ARTÍCULO

Aportaciones para una reescritura de la Guerra Civil española

 

Es habitual afirmar que la Guerra Civil tuvo, desde su comienzo mismo, una vertiente exterior que resultó fundamental. Es menos intuitivo afirmar que fue, precisamente, la inserción de los vectores externos sobre el resultado del semifracasado/semiexitoso golpe militar (ya buscada por algunos de los conspiradores) la que creó las condiciones necesarias y suficientes para que el conflicto se prolongase durante casi tres años tanto en los campos de batalla de España como en las cancillerías, principalmente europeas.
La exploración de la vertiente exterior tiene tras de sí una ilustre historia. Como muestran los casos de Hugh Thomas, Gabriel Jackson y Herbert R. Southworth, las primeras reconstrucciones globales hechas por historiadores extranjeros (de los que escribían en España mejor es no hablar) le otorgaron una gran importancia. Más tarde se produjo una reacción de corte casticista y profranquista que trató de disminuirla todo lo posible, aprovechando la impagable ventaja de la censura que ejercía el poco lamentado Ministerio de (Des)Información. Tal orientación, profundamente reaccionaria, fue a su vez rebatida por nuevos autores extranjeros (por ejemplo, Michael Alpert, John C. Coverdale, Jill Edwards, Helen Graham, Morten Heiberg, Manfred Merkes y Paul Preston, entre muchos otros) y españoles (valgan los casos de Ricardo Miralles, Enrique Moradiellos, Fernando Schwartz, Hipólito de la Torre, Javier Tusell y quien esto escribe). Todos ahondaron en la política de aquellos países centrales que, con sus acciones y omisiones, facilitaron la derrota de la República y el triunfo de Franco. Autores, hay que subrayarlo, que acudieron esencialmente al material primario de la época remansado en archivos españoles y de fuera de España.
La no intervención y las políticas del Tercer Reich, de la Italia fascista, de Gran Bretaña y de Estados Unidos llamaron la atención en primer lugar. Quedaron lagunas importantes que poco a poco han ido colmándose. La continuada desclasificación de documentos británicos ha demostrado que no todo estaba dicho acerca del crucial papel de los gobiernos de Londres en la ayuda a Franco y en las cortapisas al régimen republicano. No existe, sin embargo, una monografía aceptable sobre las relaciones hispano-francesas. Sería interesante especular acerca de las razones (¿egohistóricas?, ¿de bochorno tardío ante el papel desempeñado por la Grande Nation?) por las cuales ningún autor del país vecino ha acometido tal tarea.
En cambio en los últimos diez años el conocimiento de la política soviética, la tradicional laguna de la máxima importancia, ha avanzado considerablemente. Y, como testimonio del cambio de circunstancias, en tal ámbito han estado presentes desde el primer momento autores españoles (Antonio Elorza y Marta Bizcarrondo).
El caso soviético es paradigmático de los innumerables lastres que han pesado sobre la historiografía de la Guerra Civil. En primer lugar, la dificultad de acceso a los archivos relevantes; en segundo lugar, las aleatoriedades en la localización de las fuentes necesarias; en tercer lugar, los condicionamientos que hay que superar a la hora de analizar tales documentos, a saber, la predominancia de perspectivas tradicionales, ya sean –de izquierda a derecha– anarquistas, trotskistas/poumistas, conservadoras, de los guerreros de la guerra fría y, no en último término, pro y neofranquistas. Estas últimas, sin crédito alguno fuera de nuestras fronteras, siguen vivitas y coleando dentro de ellas, al parecer inmutables, atadas y bien atadas, como trasunto ideológico de construcciones tan graníticas del estilo del Valle de los Caídos. También es paradigmático el caso soviético con respecto a la forma en que normalmente se escribe la historia: con la ambición de encontrar nuevas fuentes primarias, y precisando cada vez mejor la forma y manera en que deban abordarse. El conocimiento genuinamente histórico es contingente y avanzar en historia equivale a un tejer y destejer continuos.
De habérseme pedido una recensión del libro de Frank Schauff cuando se publicó por primera vez en alemán en 2004 como derivado de su tesis doctoral, hubiera sido en gran medida en¬tusiasta en lo que respecta a su núcleo (y menos en cuanto se refiere a los aspectos puramente españoles). Conocí al autor cuando era todavía doctorando y, como amablemente recuerda en sus páginas de agradecimientos, no tuve el menor inconveniente en pasarle documentos que le interesaban. Tal recensión hubiera puesto de manifiesto el hecho, que nunca se subrayará lo suficiente, de que es a Schauff, y a otro historiador norteamericano cuya obra apareció el año antes, Daniel Kowalsky (publicada por Crítica), a quienes les corresponde el mérito de haber sido los primeros autores occidentales en entrar en la más amplia gama posible de antiguos archivos soviéticos (Elorza y Bizcarrondo accedieron casi únicamente a los de la Comintern) con el fin de explorar, a partir de documentación de primera mano, los parámetros que definieron la política hacia la República. El lector advertirá que no incluyo a Mary R. Habeck o Ronald Radosh, también norteamericanos, que en 2001 habían dado a conocer una colección de ochenta y un documentos soviéticos relacionados con la Guerra Civil. La razón es que los largos comentarios con que los adornaron son tan sesgados y a veces tan grotescos que lo único que se salva de su obra son los documentos mismos, aunque incluso alguno de ellos fuese adecuadamente manipulado en la traducción. Yale University Press, cuya colección de Anales del Comunismo es una auténtica joya, no se cubrió de gloria con tal publicación y menos sus autores con la tesis fundamental de que, como reconocería el propio Radosh (http://frontpagemag.com/Articles/Printable.asp?ID=1471) el 22 de febrero de 2002, la «Unión Soviética no luchó para preservar la existencia de una república democrática atacada, sino para ganar control sobre el Gobierno republicano a fin de sentar las bases para, caso de haber ganado la República, establecer la primera de tipo popular como las que montaron los soviéticos en la Europa central y oriental después de la Segunda Guerra Mundial».
Pocas son las tesis que en los dos años siguientes quedarían radicalmente inhabilitadas, en este caso merced a los trabajos de Kowalsky y SchauffEn el caso de Radosh, dos notas destacan: la primera, su desprecio por lo que denomina «la vieja izquierda», con sus postulados teñidos por preconcepciones ideológicas irradicables; la segunda, su arrogancia, pensando que había dado con la piedra filosofal que ponía la historia convencional («de izquierdas») patas arriba. Sería interesante hacer un análisis de la recepción de sus documentos y comentarios tanto entre los autores conservadores como también entre los trotskistas. Como ejemplo de estos últimos, me limito a mencionar a Mike González (http://www.redflag.org.uk/frontline/ four/O4spain.html). . Sus obras me acompañaron en mis primeras exploraciones en los antiguos archivos soviéticos, y aunque entre ellas existen grandes diferencias analíticas y metodológicas en las que no cabe entrar aquí, sus conclusiones son concordantes. La Unión Soviética ayudó genuinamente a la República; Stalin no aspiraba a establecer un régimen procomunista en España; su política se enmarcó dentro de la perspectiva de reforzamiento de la seguridad colectiva frente a la temida expansión del fascismo y cosechó una derrota.
Se trata de afirmaciones que chocan frontalmente con las dominantes en un tipo de literatura marcada indeleblemente por la óptica de la Guerra Fría. El lector español no tendrá dificultades en situar en ella el best seller de Antony Beevor, autor que apenas si ha hecho uso de documentación soviética que no fuese de naturaleza puramente táctico-militar, pero que no ha tenido el menor inconveniente en pontificar sobre el destino que aguardaría a España –el de un país balcánico cualquiera– en caso de haber vencido la República. Por lo demás, dicha literatura, en la medida en que pretende ser seria, se inserta en el sendero marcado por las construcciones teleológicas de Burnett Bolloten y en un terreno abonado desde tiempos remotos por las fantasías de olvidados desertores soviéticos como Walter Krivitsky y Alexander Orlov (a quien Schauff increíblemente otorga credibilidad) o de publicistas a sueldo de la CIA como Julián Gorkin.
Típico doctorando, Schauff es poco generoso con algunos de sus predecesores rusos que escribieron en los tiempos soviéticos. No he leído a M. T. Meshcheryakov, pero las conclusiones que de éste cita (p. 81) respondieron a lo que las fuentes de archivo españolas que Fernando Hernández Sánchez y yo hemos manejado señalan como percepciones acuñadas en la época. Tampoco demuestra generosidad Schauff con autores como Rybalkin, a quien acusa de seguir prácticamente en la misma línea historiográfica. Alguno de los descubrimientos más sensacionales de este último (asumidos acríticamente y sin la menor atribución por Beevor, en un paradigma de comportamiento que los académicos solemos caracterizar en términos bastante rotundos) Schauff los rechaza sin aducir la menor base documental (p. 413). No se trata, en ningún caso, de un tema baladí: se refiere al momento en que se adoptó la primera medida de ayuda a la República, relacionada en dicha ocasión con el suministro de combustible para la flota. Rybalkin lo sitúa tan tempranamente como el 22 de julio de 1936. Algo que es verosímil si se tienen en cuenta, como se desprende de la documentación de Campsa conservada por Juan Negrín respecto al tráfico petrolífero en el mes de agosto, los envíos que rápidamente se produjeron. Menos explicables son las arremetidas de Schauff contra Kowalsky, a quien reprocha insuficiencia analítica. Su justificación sólo podría encontrarse si la perspectiva del crítico estuviera, por así decir, blindada. No es el caso.
Ni Kowalsky ni Schauff conocen demasiado sobre historia de España o de la Guerra Civil y sus libros se escribieron para un público que sabe incluso menos. Esto no es una crítica. Pero cualquier historiador español tiene el derecho de plantear interrogantes. En la obra objeto de esta reseña no es difícil encontrar multitud de afirmaciones sorprendentes y que un mínimo de conocimientos hubiera tachado o matizado. Así, por ejemplo, en la página 28, la fecha de fundación del PSOE; en la 29, la referida a la guerra de Marruecos; en la 31, a Gil Robles; en la 32, a los miles de efectivos carlistas formados en la Italia fascista o al refugio de Sanjurjo en Portugal para rehuir su condena a muerte; en la 33, al anticipo de la Guerra Civil que habría sido la revolución de octubre o a los más de seis mil izquierdistas asesinados como consecuencia, se supone que con la connivencia del gobierno de la época; en la 40, al asesinato de Calvo Sotelo como si hubiera sido la causa para que los conspiradores diesen la señal para el levantamiento; en la 41, al armamento de los obreros en contra de la voluntad del gobierno de Frente Popular, etc. Digamos, simplemente, que para Schauff (p. 51) durante la Guerra Civil, Cataluña tuvo una situación de práctica independencia o que Prieto dimitió en la crisis de abril de 1938 (p. 155). Son manifestaciones de todo un síndrome. La contextualización histórica de la evolución española antes de la guerra es deficiente.
En la senda de Bolloten, tanto Schauff como Kowalsky consideran la Guerra Civil como si hubiera sido un juego de ajedrez con un solo jugador. Ninguno presta atención a que los dos bandos en lucha –en este caso el republicano– se relacionaron con las potencias exteriores desde perspectivas y con intereses propios y que ambos influyeron algo sobre sus protectores respectivos, aunque en medida y grado muy diferentes. Hitler y Mussolini siempre fueron más asequibles, pero Franco también se comprometió con ellos. Ni Kowalsky ni Schauff utilizan realmente documentos españoles, como si las relaciones hubieran discurrido en una sola dirección y en España no se encontraran fuentes que arrojasen luz sobre la política soviética del período. Tampoco pierde tiempo alguno en abordar críticamente los impactos internos de la ayuda, aparte de constatar que determinó la expansión del PCE, manipulado más o menos a su antojo por los asesores de la Comintern. En el caso de Schauff, hasta llegar a afirmar (p. 195) que «la Comintern, representada por el PCE, acabó siendo la única fuerza política digna de mención que apoyó al Frente Popular y, con ello, a la República».
Lo más granado del libro es, precisamente, el largo capítulo que se dedica a la Comintern. Interesante en cuanto a su contexto amplio, lo que revela la formación del autor como sovietólogo, lo es menos en lo que se refiere al caso específico de España. Congruente con la tesis central de que una construcción teórica errónea acerca de las realidades españolas e internacionales de la época, así como sobre lo que estaba en juego en España, constituyó el factor esencial que explica el fracaso de la política soviética, Schauff sobreenfatiza el papel cominterniano tras un análisis somero de algunas de sus publicaciones y declaraciones más representantivas. Como si en una dictadura de estilo soviético no fuera posible establecer una diferenciación entre la formulación propagandística o para los creyentes y las realidades subyacentes a la acción. De aquí que Schauff afirme de forma rotunda y sin equívocos, a manera de conclusión (p. 346): «Puede afirmarse con seguridad que Stalin y el resto de las personas del círculo más estrecho que tomaron decisiones relativas a España, siguieron por lo general las instrucciones del NKID [Comisariado del Pueblo para Negocios Extranjeros] o del aparato de la Comintern».
Pues no. Se trata de una tesis incorrecta. La Comintern fue el canal por medio del cual el régimen soviético mantenía las relaciones con los diferentes partidos comunistas nacionales. En España, sus únicos interlocutores sólo podían ser el PCE y el PSUC, entre los cuales no faltaron motivos de roce y disensión, en los que Schauff no entra. Pensar que Stalin, que ya entonces dominaba el Politburó y estaba en vías de convertirlo en un instrumento de su estrategia soberana, recibiera «instrucciones» del aparato diplomático soviético o del cominterniano es inverosímil. Pero es que, además, la documentación de la época desmantela tal afirmación.
Incluso en los momentos culminantes del «gran terror», en los años 1937 y 1938, a la mesa de Stalin continuaron llegando numerosas peticiones para que decidiera sobre los asuntos más nimios relacionados con España. Los deseos que, en temas de cierta importancia, hicieron llegar al Kremlin los funcionarios de la Comintern, ya fuese desde España o desde Moscú; los diplomáticos soviéticos, ya fuera el embajador Maiski desde Londres o el encargado de negocios Marchenko desde Barcelona; los asesores militares en el teatro español, desde Berzin a Malinowski pasando por Shtern e incluso el propio mariscal Vorochilov, comisario para la Defensa y hombre totalmente entregado al dictador soviético, cayeron en saco roto. Es más, con completa indiferencia hacia los avatares de la política cominterniana y su recepción en España, la línea trazada por Stalin no varió. Allí donde Schauff divisa ineficacia, inexperiencia, contradicciones y escape de la realidad cabe divisar, por otro lado, la plasmación, mejor o peor, de una orientación estratégica que Stalin estableció, que no modificó sensiblemente y que, a mayor abundamiento, comunicó a los republicanos. Para identificarla con precisión no valen los documentos que Schauff ha consultado, pero sí los españoles e incluso británicos. Lo que Stalin decía a Marcelino Pascua, embajador en Moscú, el comisario de Negocios Extranjeros o el embajador en Londres, lo decían a los ingleses, ya fuese en Ginebra o en Londres. Sin resultados.
Nada de lo que antecede significa que la Comintern no tuviera un papel importante en España (el encargado de negocios, por ejemplo, era uno de sus antiguos funcionarios y tuvo una relevancia mucho mayor que sus predecesores, los embajadores Rosenberg y Gaikis, aunque esto no le libró del tiro en la nuca, al que tampoco dichos antecesores escaparon). Ahora bien, incluso en los momentos en que, según Schauff, el presunto deus ex machina de la política hacia España desarrolló ideas de naturaleza estratégica sobre cómo configurar las relaciones con el PCE, el impulso último para las mismas provino no tanto de la Internacional Comunista sino del propio Stalin. Es más, en ciertas situaciones, por ejemplo relacionadas con la participación del PCE en el Gobierno, o su salida de él, la decisión la tomó igualmente el mismo Stalin, en ambos casos a impulsos comunistas españoles, y en el segundo a causa también de las reticencias de Negrín. Por su parte, los socialistas nunca engañaron a Stalin. Ramón González Peña, presidente del PSOE y de la UGT, le espetó a la cara, directamente en el Kremlin, que con respecto a una fusión entre socialistas y comunistas (que incluso Prieto había apoyado en un momento de desvarío) no había nada que hacer. ¿Y qué ocurrió? Nada. Stalin no varió un ápice su línea.
La sobreenfatización del papel de la Comintern lleva a Schauff a ver en su comportamiento poco antes de y en la Guerra Civil misma un germen lejano del eurocomunismo (p. 87). Es algo que está traído por los pelos. La reflexión cominterniana atravesó por numerosas etapas que tuvieron mucho más que ver con la evolución de la política exterior y de seguridad soviética que con su análisis, bueno o malo, de las realidades locales. Schauff no dice de ello una palabra. Tampoco sobre la cristalización definitiva en la historia canónica auspiciada por el PCE. Siempre fue difícil controlar totalmente desde Moscú las pulsiones exigidas por la realidad sobre el terreno en situaciones complejas como durante la Guerra Civil (o la europea, en el caso francés). Pero la dependencia de la Comintern era lógica en una institución al fin y al cabo auxiliar y con respecto a la cual incluso ya antes del ataque alemán a la Unión Soviética Stalin había empezado a pensar que convenía eliminar.
Schauff pisa un terreno más seguro en los apartados referidos a las Brigadas Internacionales, sobre las cuales destroza algunos de los mitos que aún pululan en la literatura, y singularmente en la de índole profranquista de la pluma, o del ordenador, de autores que no leen y mantienen en idílica ignorancia a sus lectores.
La preferencia de Schauff por una articulación funcional (Comintern, Ejército Rojo, NKID), que no cronológica, de sus argumentos no le permite abordar, en cada situación o período concretos, la interacción de los diversos canales por los cuales discurrió la política soviética. Esto se nota en la ausencia de un tratamiento unitario de lo que he denominado «proceso de deslizamiento, férreamente controlado» a que se atuvo la creciente intervención en los asuntos de España, desde finales de julio hasta finales de septiembre de 1936.
Con todo, Schauff se sitúa en una base sólida al examinar el suministro de armas y asesores, aunque en el primer aspecto no supera a Howson y tampoco tiene en cuenta la significación militar y política de los ritmos. No era lo mismo enviar aviones en el otoño de 1936 que a mediados de 1937 o a finales de 1938. Curiosamente, no percibe la importancia política, estratégica y militar de la decisión de Stalin (ya identificada por Rybalkin) de noviembre de 1937 sobre la reducción de los suministros bélicos a la República, una de las más significativas que jamás tomó en relación con España. Tampoco aborda adecuadamente Schauff el dilema que se le planteó a Stalin cuando logró abrir un nuevo frente en la confrontación contra el «imperialismo» en tierras de China. En mi opinión, es tal dilema –percibido en la época por observadores y analistas franceses, italianos y británicos– la clave que permite aclarar las limitaciones de la política estalinista hacia España.
Son muy útiles e informativas, pero saben a poco, las páginas que Schauff dedica al papel de los asesores militares y que se reflejan en los abundantes informes que redactaron. Desgraciadamente, no se engarzan, lo cual hubiera acrecentado su valor, con la evolución de las operaciones en las cuales prestaron servicios. Algunos de los interrogantes que aún planean en la literatura, y que han sido suscitados por Beevor, al fin y al cabo historiador militar, sobre si influyeron y hasta qué punto en la estrategia del Ejército Popular, no se resuelven. El lado oscuro de la intervención –la participación en actividades represivas, sobre todo por parte de la NKVD– tampoco se alumbra lo suficiente.
Schauff, a quien no cabe negar su carácter pionero, descubrió en los antiguos archivos soviéticos (p. 231) un informe del entonces agregado militar en Madrid, el coronel/general Vladimir Goriev, del que se desprende, a mi entender inequívocamente, que en último término el impulsor de las matanzas de Paracuellos fue uno de los killers del período, Alexander Orlov. No ignoro que hay autores que lo ponen en duda, pero sin haber aportado hasta el momento la menor base documental. Llama más la atención que una variante de dicho informe –absolutamente esencial– se encuentre también en el archivo histórico del PCE depositado en la Universidad Complutense, pero en el que falta precisamente la página en la que Goriev mencionó al agente de la NKVD. Orlov estuvo, por lo demás, en el origen de la operación contra el POUM y el asesinato de Nin.
Corresponde a Schauff el mérito de haber sido el primer autor occidental en acercarse a los hechos de mayo de 1937 aportando la documentación soviética de la época. El que su tratamiento sea susceptible de ampliación no es ni más ni menos la demostración de que en historia nunca se dice la última palabra. De todas maneras, hubiera sido de agradecer alguna explicación sobre las razones que han conducido a una cierta recuperación de la figura de Orlov en la reciente literatura rusa o en la basada en fuentes soviéticas.
Finalmente, queda la correspondencia entre el título y el contenido. El título de la versión española reproduce fielmente el del original. Pero, ¿ofrece Schauff una visión de las razones por las cuales la República no ganara la guerra? La respuesta es negativa. Reconoce el papel determinante de las «circunstancias internacionales». Es un paso en la buena dirección, necesario pero insuficiente. ¿Acaso la Unión Soviética no hizo lo bastante? ¿O es que la respuesta, basada a su entender en erróneos esquemas teó¬ricos, no fue la correcta?
El enfoque ha de discurrir por otras vías. ¿Podía Stalin? ¿Quería Stalin? Son preguntas pertinentes a las que Schauff no da respuesta. ¿Y qué decir de la ayuda nazi-fascista a Franco, con armas pero también con asesores e instructores, con nuevas técnicas y nuevas modalidades? ¿Cómo se explica la carencia de victorias militares republicanas? No hay que olvidar que la República fue derrotada porque perdió una guerra en último término en el campo de batalla. ¿Tuvo algo que ver la Comintern con todo ello?
El amable lector no debe pensar que las líneas que anteceden constituyen una manifestación de menosprecio hacia la obra de Schauff, repleta de informaciones y en cuyo papel renovador insisto. El autor mismo (pp. 14 y 18 y ss.) reconoce que queda aún mucho camino por recorrer hasta que sea posible disponer de un tratamiento completo del papel de la Unión Soviética en la Guerra Civil. Su obra fue, cuando se publicó, una pieza fundamental para componer el puzle que dicho papel representa. El centenar largo de páginas en que detalla sus fuentes constituye un punto de partida que ningún historiador puede ignorar. Sobre todo si en algunos de los archivos moscovitas persiste la costumbre de no servir al investigador documentos cuyo legajo no pueda previamente identificar, una especie de situación a lo catch-22.
Afortunadamente, quienes leen en español disponen hoy de más obras que, tras las aportaciones de Schauff, Kowalsky, Rybalkin y muchos otros, han permitido avanzar por el arduo camino de la mejora de nuestro conocimiento. Un autor ruso, Andre V. Elpatievsky, y un español, Ángel Luis Encinas del Moral (que ya había destacado por su traducción del hipersesgado informe recapitulativo de uno de los agentes de la Comintern en España, Stoyan Minev, alias «Stepanov»), han dado a conocer aspectos esenciales del exilio español en la Unión Soviética. Existen, por último, algunas tesis doctorales españolas relativamente recientes sobre aspectos complementarios y parciales que, por desgracia, no se han publicado.
Con todas estas aportaciones, de ambición, metodología y cobertura diversas, amén de –si se me permite la inmodestia de la autorreferencia– las elaboraciones de quien esto escribe, recientemente en colaboración con Fernando Hernández Sánchez, existe ya una panorámica que permite seguir los altos y bajos de la política soviética hacia España desde sus orígenes hasta sus últimas consecuencias. Y, por supuesto con la debida atención a la interacción con los factores internos a través de la actuación del PCE, y para lo cual los trabajos de Juan Avilés, Rafael Cruz y Mayte Gómez sobre el período anterior a la Guerra Civil y el próximo de Fernando Hernández Sánchez, para la misma, de aparición prevista en 2010, constituyen aportaciones fundamentales. Incluso su lado oscuro, ligado a la actuación de la NKVD en tierras españolas, lo alumbra una monografía de Boris Volodarsky de publicación inmediata. Gerald Howson, por su parte, tiene ya muy avanzado, como infatigable investigador que es, un artículo que documenta las limitaciones de capacidad y de producción a las que se enfrentaba una eventual mayor intervención soviética que pudiese compensar los suministros de material aéreo alemanes e italianos. Un gran secreto del Kremlin que sólo Stalin apreciaba en toda su gravedad, pero del que quedan rasgos en la documentación que se conserva en los archivos moscovitas.
La contemplación del conjunto de tales trabajos permite triturar los planteamientos de Ronald Radosh y Mary R. Habeck respecto a quién traicionó a la República, tomando prestada –en un ejemplo de soberbia intelectual totalmente injustificada– la expresión de Trotsky. Por el momento digamos que no da la impresión de que fuese la Unión Soviética, que como toda gran potencia trató de defender sus intereses nacionales eminentes en un marco en el que más o menos coincidían con algunos de los republicanos. De buscar traiciones, un término que también utiliza Schauff pero que me cuesta trabajo emplear en este contexto, habría que buscar por el lado de las democracias occidentales, mal que ello les pese a los autores conservadores que tantos alaridos dieron cuando salió a la luz la colección radoshiana. Y escribo esto bien consciente de que para muchos de los todavía imbuidos por el paradigma de la Guerra Fría argumentaciones de tal tipo siguen siendo políticamente incorrectas.
Los republicanos, ciertamente, no se llamaron a engaño. Si su política y la soviética no tuvieron éxito (y Stalin siempre les dijo que él sólo se situaría en segunda posición en lo que se refería a ayudarlos) tampoco lo tuvieron la británica, o la francesa, o la norteamericana. Como consecuencia de tales fracasos, la guerra que Hitler quería desatar, y que ya anticipó en su discurso a los generales alemanes el 3 de febrero de 1933, exactamente a los cuatro días de llegar a la Cancillería, se hizo inevitable. Además, en el plazo que él mismo previó –quizás un tanto a la ligera– en aquella ocasión: en seis u ocho años destrozaría al «marxismo» en el interior para después empezar la conquista de Lebensraum en el Este. ¡Bingo! De notar son dos cosas. La primera, que el entonces recién nombrado jefe del gabinete del nuevo ministro de la Guerra, el a la sazón coronel Walter von Reichenau, fue a quien le cupo el honor de precisar los objetivos estratégicos, tácticos y políticos que perseguiría la ayuda nazi a Franco en la Guerra Civil. La segunda, que el documento con el discurso completo de Hitler lo descubrió un historiador alemán en los archivos de Moscú.
Las relaciones hispanosoviéticas constituyen un sector en crecimiento. La amplia paleta de obras existente y las que se avecinan permitirán destrozar muchos de los postulados, premisas y mitos sobre los cuales se construyó y se amamanta la historiografía pro y neofranquista. Esto es importante. ¿Cómo debería escribirse en la España de nuestros días la historia de la Guerra Civil? No es una pregunta irrelevante. El pasado mes de julio, en los cursos de verano de El Escorial, Fernando Hernández Sánchez mostró la cantidad de disparates –cuando no auténticas mentiras– que en el curso 2009-2010 leerán los estudiantes de la ESO en algunos de los manuales ya aprobados. ¿Habrán de seguir las cosas así? ¿Deberá la España democrática seguir permitiendo la continuada intoxicación de sus futuros ciudadanos que no pasan de la ESO?
Porque, al fin y a la postre, lo que casi todas las obras y autores mencionados en esta reseña plantean es que, con independencia de lo que creyeran o dijeran Franco, sus conmilitones, la Iglesia, la derecha de pro o los falangistas, cuando se demuestra que lo que estuvo en juego entre 1936 y 1939 no era salvar a España de las garras del comunismo, ¿cómo debe caracterizarse hoy la Guerra Civil?
Por supuesto, subsisten lagunas notables: no se ha investigado todavía (excepción hecha de Rybalkin) en los archivos presidenciales rusos ni tampoco en los ministeriales o departamentales, salvo en contadísimas excepciones. En una palabra, el desafío a los historiadores no ha disminuido. Pero quienes vengan detrás tendrán que construir sobre lo mucho que ya se ha logrado. ¿Lo han hecho por ventura esos historiadores-basura que siguen vendiendo su devaluada mercancía en los grandes almacenes? ¿O que mienten, falsifican, tergiversan, manipulan, cortan e ignoran la evidencia? Sin duda piensan que, en el mejor estilo goebbelsiano, repetir mil veces una mentira termina convirtiéndola en verdad. Es deber del historiador llamar al pan, pan y al vino, vino. Por mero civismo.

01/03/2010

 
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