusta a los defensores de las normas para el parque humano? ¿Las tres razones al mismo tiempo? 

01/08/2007

 
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