ARTÍCULO

Divinos caminos del cuchillo y la palabra

 

Después de sus dos libros sobre Dioniso (Dionysos mis à mort, de 1977, y Dionysos à ciel ouvert, de 1986; ambos ahora en edición renovada de 1998), Marcel Detienne se ha empleado a fondo, con todo su aguzado oficio mitológico y su minuciosa pericia filológica, para rastrear las huellas y delimitar en todos sus aspectos la figura de su hermano, el refulgente y sereno Apolo. De ese dios que, desde Nietzsche al menos, suele contraponerse, como luminoso y claro paladín olímpico, al dios tumultuoso del entusiasmo y del delirio báquico. Sus lectores reencontrarán en este estudio su elegante estilo de frases muy bien torneadas y su extremada erudición, al servicio de una investigación que tiene mucho de policíaca, pues trata de escrutar en sus detalles más significativos, explorando textos y alusiones a veces muy dispersos, los rasgos que definen una figura mítica mucho más compleja que lo que ofrecen los manuales académicos al uso.

Como Detienne mismo señala en un comienzo, Apolo nos puede resultar más distante que su hermano Dioniso. En efecto, el dios de Delfos, un olímpico por excelencia, el luminoso dios del arco y de la lira, viene marcado por ese distanciamiento y esa falta de apasionamiento humano que lo hace estatuario y fríamente bello. Pero es contra esa imagen de Apolo, ese radiante Apolo tan caro a los neoclásicos, tal como lo ha representado con su magistral estilo Walter Otto, contra quien aquí Detienne va perfilando una nueva silueta divina, mucho más compleja, más sanguinaria y ambigua.

«A este "gran dios" –escribe Detienne en la primera página–, canonizado desde siempre, y ya desde el interior –Píndaro y Platón habían precedido a Winckelmann y a Walter F. Otto–, hay que decidirse a asaltarlo de costado, por sorpresa, de noche, en los lugares oscuros, en los rincones donde gusta merodear el Señor de Delfos, el que se hace llamar Loxias, el "Torcido", el "Oblicuo". En medio de sus muchachos carniceros, Apolo llamado el Crepitante, Lakeutés, expone y mercadea su saber mántico, en compañía del adivino jefe y frente a sus sacerdotes de turno, que llevan en su cintura el ancho cuchillo de los sacrificadores oficiales.» El gran dios de la profecía y las purificaciones, aquel a quien se consulta al emprender un viaje de fundación, el dios del arco y de la lira, es también una divinidad de la sangre y de la cruel venganza, un dios que de cuando en cuando recurre a la trampa y al crimen para mostrar su poder y aniquilar a sus enemigos. Ya sea despellejando a Marsias o haciendo asesinar a Neoptólemo sobre su mismo altar de Delfos, Apolo maneja el fiero cuchillo sacrificador en la vecindad del santo Parnaso. El dios de la purificación se deleita, al parecer, en el chasquido de la grasa sobre el altar y de la sangre enemiga sobre la metálica cuchilla no menos que en el son sereno de la lira.

«Una aproximación experimental del politeísmo griego» se subtitula este sorprendente y documentado ensayo. Con ayuda de textos sagazmente seleccionados se va rastreando la conducta de este dios, sin dejarse deslumbrar por su halo tradicional de pureza. Apolo, recalca Detienne, «no es un dios "simple", sino una figura que se define por toda una serie de encuentros y oposiciones». He ahí un principio general para la investigación en mitología. «En un régimen politeísta, cada potencia divina impone de entrada la complejidad de sus relaciones múltiples con el mundo y con el conjunto de los otros dioses. Una complejidad que exige el análisis atento de las formas de acción menos explícitas de un dios previamente desembarazado de todo lo que la percepción "habitual" podría prestarle» (pág. 43). He ahí un esbozo programático: dejar de lado, por el momento, la consideración tradicional y la visión habitual para escrutar en textos y rituales las huellas del dios investigado. En siete capítulos, cuyos títulos voy a recordar porque permitirán al lector hacerse una idea rápida y aproximada de la tenaz pesquisa emprendida, se construye esa imagen compleja del ambiguo dios.

En el primero, «Tengo la intención de construir aquí un templo magnífico», se evoca el empeño arquitectónico del Apolo délfico. En el segundo, «Una fiesta pura, sangre en la mesa», se recuerda la invocación a Apolo, en la Odisea, como vengador sanguinario. En «Entre los carniceros, un dios sensualista» se comenta el deleite del dios en las escenas del sacrificio sanguinolento y humeante. En «Príncipe de la colonización: arquegeta» se dan ejemplos de su papel como guía para la fundación de ciudades y colonias al otro lado del mar. En el siguiente capítulo, el quinto, «Fundar-crear una ciudad: la obra política», se analizan los gestos y ritos de fundación a los que Apolo está íntimamente asociado como patrón de civilidad. En «Los caminos de la palabra: en los pasos de Temis» se recuerda cómo sobre la Tierra, matriz original de las virtudes mánticas, Apolo extiende su magia oracular, abriendo caminos y justificando normas cívicas, sancionando empresas civilizadoras. Finalmente, el libro concluye con el capítulo séptimo, dedicado a «El arquitecto de lo puro y lo impuro». En él se examina el caso trágico de Orestes y también se recuerda la ciudad de Las leyes de Platón, puesta bajo el amparo del dios. Y se concluye insistiendo en la relación del dios délfico con «los caminos del cuchillo».

Voy a traducir las líneas finales de este capítulo porque me parece que pueden resumir de algún modo la tesis del libro, en la medida en que una visión tan compleja y matizada de una figura como la de este Apolo puede quedar sugerida en muy breves trazos.

«Cuchillo en mano: he ahí al primer Apolo, partido de Delos y tomando posesión del lugar de la palabra oracular (en Delfos). Un cuchillo para degollar sobre un altar recientemente inaugurado. Un cuchillo para tallar los caminos, para recortar los altares, para trazar el témenos, santuario "recortado" (témnein) que se le ajusta como un guante. Los caminos del cuchillo, el Apolo Aguieús (trazador de calles) los conoce uno a uno: carnicero entre los sacrificadores, devorador de hombres, asesino de su enemigo privilegiado, cómplice de su asesino más próximo, conoce la locura y la huida enloquecida de quien derrama la sangre y hace surgir la violencia implacable de un nuevo muerto. Los caminos de la palabra a él es a quien toca abrirlos o cerrarlos, ocultarlos para mostrarlos mejor. En las encrucijadas del camino y la palabra, Apolo reina sobre lo puro y lo impuro: "Puro exiliado del cielo". Dios impuro, y siempre joven, él es entre los inmortales quien marcha más lejos en la noche. Dios pestilencial, funesto y fatal, Oúlios, tiene el fulgor siniestro de un astro resplandeciente en medio de un cielo de tinieblas. Phoibos, puro con el brillo del Sol, sabe por los senderos del oráculo separar estrictamente lo más impuro de su mancha íntima. Su arte extremo no es purificar, sino hacer puro de lo impuro, mostrando audazmente cómo, desde lo más informe, inventarse un trazado sin memoria, crear el puro comienzo de una fundación que quiere creerse duradera.»

He aquí dibujado un dios mucho más inquietante e inquieto que el Apolo tradicional, el ejemplar y sereno olímpico de vocación estatuaria. Un dios caminante, impulsivo, sanguinario, maestro de los caminos rectos y de las palabras proféticas, arquero de certeras flechas, pero a la vez manipulador cruel del cuchillo, impulsor de audaces aventuras heroicas, conocedor del exilio y la culpa.

Una vez más, creo, vale la pena insistir en la riqueza de este tipo de análisis, del rastreo denso y minucioso de los datos y la consideración que enlaza la filología con la antropología para ahondar en el terreno de la mitología helénica. Detienne es un maestro en estos diseños y una vez más nos invita e incita a acompañarlo en esta investigación seduciéndonos con una sutil prosa y una admirable erudición. (Las notas, al final del texto, ocupan noventa páginas.) Como en otros libros suyos, éste está compuesto de capítulos que fueron ensayos sueltos, recogidos y muy bien trabados en un volumen después de publicaciones parciales. Todo el volumen logra así una notable coherencia y una clara unidad. No es, con todo, un estudio cerrado, pues, como Detienne apunta en sus últimas páginas, falta aquí por definir el contraste con Dioniso, que es, en el panteón griego, un trazo definitivo en la delimitación de la esfera de poder de uno y otro dios. Algunos de los apuntes finales van en ese sentido, de modo muy sugerente, pero ese camino queda apenas perfilado, como una promesa de continuación.

01/04/2001

 
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